Hace ya más de nueve años llegué a Nueva York y escribí
entonces una crónica apologética sobre la ciudad, deslumbrado por su dinamismo
y su esplendor. No me arrepiento de haber redactado ese texto; como crónica
reflejaba el momento en que la misma se realizaba. Desafortunadamente, las
cosas en Manhattan han cambiado de una manera negativa y creo que es también un
deber hablar de esos cambios.
Dos calamidades amenazan con convertir a la todavía llamada
"capital del mundo" en un lugar inhabitable: la riqueza desmedida y
la pobreza más sórdida. Una nueva ola de millonarios se ha abalanzado sobre
Manhattan, comprándolo prácticamente todo y expulsando, por lo mismo, a quienes
no puedan estar a la altura de los exorbitantes precios que ellos pueden pagar
por un metro de tierra.
Esto conlleva, naturalmente, la fuga de la clase media, de
muchos intelectuales y de los trabajadores que han tenido que retirarse en masa
a los suburbios de Nueva Jersey, de Queens o a lugares más remotos. Los viejos
y acogedores edificios del West Side son demolidos rápidamente para dar paso a
moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de
desembolsillar cientos de miles de dólares. Los pequeños comercios, las
minúsculas cafeterías, los rincones que podrían ofrecer un respiro, también van
desapareciendo, dando paso a conglomerados monolíticos donde el aburrimiento es
unánime y los precios inabordables.
En medio de este panorama circundado por la demolición y el
lujo, transita una ola de vagabundos, drogadictos, enfermos mentales, parias y
traficantes a quienes los magnates no pueden expulsar puesto que no habitan en
ningún sitio.
Caminar por Manhattan ya no es un placer, sino un riesgo y
una calamidad. La ciudad, en perenne reconstrucción, no nos ofrece ni siquiera
un pequeño recodo donde poder meditar. Y lo que es aun más patético, Manhattan
es ya una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a
un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante
derrumbe y remodelación, ¿qué se puede recordar? ¿Qué punto de referencia, a no
ser las infatigables grúas, puede iluminar nuestra memoria? ¿Cómo vivir en una
ciudad donde no se nos esté permitido recordar? Pues aquella esquina, aquel
parque, aquel árbol que pudieron nutrir nuestra memoria son sustituidos
incesantemente por nuevos edificios o proyectos.
ISLA SIN ORILLAS
Lo que le comunica encanto a una ciudad es su misterio y los
sitios donde el ocio puede encontrar su justa expansión. ¿Existe alguna calle
en Manhattan donde uno pueda sentarse gratuitamente al aire libre cuando el
tiempo, prodigiosamente, lo permite? ¿Fuera del Parque Central (nada
recomendable), hay algún lugar donde el ser humano pueda allí respirar y no
pagar a precio de oro cada bocanada de aire, por otra parte contaminado? ¿Cómo
habitar en una isla en la cual no se pueda llegar al agua? Efectivamente, los
ríos de Manhattan, además de estar literalmente podridos, no poséen casi
accesos para que los peatones puedan contemplar sus orillas, lo cual, por otra
parte, no sería nada romántico, pues el olor que despiden esas corrientes no es
muy estimulante.
Estruendosa fábrica sin jardines, fuentes ni paseos,
Manhattan es como un gran almacén (o despedidero) que sobre las siete de la
tarde se queda desierto o habitado por los taxis, los vagabundos y la basura.
Y al hablar de la basura debemos hacer un aparte. La ciudad
parece carecer de recursos para deshacerse de los desperdicios y escombros que
produce, a tal punto que los habitantes mas felices podrían ser ya las ratas.
Como si eso fuera poco, la isla esta circunvalada por grandes cargueros
flotantes con basura que no pueden lanzar a sitio alguno.
Otra calamidad es el metro. Tal vez el más deprimente del
mundo. Los trenes, malolientes y produciendo un ruido infernal, no parecen
tener horario alguno, ya que usted lo mismo puede esperarlos cinco minutos que
media hora. En invierno la calefacción es ineficaz; en el verano, el aire
acondicionado falta en muchos vagones. Sólo una cosa progresa incesantemente,
el precio del pasaje.
Apenas sí me queda espacio para hablar del índice de
violencia de esa ciudad. Baste decir que los tiroteos en los subways son actos
frecuentes y que los robos se realizan en los lugares mas céntricos y a
cualquier hora del día. Por cierto, que el robo es como una actividad
institucionalizada en casi toda la ciudad. ¡Cuidado con consumir algo por el
precio de dos dólares y pagar con un billete de veinte! Le devolverán tres
dólares argumentando que usted solamente les dio un billete de cinco. . . De
todos modos es bueno que lleve usted en los bolsillos algún menudo, pues la
nube de mendigos que se cierne al salir del restaurante o de donde sea, podría
ofenderse si usted los discrimina.
Por último, cómo olvidar los incesantes incendios que azotan
la ciudad. Incendios muchas veces provocados por el mismo propietario que
quiere cobrar el seguro o echar a un inquilino persistente.
TRAFICANTES DE LA MISERIA
Tal vez ir de visita a Manhattan pueda ser una aventura,
aventura que puede costarnos la vida, pero vivir en ella es una pesadilla.
Lo más irritante de todo esto es que muchos de los
millonarios que influyen sobre la ciudad se hacen llamar "progresistas"
y "liberales" y trafican con la miseria y la indignación de los
desamparados, además de ser aliados de las dictaduras como las de Cuba y
Nicaragua, donde el hambre y la represión son unánimes.
Ahora estoy en Saint Nazaire, Francia. Cierto que aquí no
hay ni grandes museos ni teatros, pero aún hay sitios por donde pasear nuestra
soledad y por donde poder meditar sobre nuestro desasosiego sin vernos
apabullados por una muchedumbre que parte en estampida hacia sus casas lejanas
con la implacable velocidad de un cronómetro. Aun no sé si es éste el sitio
donde yo pueda vivir. Tal vez para un desterrado --como la palabra lo indica --
no haya sitio en la tierra. Solo quisiera pedirle a este cielo resplandeciente
y a este mar que por unos días aun podré contemplar que acojan mi terror.
Escritor cubano nacido cerca
de Holguín (Aguas Claras), donde creció comiendo tierra junto a su abandonada
madre y su abuela que orinaba de pie. Empezó a escribir a los 13 años, aunque
la llegada de la Revolución, a la que se sumó como guerrillero, retrasó su
vocación hasta 1963, cuando ingresó en la Biblioteca Nacional y redactó Celestino antes del alba. Conoció y
entabló amistad con Piñera y Lezama Lima. Su libro El mundo alucinante fue prohibido por contrarrevolucionario., y a
partir de ese momento y en adelante tuvo que esconder sus manuscritos. Otra vez el mar, que ocultó bajo tierra
y en el tejado, fue hallado y destruido, pero lo rehizo tres veces. El ambiente
en Cuba se enrarecía: la campaña de la Zafra de los Diez Millones, en la que el
escritor fue obligado a contribuir cortando caña en una plantación, y las
torturas al poeta disidente Heberto Padilla fueron para Arenas síntomas de su
arriesgada situación, que trató de paliar al casarse con la actriz Ingrávida
González. En 1973 lo detuvieron por contrarrevolucionario y traicionado en su
huida por su amigo Coco Salá, fue conducido al cuartel de Miramar, desde donde
trató de salir de la isla en un neumático. Fracasó, como cuando quiso huir por
Guantánamo, donde estuvo a punto de ser ametrallado. Durante dos meses se
refugió entre la vegetación del Parque Lenin, hasta que la policía lo encerró
en el castillo del Morro: dos años entre palizas e intentos de suicidio. Tras
perder dos dientes, trabajar como forzado y confesar por escrito para evitar
torturas, obtuvo la libertad. En los cinco años siguientes asistió a las
muertes de sus amigos Lezama Lima y Piñera, se enamoró del joven Lázaro Gómez y
saqueó un convento para sobrevivir. Hasta que se unió a los marielitos y
falsificó a mano su pasaporte para convertirse en Reinaldo Arinas y eludir la
lista de los que no podían salir del país. En 1980 consiguió huir de Cuba y se
trasladó a Miami. Muchos intelectuales le dieron la espalda, y aprendió que un
exiliado sin dinero no era nadie. Arenas paseó 10 años su grito por Venezuela,
Francia, Portugal, Suecia, Dinamarca y España. En Estados Unidos, donde
colaboró en la revista Mariel desde su fundación en 1983 hasta su cierre en
1987, acabó el repaso a su vida que había iniciado 17 años antes en el Parque
Lenin. Reynaldo Arenas se suicidó el 7 de diciembre de 1990