Papel de los Pensamientos
en el Ocultamiento de la Realidad
Miriam
Leticia Ruvalcaba Amador

¿Cómo Percibimos la Realidad?
parte 5

PAPEL
DE LA SOCIEDAD
EN EL OCULTAMIENTO DE LA
REALIDAD
“El
recto pensar surge sólo
cuando
la mente
no
se halla esclavizada
por
la tradición y la memoria”
Jiduu
Krishnamurti
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Tenemos
ideas falsas acerca del mundo, nos atiborran con ideas falsas, eso es, sobre el
amor, sobre la decencia, sobre lo que es vivir. Y uno tiene que hacérselas
trabajosamente, construirlas, derrumbar todo lo ficticio y edificar de nuevo.[1]
La
idea que nos formamos de la vida está en íntima relación con el mundo que nos
rodea. La manera de abordar las relaciones no es igual en Inglaterra que en los
países latinos. La convivencia humana de los africanos, no es igual a la de los
indios o chinos. La forma de comer es diferente en Brasil que en Japón. Y así
podríamos dar múltiples ejemplos. Lo que para un grupo de etnias es común, para
el otro puede ser inaceptable.
Las
religiones van creando líneas divisorias, dogmas disímiles van formando grupos
donde cada uno afirma tener la verdad, van generando en los individuos comportamientos
diferentes.
Nuestro condicionamiento toma forma
de acuerdo con el entorno. Al sentirnos integrados, parte del grupo, desarrollamos
reacciones acordes al mismo y luego nos aferramos a los condicionamientos de la
comunidad porque nos dan seguridad y podemos seguir al de adelante, sin aventurarnos
a lo nuevo, a lo desconocido; formando grandes cadenas, nos engarzamos en
ellas. Estas reacciones las percibimos con mayor claridad en los juegos deportivos.
Las
relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que
cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el
pensamiento, el sentimiento o la acción.[2]
La
seguridad de una familia, de un nombre, de un título, de un grupo, nos da
bienestar. Inmersos en la muchedumbre obtenemos protección y esto dura mientras
las cosas van saliendo de acuerdo a lo planeado, pero en el preciso momento que
se presentan eventos fuera de nuestras expectativas o de las expectativas del
grupo entramos en conflicto.
La
sociedad nos da tranquilidad y seguridad, pero al mismo tiempo nos marca
parámetros. Recordemos una fábula de Monterroso:
La
Rana que quería ser una Rana auténtica
Había
una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se
esforzaba en ello.
Al
principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su
ansiada autenticidad.
Unas
veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora,
hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por
fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de
la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba
otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una
Rana auténtica.
Un
día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus
piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas
ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y
así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr
que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros
se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que
qué buena Rana, que parecía Pollo.[3]
La
fábula nos muestra uno de los extremos a los que se puede llegar para alcanzar
el reconocimiento del grupo.
Cuando nuestras actitudes se adecuan
a la sociedad y la familia, ésta nos aplaude y anima a seguir, de tal
manera que si todo se hace conforme a sus requisitos nos sentimos bien, vivimos
sin conflicto y tenemos el apoyo y la fuerza del medio, del grupo, para seguir
adelante; pero cuando decidimos ir en contra de lo establecido, nos topamos con
el muro de la evaluación y del juicio, nos enfrentamos a eventos no planeados,
provocando una enorme lucha y por consiguiente un desgaste tremendo de energía.
Ciertos grupos han establecido al matrimonio
como algo imprescindible y perpetuo. Cuando por cualquier razón, no vamos a
juzgarla, alguno de sus miembros no cumple con este requisito es señalado,
marginado y vituperado, ya sea por estar soltero o divorciado, lo importante es
que se salió de las reglas.
Hemos
visto la señalización que la sociedad ejerce en las personas divorciadas, desde
el punto de vista legal hasta el familiar. Incluso hay algunas ocasiones donde
los mismos padres los rechazan, argumentando reglas sociales, los presionan para
que continúen en el matrimonio, so pena de aislarlos y desampararlos.
Al comprender que la sociedad tiene
un papel importante en nuestras vidas y nos sirve para relacionarnos, ponderamos
cada evento, cada paso y vamos caminando de acuerdo con lo que dicta ella. Si
por algún motivo decidimos luchar, tenemos que nadar contracorriente, y para
ello precisamos de un mayor esfuerzo, requerimos una decisión contundente,
llenarnos de fuerza y pasión.
Hay un cuento de Gibrán que
cuestiona los puntos de vista de la realidad de la sociedad.
El loco
Fue
en el jardín de un manicomio en donde conocí a un joven de faz hermosamente
pálida y llena de encanto.
Me
senté a su lado y le pregunté: -¿Por qué estás aquí?
Mirándome
sorprendido respondió: -No es una pregunta adecuada, no obstante te lo diré. Mi
padre pretendió hacerme a su imagen y semejanza, también lo intentó un tío. Mi
madre quería a toda costa que fuese la imagen viva de su ilustre padre. Mi
hermana me ponía como ejemplo perfecto a seguir a su esposo que era marino. Mi
hermano pensaba que yo debía ser como él, un consumado atleta.
También
mis maestros, como el Doctor de Filosofía, el de Música, el de Lógica fueron
terminantes; pues deseaban que fuese un reflejo de ellos como el mirarse a un
espejo.
Por
ello vine aquí. Lo encontré más sano, y al menos puedo ser yo mismo.
Enseguida
se volvió hacia mí y dijo:
-¿Te
condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?
Yo
contesté: -No, sólo soy un visitante.
Él
añadió: -Oh, tú eres uno de los que habitan en el manicomio del otro lado de la
barda.[4]
Otro
ejemplo lo tenemos en el cáncer. Ha sido estigmatizado, y el solo hecho de que
sea mencionado por la persona que lo padece nos remite a una muerte inminente y
el miedo se apodera de nosotros, reaccionando de acuerdo a la magnitud del
mismo. En la actualidad sabemos que el cáncer es como cualquier otra enfermedad
y no siempre es causa directa de muerte, pues hay tratamientos modernos que
permiten tener calidad de vida y/o remisión en algunos tipos de cáncer.
Según las estadísticas hay un
porcentaje mayor de muertes por accidentes y por infartos al miocardio, que por
cáncer. Quien ya ha tenido un infarto, tiene por lo menos la misma
probabilidad de sucumbir de otro infarto a los pocos años que la de un canceroso
de morir de cáncer. Pero a nadie se le ocurre ocultarle la verdad a un
cardíaco: un ataque al corazón no tiene nada de vergonzoso. A los pacientes de
cáncer se les miente, no simplemente porque la enfermedad es (o se cree que
sea) una condena a muerte, sino porque se la considera obscena –en el sentido
original de la palabra, es decir: de mal augurio, abominable, repugnante para
los sentidos. [5]
Estamos en una era de cambios,
algunos hacia delante y otros no tanto. El cáncer, las enfermedades cardíacas y
autoinmunes, y los accidentes, han ido en aumento al igual que la cibernética.
La alimentación se ha transformado a la par de los avances tecnológicos. Estos
cambios han hecho que la nutrición moderna se componga, en su mayoría, de
sustancias artificiales. Sabemos que el estrés agresor (distrés) y el
aumento en la ingesta de sal, son causas importantes de la proliferación
celular en el cáncer.[6]
Así
que la realidad respecto a las enfermedades no es la misma hoy que hace treinta
años. Ni es igual en Oriente que en Occidente, pues: Los budistas tibetanos
creen que las enfermedades como el cáncer pueden ser una advertencia: nos recuerdan
que hemos relegado al olvido aspectos profundos de nuestro ser, como nuestras
necesidades espirituales. Si nos tomamos en serio este aviso y cambiamos
radicalmente la dirección de nuestra vida, existe una esperanza muy real de curación,
no sólo para nuestro cuerpo, sino para todo nuestro ser. [7]
Hay
culturas que tienen maneras de convivencia social muy diferentes y a veces
hasta opuestas; por ejemplo, algo tan común como la maternidad es muy diferente
en Suecia que en China. En Suecia promueven que la familia tenga varios hijos,
pues es un país donde la población infantil está muy disminuida, se podría
decir que es un pueblo de adultos; sin embargo, en China las leyes están enfocadas
a contener el crecimiento demográfico, pues como es de todos sabido hay
sobrepoblación y a las familias se les motiva e induce a tener un solo hijo.
Por
otro lado, la manera de enfrentar la muerte depende del grupo social al que se
pertenece. Hay etnias que la enfrentan de una manera muy distinta a otras.
Los
funerales en los egipcios eran revestidos de importantes ritos, tenían la
costumbre de enterrar a sus muertos previamente momificados y acompañados de
ofrendas cuya magnificencia dependía del rango y la situación económica del
difunto.
Los
mexicanos recordamos la muerte con altares, flores, música, comida, bebida y
fiesta. El humor ha estado ligado a la muerte desde tiempos ancestrales,
tenemos una manera muy especial de interpretar la muerte.
Para
los orientales, la muerte es un renacimiento, es como cambiar de traje o de
vestuario. El alma se despoja de un cuerpo para renacer en otro. Ellos nos
dicen que: La muerte es, en efecto, un enorme misterio, pero de ella se
pueden decir dos cosas: es absolutamente cierto que morimos, y es incierto
cuándo y cómo moriremos. La única certeza que tenemos, pues, es esta incertidumbre
sobre la hora, la cual nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte
directamente. Somos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y se
figuran que nadie puede verlos. [8]
Así
vemos que las sociedades influyen en la vida del ser humano desde el nacimiento
hasta la muerte, desde la forma de vestir hasta la de comer.
[1] Mada Carreño, Los diablos sueltos, pág. 18.
[2] Erich Fromm, El arte de amar, pág. 86.
[3] Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, pág. 55.
[4] Khalil Gibran, El vagabundo, pág. 61.
[5] Susan Sontang, La enfermedad y sus metáforas, pág. 16.
[6] Dr. Demetrio Sodi Pallares, Lo que he descubierto en el tejido canceroso, pág. 110.
[7] Sogyal Rimpoché, El libro tibetano de la vida y de la muerte, pág. 54.
[8] Sogyal Rimpoché, El libro tibetano de la vida y de la muerte, pág. 36.
Miriam Leticia Ruvalcaba Amador.
Nació en Monterrey N.L. (1951).
Egresada de la facultad de Ingeniería Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León (1973) y de la facultad de Medicina de la Universidad de Monterrey (1993).
Ha tomado cursos, entre los que destacan los de Acupuntura, Iridiología, Oligoterapia, Tanatología, Magnetoterapia y Tratamiento Metabólico.
Asimismo talleres de creación literaria en el área de narrativa y poesía. Tiene publicado el libro de poemas: Mi vida, mis pasos, mis sueños (1998). ¿Cómo percibimos la realidad? es su segundo libro.