Arturo Andrés Roig y el Problema Epistemológico
Norbert-Bertrand Barbe

“¡0rganiza
tan fácilmente un mundo fantástico! ¿Y quien
sabe si ese mundo no es un espejismo de la verdad? Es quizás, de los dos
mundos, el más real”.
(Dostoievski, “Las noches blancas”1)
I.- ¿Qué es Filosofía?
Recorriendo
rápidamente la historia de la filosofía nos damos cuenta de que uno de los
principales problemas tanto en Mo-Tseu como en Platón, Berkeley, Hume, Hegel, Husserl o Heidegger siempre fue el de
la percepción del mundo, cuando no del mundo sensible, o sea la relación
dialéctica entre el sujeto y el objeto, o por que no decirlo así entre el Ser y
el Pensar.
Para
parafrasear a Hegel en Creer y Saber,
el punto parece centrarse en la posibilidad de la existencia del mundo sensible
fuera de nuestro pensamiento, ora que el mundo sensible no sea más que ilusión
de nuestros sentidos, ora que nada sea cognoscible para nosotros fuera de
nuestros sentidos.
Pero
¿puede esa preocupación al final esencialmente epistemológica ser relacionada
con uno de los más importantes problemas de la filosofía, en particular el de
la relación entre el Ser y el Pensar? Es decir ¿la esencia de la filosofía
podría definirse como epistemológica? Y en tal caso ¿cabría plantearnos la
problemática de la relación entre el Ser y el Pensar?
En
primer lugar podríamos afirmar, basándonos en los mismos filósofos, que la
relación entre el Ser y el Pensar, sí es el principal problema de la filosofía.
Esta afirmación que de hecho implica el cuestionamiento a nuestra concepción de
filosofía requiere que nosotros empecemos después de muchos por definir lo que
para y según nosotros es filosofía.
Sea
como lo plantea Camus el suicidio el único problema serio de la filosofía sea otra cosa, la cuestión, antes de
preocuparse por las metas, la metodología o los campos de aplicación de la
filosofía, sería en un primer momento: ¿Qué es Filosofía?, o sea: ¿Es posible
dar una definición de la Filosofía? Según los filósofos (Savater, Manzana,
González, por quedarnos en el mundo hispánico y además recientes), parece que
no.
¿Sería
como lo postula Nietzsche que lo que tiene historia no tiene definición?
¿Pero
acaso la historia se escribe aparte de su objeto? Evidentemente
que no. Sin causa, no hay cosa.
La
filosofía es la ciencia de los conceptos. Parece sin embargo que los filósofos
según la ocasión se
asombran, se maravillan o se asustan de que la filosofía, ciencia por
excelencia según ellos del espíritu, trate justamente de “conceptos”, o mejor
dicho de los conceptos en sí2.
¿Qué tan extraordinario? ¿Acaso la lingüística no estudia el lenguaje ni la
historia los acontecimientos históricos? O bien la biología, la vida, la
química, las reacciones químicas, la física, los fenómenos físicos, etc., etc.,
etc. Además la filosofía no es la única ciencia que se interesa por la
conciencia humana y sus mecanismos. Así por ejemplo la psicología estudia los
fenómenos simbólicos de la conciencia individual, y con la epistemología
genética su conformación biológica durante el proceso de crecimiento y educación.
Veamos
ahora el problema de la historia. Los filósofos europeos (Hegel, Jaspers)
consideran a Grecia como la cuna del pensamiento filosófico universal, los
ensayos anteriores siendo según ellos simples premisas de índole mítica. Por su
parte los filósofos africanos y latinoamericanos valoran positivamente el
pensamiento mítico, no sólo como premisa sino también como fundamento del
pensamiento filosófico. Sin embargo al aceptar que la filosofía tiene sus
raíces en Grecia, sustentan implícitamente la dicotomía entre mito y filosofía,
y, destacando formas de pensamiento filosófico primigenias no europeas, le
agregan, como Alfonso Caso en El pueblo
del Sol o, más recientemente, Augusto Serrano en Textos clásicos del pensamiento filosófico y científico3, otra dicotomía, esta vez entre
filosofía y ciencia. De hecho nos sería probablemente difícil encontrar una
sola manifestación del pensamiento humano que no tenga un origen mítico -
mágico. La medicina y todas sus ramificaciones tales como la biología provienen
también del chamanismo. Aunque Caso o Serrano aceptan con Hegel y Jaspers la
idea que la filosofía es de origen griego, su postulado nos coloca frente a una
evidencia muy útil, la de que la filosofía encuentra sus más remotas raíces en
la religión, ya sea como “a priori
antropológico” (Roig) (ver la importancia del concepto de pueblo elegido en
la tradición judeocristiana), ya sea
como “a priori histórico” (Roig)
buscando a ponerse valioso para sí mismo.
Hemos
dicho que la filosofía estudia los conceptos, más claramente de nuevo: el
Pensar. Refiriéndonos a Mo-Tseu, Parménides o Descartes encontramos de que el
fenómeno del Pensar está siempre relacionado con el Ser. Pues pensando el
Pensar, el Ser se encuentra a sí mismo. Pero también al pensar el mundo, el Ser
lo piensa desde sí.
De
tal manera que los europeos hicieron de su propio pensar, siguiendo a Descartes
en el Discurso del Método de sus
costumbres, maneras de ser, modos de vivir y de pensar, el modelo del Pensar:
lo consideraron así; lo impusieron así. No es casual entonces que la filosofía
rehusa definirse a sí misma. El concepto vago, la frase diluida, la metáfora
florida favorecen y fortalecen la tradicional conciencia arquetipal que la
filosofía europea ha tenido de sí misma y consecuentemente su pretensión de ser
universalmente adoptada.
A
esta filosofía le basta mencionar de paso las influencias del Asia Menor en
Pitágoras, o la de los filósofos chinos e hindúes anteriores al famoso siglo V
ateniense. Como en Pitágoras el papel político coercitivo de la filosofía
contemporánea (y moderna en general) se evidencia cuando nos percatamos de sus
intentos, desgraciadamente a menudo logrados, para ser cabalística, hermética,
indescifrable, indefinible. De ahí que sea válido saber el origen remoto y sin
embargo todavía religioso de la filosofía. Ciencia de iniciados, ella
consciente o inconscientemente pretende también ser instrumento - y tal vez el
instrumento - del Poder.
“Ce qui se concoit bien s’énonce clairement”
expresa Boileau en su Arte Poética.
¿Qué interés puede tener para nosotros una ciencia que miente? Subjetiva la
filosofía lo es porque se pensó siempre desde sí. La indefinición concertada de
la filosofía fue por mucho tiempo el velo con el que el formalismo podía
encubrirse, predicando que todo era por lo mejor en el mejor de los mundos
posibles. Pero quisiéramos ser suficientemente voltairianos para decir con
Martí: “Un hombre que se conforma con
obedecer a leyes injustas, y permite que pisen
el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre
honrado”4.
Vemos
pues que el plano epistemológico está estrechamente ligado al plano político.
Son casualmente las filosofías no occidentales que cuestionaron en sus
fundamentos a la filosofía europea. Como respuestas, y más bien contestaciones,
las filosofías africanas y latinoamericanas son ante todo “objétales”.
Como
toda filosofía, y cualquier forma de pensamiento en general, la filosofía
latinoamericana padece de una fuerte propensión al discurso mesiánico. Pero
sería preciso definir las peculiaridades del discurso mesiánico
latinoamericano: el utopismo, para valorar correctamente la filosofía
latinoamericana. Por su historia misma, el pensamiento utópico de Hegel a
Lévi-Strauss, al menos, concibe a América como imitación o espejo de Europa,
con lo cual nos introducimos al carácter “objetal” de la filosofía
latinoamericana. Nuestro propósito aquí no es llevar a cabo una crítica del
pensamiento y la filosofía latinoamericana. Más interesante para nosotros es
dilucidar, dentro del marco general de una crítica epistemológica a la
filosofía tradicional, como de manera paralela y a menudo desconociéndose una a
la otra la filosofía africana y la filosofía latinoamericana desarrollaron una
crítica semejante para no decir idéntica a la filosofía europea.
Tanto
en Africa5 como en América Latina los
fundamentos de esta crítica podríamos extractarlos de la siguiente manera:
1) La búsqueda de una filosofía propia anterior en el caso
de América Latina o distinta en el caso de Africa (veáse las críticas a La Philosophie bantoue de Tempels) a la
filosofía europea. Esa preocupación, muy válida en sí, remata con el problema
de la definición histórica de la filosofía. Se puede encontrar distintos
niveles de conciencia filosófica, siempre y cuando se entienda por “filosofía”:
“… une “Sagesse”… un ensemble d’idées, un
système logique, une philosophie complète de l’univers, de l’homme et des
choses qui l’environnent, de l’existence, de la vie, de la mort et de la survie”6. Pero nos parece más provechoso
entender esta búsqueda como el primer movimiento hacia la negación y/o
refutación del concepto europeo de filosofía para remplazarlo por una
concepción propia histórica e ideológicamente.
2)
La crítica consecuente al arquetipo europeo (que a menudo empieza con la
crítica al hegelianismo7).
3) El rechazo de los modelos impuestos, tanto en el ámbito
psicológico como lingüístico y económico (teoría de la dependencia8). Tal rechazo se acompaña tanto
en el caso de Africa como en el de América Latina por la estigmatización de los
problemas culturales debidos a la multiplicidad és ica que arbitrariamente el
colonialismo quiso borrar imponiendo una sola lengua.
4)
Vemos pues que cuestionando al sujeto habitual del discurso (el europeo9) y poniéndose como sujeto del
discurso los filósofos e intelectuales africanos y latinoamericanos ponen en
tela de juicio no solamente, lo que sería ya mucho, ideológicamente sino
también epistemológicamente, lo que es más, la filosofía y el pensamiento
europeo. Hasta podemos decir que la crítica ideológica al pensamiento europeo
toma su valor y se fundamenta en la refutación epistemológica del sistema de
pensamiento europeo. La necesidad así lo requería, ya que no solamente se
trataba de arrebatar las tesis racistas, sino también de evidenciar en los
clásicos (Kant, Hegel, Lévi-Bruhl, etc.) la influencia del prejuicio racial en
los análisis científicos.
Hegeliano
y crítico de Hegel, el filósofo argentino Arturo Andrés Roig desarrolla al
nivel epistemológico una crítica histórica comparada de los pensamientos y
filosofías europeas y latinoamericana.
Es
justamente el carácter “objetal” de ésta crítica el que nos parece permite una
nueva valoración del problema epistemológico y, por ende, del papel de las
ciencias humanas como crítica social. No queremos sin embargo empezar el
estudio de la obra de Roig antes de advertir al lector en lo siguiente. Roig
demuestra frecuentemente un relativismo típico de la reacción de la filosofía
latinoamericana al positivismo comtiano muy difundido en América Latina en el
siglo XIX. No obstante las afirmaciones de Roig, explícitas acerca de su
orientación estructuralista como de su posición materialista10, nos indujeron libremente a
desarrollar y asentar nuestra propia teoría epistemológica11, aunque esperamos sea lo más fiel posible a los
planteamientos de la rica obra del filósofo argentino.
II.- Arturo Andrés Roig y el problema
epistemológico
Entre
el positivismo (a menudo de tendencia animista, “el símbolo no nace de la naturaleza del objeto, sino que el objeto
encarna un aspecto de la esencia del símbolo”12)
y el “dudismo”, respectivamente
identificados por Roig con las tendencias tradicionista y la teoría de la
dependencia en el campo del pensamiento latinoamericano (y aunque el mismo cae
a veces en un maniqueísmo rousseauniano, donde el latinoamericano, conforme las
teorías de José Vasconcelos, aparece a manera de buen salvaje en oposición al malo europeo “civilizado”13),
se trata entonces de resolver la relación dialéctica sujeto/objeto con el fin
de valorar los logros del método interpretativo dándole su necesaria
justificación epistemológica. Lo planteado por Roig acerca de las dos tendencia
del pensamiento latinoamericano evidentemente hace referencia a Frantz Fanon
para quien la definición del sujeto pasa por la definición de la relación amo -
esclavo, la cual impone siempre la sumisión del colonizado, ya sea que éste
niegue o asuma su dependencia (sumisión marcada por el recurso al
“tribalismo”).
La
historia de la filosofía antigua nos permite destacar dos momentos en el
pensamiento humano: el cosmológico y el antropológico. Así en Heráclito,
Parménides como en Platón (República,
VII, explicación de la alegoría de la caverna por Sócrates) o en Aristóteles (Metafísica, IV, “Hay una ciencia que contempla el ser en cuanto ser…”), la ciencia
aparece en su esencia como una búsqueda del origen (divino) de las cosas.
Descartes y sus sucesores siguieron el mismo rumbo, como lo demuestra Roig14.
Obviamente
la mayoría de los filósofos contemporáneos en sus intentos de definir la
filosofía, al no querer asumir una posición científica, se integran a esta gran
tradición subjetivista y ontológica neokantiana que Roig critica por ser
reveladora de un “apriorismo
antropológico”15.
Dos tendencias se pueden percibir: los filósofos que simplemente afirman la
imposibilidad de definir la filosofía: Jacques Derrida16, Dilthey17,
Antonio González, John Hospers18,
José Manzana, Marc Sautet, … Y los filósofos que justifican la imposibilidad de
definir la filosofía basándose en la teoría de la filosofía espontánea de
Gramsci (las “ideas innatas” de
Descartes): Georges Bataille19,
L. Korshunova y G. Kirilenko20,
Simonne Nicolas21, Salomon
Rahaim Manriquez22, Michele
F. Sciacca23… La
filosofía así confundida con el pensamiento en general se vuelve simple
atributo divino del hombre como el lenguaje, que lo distingue del animal. Por
eso en Bataille, Caso, Descartes, González, Hegel, Heidegger, Husserl, Manzana,
Sautet, … la filosofía no logra ser claramente disociada de la religión. Sin
embargo no toda persona que escribe es escritor. La filosofía es técnica y
también ciencia. La ciencia proviene de la experiencia; no implicamos ninguna
dicotomía entre estos dos términos. Si en el campo del arte se logra diferencia
al aficionado (“amateur”) del profesional, no obstante la dificultad que
representa la definición de los limites entre lo artístico y lo no artístico
dentro de la concepción contemporánea, dificultad acentuada por lo que nos
enfrentamos a un lenguaje - objeto, se debería todavía con mucha mayor razón
poder distinguir lo científico de lo no científico en el campo metalinguístico,
ya que la diferencia entre los dos deviene aquí abismal.
Negando
la teoría cartesiana, y a partir de una crítica profunda a la ontología de
Hegel, que por otra parte, aunque Roig se oponga a las tesis de la Escuela de
Francfort24, está
inspirada en Herbert Marcuse25,
considera la vuelta en sí del espíritu, una vez que éste se reconoció en el
Otro, fuera de sí, como representativa de la inscripción del ser en su contexto
social y época, relación entre la
naturaleza - katá physei - y el ordenamiento humano - katá nómo
-, o sea entre el ser y el “modo de ser
de un hombre determinado, en relación con sus modos de objetivización y
afirmación históricos”26,
Roig27 afirma la preexistencia de la
Naturaleza sobre el Ser. Siguiendo pues a Spinoza (aunque no lo cita
explícitamente), Roig define la emergencia de la conciencia para sí como la
actitud del espíritu al darse cuenta de la inadecuación entre el deseo, que
conmueve todo lo existente, y su propia necesidad. Podríamos decir que está
implícita en Roig una concepción social (que no se encuentra en Bertrand
Russell y los filósofos de Oxford) de la moral como búsqueda de los usos más
adecuados.
Vemos
así que la fuerza de su teoría es de sacar el problema epistemológico del plano
de la mera aprehensión individual. De hecho, lo que Spinoza plantea al nivel
ético, Roig lo precisa al nivel de la ciencia. Como Jung, Roig considera que el
individuo está implicado por su medio.
La
posición spinoziana de Roig tiene directamente que ver con la oposición
implícita al positivismo que en él encontramos y es revelador del movimiento de
rechazo mucho más general de las implicaciones políticas del positivismo de
Barreda28. La respuesta al “barredanismo” es un idealismo, primero
paso hacia la filosofía de la liberación que integra Roig, opuesto al
pragmatismo positivista, aunque también de orientación liberal y que se define por su marcado
culturalismo29. Inspirado
en Bergson, Husserl y Croce, es un idealismo que contempla la cultura como
elemento distinto de la naturaleza y la realidad inmediata, pero que opuesto a
la ley del mercado es capaz de revelarnos la relación entre hombre y mundo
dentro de una perspectiva axiológica, la moral siendo el principal objetivo de
la estética según las tesis de Deústua. Tal concepción de la cultura y la
estética en particular evidencia la influencia del pensamiento de Deústua sobre
Roig, al mismo tiempo que a nivel puramente historiográfico aclara la secuencia
Spinoza - Roig dentro del marco de la evolución del pensamiento y la filosofía
latinoamericana.
Si
para Spinoza la Naturaleza preexiste al Ser que busca en la ética como escapar
al deseo (ver también Hobbes, Schopenhauer o Nietzsche), para Roig la sociedad
preexiste al individuo que busca su liberación en una autovaloración, tanto
personal como colectiva. La búsqueda del “Tener”
permite al hombre reconocerse a sí mismo y de ser reconocido por los demás,
moral (acepción legal de la noción de herencia) y económicamente (problema de
clases, y en el ámbito latinoamericano de la dependencia). Así Roig traslada la
problemática de Spinoza del cosmos de Naturaleza al cosmos de Cultura.
De
aquí también la importancia dada por Roig a las manifestaciones del pensamiento
colectivo (literatura y mitos esencialmente) como reveladores de una época y un
lugar. El idealismo dentro del que se puede integrar el pensamiento de Roig,
reacción política aunque también epistemológica al positivismo, no deja de
estar influenciado por él, tanto en su perspectiva liberal como trascendental,
pero en Roig especialmente se define como un culturalismo, lo que como
consecuencia del positivismo le permite desarrollar tesis de orientación
estructuralistas y digámoslos de una vez materialistas. Sin embargo, como
veremos, no se trata de una nueva forma de machismo, no obstante los
planteamientos a primera vista contradictorios de la ponencia del Congreso de
Morelia30 en los que existencialismo,
marxismo, freudismo, estructuralismo, y positivismo encuentran valoraciones
múltiplas, en cuanto son cuestionamientos acerca del ser, validos porque
revelan el nuevo interés por el hombre exterior (social) y ya no por el hombre
interior (ontológico), pero a la vez caducos
porque expresan una fe ciega en el poder explicativo objetivo de la
ciencia como presupuesto universal (crítica doble a la técnica que se origina
en Rodó, Ramos y Schwartzmann, y al universalismo que por su parte viene de
Vasconcelos, Ortega y Gasset, Gaos, Nicol y Mayz Vallenilla). La dialéctica
interna en la obra de Roig entre positivismo e idealismo no le permite resolver
totalmente la contradicción que hay entre la posibilidad de objetivización y la
consideración de que todas las manifestaciones del pensamiento colectivo ya
citadas pero también las que pretenden ser racionales (como la historia) son
relatos. Tal vez por eso a veces es sospechosa la visión de Roig que, inmersa
en una concepción neo-rousseauniana y de alguna manera marxista básica, considera
tales manifestaciones como reveladoras en cuanto hechas por el pueblo, es
decir, creadas por el “bon sens” popular.
Sin
embargo, Roig muestra muy bien que si el individuo está implicado por su medio
y época, entonces su pensamiento depende de éstos. Así como lo expusieron
Chomsky o materialistas entre los cuales Büchner fue uno de los primeros, el
cerebro al igual que cualquier otro órgano se conforma adaptándose al medio. Si
comparamos lo expuesto por Roig con el materialismo de Lenin, se evidencia la
concepción del primero.
De
hecho, según Lenin, la evolución del conocimiento humano se hace por etapas. No
es que la realidad cambie, sino que nuestra percepción del mundo se
metamorfosea cada vez que ocurre un descubrimiento.
La
verdad objetiva no existe de manera absoluta sino sólo en el marco de la
organización del mundo por la mente humana. El sistema euclidiano es válido, no
obstante Einstein tuvo que salir de este sistema para crear su teoría, también
válida. La verdad objetiva no es subjetiva en cuanto a que no debe depender de
nuestro propio conocimiento. Se constituye como meta; por eso en el mismo
tiempo su existencia se concibe como punto de partida, así que lo plantea Roig31. Concepción implícitamente
marxista del “ascenso de lo abstracto a lo
concreto”, que se origina en Hegel.
“Lo concreto es concreto por ser la síntesis
de muchas definiciones y, por consiguiente, la unidad de lo multiforme. En el
pensamiento se presenta por eso como proceso de síntesis, como resultado y no
como punto de partida, aunque efectivamente es un punto de partida y, en virtud
de ello, es también punto de partida para la contemplación y la representación”32.
Esta
doble condición de la definición de la verdad objetiva permite según Lenin
lograr el progreso científico. Lenin considera que este se define en el plano
filosófico en dos nociones; el relativismo, aunque no debe ser la base de la
cientificidad (por la misma razón que Roig critica la teoría de la dependencia,
que no contempla el sujeto como “receptor-creador”);
y la relación sujeto-objeto, es decir, la percepción que es al origen de la
relación del sujeto al objeto (o sea su mundo).
El
problema es cómo definir el proceso de alcance del objeto por el sujeto, de
manera que no sea meramente “impresionista” o bibliográfico, y tampoco, como en
el caso del concepto de América como utopía, espejo o espejismo, inversión de
la relación de subordinación del objeto al sujeto, el segundo asumiendo esa vez
(y no sólo constata) la posición del primero.
Ya
hemos apuntado la doble orientación idealista y materialista de Roig. Excedería
de mucho el marco de nuestro estudio entrar en la discusión iniciada por
Horacio Cerutti Guldberg33 acerca de “la distinción… entre idealismo/materialismo
clave fecunda para la comprensión” de las distintas corrientes de la
filosofía de la liberación. Sin embargo nos parece inadecuado, al menos al
nivel de la comprensión de los mecanismos en el pensamiento de Roig, reducirlo
a un materialismo opuesto radicalmente a las tesis en particular de Dussel,
sabiendo que los dos se presentaron juntos al Congreso de Filosofía de Morelia
y que varios de los planteamientos de Roig encuentran su contraparte en los de
Dussel. Por lo demás Roig nunca negó la influencia de la teología de la
liberación sobre la filosofía de la liberación34.
Aunque valiosa la crítica de la Cerutti a la filosofía de la liberación
parece una disputa méxico-argentina
entre escuelas, en la que el autor intenta restablecer el primer lugar para el
maestro Zea.
Aunque
conscientes de las limitaciones que ello implica, y no siendo nuestro propósito
el de comprender cabalmente la filosofía de la liberación y menos aún la de
cada uno de sus componentes, nos alejamos pues de la perspectiva puramente
ideológica para intentar abordar el pensamiento de Roig y por ende el problema
epistemológico que conlleva en un primer tiempo de manera historiográfica y
mecanicista, ya que lograr desentrañar la lógica de los mecanismos
aparentemente contradictorios en el pensamiento de Roig nos permitirá, o al
menos eso creemos, ubicar más agudamente el problema epistemológico dentro de
la obligatoria relación sujeto/objeto.
Cerutti
reconoce la influencia de la teoría de la dependencia sobre la filosofía de la
liberación. De ahí el recurrente tema nacional y de lucha de clases tanto en
Dussel como en Ardiles o Roig. De ahí también que al identificarse con el Otro,
Dussel asume una concepción del ser latinoamericano visto desde Europa como lo
apunta Cerutti35. Y así
también lo hace Roig al asumir el concepto de utopía como inherente al quehacer
latinoamericano; pero eso lo obvia Cerutti, al igual que el carácter
marcadamente mesiánico de tal posición. Roig y Dussel conciben una ruptura
epistemológica y no ontológica como respuesta al arquetipo, lo que sirve de base
del estudio antropológico del ser y quehacer latinoamericanos36. Ruptura que se basa entonces
en el estudio de la oposición civilización - barbarie (Ardiles, Roig). La doble
crítica al tradicionalismo y a la teoría de la dependencia, o según la terminología
de Roig más exacta respectivamente al formalismo (filosofía de índole europea
ajena a los problemas reales del continente) y al ontologismo (crítica a la
teoría del “temple” de Mayz
Vallenilla que justifica “ontológicamente
nuestra dependencia”37)
no es del todo contradictoria con la analéctica de Dussel que según Ardiles se
va construyendo en contra de las formas anteriores de crítica, a saber la que “desde atrás vuelve atrás” y es “reaccionaria”, y la que “propia del “marxismo mecanicista””, es “crítica dialéctica” “desde dentro de la Totalidad”38.
Curiosamente
Cerutti critica utopía y mesianismo en Dussel39
pero no en Roig. Tampoco parece percatarse de la comunidad de concepto entre la
filosofía desde el Otro propuesta por Dussel y la filosofía de los Calibanes a
la que Roig invirtiendo los términos de Rodó pretende abrir el paso. Podemos
entender que el mesianismo de la filosofía de la liberación sea percibido por
Cerutti como nacionalista y argentino, mientras que la noción de utopía nos
devuelve a una tradición americana mucho más amplia y compleja. Sin embargo no
podemos compartir su posición cuando se trata de obviar alegremente la crítica
hegeliana que implícita o explícitamente conlleva la metafísica de Dussel en
cuanto “filosofía de la realidad”40. De hecho si Roig en parte se
salva de la crítica de Cerutti por mencionar oportunamente a Zea41, no hay contrariamente a lo
que plantea el ecuatoriano diferencia entre la reducción del concepto de
filosofía al de ideología en Dussel y la reducción del concepto de metalenguaje
al de lenguaje en Roig. Prueba de ello es la identificación por parte de Roig
entre filosofía e ideología42.
En los dos casos nos encontramos frente a la cuestión de la posibilidad de
objetivización si no se reconoce más que ideologías circunstanciales en los
procesos reflexivos. He ahí planteado el problema y creemos que es la
historiografía la que nos permitirá desentrañarlo.
Como
Cerutti43 notaremos el tributo que rinde
Roig al marxismo y al freudismo en su ponencia leída durante el Coloquio de
Morelia. Pero en un primer momento preferimos relacionarlo con los filósofos de
la liberación y con el mismo Dussel. Basándose en el tributo de Dussel a Hegel
y Heidegger en la nota 1 de su ponencia, leída también en ocasión del Coloquio
de Morelia, Cerutti44
encuentra esta vez en Heidegger los fundamentos idealistas y clasistas del
pensamiento de Dussel. Aceptando el augurio, nos gustaría sin embargo volver
sobre los dos elementos que según Cerutti son más representativos, o al menos
así lo entendemos, del heideggerianismo de Dussel. Son los tres momentos del
pensamiento argentino, y en particular el último, metafísico, representado por
la filosofía de la liberación, por una parte; y la búsqueda en la literatura
latinoamericana de una nueva racionalidad, ya que “Esta tarea sobre la literatura, al modo como Heidegger propone examio r
la filosofía griega vivenciada en la tragedia clásica, deberá ser realizada
teniendo muy en cuenta que el “sujeto de la racionalidad es una cultura con un
agente social. La cultura surge paulatinamente””45.
Recordaremos
que la obra de Roig representa una crítica sistemática a Hegel, que le permite
desarrollar una reflexión acerca de la oposición civilización-barbarie (que dentro del propio pensamiento latinoamericano
por su presencia le permite a su vez de reducir éste a una serie de ideologías
circunstanciales y de clases), y lo
lleva a estudiar las manifestaciones genuinas del llamado pensamiento popular
(al cual opone más o menos explícitamente
el pensamiento culto). En otras palabras en Roig como en Dussel tenemos
una antropología social, la cual afirma la imposibilidad de racionalizar
objetivamente los fenómenos del pensamiento, o mejor dicho su racionalización
posible sólo mediante el estudio de la sociedad visto como diría Taine desde “la raza, el medio y el momento”. La “exterioridad” del método analéctico tal
como lo define Ardiles y los tres momentos de la evolución del pensamiento
latinoamericano propuestas por Dussel nos devuelven entonces a la relación
entre positivismo y filosofía de la liberación planteado al inicio de éste
trabajo. En los dos casos, la teología positivista y la metafísica de la
liberación, se pretende crear una ética antropológica con mira al futuro. Su
campo: lo real, el hombre: la sociedad. Su método: el estudio de la sociedad
como organismo viviente. Su meta: la utopía, proveer y mejorar el futuro, una
ética del progreso.
No
estamos aquí planteando una identidad total entre el pensamiento de Roig y el
de Dussel ni negando el valor dialéctico del trabajo de Cerutti. Pero nos
parece que entender el trasfondo positivista de los planteamientos de la
filosofía de la liberación favorece la comprensión más o menos cabal de los
mecanismos que llevan a Roig a proponer una epistemología a la vez influenciada
por el materialismo y marxismo científico, pero distinta de estos. Para
entenderlo recurriremos ahora al tercer hito que Zea “considera principal… para el presente de la filosofía latinoamericana”46: José Gaos, y en particular a
su curso Historia de nuestra idea del
mundo47.
Es
en el mundo de la construcción nacional que para Comte el “estudio de los fenómenos, en lugar de poder resultar en alguna manera
absoluto, debe permanecer siempre “relativo” a nuestra organización y nuestra
situación”48. Este
estudio que pretende dar las bases de una moral y/o teología y cuya meta es
utópica se define a sí mismo como antropológico y matemático. Sobre el carácter
fenomenista del positivismo, Gaos concluye49:
“verdadero y universal “monismo naturalista”.../
Este naturalismo tampoco necesitaría ser lógicamente, con absoluto rigor,
“materialista”; pero lo es de hecho - de hecho que se comprende asimismo
lógicamente: la evolución de lo material a la vida y de ésta al hombre es
filosóficamente concebible, y efectivamente ideada por algunos - entre ellos el
mexicano Vasconcelos -, como consistente en la adición de algo no reducible del
todo a la materia con la vida y a ésta con la psique humana; pero la misma
tendencia monista impulsa, a la ciencia misma, y a la filosofía positivista, a
idear la evolución como consistente meramente en la de la materia, en grados de
complicaciones, meramente, de la materia misma./ Y dadas las relaciones
esenciales entre el materialismo y el mecanicismo, delatada ya desde los
orígenes de la ciencia moderna, nada tan coherente con todo lo anterior como la
persistencia del mecanicismo, desde la ciencia física - Mecánica ondulatoria -
hasta la cibernética…”.
Y es
justamente en la lección anterior, once, sobre “Corpúsculos y Ondas”, que Gaos expone lo que según él en las
ciencias exactas son corrientes que permiten entender los postulados
positivistas: la mecánica ondulatoria y el relativismo. Explica así una
citación de Husserl50:
“Las proposiciones de la Física tienen por
sujetos los fenómenos físicos mismos, que son intuitivos, sensibles, y por
predicados, conceptos, formulables y formulados matemáticamente, que ya no son
sensibles, intuitivos. Estos conceptos se toman por conceptos, no de los
fenómenos de que se predican, sino de entes y procesos no fenómenos, causas de
los fenómenos ynoe los que éstos, los fenómenos, serían, recíprocamente, esto,
fenómenos, es decir, apariencias o signos de ellos. Pero esto sería mitología,
es decir, imaginación de entes y procesos puramente ficticios, inexistentes
fuera de la imaginación o en realidad”.
Así
se explica, según añade en la Lección doce51:
“que el fenomenismo, el atenerse a los
fenómenos, es compatible con una interpretación de éstos idealista “o”
realista; de donde que los positivistas de inclinan más a una u otra, aunque a
todos ellos parece común el idealismo empírico que hay en la doctrina de la
subjetividad de las cualidades sensibles, aceptada por la ciencia hasta la más
reciente, desde la física a la psicología, y, consecuentemente, por todos los positivistas. Lo que también
parece común a todos es la oposición al idealismo trascendental, incluso en la
forma más moderada, la kantiana, no se diga en una forma extrema, como la
hegeliana”.
Por
todo ello, aunque sabiendo las reservas de Roig52
o de un Mariategui53
en cuanto al idealismo liberal de Deústua nos parece válido referir la
influencia probable de la concepción estética (histórica y moral como ya vimos)
sobre el pensamiento del filósofo argentino. Ello entendido dentro de la
discusión positivista/antipositivista en América Latina. Loitue nos permite
reintroducir la cuestión crucial de la relación sujeto-objeto dentro del marco
de una circunstancialidad ontológica (de índole neopositivista), pero esta vez
ya no en el plano ideológico (como lo hace Cerutti) sino en el plano
propiamente epistemológico, que es el que nos interesa. Y vemos a través de los
extractos citados que esa circunstancialidad ontológica, tan importante en Roig
y por la filosofía de la liberación en general, como vimos al estudiar el libro de Cerutti, es Gaos quien nos permite
destacarla claramente. Pero todavía se necesita un paso más.
Una vez comprendido el mecanismo,
tenemos que resolver el problema de la reducción epistemológica del metalenguaje
a un simple lenguaje, de la filosofía a una ideología, ya que como se desprende
de lo anterior no se puede explicar en Roig como simple expresión idealista,
sino como una comprensión histórica del desarrollo de la ciencia. Ese paso lo
logramos justamente gracias a la Antropología
filosófica de Ernst Cassirer54,
Cassirer proporcionándolo al conceptualizar su idea de la disciplina histórica.
Oponiéndose a Rickert, para quien “La
realidad empírica se convierte en naturaleza si la consideramos respecto a lo
universal (y) se convierte en
historia si la consideramos respecto a lo particular”, y basándose en
Taine, autor positivista como vimos, Cassirer55
considera que al igual que las ciencias naturales la historia si bien se
resiente de la posición subjetiva del observador (en este caso la ideología del
historiador) tiene como meta la búsqueda imparcial de la verdad sobre la base
de una “concepción ética de su labor…
simpatía universal…. ampli(o)…
horizonte histórico… desprendido” de los partidismos, y cita a Otto Rank
como modelo de todo aquello56.
Lo
que se puede resumir, como lo expone Roig, por el juego:
“entre dos términos discursivos: el de la
hipostasiación de los universales, que parte del supuesto de una posible
experiencia definitiva y única, y el de la relativización nominalista de este
mundo axiológico, que oscurece toda experiencia posible, dilema que se resuelve
entonces dialógica y epistemológicamente en “la materialidad del “a priori”
histórico,… la de un sujeto que se reconoce y se afirma a partir de su
connatural diversidad social e histórica, pero que no se hunde en ella, sino
que justamente desde ella pretende alcanzar una mirada universal”57.
Cabe
precisar que Roig se inspira en Emerson: noción de historia como acto
individual, “biografía”, quinta
esencia de la mentalidad común a todos los hombres porque “el pensamiento precede el acto” y “el acto histórico preexistente en el pensamiento como las leyes”
(teoría neo-hegeliana como podemos apreciar); ubicación del hombre en la
Naturaleza identificada con Dios; concepción del poeta como poseedor de las
ideas nuevas o de una fuerte experiencia que tiene que compartir con los demás;
en fin idea que el hombre debe liberarse haciendo y asumiendo sus elecciones
individuales, por medio de la cultura.
Pero
reformulando esos conceptos en base a Spinoza, Fanon y el materialismo, Roig
salva su filosofía de todo transcendentalismo. Como volveremos a ver su
concepción de la Naturaleza es spinozana y leninista. Para Roig la Naturaleza
no es un ente eterno e inmutable (metafísico), sino que según la palabra del
mismo Lenin ella “conoce una historia
real”. De ahí que, trasladando la cuestión “postmoderna” de la historia
como relato58 al
problema de la relación dialógica sujeto/objeto, Roig afirme su posición
estructuralista (y por ende materialista) al plantear: 1 - que el hombre
individual está implicado por su
contexto; y 2 - que por eso hay posibilidad de universalización del
conocimiento de sus necesidades y proceso de progreso. Así lo afirmaron también
los etnólogos desde el siglo XVII. Pero el paso más que da Roig es evidenciar
la existencia de sistemas en el ámbito cultural, lo que desconocieron los
materialistas.
Mejor
dicho, desarrollado en sociología y economía a partir del modelo matemático de
los sisl mas, el estructuralismo que se inició primero en las ciencias exactas
con Galileo y la teoría cibernética, no tuvo expansión en el campo humanístico
para los marxistas fuera de una perspectiva social del arte. De este modo el
arte estaba implicado por su valor para la sociedad. Considerando pues la
adaptación al medio y la contextualización cuyo ejemplo más destacado y valioso
es el de Parsons y su estudio de la adaptación del modelo familiar nuclear a la
sociedad industrial, los teóricos marxistas y estructuralistas en general
desconocieron la particularidad del material cultural, ubicando erróneamente su
valor social post hoc ergo propter hoc
(cosa sin causa). El material cultural no es pura
materia o hecho real. Más que implicado por una realidad social directa, es
producto mental y por ello idiosincrásico. No responde a un valor de uso. Más bien, como
lo reconocieron Dumézil, Lévi-Strauss y la Escuela de Warburg, el material
cultural pone en evidencia de manera simbólica las estructuras y creencias
sociales.
Al
dar tributo al marxismo pero también al freudismo, Roig integra la posibilidad
de explicar cabalmente los procesos intelectuales tanto al nivel social como
individual tal como lo precisaba Taine en Filosofía
del Arte, según recuerda Gaos59. En la última parte de su libro
Cerutti, basándose en los trabajos de Roig, Manuel Ignasio Santos y en sus propios trabajos autoreferidos, reconoce60 al trabajo historiográfico el
valor de interrogar el estatus del filósofo y del filosofar “vigía” epistemológicamente para
reconsiderar el “problema del “sujeto””61. Es precisamente este trabajo
el que según Cassirer62
expuesto por Taine (Cassirer cita como Gaos extractos de Filosofía del Arte, y a
menudo los dos se refieren a los mismos) “debe
estudiar las causas de las cosas (como la botánica) en lugar de juzgar de su
valor”63, lo que le
permite encontrar al “hombre (in)visible” que se esconde y se revela en
los archivos64. Cabe
precisar que Cerutti desconoce el valor estructuralista del tal planteamiento,
y más bien lo plantea como “antiestructuralista”, refiriéndose a Santos y Jacques Derrida65, lo que nos introduce de nuevo
a la problemática de la “interpretación
de la interpretación”66.
De donde la necesidad de destacar dos niveles de lenguaje, el lenguaje-objeto y
el metalenguaje (Russel), o como hace Roig integrar una oposición
complementaria y dialéctica entre la circunstancialidad del discurso (la
historia - “biografía” de Emerson, o
“autobiografía” de Thoreau -) y su
pretensión a la universalidad, sabiendo que ello no supone dicotomía entre
sujeto y objeto (Derrida, Cerutti), sino da cuenta del proceso de desarrollo de
la ciencia tal como expone Cassirer. Se trata entonces del problema de la
percepción, fundamento de todo conocimiento, como reconoce el mismo Lenin.
Esta
dialectización del proceso de conocimiento es menos útil en las ciencias
exactas o en economí c siendo ésta relacionada con la matemática. Por ello Marx
y Engels pudieron rechazar simplemente el debate filosófico sobre la inmanencia,
mientras que ese debate es todavía fundamental en las ciencias humanas,
favoreciendo a menudo posiciones idealistas y reaccionarias entre nosotros. Sin
embargo el formalismo ruso, una de las formas contemporáneas del
“vitruvianismo”67 de la cual
Roig logra salvarse contemplando al igual que Cassirer el rol de la conciencia
individual en el proceso evolutivo de la historia y la cultura, revela los
límites del estructuralismo cuando éste traslada sencilla y llenamente la
adecuación más o menos completa del objeto a su definición en las ciencias
exactas al estudio del material cultural. Una pintura, un texto, contrariamente
a lo que pretenden los lingüistas y los iconógrafos no se reduce a su forma la
que consecuentemente con el problema expuesto puede ser llamada “estructura”68). No son puros productos, en el sentido clásico de
la palabra (y no obstante la etimología de la palabra “cultura”), sino expresiones de la mentalidad de una época. Es decir, ya siendo símbolos, sus
detalles, organización y forma(s) son mensaje. La crítica estructuralista al
texto de Proudhon en Miseria de la
filosofía lo muestra muy bien, aunque más que conceptualizarlo Marx parece
haberlo intuido. Así como lo notan Roig
y Dussel al peligro del subjetivismo se adjunta el del positivismo que
reduce el material cultural a la exposición y estudio de sus formas. La
perspectiva estructuralista sólo se entiende en las ciencias humanas cuando
permite realmente revelar el substrato cultural de y a través de la obra. Debe
ser interpretativa, universalizante, contextual, comparativa (entre material
del mismo tipo) y estudiosa de la relación del detalle al conjunto (o sea la
obra, por eso Barthes siempre prefirió la lectura e interpretación lineales que
permiten seguir mejor la evolución del proceso narrativo).
“De hecho no hay para el hombre ni valores ni
bienes absolutos. Ya en el “Parménides” platónico quedaron planteadas las
dificultades que encierra una “ciencia en sí de lo en sí”, un saber de lo
absoluto por parte de un sujeto que, consciente de su relatividad, descubre que
sólo puede instalarse en una “ciencia en mí de lo en mí”. La carencia de una
toma de conciencia histórica llevó a Platón a considerar las dos posiciones
como aporéticas y, por tanto, a invalidar en principio a ambas. Sin embargo,
una ciencia entendida como “saber en mí de lo en mí”, no implica necesariamente
la negación de la trascendencia, sino el único modo como lo trascendente se
organiza para el hombre y es organizado por él mismo./ La única vía de rescatar
en su justo peso la inevitable función sobre la que se establece el discurso,
que no conduzca a los riesgos del ontologismo, ya sea mediante la
absolutización del valor o la absolutización y a la vez identificación en tal
sentido del valor y del bien, se encuentra en la afirmación de la relatividad
que señalan la segunda fórmula de la que nos habla Platón, quien más allá del
platonismo - como sucede con todos los grandes pensadores y los “ismos” que
desde ellos se elaboran - dejó sentadas las dificultades no tanto de la segunda
tesis como de la primera./ El discurso liberador sólo puede organizarse sobre
la comprensión relativa de valores y bienes, aun cuando la conciencia
espontánea tienda a considerar movida, en ocasiones, por impulsos liberadores,
la universalidad del valor como manifestación de un modo de ser absoluto.
Considerando el problema desde el punto de vista de la empiricidad del sujeto,
sucede que no cabe sino afirmar un mismo peso ontológico al valor y al bien,
del mismo modo que sucede con el ser y el tener. La tenencia, que es apropiación de bienes, hace al ser
concreto del hombre, que funda desde su
propia empiricidad su mundo axiológico./ El ponernos para nosotros mismos como
valiosos exige una toma de posición axiológica fundada a partir de una empiricidad
propia. El problema se juega todo entero entre una propiedad y una impropiedad
de aquel acto. Para que lo primero sea posible, es necesario que la naturaleza
histórica del “a priori” antropológico adquiera una determinada plenitud, hecho
que sólo es posible en la medida que la conciencia histórica adquiera el
sentido de una toma de conciencia, a lo que sólo se tiene acceso dentro del
marco de la vida social y por la vida social./ Ese acto de posesión de
conciencia se juega constantemente ante una circunstancia concreta, en relación
con la cual se manifiesta como un juego de identidad y diferencia. La
conciencia histórica es, en efecto, una misma cosa con ese ejercicio de
identificación y diferenciación concomitantes. Mas, las respuestas ante las diversas
situaciones que vive el sujeto son posibles en la medida en que éste organice
su propio desarrollo en cuanto experiencia. Esta, ya lo hemos dicho, es
ontológicamente posterior a la empiricidad que constituye al sujeto en cuanto
tal, como la historia en cuanto lo acaecido o sucesión de experiencias, es del
mismo modo necesariamente posterior a la historicidad, raíz de toda posible
toma de conciencia histórica./ La organización de la experiencia, su
acrecentamiento, su mejoramiento, se encuentra sometida a una permanente
circunstancialidad, es decir, se presenta siempre como relativa a un lugar y un
tiempo, hecho que plantea el problema de la naturaleza de las formas de
temporalidad y de espacialidad. Por otra parte, las respuestas dadas ante las
diversas circunstancias, son consecuencia y causa no sólo de la identidad del
sujeto, sino que son causa creadora de la circunstancia misma. De ahí que no
solamente se logra una identificación por el acto de organización de la
experiencia en relación con una circunstancia, en el sentido de lo que me rodea
o me es externo, sino que en cuanto la experiencia modifica o transforma la
circunstancia, el sujeto alcanza su identidad por obra de la circunstancia
misma”69.
Si
tenemos por cierto que el conocimiento es proceso natural del sujeto que trata
de adecuar sus actos a sus necesidades, y que por ello el proceso de
conocimiento se desarrolla por etapas (lo que utilizando una metáfora geológica
nosotros, después de Kagan y Kriskeva, llamaremos “capas”), por consiguiente
este proceso aparece como social, es decir, dependiente por una parte de la
necesidad del propio sujeto de
integrarse - o dominar - su medio (Spinoza, Darwin, Sartre, Roig), pero también
de todo el legado de los antepasados del sujeto, o sea de las respuestas y
conformaciones culturales que anteriores genética o propio culturalmente a él
lo predisponen. Se trata de prejuicios o apriorismos en el sentido
behaviourista del concepto (Freud, Jung, Lacan, Lévi-Strauss, Roig,…). Por eso
podemos decir que “la conciencia es
posterior al mundo”70,
tal como lo plantearon Engels, Marx, y después de ellos existencialistas como
Sartre. Como “natura naturans”
(Roig), el ser obra entonces sobre su mundo, no sólo de manera predeterminada
sino también idiosincrásica. Sobre la base de estructuras dadas, encuentra
respuestas puntuales. Este planteamiento existencialista (Sartre), tiene en
Lenin y Roig una conceptualización
epistemológica según la cual todo saber es relativo. Ya vimos en qué sentido.
Así lo que Roig en referencia a Ortega y Gasset llama “circunstancias” (valor
relativo o prejuiciado temporal y especialmente del discurso) no impide como lo expone Lenin el
progreso científico, puesto que no es el mundo que cambia sino nuestro
conocimiento que se desarrolla por “capas”. Lenin escribe71:
“En la
teoría del conocimiento, como en todos los demás campos de la ciencia,
es necesario razonar dialécticamente, es decir, no suponer que nuestro
conocimiento es acabado e invariable, sino estudiar, en que forma de la ignorancia
surge el conocimiento, de que forma el conocimiento incompleto, impreciso, se
transforma en completo y más preciso”.
Eso
es muy importante. Si el mundo no cambia, es que no hay verdades múltiplas,
distintas. Que hayan posibilidades de aprehensión del mundo diferentes según la
época y el lugar, hasta según el individuo, eso sí. No negamos diciendo esto la
realidad de la teoría de la evolución (o movimiento de la naturaleza, según la
terminología de Spinoza, Engels y Roig). Decimos que si la ciencia tiene
logros, es como recuerda Lenin porque aplica de manera adecuada sus teorías a
la transformación de la realidad. De hecho como mostraron los materialistas no
hay imposibilidad para el sujeto de alcanzar el conocimiento cabal del objeto,
contrariamente a lo que plantea la filosofía clásica.
No
hay tampoco ningún problema dialéctico en el hecho de valorar “a posteriori” los adelantos de la
ciencia, puesto que la comprobación es su único hito. (Cuando Roig critica a
Hegel y Aron, no es para negar que la ciencia tiene que cuidarse del
apriorismo, lo que repite sin cesar, sino para oponerse por una parte a la
concepción formalista de la ciencia como mera acumulación, es decir privada de
proyecto, y por otra parte a la Nueva Crítica
y su imposición de un modelo de pensar, o sea que retomando el lenguaje
impuesto, Roig se propone aquí maldecir).
De
manera más general la hermeneútica no puede ser una mística, contrariamente a
lo que afirman los formalistas72.
Tenemos que oponer claramente, al igual que los materialistas, dialéctica y
metafísica.
Si
como dijimos, la filosofía clásica se desarrolló buscando la esencia ontológica
de las cosas (Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel), por el doble hecho de no
creer en otra cosa que la comprobación y pensar que la existencia preexiste a
la esencia, los materialistas se apartaron del discurso religioso tradicional,
y pusieron en tela de juicio el problema del alcance del conocimiento del
objeto por parte del sujeto, en cuanto de que el objeto no se define como
trascendental sino como parte de lo existente, que sea como dice Lenin conocido
o no, real, desaparecido o virtual. Si el mundo no cambia, pero que el
conocimiento se desarrolla por “capas”, entonces la actividad idiosincrásica,
al menos en el campo de la ciencia, se aplica de manera crítica (Lenin), es
decir metalingüística (Roig). Hemos
citado el caso de Euclides y Einstein. Pero entre los numerosos ejemplos que
podríamos citar se destaca el de Descartes, sus seguidores y sus oponentes.
Ahora se trataría de definir el método que emplea y debería de emplear tal
actividad crítica de la ciencia.
Evidentemente
las cuatro reglas del Discurso del Método
son influenciadas por la tipología aristotélica y judeocristiana medieval que
siempre trató encontrar el Todo (o Logos, es decir Dios) en la multiplicidad de
sus manifestaciones. Sin embargo la propuesta cartesiana de indagación
favoreció el desarrollo de las ciencias. Con éxito la utilizaron los
folcloristas de inicio del siglo XIX, Engels y Marx, la Escuela de Warburg y
los estructuralistas, estructuralistas y marxistas en quienes Roig se inspiró a
su vez. Por otra parte Descartes - como Montaigne, los Enciclopedistas y hasta
Engels, que reconocían más abiertamente tal herencia al querer abarcar todos
los campos de la ciencia (lo que confiere también a Aristóteles, Metafísica, IV, pasaje ya citado) fueron
visiblemente influenciados por los neoplatónicos, los cuales de alguna manera
permitieron a la hermenéutica trasladarse del mundo clerical al mundo laico. Es
decir, al suponer comparaciones el proceso de indagación tiene en un primer
tiempo que basarse en lo que Roig llama “acumulación”
(cuantificación que implica por supuesto una clasificación, tal como lo aclara
la teoría de la ciencia marxista). Lo que permite a la actividad crítica o “endogenación” propiamente dicho de
desarrollarse en un segundo tiempo73.
Roig relaciona estos dos tiempos (que para él nunca están totalmente separados74) con el mito de Calibán en lo
que respecta a la cuestión del alcance de un discurso propio latinoamericano75.
No
es por casualidad si los folcloristas del siglo XIX como los historiadores de
finales del siglo XIX e inicios del siglo XX empezaron por catalogar un
numeroso material (mitos, obras de arte), para poder en un segundo tiempo analizarlo
de manera comparativa. El material así registrado y reconocido permite
dilucidar los problemas de atribución y significación de los elementos aislados
o todavía no referenciados, tal como lo explicaron Engels y Marx. En otras
palabras la objetivización científica
no es producto de simples impresiones, y tampoco se logra como lo pretenden
Umberto Eco y sus seguidores sumando las impresiones del conjunto de los
sujetos. Diez mil subjetividades no permiten ni una sola objetivización. La
comprobación (o “principio de
verificación” conforme la terminología marxista), también necesaria al
ejercicio científico en las ciencias humanas, se hace a partir de una muestra suficientemente importante o representativa.
Por ello más que identificar como los marxistas (v. los trabajos de Kopnin) el
hecho (o verdad) científico con el juicio (o intuición en lo que al proceso de
conocimiento respecta)76,
preferimos identificar el primer término con la demostración, concepto que no
niega el origen subjetivo de la pregunta científica (la sospecha) puesto en
evidencia por Engels y Roig, pero sin confundirlo con una “ontologización de la dialéctica”77
como lo hicieron entre otros Descartes y algunos seguidores de Engels. Pues la
relación entre la comparación - comprobación y la sospecha es explícita en
Engels78. Se tiene que rechazar
cualquier tipo de evidencia (categoría que la filosofía se encargó de
justificar falsamente desde Descartes). Como lo expresa Roig el apriorismo
implica construcciones arbitrarias y vanas búsquedas ontológicas. Es al
contrario en la actividad lógica que, por medio de la comprobación, se logran
deducciones que sí evidencian el
sentido real de las cosas. Así la hermenéutica no será sólo un mero juego
intelectual; y si bien es cierto que la meta del trabajo interprueativo es
encontrar un discurso detrás del discurso dado, ya no se tratará más de una
búsqueda ontológica (como es el caso de la oposición aristotélica entre mensaje
exotérico, que todos pueden recibir, y mensaje esotérico, reservado a los
iniciados), sino de una aclaración crítica del hecho cultural en cuanto
revelador del pensamiento social (lo que equivale a un intento de “reconstrucción de la totalidad discursiva de
la sociedad de su época”79).
Como escribe Roig80:
“La alienación no es otra cosa, en uno de sus
aspectos, que el aceptar como propios, y renunciando a nuestra autoafirmación,
los principios sobre los cuales otro sujeto histórico ha intentado
universalizar su experiencia. Se trata de un desconocimiento de la única vía
mediante la cual lo “sujetivo” y lo objetivo se integran en una unidad
superior: la afirmación del sujeto como valioso para sí mismo, raíz de la
organización de su propio mundo de valores y de la tabla sobre la cual se
jerarquiza el mundo y resulta posible la experiencia./ Como es sabido, todo
esto se juega entre dos términos discursivos: el de la hipostasiación de los
universales, que parte del supuesto de una posible experiencia definitiva y
única, y el de la relativización nominalista de ese mismo mundo axiológico, que
oscurece toda experiencia posible. Cuando José Martí dejó fundada toda ontología, al afirmar que se debe poner lo
absoluto como relativo, venía a sostener la materialidad del “a priori”
histórico, su única raíz, la de un sujeto que se reconoce y se afirma a partir
de su connatural diversidad social e histórica, pero que no se hunde en ella,
sino que justamente desde ella pretende alcanzar una mirada universal.
Materialidad de los valores que no sólo deriva de la afirmación de una moral,
llamémosle eudemonística si se quiere, sino también de la historicidad de lo
axiológico. Carácter, este último, que surge del hecho de la recreación
permanente del “ a priori” y, por tanto, de su “aprioridad” relativa, mas
también, de la inescindible comunidad del bien y del valor.omTodo nuestro mundo
axiológico se organiza en relación con un sistema de referentes a los que
pretendemos aprehenderlos desde principios no sólo universales, sino también
absolutos, y que integran, a su manera, ese mismo mundo referencial”81.
“Mirada universal” que al contrario de
Roig niega Fanon pensando que la búsqueda y el autoreconocimiento del
colonizado no pueden lograrse a través de la universalización del concepto y
tampoco en la esfera cultural, puesto que las dos (noción de universalización
del concepto y esfera cultura), como lo plantea también muy claramente Roig,
fueron impuestos por el colonizador. Tomando en cuenta el aspecto marxista de
la teoría de Roig y considerando la oposición que introduce entre “a priori ontológico” y “a priori histórico”, nos parece poder
entender el desacuerdo entre Roig y Fanon, cuya crítica hegeliana de la
relación amo-esclavo retoma Roig asumiéndola plenamente, si se entiende la
posición de Roig como una alternativa a la vez al colectivismo comunista que
niega el individuo, y al ontologismo de la Escuela de Francfort y de Fanon, que
al acentuar el aspecto psicológico sigue validando en el caso de la Escuela de
Francfort modelos impuestos82.
De cualquier manera los planteamientos de Roig en el extracto precedente son lo
que nos debe permitir de crear, según el autor:
“Un discurso que no sea simplemente un
“antidiscurso”, es decir, que no sea “un discurso en lugar de”, como sería el
segundo caso que hemos señalado, sino de verdad un discurso que sea realmente
otro y, en tal sentido, contrario, habrá sin duda de reelaborar la estructura
axiológica sobre la base de dos principios fundamentales: el primero, que la
raíz de esa estructura sobre la cual intentamos ordenar nuestra propia
realidad, es la propia empiricidad, consciente de sí misma en cuanto tal, es
decir, de la diversidad desde la cual enunciamos nuestro discurso; y el
segundo, que con nuestra palabra no hemos codificado para siempre, es decir,
que el hombre se encuentra ante una “natura
naturans”, que es lo que le abre la posibilidad hacia una humanización.
Y por cierto que el motor, tanto del antidiscurso como del discurso contrario,
se encuentra en la experiencia de dependencia y dominación y es por eso que
ambos aparecen como “liberadores”, aún cuando sólo el segundo pueda ser
considerado propiamente como tal./ El problema de la constitución de estas
formas discursivas plantea, una vez más, el de la naturaleza social de la
circunstancia, como también el de la necesidad de la superación de los
circunstancialismos, en cuanto han sido estructurados teóricamente sobre
categorías que conducen al desconocimiento de la noción de “instancia””83.
Este último término entendido como expresión:
“dentro de la polémica “socialista” contra el
psicologismo - como “hombre exterior”…/… intento de elaboración de discurso
filosófico… rescate del sujeto del discurso dentro de los marcos de una
comprensión de su naturaleza social …/… La empiricidad del sujeto no se reduce
a la del propio grupo social, sino que
ha de contar con la de otros grupos, único modo de integrar dentro del
universo de los discursos referidos, una totalidad social”84.
En
este caso “No es el hombre “interior”,
sino el “hombre externo”, el hombre como ser social y, consecuentemente, la “sociabilidad
“, lo que es objeto propio de una filosofía”85,
cuyo “quehacer” “no puede ser considerado sin su relación con procesos temporales y
locales …/… ineludible presencia de lo histórico… (que implica) comprender sintéticamente la estructura
social dentro de la que la filosofía es tan sólo un momento”86.
Se
tiene que entender correctamente los últimos presupuestos y los problemas que
plantean. Obviamente es imposible pensar la obra de Roig al margen de su
posición latinoamericanista. Como en toda la filosofía de la liberación y más
generalmente en toda la filosofía latinoamericana (veáse Discurso desde la marginación y la barbarie de Zea), el problema
epistemológico se concibe desde el ser otro (“diversidad desde la cual enunciamos nuestro discurso…. Posibilidad
hacia una humanización…. experiencia de dependencia y dominación”). Eso es
lo que en Roig favorece el carácter “objetal” el discurso, esa “connatural diversidad social e histórica”
del sujeto asumida conscientemente impone una perspectiva comparatista, ya que
“La empiricidad del sujeto… ha de contar
con la de otros grupos, único modo de integrargrentro del universo de los
discursos referidos, una totalidad social”. De ahí se desprende la crítica
marxista al ontologismo (“a priori
ontológico”, noción de “hombre
“interior””) y la elección positivista del estudio sociológico (del “hombre “externo””) para entender “sintéticamente la estructura social” vía
la comprensión cultural de su mentalidad (o ideología). Por lo menos esta
antropologización del discurso concibe, ya que la plantea, la posibilidad de la
comparación, pues es el “mundo axiológico… referencial” (o sea el mundo
moral, cultura: ideológico) el que nos introduce al problema “de la relativización nominalista de ese
mismo mundo axiológico”. Lo que implica primero la idea de que hasta en el
mundo psicológico el individuo obedece a lo que Deleuze llama campos de
inmanencia, es decir, a valores transpersonales (la Ley, el Padre) que siendo
propios al menos de un grupo social, cuando no de varios grupos sociales,
permiten entrar en el mundo interno del hombre y entenderlo comparándole con el
de otros hombres; y segundo la idea de que
si “con nuestra palabra no hemos
codificado para siempre” necesitamos de teorías unificadoras y metaciencias87 para “alcanzar una mirada universal” y no hundirse en la diversidad
connatural del sujeto, o sea en los partidismos, contra los cuales nos advierte
Cassirer.
Esta
teoría del valor, concepción neopositivista de la verdad como reducción
matemática, nos coloca ante el problema más general del juicio como primera
forma, según la tradición, de aprehensión lógica del objeto en el proceso de
conocimiento.
El
problema de la reducción del metalenguaje a un simple lenguaje, o
lenguaje-objeto, conlleva en sí problemas de orden tanto epistemológico como
ideológico. Hemos anteriormente relegado el problema ideológico en la obra de
Cerutti, ya que el estudio de las implicaciones no directamente relacionadas
con nuestro trabajo no era de por sí el objeto de nuestra investigación. Ello
no quiere decir que para entender los planteamientos de Roig debemos obviar su
carácter ideológico. Más, en cuanto la cuestión axiológica se la plantea el
mismo autor, ésta deviene entonces para
nosotros objeto de investigación, es decir, parte integrante del
problema epistemológico. Sin embargo ya hemos dicho que la posición de Roig no
es idealista, o ontológica. Bien podríamos referir para comprobarlo a la
evidente influencia marxista en el pensamiento de Roig y más generalmente de
los filósofos de la liberación. Sin embargo como también ya hemos dicho y como
lo apunta Cerutti la filosofía de la liberación es un movimiento polifacético,
y reducir el pensamiento de Roig a un estricto marxismo - leninismo sería no
sólo serle infiel, sino también desconocer los mecanismos fundamentales de su
pensamiento.
Si
para Lenin y Roig el pensamiento evoluciona por etapas, lo que justifica un
cierto relativismo, la cuestión de la verdad objetiva que subyace encuentra
soluciones, o por lo menos explicaciones, más o menos distintas en estos dos
autores. Donde Lenin identifica el Bien, lo Justo y la Verdad, comprobables a
posteriori por, en y gracias a los cambios operados en el objeto por la
intervención del sujeto (Lenin ejemplifica su concepción de la verdad objetiva
a partir de las ciencias exactas), Roig contempla simplemente en las ciencias
humanas una pretensión a la universalidad, sin cambio en el objeto pero movido
por cambios ideológicos en los puntos de vista (o de partida) del sujeto en
función de la época, el lugar y las necesidades consiguientes del grupo al que
pertenece dicho sujeto (en este caso el investigador). Así concebido el
contenido axiológico inmanente al o propio del objeto según Roig encuentra su
justificación implícita en las necesidades del sujeto (o grupo social). Como
podemos apreciar en los extractos citados de nuestro autor la filosofía aparece
por consiguiente como un momento de la conciencia y la evolución histórica, o
para decirlo en términos hegelianos como proyección del Ser, fuera de sí, hacia
la sociedad. Sin embargo tal concepción en Roig se debe no a una concepción
machista de los fenómenos culturales, sino a la combinación de dos elementos:
su posición latinoamericanista, y la definición ambigua del concepto de ideología
en el marxismo - leninismo.
Pues,
la insuficiencia para no decir la ausencia de definición clara del concepto de
superestructura en la teoría marxista - leninista de la cultura88 favorece la confusión entre
axiología (valor en sí del objeto) e ideología (valor en sí del objeto para
mí). Así se explica por ejemplo la concepción ahistórica de la relación
Ser/Tener en Teoría…, cuando al
comparar Biblia y Popol Vuh Roig confunde ser en sí y ser
para mí, y oponiendo la concepción europea a la americana niega de paso
problemas tan fundamentales como la cuestión de la resurrección de los cuerpos
en la teología cristiana o la llamada civilización material de Occidente (a la
cual los mismos europeos desde los años 1960 encontraron la contraparte en el
mundo oriental). Más todavía, es retomando tesis marxistas, es decir europeas,
que Roig niega al europeo la conciencia axiológica de la relación no dicotómica
entre Ser y Tener.
Lo
anterior se aclara dentro del marco latinoamericanista del concepto roigiano de
ideología. La propuesta leninista de cambiar el mundo gracias a la ciencia
encuentra su contraparte en Roig a través de la propuesta utópica y axiológica.
Afirmar el carácter circunstancial de todo discurso, es también reafirmarse
dentro de un discurso contrario, el cual no esconde su obligatorio substrato
ideológico. Se pone así en duda el estatus ontológico de la conciencia
filosófica (“cogito ergo sum”),
devolviéndonos a la etimología de lo que es el filosofar y por ende el ser
filosófico, el ser filósofo: amante de la sabiduría, pero no “sabio” (sofista).
Sin
embargo al nivel teórico esta posición, que se asemeja al relativismo de la
Nueva Crítica (puesto en tela de juicio por el mismo Roig), conlleva un
peligro: llenar el concepto culturológico definiéndolo como estudio de las
ideologías, es decir de los hechos espirituales de la humanidad, para en un
segundo tiempo vaciarlo al reducir toda forma de discurso a un discurso
ideológico, o lenguaje - objeto. Es entonces de primer interés cuestionar aquí
la identificación leninista, pero compartida por los teóricos capitalistas,
entre el Bien, lo Justo y la Verdad en
ciencia. Contrariamente a lo planteado por Roig, la Nueva Crítica, y
anteriormente los neopositivistas y Lenin, nos parece oportuno distinguir en
las ciencias exactas como en las ciencias humanas la ideología o como dice
Platón aspiración al Bien (que puede ser ahorrar energía) y el cambio efectivo
en el objeto verificable a posteriori en las ciencias exactas, lo que
correspondería a la demostrabilidad o comprobabilidad de la interpretación del
fenómeno cultural en las ciencias humanas (el resultado real, práctico del
deseo de ahorrar energía fue así, en el campo de las llamadas ciencias exactas:
la bomba atómica). De ahí cuestionaremos la confusión marxista entre ideología
entendida como sistema (revolucionario) global de interpretación del mundo, e
ideología entendida como falsa conciencia pequeña burguesa. Lo que en el primer
caso, al negar el carácter parcial de la ideología (Mannheim) y basándonos en
las críticas de las filosofías africana y latinoamericana al pensamiento
europeo no es otra cosa que una forma de ontologismo.
Ortega
y Gasset fue quien planteó de primero el problema de la circunstancialidad (o
perspectiva) de la actividad filosófica y humana en general. Sin embargo
tendríamos que diferenciar claramente el material cultural, ideológico, de la
ciencia, que lográndolo o no por lo menos en los últimos siglos siempre intentó
objetivizarse trascendiendo así los particularismos, y la circunstancialidad en
su aspiración a la universalidad, es decir, más precisamente todavía a la
universalidad (o universalización) de su mirada. Al contrario, la cultura en sí
es una representación subjetiva (o ideológica) del mundo (Kant, Hegel).
De
ahí nos preguntaremos cómo definir la cultura. De nuevo tenemos que volvernos hacia la historiografía. A
diferencia de los marxistas los modernos diferenciaban la cultura de la
agricultura. Pues la época moderna, todavía esencialmente rural, distinguía lo
económico de lo cultural. El mismo concepto de “cultura” (lo que ayuda la naturaleza) supone o si se prefiere
revela el carácter superestructural de la cultura. La paz según los modernos
llevaba así a la ciudad tanto bienes materiales como espirituales,
propiciándole riqueza agrícola y florecimiento de las artes. Al comprender en
el sentido medieval todavía el concepto de intelectualidad89, los modernos al igual que Herder más tarde definían
la ciudad “bien policée” respecto a su grado de desarrollo moral. La cultura era
entonces un concepto empleado por definir las artes (técnicas-liberales) en su
conjunto (hoy en día tendríamos que adjuntarles nuevas formas de arte entonces
desconocidas, como el cinema, la fotografía y en general las artes
audiovisuales, así como la moda o la publicidad). Las artes en sí se definían
como lo implica lo anterior por su técnica, su intencionalidad (concepto que
para nosotros, contemporáneos, tiene que ser reemplazado en el estudio por
ejemplo del arte prehistórico, de los niños o de los locos por el del aporte
instrumental para la comprensión de la conciencia individual y colectiva que
nos conllevan tales tipos de artes no directamente intencionales). En esta
perspectiva se aclara el estatus particular del arte y la cultura. La sociedad
puede definirse como conjunto de
individuos con intereses y metas en común. Tal definición toma en cuenta la
polimorfia o ambivalencia del concepto de grupo. Así se puede hablar de
sociedad animal, civil, comercial, tribal, anónima,… En esta definición la sociedad
puede ser entendida como grupo, nación, federación… La civilización (o ciudad
“bien policée”) sería entonces una sociedad con cultura, o sea artefactos con
fines estéticos (veáse Aristóteles, Poética,
o el concepto de “intencionalidad” en
Schapiro en lo que al arte contemporáneo, abstracto, refiere). Así la cultura
no se puede definir fuera de lo humano, y ante todo de lo moral - ideológico.
O dicho de otra manera lo ideológico es
lo cultural. Obras que en esta clasificación tienen lo que llamaremos una “fonction-charnière” al igual que las
artes no directamente intencionales en cuanto forma original de la actividad
artística es también el hecho de contar, sea oralmente o por escrito; el diario
es una de las primeras formas de narración (veáse Madame de Sévigné o la
literatura erótica). El estatus del narrador profesional en las sociedades
primitivas como el grado moral de sus narraciones permiten entender porque y
como los mitos (Biblia,…) se integran
a este material cultural, reafirmando el carácter ideológico de tales
manifestaciones en el proceso de formación axiológico y más precisamente ético
del individuo. Una vez definido el concepto de cultura-ideología, vemos que
tanto el interés comparativo moderno por el pensamiento antiguo, como el proceso
histórico (fama que logra o conserva un autor de su vivo o después de muerto) y
el progreso de la ciencia (problema ya mencionado de las metateorías) ampliaron
concomitantemente el concepto de cultura no sólo a las obras “de” la cultura,
sino también “sobre” la cultura.
Es
entonces dentro de la dialéctica marxista y por ende roigiana entre Lo universal y lo específico en la cultura90 que debemos entender el
problema ideológico, pero sin confundir a diferencia de Guadarrama filosofía
militantista y propuesta de definición y estudio científico de la cultura.
Reconociendo el lugar especial de Roig como uno de los filósofos que mejor
entendió y estudió en sus distintas manifestaciones el problema epistemológico
de la cultura (como lo demuestra el consenso para la valoración positiva de su
obra de parte de filósofos tan diversos como Cerutti, Guuadarrama o Serrano) y
consciente del carácter leninista de la noción de pretensión a la universalidad
en Roig, nos parece lícito comparar lo planteado por Roig con la teoría
neomarxista de Althusser. Para este último toda problemática se elabora dentro
de la historia desde la perspectiva de una de las clases tomadas en la lucha
social. Por ello, rechazar la neutralidad política de la teoría es para
Althusser como para los marxistas o Roig tener conciencia de la progresión
dialéctica de la ciencia, de la subjetividad a la objetividad, desde mí (y mis
circunstancias) hacia lo universal. Es entonces afirmar la objetividad
científica posible (Althusser).
El
error de la teoría marxista, evidente en Guadarrama, es pensar diacrónicamente
(y no sincrónicamente) el fenómeno cultural y su interpretación:
“… la cultura material no siempre se presenta
como algo espontáneo y directo a través de los fenómenos de la vida cultural de
una época dada, aunque siempre constituirá el ingrediente sustancial que
conformará el contenido de la cultura espiritual. De ahí que ningún tipo de
actividad artística o creativa en la esfera de la vida espiritual sea posible
analizarla fuera del contexto del modo de producción de bienes materiales ni al
margen de los intereses de determinadas clases sociales”91.
El
extracto citado revela dos errores consecutivos del primero: la reducción de lo
cultural a lo material y, como lo apunta Althusser, la idea de que el ser
social determina la conciencia. Lo último, al negar el humanismo de la teoría
de Marx, hace que el problema de la ideología y su comprensión queda como un “point aveugle” (Althusser) de la teoría
marxista-leninista. Lo que a su vez provoca la adhesión religiosa de los
marxistas a la esperanza de una comunión final entre el ser y el devenir, la
moral y la política, el deseo y la realidad,
el fin de la lucha de clases (objetivo comunista verdadero) y el fin de
las contradicciones (objetivo idealista). De ahí que como lo plantea Althusser
tanto entre los marxistas como entre los idealistas “la moral commande l’histoire”. De hecho como escribe Joseph Gabel92:
“Il est loisible d’admettre avec les
wébériens un primat méthodologique du présent: l’historien choisit en fonction
de ses critères actuels des questions qu’il pose au passé. Parler du primat
épistémologique implique la possibilité d’une déformation “ex-post facto” de la
réalité historique en fonction des exigences variables du présent”.
Para
lograr evitar tal ambigüedad Althusser como Roig propone utilizar conjuntamente
las teorías marxistas y psicológicas. O sea estudiar la cultura como fenómeno
social en una perspectiva estructuralista y marxista, pero no exotérica.
Rechazar el mito ontológico del Nombre (“Racine
est Racine”), pero también el sociologismo de la cosa sin causa, defendido
contemporáneamente de manera muy notable por la crítica de arte estadounidense
Rosalind Krauss.
Así
tomaría todo su valor el concepto de “instancia”,
evocado por Deleuze en el plano psicoanalítico. Para entrar en el “continente-historia” y distinguir moral
e historia se debe según Althusser distinguir entre ideología (vida simbólica
coherente para un grupo social determinado) e ideología teórica. De tal manera
que podemos reubicar adecuadamente la división de Russell entre lenguaje-objeto
y metalenguaje tomando en cuenta que “las
ideologías discursivas se articulan con ideologías prácticas, reales, concretas
(en el sentido inmediato de estas palabras) que como las económicas y las
políticas, son fuerzas materiales activas indispensables a toda sociedad
posible”93. Lo que
permite resolver la confusión entre valor en sí y valor para mí, producto de
una concepción diacrónica exotérica.
La
comparación entre Roig y Althusser adquiere además nuevos matices al percatarse
de que el francés como Sartre, Zea o Roig, se preocupa por la cuestión de la
negación del estatus humano, en este caso el de los obreros.
No
hay pues justificación alguna de la ideología como sistema parcial, sino que
consciente como lo expresa Roig de nuestra circunstancialidad tratamos de
objetivizarla por, en y a través de la universalización del concepto (Lenin,
Cassirer). Una vez planteado lo anterior, nos queda por preguntarnos cómo
manejar los mecanismos del proceso de evolución histórico - social de las
ciencias humanas, con fin del estudio comparativo de la evolución de la cultura
a partir de un conocimiento lo más amplio posible de los símbolos y mitos
universales y de su evolución en el pensamiento de cada sociedad y época.
Al
nivel de la teoría semiótica formalista94,
reseñada por Jorge Benítez Barreto95,
la posición roigiana se sustenta en la ciencia de los signos considerada como:
materialista (Eco: “las cosas existen por
cuenta propia”; Kristeva); historiográfica del contenido ideológico (Eco: “bajo los procesos culturales hay unos
sistemas”; Barthes; Kristeva; María del Carmen Boves Navez, en cuanto
concibe como cuarta acepción del término semiótica según refiere Benítez
Barreto los “intentos de una ciencia
unificada, en cuanto toma el lenguaje como manifestación genuina y sintética de
la cultura (Para este grupo: la semiótica estudia directamente todos los
códigos de comunicación bajo todos los puntos de vista, y, naturalmente, así considerada
es más amplia que la lingüística)”); y por esa perspectiva historiográfica
del contenido ideológico de los signos sociales, metateórica (Kristeva;
Greimas: “oposición natural/construido (o
“artificial”) (sustituida) por la de semióticas científicas/ semióticas no
científicas”). Vemos pues como la posición culturológica de Boves Naves que
en Greimas y Eco conlleva una oposición entre discursos naturales/artificiales
(oposición menos clara que en Althusser ya que como lo explícita Eco en el
extracto citado por Benítez Barreto sólo apunta hacia la necesidad general “de fundamentar los parámetros para la
comprobación de los signos en categorías semióticas y no en el recurso físico
de las cosas, precisamente porque es una ciencia de la cultura y de las convenciones
sociales y no de la naturaleza”) pudo influir en Roig.
Esta influencia aparece más clara y
cabalmente a partir de lo anteriormente dicho citando a Kristeva: quien
considera la semiótica una:
“palanca que guía las ciencias hacia la
elaboración de una gnoseología materialista. Mediante la intervención
semiótica, el sistema de las ciencias se ve desentrado y obligado a volverse
hacia el materialismo dialéctico, es decir producir una gnoseología. El sistema
científico es extraído de su banalidad y se le añade una profundidad que piensa
las operaciones que le constituyen - un fondo que piensa la actividad
significativa./ Así, la semiótica en tanto que semanálisis y/o “crítica” de su
propio método (su objeto, sus modelos, su discurso, planteados por el “signo”),
participa de una actividad “filosófica” (en el sentido kantiano del término).
Ahora bien, es justamente el lugar semiótico el que refunde la distinción
filosofía / ciencia: en ese lugar y a partir de él, la filosofía no puede
ignorar los discursos - los sistemas significativos - de las ciencias, y las
ciencias no pueden olvidar que son discursos - sistemas significativos. Lugar
de penetración de la ciencia en la filosofía y de análisis crítico de la
actividad científica, el “semanálisis” se diseña como la “articulación” que
permite la constitución, estratificada, diferenciada de una “gnoseología
materialista”, es decir de una teoría científica de los sistemas significativos
en la historia y de la historia como sistema significativo. Así decimos que el
semanálisis extrae el conjunto de los sistemas significativos de las ciencias
de su univocidad no - crítica (orientada hacia su objeto y que ignora a su
sujeto), ordena críticamente los sistemas significativos, y contribuye así a la
fundamentación no de un Sistema del Saber, sino de una continuidad discreta de
proposiciones sobre las prácticas significativas./ El semanálisis cuyo proyecto
es, pues, ante todo crítico, no se construirá como un edificio terminado,
“enciclopedia general de las estructuras semióticas”, y menos aún como la
última cima, el “metalenguaje” “final” y “saturado” de una imbricación de
lenguajes, cada uno de los cuales toma al otro por “plano de contenido”. Si tal
es la intención de la “metasemiología” de Hjelmslev, en cambio el semanálisis
desgarra la neutralidad secreta del metalenguaje supra - concreto y super -
lógico, y designa “a los lenguajes” sus operaciones definitivas para asignarles
el sujeto y la historia. Pues lejos de compartir el entusiasmo de la
“glosemática” que marcó la “belle époque” de la Razón Sistematizadora
persuadida de la universalidad de sus operaciones trascendentales, el
semanálisis se resiente del resquebrajamiento freudiano y, en otro plano,
marxista, del sujeto y de su discurso, y, sin proponer un sistema universal y
cerrado, formaliza para desconstruir. Evita así el enroscamiento sobre sí
mismo, y le designa un “exterior” - un “objeto” (sistema significativo)
resistente, que la semiótica analiza para situar su formalismo en una
concepción materialista histórica que enarbola oblicuamente esa formalización./
En la etapa actual, dubitativa, dividida entre el cientificismo y la ideología,
la semiótica penetra todos los “objetos” del dominio de la “sociedad” y del
“pensamiento”, lo que quiere decir que penetra las ciencias sociales y busca su
parentesco con el discurso epistemológico”96.
Propongamos
entonces con Roig:
1) Una teoría de la cultura de índole marxista en los
siguientes puntos97: los dos
aspectos, social y gnoseológico, de la objetivización; el método
historiográfico-lógico que permite tomar el objeto en las fases más
significativas de su desarrollo (veáse Dumézil); la desintegración mental del
objeto en sus propiedades, relaciones, partes, fases de desarrollo,..., y la
síntesis y reducción a la unidad de las múltiplas propiedades y relaciones que
se descubren (Descartes); la segregación de lo universal y lo esencial
(relación dialéctica: identidad consigo mismo/diferencia con todo lo demás); la
explicación de hechos pertenecientes a un mismo grupo; la consideración de la
invariación (cierta independencia del objeto respecto del sistema, consecuencia
de su autenticidad); la superación, gracias a todo lo anterior, de lo no
racional por la actividad científica en su progreso; la deducción y/o concreción
de los viejos saberes a formas superiores (veáse la relación entre experiencia
y ciencia en Aristóteles); la afirmación de que la verdad es siempre concreta;
la utilización de las teorías unificadoras (interdisciplinarias); la clara
conciencia de la relación entre el saber y el valor;
2)
Pero también la conciencia no marxista de la relación anterior a la
precedentemente enunciada entre el objeto y el valor; y la afirmación
consecutiva de que no es el juicio (o intuición) que provoca o debe provocar el
análisis, sino la similitud en sus elementos consigo mismo o con otros
fenómenos, objetos o elementos exógenos.
En
resumen a partir del estudio de Roig
proponemos una crítica social basada en el estudio del material cultural como
expresión mental de una época y lugar determinado con el fin de revelar su
trasfondo ideológico, en una perspectiva dialéctica en la que se aclara en
función de la relación entre la mente individual y la influencia del medio.
Ambas cosas: por una parte la influencia aceptada por Cerutti de Fanon (teoría
psicoanalítica) y de la teoría de la dependencia (económica y social) sobre la
filosofía de la liberación, y por otra el reconocimiento del problema
ontológico y su pretensión de “antropologización”
por parte de los filósofos de la liberación, constituyen el trasfondo que hace
que Roig proponga un método en el que se responden y complementan circunstancia
y universalidad, voluntad individual e influencia del medio. Como escribe
Taine:
“Si, para explicar las obras de arte de un siglo,
se consideran, además de las inclinaciones reinantes del siglo, el momento
particular del arte y los sentimientos particulares de cada artista, podrán
derivarse de la ley, no sólo las grandes revoluciones y las formas generales de
la imaginación humana, sino también las diferencias de las escuelas nacionales,
las variaciones incesantes de los diversos estilos y hasta los caracteres
originales de la obra de cada gran hombre”98.
De
ahí se entiende que al nivel epistemológico se trata de un método de compilación-comprobación
(es decir, según otra apelación, igualmente válida, aunque menos clara, de
clasificación) que pretende que el valor es intrínseco al objeto,
contrariamente a lo que plantea Ayer en “Demostración
de la imposibilidad de la Metafísica”, pero que ese valor no siempre es
entendido por el sujeto, de donde el interés de distinguir el valor propio,
axiológico, del objeto, del proceso evolutivo de su alcance: que es el
conocimiento humano. Lo que implica tener clara la diferencia entre el valor en
sí y el valor para mí, es decir, como
vimos, identificar el pensamiento de Roig con el de Althusser más que con la
confusión feuerbachiana entre lo en sí y lo en sí para mí, que en este caso se
aparentaría a una ontología de índole hegeliana acerca de lo en sí (el objeto)
como parte axiológica de lo en mí (el sujeto) fuera de mí (ya que “El hombre no es nada sin un objeto” y
que “El hombre… objetiva su entidad
(esencia) y se hace de nuevo objeto de esta entidad (ente) objetivada,
convertida en un sujeto, en una persona; se piensa, es para sí objeto, pero
como objeto de otro objeto, de otra entidad (ente). Así… es un objeto de Dios”99). Ya vimos la influencia de
tal teoría sobre el marxismo - leninismo, no obstante éste sea una de las
formas más acabadas de pensamiento teórico objetivo en sus planteamientos, los
cuales son así que lo pudimos apreciar de inspiración cartesiana y
estructuralista (desintegración-síntesis).
De
lo anterior se desprende la orientación culturológica de nuestra propuesta. Ni psicología
del arte, que reduce toda manifestación del pensamiento a la expresión
enfermiza de obsesiones de valor puramente individual, ni sociología del arte
que confunde valor simbólico y relaciones de intercambio, reduciendo a su vez
el valor intelectual (en el sentido ya aclarado de la palabra) de las manifestaciones de la cultura, el valor en
sí, a la recepción social de la obra, el valor para mí, nuestra metodología se
define como etnopsicoanalítica, es decir mitoanalítica, al contemplar el
carácter inmanente del símbolo, lo que favorece el proceso necesario de
comparación-comprobación al considerar el símbolo en su doble realidad: de
proyección de la mente individual en la sociedad, y de reducción idiosincrásica
de datos sociológicos entendidos por el artista según su medio, época y
contexto. Al considerar el carácter reflexivo de las manifestaciones culturales
y distinguir ideología e ideología teórica, nuestro método reinvierte en el
objeto cultural el contenido simbólico, sin vaciarlo de su posible
interpretación. “Rien de ce qui est
humain ne m’est étranger”.
Una
vez “triangulada” la concepción de Roig en referencia a Lenin, Cassirer y
Althusser, nos percatamos de que si la historia y las ciencias humanas en
general se construyeron a menudo como relatos, ni su esencia ni su quehacer son
el ser relatos. Tampoco pretenden convertirse en relato de manera permanente
por una mágica transformación. A prueba el mismo empleo de metateorías y
ciencias unificadoras para criticar y reducir el margen de subjetividad
inherente a cualquier proceso de objetivización. Ya asumida tal posición
respecto a los anteriores problemas del ámbito, definición y alcance de las
ciencias humanas, así como más generalmente de su objeto, podemos en base a
nuestra propia experiencia de casi diez años en la investigación ofrecer al
lector el modus operandi por nosotros conceptualizado y a nuestro parecer el
más generalmente utilizado, ya que parte y se justifica por todo lo
anteriormente planteado en este trabajo, en las ciencias humanas que no son
simplemente formalistas ni descontextualizantes: a saber el folclorismo, la
iconología, el comparatismo duméziliano, el estructuralismo lévi-straussiano, y
la semiología barthesiana.
Afirmamos
de nuevo que el objeto no es intuido, sino historiografiado. Negamos pues el
primato del juicio como primera forma de aprehensión lógica del objeto por el
espíritu subjetivo. La comparación es y siempre debe ser el primer paso del
acercamiento objetivo al fenómeno. Al constatar semejanzas entre dos o más
fenómenos el hombre de ciencia se debe de preguntar el por qué, el cómo y de
dónde vienen tales similitudes. Con el fin de aclarar y dar respuestas a estas
preguntas, empieza estudiando por aparte el significado y la historia del
significado de los elementos de cada fenómeno particular. A partir de los
resultados así logrados se puede preguntar si hay o no lugar a comparación. Es
el estadio de la comprobación. Como nos lo enseña la experiencia y como lo
recuerda Lévi-Strauss no hay casualidad. Es decir, las similitudes constatadas
al inicio tienen en general su explicación en el trasfondo mítico - mágico del
pensamiento humano, permanencia de símbolo que desde Jung solemos llamar “memoria colectiva”. Es entonces en el
origen a menudo remoto y olvidado del símbolo que se puede hallar la razón
final del por qué y del cómo de las similitudes todavía perceptibles pero
aparentemente sin explicación directa por el individuo del siglo XX. El
científico debe entonces comparar dos estadios del símbolo: su carácter
permanente, y su adaptación al caso y/o momento preciso, lo que Roig llama la “historicidad de lo axiológico”. Aparece
aquí en toda su complejidad el nivel ideológico del símbolo, que nos obliga a
conocerlo en todas sus metamorfosis y expresiones diversas según la época.
Obviamente no sólo el nivel axiológico es en relación con el ser (valor del
símbolo por los hombres de una época dada), sino que se vuelve propio del ser
(cualidad del objeto que permite explicarlo no en función de un valor reportado
sino intrínseco). En otras palabras el carácter sociolectal del símbolo se
vuelve envoltura de su carácter idiosincrásico. El discurso tiene entonces que
aplicarse al valor propio del ser, a través de un proceso de acercamiento
metateórico, tanto al nivel interdisciplinario (psicológico, sociológico,
literario, filosófico, historiográfico) como sincrónico, lo que Lévi-Strauss
define como verticalidad del estudio del objeto. Destacaremos en este proceso
dos tipos de verticalidad. La primera contempla los distintos niveles de
sentido del objeto: inconsciente, consciente y social (influencia del medio).
La segunda, que es la primera a nivel del proceso analítico, pero la segunda al
nivel lógico, se interesa por el propio fenómeno de recurrencia. Puede tratarse
de la recurrencia de los términos en un mismo material, se trata entonces de lo
que llamaremos verticalidad interna, en una lectura cerrada de un material
homogéneo. Puede tratarse de la recurrencia de términos entre materiales
heterogéneos, lo que llamaremos verticalidad externa y nos obliga a recurrir a
un proceso historiográfico, sincrónico, más directamente, en una lectura
abierta. Vemos pues que la base de este tipo de estudios, de esta metodología
mitoanalítica es un conocimiento humanístico, o sea el más amplio posible.
Ultima precisión indispensable: la comparación puede operarse entre figuras,
temas, símbolos, conceptos, o entre figuras y temas, símbolos o conceptos, es
decir, indiferentemente entre la misma clase de material (figura - figura, tema
- tema, símbolo - símbolo, concepto - concepto) o no (figura - tema, figura -
símbolo, figura - concepto, tema - símbolo, tema - concepto, símbolo -
concepto). Igualmente varios elementos de un mismo conjunto pueden ser
comparados entre sí (lectura cerrada100).
O bien varios elementos de materiales distintos entre sí.
III.- Nuestro concepto de Verdad
“De gustibus et coloribus non disputandum”.
No
se puede hablar de la cuestión epistemológica sin interrogarse al mismo tiempo
por la noción de verdad, o mejor dicho, el problema de la verdad nos devuelve
obligatoriamente a la cuestión epistemológica. La mitología colectiva y
científica relaciona directamente la verdad con el proceso de enunciación que
expresa el juicio, sea éste siempre valedero (teoría tradicional) o no (teoría
neopositivista).
Pongamos
la proposición (utilizada por los teóricos de Oxford, Kurt Gödel, y Russell en
su principio de Antinomia - véase la "Paradoja del Barbero" y
la cuestión del "conjunto de todos los conjuntos que no elementos de sí
mismos" -, en base a la famosa "Paradoja del Mentiroso"
de origen aristotélico, la cual había sido ya hábilmente transformada por
Miguel de Cervantes Saavedra en el cap. LI de la Segunda Parte de 1615
de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y se expresa también en la primera paradoja de
Zenón, la de la "Dicotomía"):
“Lo que digo es verdadero (o falso)”. Se puede suponer que la primera parte de
la proposición es neutral (“Lo que digo es”), mientras que la segunda
expresaría un juicio. Pero nos encontramos entonces frente a un doble problema:
1- saber si los objetos no tienen valor en sí, o dicho de otro modo si es mi
juicio que les da valor, ya que en el caso propuesto en cuanto afirmación sin
premisas el valor para mí se vuelve (o se confunde con) el valor en sí; 2 -
saber si se puede dividir una predicación suponiendo que en sí ella (como
conjunto) no es un juicio. Tomemos otros ejemplos. Si aceptamos que hablar de
un verdadero o falso amigo no es otra cosa que expresar un juicio de valor sobre
una persona que de por sí existe, fuera de mi juicio, sin embargo afirmar que
un biombo es una falsa pared revela su doble condición de separación pero no
hecha con piedra ni cimiento. Si bien el preciso momento en que me expreso
constituye en sí la condición de existencia, por lo menos al nivel conceptual y
del lenguaje, de lo que estoy diciendo (sea una afirmación o una pregunta,...):
a) mi intención al afirmar la verdad o falsedad de una proposición mía (“Lo que
digo es verdadero(/falso)”) no es simplemente poner el acento sobre su mera
condición de existencia; b) suponer que esta proposición existe fuera de la
autoafirmación mía como locutor de que ES equivaldría a prestarle al verbo una
realidad ontológica que no tiene; c) por consiguiente el simple hecho de
postular la existencia real de mi propio discurso, y más todavía su verdad o
falsedad, es un acto metalinguístico.
Hablando
de un verdadero (o falso) amigo, no hago más que recordar como y en qué pude
comprobar la profundidad (al nivel ético de la preocupación del otro para o
hacia mí) de una relación de amistad (entendida entonces en su primer grado
como empatía o armonía, comunión de gustos e intereses). Siguiendo a Roig,
diríamos que no hay diferencia entre el Ser y el Tener, o sea que el valor no
es ajeno al ser. Si cuestionamos ahora a la tesis neopositivista, resulta
interesante preguntarnos si considerar a la verdad como una “realidad” válida
(o verificable) dentro de un sistema, primero no es una simple reducción
matemática del problema, y segundo si por consiguiente no pasa inadvertido el
carácter de juicio del lenguaje, que el mismo neopositivismo destacó en el
campo semiótico. Dicho de otro modo el planteamiento axiomático de la ciencia
tiene como origen en el campo de las ciencias humanas el silogismo estoico y su
consecuencia directa: el occamismo que considera que el término sólo existe en
o a través del “supposito” del sujeto.
Ahora
bien por este mismo origen, los planteamientos de las ciencias humanas se
desarrollaron a menudo o hacia un formalismo historicista y crítico, o hacia
una concepción exotérico con tendencia marcadamente sociologizante del objeto
cultural. Fundamentándonos en planteamientos anteriores y en nuestro estudio de
Roig, al mismo tiempo que tomando en cuenta el papel fundamental de la
psicología, el etnopsicoanálisis, el folklorismo, la antropología estructural,
la semiología, el comparatismo, la semiología genética (Piaget), la psicología
del lenguaje, la iconología, la bioetnología, la fenomenología, en el desarrollo
de las ciencias y por ende del conocimiento y a veces mejoramiento del
pensamiento y de la condición humana, tomaremos como aceptado el presupuesto de
la necesidad e importancia del estudio del objeto cultural. Lo que nos pone de
nuevo frente al problema de como estudiarlo. Las dos orientaciones, formalista
y sociologizante, de las ciencias humanas, se comprenden por la historia misma
de éstas. El formalismo tiene su origen en las discusiones de salón del siglo
XIV en adelante y en la reducción del idealismo kantiano al campo de la
historia del arte en el siglo XIX. Y más generalmente en la concepción acrítica
de la historia tradicional (Herodoto, Tucídides), para no decir simplemente
apologética (Commynes, Michelet). Más compleja en su proceso de desarrollo fue
la tendencia sociologizante, consecuencia del carácter esencialmente matemático
y económico del primer estructuralismo que buscaba la resolución de los
problemas de la humanidad en las causas externas y la macroestructura de la
sociedad. Si este sistema tiene un valor innegable en el ámbito económico como
podemos apreciar en la obra de Marx, se revela poco eficaz en otros campos. Así
por ejemplo Lenin pudo fácilmente negar el problema de la verdad, dado que no
existe en las ciencias duras más allá de la muestra suficiente de sus logros
inmediatos.
Las
dos orientaciones impulsaron de alguna manera la concepción neopositivista de
la verdad: 1 - A través de la identificación entre Verbo y Logos en cuanto el
juicio verbal se revela organizador de la realidad por su calidad de “ideas” en
el sentido platónico de la palabra, expresión de una sabiduría innata y
sobrenatural, lo que Leibniz en su Nuevo
tratado sobre el entendimiento humano llama “opiniones fundamentales”, “notiones
communes”, “semina aeternitatis”
o “Zopyra” en referencia entre otros
a San Pablo (Rom., c.2, v. 15): eso
en cuanto a la orientación formalista; 2 - a través de la identificación entre
verdad y sentido común, eso en cuanto a la orientación sociologizante.
Muchas
veces los psicólogos del lenguaje reprocharon a los lingüistas y semiólogos de
sólo considerar la relación del idiolecto a una norma abstracta e inmutable, y
de no interesarse por el uso real del idiolecto (los diccionarios de las
distintas jergas y lenguas vernacularias no escapan a la regla ya que se
reducen esencialmente a la nomenclatura de tipismos, los que a su vez se erigen
en únicas formulaciones correctas
dentro de la excepción respecto a la lengua vehicularia). No es pues que no
respondamos a reglas de lenguaje todos, sino que el sociolecto considerado como
abstracción del lenguaje no puede contemplarse provechosamente dentro de su
relación dialógica con el idiolecto. Sólo cuando aparece como modo general de
hablar (o expresar conceptos propios) de una época el sociolecto así
considerado puede permitirnos estudiar la metamorfosis que se le hace sufrir el
idiolecto. El laberinto de Borges no es el de los griegos. Pero sí, es
comparable como expresión del mismo fondo mitológico de la humanidad, lo que
Jung llama la memoria colectiva. Sin embargo, suponer la gemeliSid perfecta de
estas dos visiones del laberinto sería equivocarse grandemente, confundiendo el
laberinto como elemento con una categoría propia, entidad inamovible,
arbitraria e incambiable.
¿Que
pasa entonces con la noción de verdad? Hasta hoy en día se pueden destacar tres
grandes orientaciones al respecto:
1) La religiosa, que identifica la verdad con Dios, verdad
entonces fuera tanto del objeto (que no la produce) como del sujeto (que no la
conoce), inalcanzable e inasequible.
2)
La positivista, que considera que la verdad del objeto es en sí mismo, y que el
objeto nos la revela, lo que implica la verdad
del juicio mismo sobre el objeto, ya que por ocuparse del objeto el
juicio sería de hecho “objetivo”. Teoría que, negando el proceso de
objetivización (subjetivo porque es un sujeto que está pensando un objeto,
objetivo porque el sujeto piensa hacia el objeto, v. la teoría marxista del
pasaje de lo concreto a lo concreto abstracto), se relaciona con la anterior en
cuanto que, sin rechazar la posibilidad de alcance de la verdad, la suministra
a una instancia superior, axiomática, que es la percepción (Dilthey,
Heidegger). Los fenomenólogos como los machistas llevaron a cabo la paradoja
kantiana de la “cosa en sí” conocible
por lo que los occamistas llamaban “supposito”
y los griegos tales como Platón y Aristóteles la memoria o reminiscencia.
3)
La orientación neopositivista, que parece responder a la positivista pero que
relativista en sus fundamentos (la verdad definiéndose aquí como observación de
un fenómeno W por un sujeto X en un lugar Y en un tiempo Z) nos devuelve en
realidad a la primera concepción, religiosa, de la verdad inasequible. ¿Por
qué? Por la misma relatividad del conocimiento: limitado ¡por y a la simple
percepción!
Los
neopositivistas no logran resolver el problema que es aceptar una verdad
inmediata (“Esta lloviendo”) rechazando la verdad en general (Ayer), como si al
llegar al mundo de las ideas (abstracto, irreal) el entendimiento humano (por
esencia práctico y técnico, encerrado en el mundo de las cosas) ya no tendría
más poder de objetivización (Kant en eso dependiente de la teoría berkeleyana
de la división entre el mundo objetal ideado por la mente divina y el Yo
pensante). Olvidándose curiosamente de que todo sistema (aun matemático) es la
organización lógica de fenómenos reales, los neopositivistas suponen
implícitamente y creemos genuinamente que el entendimiento humano no es
abstracto, divino, no es “Logos”, sino palabra, opinión, limitado al campo de
las hipótesis, del sentido común. Postulando la relatividad de la verdad, el
neopositivismo al igual que numerosas otras corrientes la define implícitamente
como inverificable. Ahora bien, tal rechazo de la verdad proviene precisamente
del estatus particular dado al lenguaje, considerado no como medio sino como
fin. De ahí que las equivocaciones del lenguaje-Logos se explican, a la fuerza,
porque NO HAY VERDAD. Como el Logos,
Verbo - Dios, no se puede equivocar, no hay más alternativa que admitir que es
la creación o mundo real la que se equivoca, juzgándola desde la instancia
superior del Espíritu, organizador y Todopoderoso (Hegel).
Creemos
que se puede proponer un cuarto modelo de verdad, fundamentado en lo teoría
materialista y estructuralista de Roig101. Aceptando que la “sospecha” no es científica pero una actitud previa a la
investigación102 y por
ende que la ciencia se define como aplicación metódica de esta sospecha,
podemos resolver la paradoja cartesiana y kantiana, si no en cuanto a la
cuestión del origen del pensamiento por lo menos en lo que respecta a la
concepción del razonamiento como acto real de los hombres. El pensamiento,
lejos entonces de aparecer como entidad abstracta, se expresaría en su
transcurso como proceso práctico, aplicación real del raciocinio a un objeto
concreto.
La
teoría platónica de los dos mundos, la verdad y la sabiduría perteneciendo al
mundo de las ideas y no al mundo real (de las sombras), y su interpretación
aristotélica, por lo menos en la Baja Edad Media donde, aunque reconociendo dos
tipos de razón, se privilegió la divina, perfecta, sobre la humana, imperfecta
(Santo Tomás, Pascal), favoreció la permanencia en la ciencia de la noción de
grados de verdad (Escuela de Viena). Pero Roig103 nos recuerda que no hay dicotomía entre el Ser y el
Tener, o sea entre el alma y el cuerpo. El objeto existe en sí, tiene carácter
axiológico antes que mi palabra lo nombra. El lenguaje es medio, no fin.
Lo
que en el planteamiento de Roig nos hubiera parecido contradictorio se aclara
comparándolo con la preocupación de Zola acerca del hombre fisiológico.
Basándose en los positivistas, Zola afirma la necesidad de preocuparse no por
el hombre psicológico sino fisiológico. Distinción que ya hemos encontrado en Roig.
Pero al igual que Roig, Zola precisa su pensamiento: pretende comprender el
hombre psicológico a partir de su relación con el medio. Proceso de
conocimiento que yendo de lo general a lo particular quiere procesar la
objetivización lógicamente a través de una técnica de desintegración-síntesis y
reducción que le permite “ceñir” y dicernir el fenómeno sin hundirse en la
circunstancialidad de una aproximación ontologizante. Así lo que define la
verdad o falsedad final del juicio no es su corrección formal sino su
adecuación a las cualidades precisas del fenómeno. Reconocer el carácter
axiológico intrínseco de las cosas en sí no significa pues la identificación
entre este valor o verdad del objeto y el Bien: la mera existencia del discurso
racista no es suficiente como para validar sus planteamientos ni, mucho menos,
sus actos. Creer no es saber. Al revés, la ciencia logra desentrañar lo
arbitrario de los mecanismos ideológicos gracias a los métodos ya propuestos y
analizados. Reconocer al objeto un ser fuera de mí no implica que mi juicio o
enunciación acerca del objeto y sus valores revela automáticamente su ser en
sí. Al contrario, el método que permite reducir matemáticamente el proceso de
conocimiento y definir sus límites es el que nos puede aclarar sobre la
permanencia de las cualidades intrínsecas del objeto. No es como lo postularon
ets neopositivistas la verdad una reducción matemática; es el método para
alcanzar esta verdad el que es una reducción matemática. Un método puede ser falso, mi juicio puede
equivocarme. Sin embargo un gato no deja nunca de ser un gato.
No
se trata aquí de una evidencia. No hay ninguna evidencia a priori de que una
cosa sea esta cosa. Pero el
conocimiento por ejemplo de la anatomía, morfología, de las costumbres y hábitos
de los gatos es lo que permite clasificar cualquier tipo de gato. Que aparezca
o desaparezca una raza de gatos, que cambian sus cualidades morfológicas o
sociales, nada de eso es suficiente tampoco como para considerar relativa la
existencia real de los gatos.
Pero,
una vez planteada la realidad de la cosa en sí, ¿se puede afirmar que hay
posibilidad de conocerla cabalmente? Ahí tendría cabida el relativismo.
Después
de Spengler, Lenin habló de la evolución de la historia y del conocimiento, es
decir, su evolución por etapas. Si bien es cierto que en parte son mis sentidos
que me llevan al conocimiento, no son sólo ellos. Un juicio científico es y
debe ser otra cosa que una simple impresión. Es la acumulación de datos que son
recopilados y por medio del análisis sintetizados. Podemos así decir que
haciendo como sujeto (sujetivamente entonces) tales operaciones de análisis y
síntesis estamos objetivando nuestra concepción en función de un conocimiento
preciso del objeto. En ello nos ayuda mucho la lógica, y su rama que es la
canónica, en sus principios de identidad (X = X; si X = Y, entonces Y = X; si X
= Y = Z, entonces X = Z), contradicción (dos juicios contradictorios no pueden
ser simultáneamente válidos), y exclusión (dos juicios contradictorios no pueden
ser simultáneamente falsos).
La
verdad y uno de sus modos de expresión: el lenguaje, una vez liberados de sus
disfraces de inmutabilidad, trascendencia e idealidad, se revelan sujetos a los
adelantos de la ciencia. Por ejemplo se conocen cabalmente ahora el mecanismo
respiratorio de los seres vivos o el modo de funcionamiento de un carro.
Nos
parece necesario para concluir, retomar el cuestionamiento de Roig104 acerca de la relación entre
ética y ciencia. El mito de la superioridad de la ciencia sobre los individuos
fue causa de numerosos horrores en la historia, como los experimentos sobre
seres humanos. Nos parece justo analizar este punto en función de la
ignorancia. De hecho, más todavía que la ciencia, la ignorancia favorece el
odio y la monstruosidad en el comportamiento humano. Como lo recuerda Bataille
en L’érotisme, todo organismo tiene
conciencia de sí. La psicología lo compruebe. Pero eso significa también que la
conciencia del Otro es posterior y se adquiere a través del proceso de
sociabilización. Cabe entonces preguntarse ¿qué ciencia permite y valida
crímenes de todo tipo, si no una ciencia que desconoce perfectamente la
ciencia? Una ciencia que no es una ciencia, una ciencia que soporta y
desarrolla ideologías. Por eso, las ciencias humanas deben combatir la
ignorancia (Aníbal Ponce) y favorecer una utilización más justa de la ciencia.
Pero urge entonces que las ciencias humanas se cientificen, dejan de
ensimismarse y abandonan la apología sistemática de la mera subjetividad en
provecho de una metodología realmente valiosa (veáse el magnífico de Ernst
Robert Curtius sobre la literatura medieval, realizado en el mismo momento del
surgimiento de las tesis nazies, con el fin combatir el odio entre las
naciones, historicizando, y por ende
racionalizando, las interacciones, y al fin la unidad, de las distintas
culturas europeas - prueba, pues, al nivel científico, de la necesidad y
validez, ya estudiada en el presente trabajo, del comparatismo como única forma
posible al día de pensamiento humanístico -). Así tal vez podríamos responder,
por fin, a la pregunta que nos hace César Vallejo en “Un hombre pasa con el pan al hombro…”:
“Otro (hombre) ha entrado a mi pecho con un
palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?/…/
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?”
1Dostoievski,
“Las noches blancas”, México, Porrúa,
1997, p. 13. A continuación, quisieramos adjuntar otro extracto, con el que
empiezan los Pensamientos sobre la interpretación de la naturaleza (1753)
de Jacques Diderot, y que muy bien pudo servirnos de epígrafo (también por la
continuación del texto, que se interesa a la relación entre las matemáticas y
las ciencias humanísticas): "Es sobre la naturaliza que voy a escribir.
Dejaré los pensamientos succederse por el fluir de mi cálamo, en el mismo orden
que los objetos se ofrecieron a mi reflexión, porque así representaron mejor
los movimientos y el recorrido de mi espíritu. O serán consideraciones
generales sobre el arte experimental, o consideraciones particulares sobre un
fenómeno que parece ocupar a todos nos filósofos, y divirles en dos categorías.
Los unos tienen, me parece, muchos intrumentos y poco
ideas; los otros tienen muchas ideas y no tienen intrumentos ningunos."
2V.
August Brunner, Ideario filosófico,
Madrid, Razón y Fe, I952, p. 10; y Sartre, Les
Mots.
3Augusto
Serrano, Textos clásicos del pensamiento
filosófico y científico, Tegucigalpa, Universidad Nacional Autónoma
de Honduras, 1994, especialmente las partes I y II, pp. 17-58.
4José
Martí, Tres héroes - Las ruinas indias,
La Habana, Gente Nueva, 1974, p. 4.
5V.
Patrick Tort y Paul Désalmand, Sciences
humaines et philosophie en Afrique - La différence culturelle, París,
Hatier, 1978.
6Tempels,
citado in ibid., p. 367.
7V.
ibid., p. 222.
8Ibid., pp. 282ss.
9Ibid., p. 373.
10Arturo Andrés Roig, Rostro
y filosofía de América Latina, Mendoza, EDIUNC, 1993, p. 105.
11Ya esbozada en Roland
Barthes et la théorie esthétique, Villeneuve d’Ascq, Francia, Presses
Universitaires du Septentrion, 1997.
12Enrique de Rivas, El
simbolismo esotérico en la literatura medieval española (Antología), México, Trillas, 1989, p. 17.
13V. Roig, Teoría y
crítica del pensamiento latinoamericano, México, Fondo de Cultura
Económica, 1981, cape XI, especialmente pp. 207-208.
14Rostro…, II parte.
15Teoría…
16Jacques Derrida, La
deconstrucción, Buenos Aires, Paidos, 1987.
17Dilthey, La esencia de
la filosofía, Buenos Aires, Losada, 1944.
18John
Hospers, Introducción al análisis
filosófico, Madrid, Alianza, 1976.
19Georges Bataille, L’érotisme,
París, 10/18, 1965, p. 288.
20L. Korshunova y G. Kirilenko, ¿Qué es Filosofía?, Moscú, Progreso, 1986.
21Simonne Nicolas, Para
comprender la filosofía, Estella, España, Verbo Divino, 1991.
22Salomon Rahaim Manriquez, Compendio de Filosofía, México, Limusa, 1985.
23Michele F. Sciacca, La
filosofía y el concepto de la filosofía, Buenos Aires, Troquel, 1955.
24Rostro…, p. 107.
25Herbert Marcuse, Ontología
de Hegel y teoría de la histo da, Madrid, Martínez Roca, 1970.
26Rostro..., pp. 106 y 109.
27Teoría…
28V.
Karlos Navarro y Birgit Gernstemberg, Introducción
a la historia del pensamiento latinoamericano, Panamá, Christian S. Kohr,
1998, pp. 73-90.
29Ibid., pp. 91-110.
30Cit. en Jorge J.E. Gracia e Iván Jaksic, Filosofía e identidad
cultural en América Latina, Caracas, Monte Avila, 1983, pp.364 y 368.
31Teoría…., cap. XV, pp.
274ss.
32Marx, “Manuscritos
económicos de 1857 - 1859”, Marx - Engels, Obras, Moscú, Progreso, t. 46, I, p. 37. Ver también la referencia
de Roig a Michel Foucault en Gracia y Jaksic, p. 366.
33Horacio Cerutti
Guldberg, Filosofía de la
liberación latinoamericana, México, FCE, 1983, 1992.
34V. por ejemplo la entrevista que acordó al Nuevo Amanecer Cultural en 1994 en
ocasión de la entrega del grado de Doctor Honoris Causa al filósofo argentino
por parte de la UNAN-Managua.
35Cerutti,
p. 39.
36V.
Dussel, cit. in ibid., p. 35.
37Cit.
por in ibid., pp. 61-62.
38Ibid., p. 45.
39Ibid., pp. 42 y 52.
40Ibid., p.39.
41Ibid., p. 60.
42Ibid., pp. 60-61.
43Ibid., p. 59.
44Ibid., pp. 31, 39 y 45.
45Ibid., p. 45.
46Ibid., p. 51.
47José
Gaos, Historia de nuestra idea del mundo,
México, FCE, 1973, 1992.
48Cit.
in ibid., p. 623.
49Ibid., pp.634-635.
50Ibid., pp. 614-615.
51Ibid., pp. 633 - 634.
52V.
Cerutti, p. 60; y Gracia y Jaksic, pp. 365 y 370.
53Mariategui,
Siete ensayos de interpretación de la
realidad peruana, México, ERA, 1979, p. 135.
54Erxit Cassirer, Antropología
filosófica, México, FCE, 1997.
55Cassirer,
pp. 274-303.
56Ibid., p. 278.
57Teoría…, p. 275.
58V. su discurso de recepción al grado de Doctor Honoris
Causa, Managua, UNAN, 1994.
59Gaos,
pp. 632-633.
60Cerutti,
pp. 220-270.
61Ibid., p. 267.
62Cassirer,
pp. 282ss.
63Ibid., pp. 282-283.
64Cassirer,
pp. 295 ss; Gaos, pp. 632-635.
65Cerutti, p. 246.
66Ibid.
67Concepción del estructuralismo, defendida en el artículo
correspondiente de la Encyclopaedia
Universalis, París, edición de 1985, como superposición pura de elementos
formales, a semejanza de lo que ocurre en la arquitectura.
68Como lo hacen notablemente Nicasio Urbina, La estructura de la novela nicaragüense,
Managua, Anama, 1995, o la estadounidense Rosalind Krauss en sus trabajos.
69Teoría…, pp. 276-278.
70Teoría…, p. 280.
71Lenin,
Obras completas, Moscú, Progreso,
t.18, p. I02.
72V. por ejemplo Encyclopaedia
Universalis, París, 1985.
73Teoría…, p. 59.
74Ibid.
75Ibid., p. 51.
76Metodología de la
investigación,
México, Quinto Sol, pp. 68-78ss.
77Ibid., p. 21.
78Marx-Engels, t. 20,
p. 555.
79Teoría…, p. 285.
80Ibid., pp. 275-276,
283, 290. 306 y 310 – 311.
81Ibid., pp. 275-276.
82Rostro…, p. 108.
83Ibid., p. 283.
84Ibid., pp. 310-311.
85Ibid., p. 306.
86Ibid., p. 290.
87V.
el discurso de recepción de Roig al
grado de Doctor Honoris Causa de la UNAN-Managua.
88V.
por ejemplo Moisei S. Kagan, Lecciones de
estética marxista leninista, La Habana, Arte y Literatura, 1984,
especialmente pp. 234 - 280ss.; o Avner Zis, Fundamentos de la estética marxista, Moscú, Ráduga, 1987.
89V. Jacques Le Goff, Les
intellectuels au Moyen Age.
90Pablo Guadarrama y Nicolai Pereliguin, Lo universal y lo específico en la cultura, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales,
1990.
91Iibd., pp. 29- 30.
92Encyclopaedia Universalis, 1985, t. 9, p.
761.
93Encyclopaedia Universalis, 1990, t. 1,
art. “Althusser”, trad. N.B. Barbe.
94V. Gracia y Jaksic, pp.- 370ss.
95Jorge Benítez Barreto, “Los
estudios semióticos en la UNAN-Managua (Segunda parte)”, Cátedra, UNAN-Managua, Nº.2, enero -
marzo 1992, pp. 61 – 74.
96Cit.
in ibid., pp. 64 – 65.
97V.
Fundamentos de filosofía marxista -
leninista, Moscú, Progreso, 1982, pp. 156 – 170.
98Cit.
por Gaos, pp. 632 – 633.
99Cit.
in ibid., pp. 515 – 516.
100V. por ejemplo nuestro artículo sobre Por los caminos van los campesinos de Pablo Antonio Cuadra, La Prensa Literaria, 23/5/1998, pp. 4-6.
101Rostro..., p. 105.
102Ibid., pp. 95-104.
103Teoría…, pp. 198 – 208.
104Rostro…, pp. 95-104.