Viento del Pueblo

Miguel
Hernández
(1910-1942)
texto
dominio público
Viento del
pueblo
(1936-1937)
ELEGÍA
PRIMERA
(A Federico García Lorca, poeta)
ATRAVIESA
la muerte con herrumbrosas lanzas,
y
en traje de cañón, las parameras
donde
cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y
llueve sal, y esparce calaveras.
Verdura
de las eras,
¿qué
tiempo prevalece la alegría?
El
sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y
hace brotar la sombra más sombría.
El
dolor y su manto
vienen
una vez más a nuestro encuentro.
Y
una vez más al callejón del llanto
lluviosamente
entro.
Siempre
me veo dentro
de
esta sombra de acíbar revocada
amasado
con ojos y bordones,
que
un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y
un rabioso collar de corazones.
Llorar
dentro de un pozo,
en
la misma raíz desconsolada
del
agua, del sollozo,
del
corazón quisiera:
donde
nadie me viera la voz ni la mirada,
ni
restos de mis lágrimas me viera.
Entro despacio, se
me cae la frente
despacio, el corazón
se me desgarra
despacio, y
despaciosa y negramente
vuelvo a llorar al
pie de una guitarra.
Entre
todos los muertos de elegía,
sin
olvidar el eco de ninguno,
por
haber resonado más en el alma mía,
la
mano de mi llanto escoge uno.
Federico
García
hasta
ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer
tuvo un espacio bajo el día
que
hoy el hoyo le da bajo la grama.
¡Tanto
fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu
agitada alegría,
que
agitaba columnas y alfileres,
de
tus dientes arrancas y sacudes,
y
ya te pones triste, y sólo quieres
ya
el paraíso de los ataúdes.
Vestido
de esqueleto,
durmiéndote
de plomo,
de
indiferencia armado y de respeto,
te
veo entre tus cejas si me asomo.
Se
ha llevado tu vida de palomo,
que
ceñía de espuma
y de arrullos el cielo y las ventanas
como
un raudal de pluma
el
viento que se lleva las semanas.
Primo
de las manzanas,
no
podrá con tu savia la carcoma,
no
podrá con tu muerte la lengua del gusano,
y
para dar salud fiera a su poma
elegirá
tus huesos el manzano.
Cegado
el manantial de tu saliva,
hijo
de la paloma,
nieto
del ruiseñor y de la oliva:
serás,
mientras la tierra vaya y vuelva,
esposo
siempre de la siempreviva,
estiércol
padre de la madreselva.
¡Qué
sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero
qué injustamente arrebatada!
No
sabe andar despacio, y acuchilla
cuando
menos se espera su turbia cuchillada.
Tú, el más firme
edificio, destruido,
tú, el gavilán más
alto, desplomado,
tú, el más grande
rugido,
callado,
y más callado, y más callado.
Caiga
tu alegre sangre de granado,
como
un derrumbamiento de martillos feroces,
sobre
quien te detuvo mortalmente.
Salivazos
y hoces
caigan
sobre la mancha de su frente.
Muere
un poeta y la creación se siente
herida
y moribunda en las entrañas.
Un
cósmico temblor de escalofríos
mueve
temiblemente las montañas,
un
resplandor de muerte la matriz de los ríos.
Oigo
pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo
un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas
de lágrimas y mantos:
y
en torbellino de hojas y de vientos,
lutos
tras otros lutos y otros lutos,
llantos
tras otros llantos y otros llantos.
No
aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán
de arrope, trueno de panales,
poeta
entretejido, dulce, amargo,
que
el calor de los besos
sentiste,
entre dos largas hileras de puñales,
largo
amor, muerte larga, fuego largo.
Por
hacer a tu muerte compañía,
vienen
poblando todos los rincones
del
cielo y de la tierra bandadas de armonía,
relámpagos
de azules vibraciones.
Crótalos
granizados a montones,
batallones
de flautas, panderos y gitanos,
ráfagas
de abejorros y violines,
tormentas
de guitarras y pianos,
irrupciones
de trompas y clarines.
Pero
el silencio puede más que tanto instrumento.
Silencioso,
desierto, polvoriento
en
la muerte desierta,
parece
que tu lengua, que tu aliento,
los
ha cerrado el golpe de una puerta.
Como
si paseara con tu sombra,
paseo
con la mía
por
una tierra que el silencio alfombra,
que
el ciprés apetece más sombría.
Rodea
mi garganta tu agonía
como
un hierro de horca
y
pruebo una bebida funeraria.
Tú
sabes, Federico García Lorca,
que
soy de los que gozan una muerte diaria.
VIENTOS
del pueblo me llevan,
vientos
del pueblo me arrastran,
me
esparcen el corazón
y
me aventan la garganta.
Los
bueyes doblan la frente,
impotentemente
mansa,
delante
de los castigos:
los
leones la levantan
y
al mismo tiempo castigan
con
su clamorosa zarpa.
No
soy de un pueblo de bueyes,
que
soy de un pueblo que embargan
yacimientos
de leones,
desfiladeros
de águilas
y
cordilleras de toros
con
el orgullo en el asta.
Nunca
medraron los bueyes
en
los páramos de España.
¿Quién
habló de echar un yugo
sobre
el cuello de esta raza?
¿Quién
ha puesto al huracán
jamás
ni yugos ni trabas,
ni
quién al rayo detuvo
prisionero
en una jaula?
Asturianos
de braveza,
vascos
de piedra blindada,
valencianos
de alegría
y
castellanos de alma,
labrados
como la tierra
y
airosos como las alas;
andaluces
de relámpago,
nacidos
entre guitarras
y
forjados en los yunques
torrenciales
de las lágrimas;
extremeños
de centeno,
gallegos
de lluvia y calma,
catalanes
de firmeza,
aragoneses
de casta,
murcianos
de dinamita
frutalmente
propagada,
leoneses,
navarros, dueños
del
hambre, el sudor y el hacha,
reyes
de la minería,
señores
de la labranza,
hombres
que entre las raíces,
como
raíces gallardas,
vais
de la vida a la muerte,
vais
de la nada a la nada:
yugos
os quieren poner
gentes
de la hierba mala,
yugos
que habéis de dejar
rotos
sobre sus espaldas.
Crepúsculo
de los bueyes
está
despuntando el alba.
Los
bueyes mueren vestidos
de
humildad y olor de cuadra;
las
águilas, los leones
y
los toros de arrogancia,
y
detrás de ellos, el cielo
ni
se enturbia ni se acaba.
La
agonía de los bueyes
tiene
pequeña la cara,
la
del animal varón
toda
la creación agranda.
Si
me muero, que me muera
con
la cabeza muy alta.
Muerto
y veinte veces muerto,
la
boca contra la grama,
tendré
apretados los dientes
y
decidida la barba.
Cantando
espero a la muerte,
que
hay ruiseñores que cantan
encima
de los fusiles
y
en medio de las batallas.
CARNE
DE YUGO, ha nacido
más humillado que
bello,
con el cuello
perseguido
por el yugo para el
cuello.
Nace,
como la herramienta,
a
los golpes destinado,
de
una tierra descontenta
y
un insatisfecho arado.
Entre
estiércol puro y vivo
de
vacas, trae a la vida
un
alma color de olivo
vieja
ya y encallecida.
Empieza
a vivir, y empieza
a
morir de punta a punta
levantando
la corteza
de
su madre con la yunta.
Empieza
a sentir, y siente
la
vida como una guerra
y
a dar fatigosamente
en
los huesos de la tierra.
Contar
sus años no sabe,
y
ya sabe que el sudor
es
una corona grave
de
sal para el labrador.
Trabaja,
y mientras trabaja
masculinamente
serio,
se
unge de lluvia y se alhaja
de
carne de cementerio.
A
fuerza de golpes, fuerte,
y
a fuerza de sol, bruñido,
con
una ambición de muerte
despedaza
un pan reñido.
Cada
nuevo día es
más raíz, menos
criatura,
que escucha bajo sus
pies
la voz de la
sepultura.
Y
como raíz se hunde
en
la tierra lentamente
para
que la tierra inunde
de
paz y panes su frente.
Me
duele este niño hambriento
como
una grandiosa espina,
y
su vivir ceniciento
resuelve
mi alma de encina.
Lo
veo arar los rastrojos,
y
devorar un mendrugo,
y
declarar con los ojos
que
por qué es carne de yugo.
Me
da su arado en el pecho,
y
su vida en la garganta,
y
sufro viendo el barbecho
tan
grande bajo su planta.
¿Quién salvará a
este chiquillo
menor que un grano
de avena?
¿De dónde saldrá
el martillo
verdugo de esta
cadena?
Que salga del
corazón
de los hombres
jornaleros,
que antes de ser
hombres son
y han sido niños
yunteros.
ROSARIO
DINAMITERA,
sobre tu mano
bonita
celaba la dinamita
sus atributos de
fiera.
Nadie al mirarla
creyera
que había en su
corazón
una desesperación
de cristales, de
metralla
ansiosa de una
batalla,
sedienta de una
explosión.
Era tu mano
derecha,
capaz de fundir
leones,
la flor de las
municiones
y el anhelo de la
mecha.
Rosario, buena
cosecha,
alta como un
campanario,
sembrabas al
adversario
de dinamita
furiosa
y
era tu mano una rosa
enfurecida,
Rosario.
Buitrago
ha sido testigo
de
la condición de rayo
de
las hazañas que callo
y
de la mano que digo.
¡Bien
conoció el enemigo
la
mano de esta doncella,
que
hoy no es mano porque de ella,
que
ni un solo dedo agita,
se
prendó la dinamita
y
la convirtió en estrella!
Rosario,
dinamitera,
puedes
ser varón y eres
la
nata (le las mujeres
la
espuma de la trinchera.
Digna
como una bandera
de
triunfos y resplandores,
dinamiteros
pastores,
vedla
agitando su aliento
y
dad las bombas al viento
del
alma de los traidores.
ANDALUCES
DE JAÉN,
aceituneros
altivos,
decidme
en el alma: ¿quién,
quién
levantó los olivos?
No
los levantó la nada,
ni
el dinero, ni el señor,
sino
la tierra callada,
el
trabajo y el sudor.
Unidos
al agua pura
y
a los planetas unidos,
los
tres dieron la hermosura
de
los troncos retorcidos.
Levántate,
olivo cano,
dijeron al pie del
viento.
Y el olivo alzó una
mano
poderosa de
cimiento.
Andaluces
de Jaén,
aceituneros
altivos,
decidme
en el alma: ¿quién
amamantó
los olivos?
Vuestra
sangre, vuestra vida,
no
la del explotador
que
se enriqueció en la herida
generosa
del sudor.
No
la del terrateniente
que
os sepultó en la pobreza,
que
os pisoteó la frente,
que
os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro
afán
consagró al centro
del día
eran principio de un
pan
que sólo el otro
comía.
¡Cuántos siglos de
aceituna,
los pies y las manos
presos,
sol a sol y luna a
luna,
pesan
sobre vuestros huesos!
Andaluces
de Jaén,
aceituneros
altivos,
pregunta
mi alma: ¿de quién,
de
quién son estos olivos?
Jaén,
levántate brava
sobre
tus piedras lunares,
no
vayas a ser esclava
con
todos tus olivares.
Dentro
de la claridad
del
aceite y sus aromas,
indican
tu libertad
la
libertad de tus lomas.
DOS ESPECIES de manos se enfrentan en la vida,
brotan
del corazón, irrumpen por los brazos,
saltan,
y desembocan sobre la luz herida
a
golpes, a zarpazos.
La
mano es la herramienta del alma, su mensaje,
y
el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.
Alzad,
moved las manos en un gran oleaje,
hombres
de mi simiente.
Ante
la aurora veo surgir las manos puras
de
los trabajadores terrestres y marinos,
como
una primavera de alegres dentaduras,
de
dedos matutinos.
Endurecidamente
pobladas de sudores,
retumbantes
las venas desde las uñas rotas,
constelan
los espacios de andamios y clamores,
relámpagos
y gotas.
Conducen
herrerías, azadas y telares,
muerden
metales, montes, raptan hachas, encinas,
y
construyen, si quieren, hasta en los mismos mares
fábricas,
pueblos, minas.
Estas
sonoras manos oscuras y lucientes
las
reviste una piel de invencible corteza,
y
son inagotables y generosas fuentes
de
vida y de riqueza.
Como
si con los astros el polvo peleara,
como
si los planetas lucharan con gusanos,
la
especie de las manos trabajadora y clara
lucha
con otras manos.
Feroces
y reunidas en un bando sangriento
avanzan
al hundirse los cielos vespertinos
unas
manos de hueso_ lívido y avariento,
paisaje
de asesinos.
No
han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,
mudamente
aletean, se ciernen, se propagan.
Ni
tejieron la pana, ni mecieron los troncos,
y
blandas de ocio vagan.
Empuñan
crucifijos y acaparan tesoros
que
a nadie corresponden sino a quien los labora,
y
sus mudos crepúsculos absorben los sonoros
caudales
de la aurora.
Orgullo
de puñales, arma de bombardeos
con
un cáliz, un crimen y un muerto en cada una:
ejecutoras
pálidas de los negros deseos
que
la avaricia empuña.
¿Quién
lavará estas manos fangosas que se extienden
al
agua y la deshonran, enrojecen y estragan?
Nadie
lavará manos que en el puñal se encienden
y
en el amor se apagan.
Las
laboriosas manos de los trabajadores
caerán
sobre vosotras con dientes y cuchillas.
Y
las verán cortadas tantos explotadores
en
sus mismas rodillas.
EN
EL MAR halla el agua su paraíso ansiado
y
el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El
sudor es un árbol desbordante y salado,
un
voraz oleaje.
Llega
desde la edad del mundo más remota
a
ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a
sustentar la sed y la sal gota a gota,
a
iluminar la vida.
Hijo
del movimiento, primo del sol, hermano
de
la lágrima, deja rodando por las eras,
del
abril al octubre, del invierno al verano,
áureas
enredaderas.
Cuando
los campesinos van por la madrugada
a
favor de la esteva removiendo el reposo,
se
visten una blusa silenciosa y dorada
de
sudor silencioso.
Vestidura
de oro de los trabajadores,
adorno
de las manos como de las pupilas.
Por
la atmósfera esparce sus fecundos olores
una
lluvia de axilas.
El
sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen
los copos del llanto laborioso y oliente,
maná
de los varones y de la agricultura,
bebida
de mi frente.
Los
que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en
el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no
usaréis la corona de los poros abiertos
ni
el poder de los toros.
Viviréis
maloliendo, moriréis apagados:
la
encendida hermosura reside en los talones
de
los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como
constelaciones.
Entregad
al trabajo, compañeros, las frentes:
que
el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con
sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos,
iguales.
SOBRE
la roja España blanca y roja,
blanca
y fosforescente,
una
historia de polvo se deshoja,
irrumpe
un sol unánime, batiente.
Es
un pleno de abriles,
una
primaveral caballería,
que
inunda de galopes los perfiles
de
España: es el ejército del sol, de la alegría.
Desaparece
la tristeza, el día
devorador,
el marchitado tallo,
cuando,
avasalladora llamarada,
galopa
la alegría en un caballo
igual
que una bandera desbocada.
A
su paso se paran los relojes,
las
abejas, los niños se alborotan,
los
vientres son más fértiles, más profusas las trojes,
saltan
las piedras, los lagartos trotan.
Se
hacen las carreteras de diamantes,
el
horizonte lo perturban mieses
y
otras visiones relampagueantes,
y
se sienten felices los cipreses.
Avanza
la alegría derrumbando montañas
y
las bocas avanzan como escudos.
Se
levanta la risa, se caen las telarañas
ante
el chorro potente de los dientes desnudos.
La
alegría es un huerto del corazón con mares
que
a los hombres invaden de rugidos,
que
a las mujeres muerden de collares
y
a la piel de relámpagos transidos.
Alegraos
por fin los carcomidos,
los
desplomados bajo la tristeza:
salid
de los vivientes ataúdes,
sacad
de entre las piernas la cabeza,
caed
en la alegría como grandes taludes.
Alegres
animales,
la
cabra, el gamo, el potro, las yeguadas,
se
desposan delante de los hombres contentos.
Y
paren las mujeres lanzando carcajadas,
desplegando
su carne firmamentos.
Todo
son jubilosos juramentos.
Cigarras,
viñas, gallos incendiados,
los
árboles del Sur: naranjos y nopales,
higueras
y palmeras y granados,
y
encima el mediodía curtiendo cereales.
Se
despedaza el agua en los zarzales:
las
lágrimas no arrasan,
no
duelen las espinas ni las flechas.
Y
se grita ¡Salud! a todos los que pasan
con
la boca anegada de cosechas.
Tiene el mundo
otra cara. Se acerca lo remoto
en una muchedumbre
de bocas y de brazos.
Se ve la muerte
como un mueble roto,
como una blanca
silla hecha pedazos.
Salí del llanto,
me encontré en España,
en una plaza de hombres de fuego
imperativo.
Supe que la tristeza corrompe, enturbia,
daña...
Me alegré seriamente lo mismo que el
olivo.
HE POBLADO tu
vientre de amor y sementera,
he prolongado el
eco de sangre a que respondo
y espero sobre el
surco como el arado espera:
he llegado hasta
el fondo.
Morena de altas
torres, alta luz y altos ojos,
esposa de mi piel,
gran trago de mi vida,
tus pechos locos
crecen hacia mí dando saltos
de cierva
concebida.
Ya me parece que
eres un cristal delicado,
temo que te me
rompas al más leve tropiezo,
y
a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera
como el cerezo.
Espejo
de mi carne, sustento de mis alas,
te
doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer,
mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado
por el plomo.
Sobre
los ataúdes feroces en acecho,
sobre
los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te
quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta
en el polvo, esposa.
Cuando
junto a los campos de combate te piensa
mi
frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te
acercas hacia mí como una boca inmensa
de
hambrienta dentadura.
Escríbeme
a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí
con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y
defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y
defiendo tu hijo.
Nacerá
nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto
en un clamor de victoria y guitarras,
y
dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin
colmillos ni garras.
Es
preciso matar para seguir viviendo.
Un
día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y
dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida
por tu mano.
Tus
piernas implacables al parto van derechas,
y
tu implacable boca de labios indomables,
y
ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres
un camino de besos implacables.
Para
el hijo será la paz que estoy forjando.
Y
al fin en un océano de irremediables huesos
tu
corazón y el mío naufragarán, quedando
una
mujer y un hombre gastados por los besos.
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