Que a otros les duela la soledad
-postales
de primavera-
Antes que
nada la lluvia, mujer. El sexo encima de las sábanas frescas. Me gusta sentir
una cálida entrepierna justo en tiempos como este, en que somos la generación
del condón. Me gusta sentir la comezón cuando el sol nos quema. Nos queremos
tanto que no le tememos al fuego ni al agua.
Sabes que
en Ciudad Mascota llueve de todo.
A veces
tenemos el descaro de salir de la cafetería. Caminas un par de calles y te piden
dinero. Ni siquiera miras sus rostros. No ves el rostro de nadie. ¿Quién existe
para quién? ¿La ciudad misma existe para alguien? Un payaso intenta reunir
gente para su espectáculo callejero. Nadie hace el menos esfuerzo por
escucharlo.
Luego él
canta una cumbia, casi gritando.
Luego él se
tapa los ojos.
Nos
alimentaron lo justo –sólo lo justo– para que viviéramos un par de años más y
encontrarnos. Y odiar, y apretujarnos aquí: En el ombligo de una ciudad, bajo
la sombra de un edificio, en la puerta de un cine que cerró cuando éramos
niños.
Son los
terribles días de mayo. Es el tarareo con que tu padre te dormía sin querer
pensar en las posiciones que tomaríamos para penetrarte. Sin escuchar tus
gemidos.
En mayo lo
que sobra eres tú.
Debemos
despertar alejados. Trabajar turnos de ocho horas y escapar de nuestras
respectivas oficinas. Luego nos veremos en un VIPS para pedir café y pastel.
Por la ventana veo pasar a las empleadas de bancos y parece no importa.
–Estoy cansada –dices.
–Te entiendo. De eso se trata.
De nada
sirve una traición si la recompensa no se comparte. Unos dirán que toda
traición es mala, otros que fue lo justo, pero al final la suerte ya está
echada.
Todos intentamos
traicionar al tiempo. Somos rebeldes ante lo irremediable, víctimas de una
vanidad, esa sí, compartida.
Cuando
vayas al Matehuala espera a que aparezca la bailarina sensación: Una teibolera
Aparecen en
la noche, especialmente en las calles del Barrio Antiguo o del Centrito Valle.
Son de piel más oscura que la nuestra, por lo que deben acudir con regularidad
a playas para broncearse. Son poderosos, inmortales. Su sed durará cientos de
años mientras el apellido permanezca en la ciudad.
Son los
dueños de nuestras calles, de nuestras necesidades, de nuestras almas.
Ella
insiste en que los camiones parecen cápsulas de luz moviéndose por la
madrugada. Siempre es su misma charla, pero nunca la escucho bien. Despierto a
dos calles del trabajo pienso en que no me sé su nombre. Años de conocernos. Ni
siquiera sé dónde aborda el camión, ni dónde se baja.
Nos
esconderemos un par de años más. Hasta que los demás pierdan el juicio y nadie
nos necesite.
-¿Crees que no estén extrañando?
-No. Es triste, pero mejor pensarlo
así.
-¿Cuándo sabrán que estamos vivos?
-Nunca. No tienen porqué darse
cuenta.
Monterrey, Nuevo León. 1976
Publicado en NAVE, El Norte, OFICIO, La Nuez, Petra, La Flecha, Reflejos (Cd. Victoria, Tamaulipas).
Editor de la revista Suave Patria,
Consejero editorial de la revista Grafógrafos.
Ha publicado la novela corta Estíbaliz y la tormenta
Actualmente escribe una columna semanal para la sección Ágora de papel, en el Periódico "El Porvenir"