Teófilo Cid
(1914-1965)
Teófilo Cid o la razón ardiente.
TEÓFILO CID: el náufrago de la noche
Nació en Temuco (zona de La Araucanía, en
el sur de Chile). Centrado en la actividad de escribir, y renunciando en ella a
las maneras transitadas, fue uno de los fundadores del grupo Mandrágora, que
introdujo el surrealismo en la poesía chilena, y colaboró en sus revistas
literarias La Mándrágora y Leit-motiv y en el semanario Pro-Arte. Como poeta publicó Camino de Ñielol (1954), Niños en el río (1954), Nostálgicas mansiones (1962). También
cultivó el cuento: Bouldrou (1942);
la novela: El tiempo de la sospecha
(1952); la dramaturgia: Alicia ya no
sueña (1961), género en el que la Municipalidad de Santiago lo distinguió
con el Premio Gabriela Mistral; y la crónica: Hasta Mapocho no más… (1976). La
© Enciclopedia Microsoft Encarta 98
Teófilo Cid o la razón ardiente.
Altenor Guerrero
Publicado
en el "Boletín de la Universidad de Chile", n" 106, Santiago,
oct. 1970.
Teófilo Cid
pertenece a la familia chilena de los poetas malditos. Acaso sea el más
significativo de ellos, junto con Carlos de Rokha. La imagen de su vida, a seis
años de su muerte, impresiona con una aureola de leyenda y los jóvenes miran
hacia él con cálida admiración. Título honroso que contados poetas chilenos
pueden ostentar. En esto emula a Charles Baudelaire, su espejo de un tiempo y
poeta que veneró e imitó existencialmente. Como Baudelaire, Teófilo Cid fue
hijo único y con él un edípico incurable. Amó con entrañable amor a su madre
hasta el final de sus días y nunca quiso destetarse de su recuerdo. Su filial
fidelidad le arrancó poemas estremecedores. ¿Pero cómo explicar la malditez de
Teófilo Cid, siendo que ella no es una herencia sino una quebradura de su
acontecer vital? Cada poeta maldito tiene su historia íntima, intransferible y
personal. La de Teófilo es dramática y acaso única. Tal vez ella explique
dialécticamente la evolución poética de un joven que lo tenía todo y todo lo
perdió por decreto voluntario. El juego de la poesía, ejercicio de su
adolescencia felíz, acabaría en el fuego de la vida, poesía verdadera y
vocación de su madurez. Como todos sabemos, Teófilo Cid contribuyó a fundar el
Grupo Mandrágora, sección chilena del Movimiento Surrealista francés y
extendido mundialmente. Mandrágora se propuso renovar la poesía chilena y
también purificarla. Había en sus miembros, todos pequeño-burgueses y bien
alimentados, una actitud estética novísima y una conducta ética perfectamente
sopesada, todo esto fundido en una pasión juvenil del más noble cuño. Se vio a
la Mandrágora recorrer las calles de Santiago, con la antorcha de la poesía en
las manos, resuelta a quemarles las barbas a los burgueses y chamuscarles los
bigotes a los bueyes sagrados. Ay de los poetas rimadores y telúricos, ay de
las poetisas pasionales y de alcoba. Amén de la iconoclastia, a la hora en que
muchos parloteaban en los bares u otros caían en el pesado sueño de la molicie,
ellos traducían, investigaban y leían. Mejor que mejor. Se hicieron lo
suficientemente antipáticos, en un medio casi aldeano, como para conseguir un
abundante prestigio. Eran temibles y manejaban muy bien el dicterio y la
ironía. Por lo demás, hacían labor y publicaban libros y revistas. Sólo que
estos jóvenes, insolentes y cultos, se parecían demasiado a sus maestros
afuerinos. Uno quería tener el estilo de Eluard, otro el aliento de Breton y el
de más allá una particularidad de Aragon. Convengamos en que los madragóricos
realizaron un milagro: transformar la aldea de Santiago en una ciudad
internacional, cosmopolita. Exposiciones, conferencias, a saltos culturales,
revistas detonantes, etc. A todo esto, la juventud los dejaba con su tren fugaz
y quimérico. Pasaba mucha basura y tiempo bajo los puentes del Mapocho.
Santiago no era París, ni los jóvenes chilenos iban a estarse toda la vida
haciendo los terribles. La au-tenticidad, con su conciencia de fondo, reclamaba
por sus fueros. El proceso que relato no fue tan sencillo ni breve y sólo a
treintaicinco años corridos puede reducírselo a una síntesis aproximada. El
hecho es que la Mandrágora jugó un papel importante en el desarrollo de la
última poesía chilena. Teófilo Cid, siguiendo el hilo de Ariadna de su poesía,
la propia e ineludible, abandona la Mandrágora en busca de su ser: el llamado
de su individualidad como poeta y chileno de raíz. Ulteriormente, el AGC de la
Mandrágora no incluiría la e teofilesca. ¿Es que iba él, Teófilo Cid, a girar
indefinidamente en tomo a la noria ancilar de un grupo con limitaciones de
escuela, ciertamente cerrado? He aquí una clave de su vida y de su poesía,
hasta ahora separadas, y que debía fundir en una sola, vertiente central de su
personalidad sólidamente integrada. Comienza a desconocerse y a desconocer la
sociedad que lo prohijaba: una burguesía aparentemente generosa con el
sicofante y el asentidor, y que le había abierto, en su caso por razón de su
talento, las faltriqueras del éxito a través de una carrera diplomática que se
prometía brillante. ¿Cómo conciliar el desarreglo de los sentidos y la
rebeldía, con el arreglo y la sociedad económicos?¿Es que la poesía era sólo un
juego que aplaudían los snobs y vecinos culturados? ¿Y dónde quedaba el modo
vertical de vida, la libertad sin mediaciones, el auténtico delirio creador, la
verdad sangrante, la exploración honda y acendrada de la propia esencia
personal? Teófilo Cid resuelve, con un gesto definitivo, tirar por la borda el
lúdico objeto que admiraban sus amigos y termina por caer de bruces en la
hoguera abisal de su vida, método más profundo y eficaz para salvar su
condición de poeta y con ello perdurar. En el sacrificio del fuego está su
rescate, en su inmolación vital está su ejemplo. Nadie pide prestado un
temperamento y Teófilo Cid lo tenía avasallador y robusto.
Se penetra al
mundo por un lugar de la tierra y en un instante del tiempo. Teófilo nace en
Temuco cuando la Primera Guerra Mundial hacía estallar los bellos pero mortales
obuses de Apollinaire. Después le toca ser espectador de la Segunda y activo
sufridor de su prolegómeno, la Guerra Civil Española en la que actuó como
guerrillero de la juventud chilena, por las calles de Santiago. Vive el
nacimiento y la toma del poder por el Frente Popular. En forma lenta pero
segura, gestor y producto de su propia formación intelectual y afectiva,
Teófilo Cid se va acercando al lugar de su nacimiento. Era muy consciente y
deliberado en sus actitudes fundamentales.. Fue un buen lector tanto de Hegel
como de Marx y ellos le enseñaron a ser dialéctico y la inmunidad contra el
inmovilismo y la esclerosis de la sensibilidad y la reflexión. No podía ser un
fanático y menos un sectario. Su poesía es un modelo de armonía y sus crónicas,
un ejemplo de sindéresis, impregnadas de sabiduría cultural y humana. Es el
representante más raro de la promoción de poetas nacidos en la Frontera, a la
que llegó como un hijo pródigo el día que se inclinó asombrado y lleno de pavor
ante el brocal de sus aguas natales. El camino del Ñielol, poema vasto y
coherente, encuentra su germen en un poema compuesto en la época mandragóriea y
que Teófilo Cid se extraña de haber compuesto en trance de escritura
automática. Se verifica el encuentro del poeta con sus reales y auténticas
huellas digitales. Por cierto que no quería ser un poeta más salido de aquella
región, sino entrar al río vivo de la poesía nacional y chilena. ¿Acaso ser un
buen poeta chileno no es pertenecer a la mejor poesía de habla hispana?
Insertándose en el plasma orgánico de la poesía chilena, Teófilo Cid resuelve
la segunda contradicción de su vida. Y jamás con un renuncio, lejos de abjurar
su formación y las preferencias que siempre señorearon su poesía. ¿No escribe
Aragon Le Paysan de Paris? Pues él escribe El Camino del Ñielol, poema que lo
afirma y confirma en su verdad natal. En una entrevista que le hiciera para la
revista "Travesía", me dijo: "Indudablemente que el paisaje de
la Frontera ha tenido mucho que ver en la formación de muchos de sus
habitantes. Es un paisaje que ha bebido durante siglos sangre de conquistadores
y conquistados y que, a esa transubstanciación sanguínea, debe gran parte de su
ennoblecimiento. No hay que olvidar que esta tierra, priviligiada como ninguna
otra en el mundo hispánico, tiene más poetas épicos que Roma y que la misma
Grecia. ¿No crees tú que en las cosas sobreviven las almas de quienes las
tocaron y prestigiaron con su convivencia?"
No fue un
bohemio ni un predestinado. Construyo su existencia sobre la base de unos
principios que supo encarnar y organizó su obra con los materiales de una
cultura sabiamente elaborada. El bohemio es desordenado por inculto y el
predestinado es un esclavo de su superstición y mala fe. De aquí que sea falso,
por desconocimiento de lo que pensó e hizo, afirmar que después de su muerte no
queda nada. Apenas su leyenda y unas anécdotas alusivas. Fue un poeta
ambidextro como son los grandes. Vicente Huidobro, que lo llamaba "mon
cher Théophile", lo consideró el joven más promisorio de su tiempo. En mi
opinión, Teófilo Cid cumplió la promesa. Su poesía es particularmente novedosa
y delicada, finísima en la buena acepción de la finura profunda. Nos deja
poemas definitivos acerca de la noche y el amor, palpitantes exploraciones
sobre el ser eterno y actual, desgarrados trozos de su vida cifrada en esencia
y el registro emocionante de su tránsito santiaguino.
Hay más. Ahí
está su labor en prosa. Buriladas y elegantes crónicas es . critas para un
diario matutino y que lo señalan como el más brillante "croniqueur"
de la generación del 38. Comparto enteramente el juicio de un amigo cuando
afirmaba que las crónicas de Teófilo Cid, en su tiempo apacible y de buen pan,
lograron opacar los jueves de Joaquín Edwards Bello. No repetimos aquí la
inquietud que sintió el gran cronista ante las arremetidas del poeta. Hay una
que traspasó sus límites y llegó a la frontera del ensayo, acerca de la poesía
de Pablo de Rokha, certera y magistral. ¿Y dónde está, me pregunto, su obra
novelística: "Pacto para Noviembre", "El País de las
Luciérnagas" y "Tarde en el estadio`? ¿En qué manos estarán sus
"Poemas de la Calle",, de los cuales leyó uno en un recital
porganizado por la Asociación de Escritores en Huérfanos 11 y tantos? Teorizó y
dio conferncias acerca de poesía y autores que darían para un tomo, necesario y
útil a las nuevas generaciones. Viajó a Estados Unidos y sus artículos de viaje
son un acertado diagnóstico, todavía válido, del país del norte. Obtuvo el
Premio Municipal con una obra de teatro, Alicia ya no sueña, escrita en
colaboración con Armando Menedín y representada por un conjunto de empleados
del Ministerio de Relaciones. ¿Dónde estará "La Razón Ardiente", un
libro de poemas que recoge gran parte de su obra poética y de la cual
"Nostálgicas Mansiones" era sólo una parte?
Hemos querido
demostrar que la obra de Teófilo Cid existe concretamente y está a la altura de
su leyenda personal. Repetimos que fue un poeta ambidextro y que no se
dispersó, como podría pensarse con ánimo frívolo y desaprensivo. Desarrolló, no
hizo más ni menos que eso, las múltiples vetas que atesoraba su talento
universalista. El poeta puede escribir con fortuna la prosa y narrar con gran
calidad. Pareciera que este proceso no es reversible para el narrador escueto.
TEÓFILO CID: el náufrago de la noche.
En el tercer
aniversario de su muerte
"Abridme esta puerta que golpeo llorando. La vida es variable como el Euripo". A Teófilo Cid le gustaba repetir estos versos de Apollinaire. Muchas veces se los escuché en esos "lugares donde comen los pobres" o en las madrugadas cuando escuálidos gatos deambulan entre los tarros de basura y la corriente última de la noche arrastra lóbregos taxis, panaderos soñolientos y ágiles excursionistas que se preparan para ir a la nieve. Los repito ahora en su homenaje, en este mes de nieblas, mes que fue el de su muerte. La vida sigue siendo variable aunque cada día se cierra físicamente otra puerta y detrás . de. esa puerta los viejos amigos no nos respondan. Su voz humana no. nos responde, pero si. la voz. más que humana del recuerdo donde el poeta vive entre quienes alguna ves lo escucharon.
¡Tiempos aquellos! como diría Nicanor Parra. De pronto sé que han pasado más de diez años de la primera vez que vi a Teófilo Cid, en el brumoso fondo de la sala de redacción de un periódico. Allí él escribía esos artículos que yo seguía como los episodios de las viejas seriales (sin embargo, después Teófilo me dijo "No crea en mis artículo: en ellos entrego el recorte y no la hostia".).
Fui a ver lo para llevarle mi primer libro de poemas. Nada más como una tarjeta de presentación. Me sorprendieron su aspecto indefenso, de niño mirando al vacío, su compuesta voz, su inesperada afabilidad. A la semana siguiente (y no era el único crítico literario) apareció un articulo sobre ese libro primerizo, el (único articulo perdonen la vanidad) en donde se hablaba del trasfondo de lo que yo, el adolescente de ese tiempo, había querido decir.
Reuniendo valor de joven provinciano, me atreví a la salida de la Biblioteca Nacional en donde solía verlo, a invitarlo a tornar una cerveza. Las cervezas fueron agrupándose en la mesa como en las mesas de conscriptos con permiso dominical. Temas de conversación de Teófilo en esa tarde de1956:
-"Faulkner es un desordenado, no tiene claridad mental. Prefiero leer al maestro Balzac" (en verdad, Teófilo con unos grados de alcohol en la cabeza se consideraba sosías de Balzac, su autor más admirado).- "Qué poeta más idiota es Fulano de Tal (no puedo nombrarlo porque aún vive). Vea usted como dice: "Tu vino con sabor a catedrales" para elogiar a Francia. Debe ser un vino con gusto a moho y porquería". -"Sí, este es el mes de la muerte de Gardel. Pero le tengo odio a Gardel, porque una vez llegué a Pitrufquén y hallé en la estación a mi novia llena de lágrimas ¿Pero qué es esto? le dije, he estado ausente sólo un día". -"No, me respondió. Estoy llorando porque se acaba de morir Gardel." Los restaurantes y el alcohol y las bibliotecas aparecen al recordar a Teófilo Cid. "Escritor de café" lo llamaron. alguna vez, para. darle un tilde vergonzante. Sin embargo, en nuestro pequeño ambiente no se entiende que un escritor también lo puede ser de café. Si Teófilo Cid hubiese vivido en el Quartier Latín escribiendo sus cuartillas sobre una mesa mármol, todo el mundo lo hubiese dejado tranquilo. Aquí parece una pose, para, nuestra provinciana mentalidad.
Y es que él era una rara avis, uno de los pocos sobrevivientes de la especie llamada "hombre de letras". Actualmente es Eduardo Molina Ventura quien solamente puede llamarse así. Teófilo estaba siempre atento a las últimas manifestaciones del arte y la literatura, trasladaba noticias, ejercía un .gratuito apostolado y magisterio que muchos jóvenes debieran reconocerle. Generoso y estimulante para quienes valían (recuerdo sus opiniones vaticinadoras sobre Alberto Rubio, Galvarino Plaza, Armando Uribe y Rolando Cárdenas, por ejemplo), era también insolente y mal hablado contra el filisteo y el parvenu. Pero la mediocridad de nuestro ambiente lo fue envenenando. En el fondo, Teófilo Cid no podía claudicar. Su aspecto desastrado y repulsivo exteriormente era la forma de rebeldía. contra el orden burgués y mojigato. Pienso que no es verdad que la. sociedad le negó todo. Al contrario, cualquier arribista hubiese trepado a alturas insospechadas a partir de las posiciones que muchas veces tuvo Teófilo Cid. Funcionario de ministerios; secretario de redacción de revistas y diarios, las cartas de triunfo estuvieron muchas veces en sus manos y las desdeñó. Despreciaba la sociedad actual e incapaz de integrarse a ella, escogió el suicidio disimulado tras el alcohol. Contradictorio personaje: alguna vez lo oímos decir que todas las noches le rezaba a la Virgen. Pero al mismo tiempo se declaraba socialista, partidario de los bolcheviques, y recuerdo siempre su gran alegría cuando Gagari surcó por primera vez el espacio, en un vuelo que su poesía había pronosticado hacia veinte años: Perdido en la ciudad, náufrago de este mundo, Teófilo Cid como relación frente a nuestro malsano modo de vida, mantenía una aspiración hacia un mundo de orden más elevado y puro, en el cual las relaciones humanas no estuviesen regidas por el interés y la sordidez. Amaba la tierra natal, el sur, la casa paterna: "la casa del recuerdo como el rumor del mar en los viejos caracoles". Sabia que "la soledad es un estanque con faunas de alcohol" y para superarla se inclinó en su libro Camino del Ñielol al lar sureño, al "brocal donde brillan las raíces". Luchó por recuperar a través de la poesía un mundo mejor y cayó en esa lucha. Cayó junto a esa amada del Sur: "Cómo olvidar que en el curso del Toltén/ Inclinamos los dos juntos, sombra amada/ La cabeza para ver/ Nuestra alegría reflejada". Cayó en su empresa que fue la del último mandragórico, el único que tal vez no condescendió con la realidad inmediata al negar la realidad misma.
Su obra literaria lo sobrevive y espera
el justo juicio. Difícil juicio entre nosotros. Hay que estar vivo para
recibirlo, o ser un muerto cómodo, a punto de cumplir su centenario. Teófilo
Cid derrochó su talento, pero su obra de cuentista, narrador, autor teatral y
poeta está viva y espera esa resurrección que da la desinteresada posteridad. Sus
amigos no pudieron salvar de la atracción de la muerte su cuerpo perecedero
(Sus amigos: Jorge Onfray, Guillermo Atías que tan justamente lo llamó el
"Dandy de la miseria", Ricardo Tirado, Armando Menedín, y esos
ángeles guardianes que eran los gásfiters y vendedores viajeros que al final
eran sus chilenos compadres). Pero sus amigos mantendrán, como lo dijo Díaz
Casanueva, en su memoria el recuerdo de Teófilo Cid como el fuego vivo de la
poesía. Se había perdido él mismo: "No se puede jugar con nafta sobre el
fuego ni beber de botellas que no acaban nunca", decía en un poema
postrero. Y aunque él haya también dicho para el sol invernal que fue el de su
muerte: "Aunque el sol en plumaje. de guerrero etrusco y soleado/ borre
con la esponja de su canto/ la indescifrable desdicha de la vida", yo sé
que la vida no es esa desdicha indescifrable, sino que más allá de si misma,
esa alba de oro recibe a todos los poetas y los hace resucitar en el verdadero
mundo.
En Plan, Santiago Nº 14 (06.1967), p.2.
EL RETORNO
Nadie podría interrumpir el reposo de la bóveda
terrestre
Aquí el silencio ha juntado sus labios para
nunca
pronunciar
palabra
Que pudiera profanar la ostensible flor que cae
Como un junco en la ribera de los sueño.
Un sol amarillento acaricia el pórtico
Mientras allá aún verdad para la muerte y
queden hombres
Para caer hacia su túmulo
Como caen los costados de los ríos en las
sórdidas
vertientes
sin celaje
El tiempo está temblando
Temblando como un ópalo en la mano
De este día jubiloso
Yo se que este día, sin embargo, no puede
interrumpir
el curso
De los muertos que aquí yacen
Esparcidos como frutas
Aunque el gallo en su plumaje de guerrero
etrusco
y
asoleado
Borre con la esponja de su canto
La indescifrable desdicha de la vida
Y los gorriones veloces y las cautivas
golondrinas
Impongan un blasón de idilio a la comarca
La tierra está sorbiendo nuestras lágrimas
Bebiendo la salud que se nos va
La alegría que perdemos a medida que vivimos
La tierra está atrapándonos la sombra que el
sol
proyecta
mediante nuestro sueños
Ella combina con su química dorada la escencia
de
la luz
El aroma de la esbelta peripecia que añoramos
A las fórmulas más dulces de la ciencia de la
vida.
Y esa causa de inocencia nos induce a perpetuar
la reverencia
Que sentimos por la dulce redondez de sus
regiones
Donde cálido el amor anida a veces
Y se teje la aureola del deseo
Más amado cuanto más eliminado
No existe ungüento parecido al eco de la vida
Cuando cae sobre el cáliz
De la flor de los que callan
Ellos escuchan envueltos en terrestres ropajes
de sonoridad
Detenidos ante las vagas conversaciones,
Como ante una llave de sol
Escuchan el paso de los caminantes
Escuchan el hastío de sus voces taladradas de
terror
Y conocen el origen de sus nieblas musicales
Los muertos son sabios porque no andan
Porque no buscan porque no anhelan
Y conocen además la soledad
La que tanto nos asusta cuando faltan las
palabras
Y un esplendor de musgo nos crece entre los
párpados.
Los muertos carecen de sentido propio
No hablan ni opinan pero tienen no obstante
Valor, personalidad
Para herir con su acento extranjero
El idioma que hablamos cuando hablamos de amor.
Ellos saben porqué el olvido nos está acechando
Y porqué el amor sin el olvido atroz sería
Ya que los muertos, muertos son porque vivieron
Y el tiempo les dejó su huella para tenderse
Una huella que el deseo ha cubierto con sus
árboles nativos
Una huella en donde el viento sopla como sobre
un páramo
Y donde el rostro de la vida pierde su sombría
intensidad.
Así los muertos escuchan por medio de las hojas
entreabiertas
El marítimo rumor de la sangre humana
La cascada de pesar
Que espuma la corriente del lenguaje.
Si vosotros estuvierais siempre atentos
Al llamado de sus cuerpos ataviados por el
llanto
Las plabras sonarían como pompas de silencio.
Ante la bóveda terrestre
La barbarie transparente se ha poblado de
bocinas
Y de túnicas ardientes
¿Cuántas veces la estación primaveral
ha hecho el júbilo del mundo
provocando una estación de eternidad?
Si recuerdo aquel verano
No es por gusto de su fértil geografía
Ni por ser aquel verano
La enjoyada pedrería
Del deseo jubiloso
Fue tal vez porque soñaba
Con hallar tu rostro puro desvestido
Tu rostro sin candor y sin fiereza
Apoyado en el estambre
De una étnica embriaguez
Solitario
Con sus ojos temblorosos cual batallas
Entregado al dulce sino de callar.
Conmovido sin embargo hasta la médula natal
Rostro abierto de vendimia
Sobre el riente tornasol
Centelleante en los enigmas que propone
Devorado por la altura de la luz
Que lo emigra, de período en período,
De una época a otra época fugaz.
Si recuerdo aquel verano
Con sus púberes manzanas y sus árboles cautivos
No amaba amar en ese tiempo
Cuando era cual vosotros un pigmento de familia
Raza humana o bandera nacional
Tenía demasiados dones que ocultar
Mucha luz que obscurecer
Munido estambre de jardín electrizante
El sol llegaba a mí desde los dedos
Que lo iban despojando de su cólera carnal
(Era un sol como el que miran
los bañistas ejemplares
y que embebe de verdor los viejos céspedes)
Pero ahora los caminos
Han perdido su papel de antiguo encanto
Tal secas lanzas sus veredas se han hundido
En mi costado.
Poseer acaso el único resabio
La piel que cubre el cuerpo de los versos
Es todo lo que hallo
Cuando trato de saber lo que poseo.
Despojos ya sin sangre
Es todo.
Yo he sentido a veces que el amor
Como un cabello caía ante mis ojos
Nublando la escencia del paisaje
Gris en que me muevo
Por forzoso automatismo.
He sentido en la mirada el nacimiento
De un cristal preconizante
En cuyos finos lóbulos de cuarzo
Un huevo angélico nacía.
Precioso de ese don yo estaba triste
Sin embargo de sentir
El grave peso de un emblema
Cuya enorme lucidez no comprendía.
El amor me ataba el sol a las espaldas
Poniendo distancia de soledad
Emtre cada arterial presión de las palabras.
Por eso me embargaba el deseo generoso
De hablar con todo el mundo
De abrazar alguna orden extranjera
A los dominios conocidos de mi imperio
personal.
El amor me convertía en vaso roto
Y en fisura estrellada mis pensamientos
Por donde me derramaba
En un fluir constante de medusas
Y compactos traumatismos de infancia.
No
Es tal vez porque el verano aquí presente
Nada dice nada canta nada oculta
Y en vértice de amor y sufrimiento
Abro un ángulo hacia el tiempo irremediable
Por amar lo que he perdido
Vivo a tientas despojado de la luz
Vivo ciego en un transcurso mineral
transfigurado
Por un hálito de piedra y de cemento.
Teófilo Cid
de su libro Nostálgicas Mansiones, 1962,
Santiago.
NIÑOS EN EL RÍO
Allí,
Bajo los puentes,
Donde pasa el río urbano
Arrastrando en su bruma el ensueño de la gente;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros esculpidos por glacial fruición de muerte.
Fue arrebol de su dominio
El fluvial convoy silvestre
Donde brilla como témpano el vacío,
En fanal en que ellos vieron florecer la llama esbelta
Y el carnal derretimiento de sus pétalos ardidos.
Allí,
Junto a las duras piedras humanizadas,
En lo hondo de la espuma,
Entre redes de fulgor;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros enjoyados por la ráfaga invernal.
Cuando iban ya sus bocas a decir lo que se ama,
En cariátides de hielo se quedaron,
Sus sueños congelados en los labios.
¡Oh, palabras que no hienden su vestido corporal!
Cuando iban ya sus ojos a mirar ojos más tiernos
Se quedaron convertidos
En emblemas de rigor.
¡Oh, palabras que no sienten su amargura forestal!
Cuando iban ya sus manos a tocar la gloria extrema,
El estambre de la flor correspondida,
Una gélida escultora congelo sus rostros finos.
¡Oh, palabras que no quiebran su cristal!
Puede ahora, por la ruta de la hierba
Lucir el arbol, honda, su esmeralda
Y echar sus aves a volar;
Pero el día está escondido de verguenza
Y, en la ausente claridad,
Las lágrimas vacilan como pajaros de exilio.
La nota puede acaso retornar a la garganta
Y en un temblor de idilio diluir su coro antiguo;
Pero el día tiene el rostro entre las manos
Y en la espesa claridad que se filtra de sus dedos
Las nubes ya no quieren caminar.
Oh, enojo del Destino -Manto grave
Que ha cubierto las pupilas con su trémulo llanto;
Nadie sabe ya decir donde se encuentran,
En qué parque de alegría epitalial
Sus sombras comen;
En que lírica tahona
Sus sombras se hartan;
En que lecho de cabina maternal
Sus sombras duermen.
Nadie sabe ya decir la palabra del idioma
Natural que corresponde,
La palabra de piedad
Que surge pálida en la noche,
Como el blanco de los dientes,
Como el blanco de los ojos,
Como el blanco de las almas.
Nadie sabe ya llorar
En la antigua soledad resonante como un organo,
Llorar a solas de piedad
Por aquellos que no fueron sino flores desdeñadas
Sin pasión de jardinero que su aroma cultivara.
¡Nadie, nadie, nadie!
El mundo ya no tiene lágrimas que dar;
Se quedaron apozadas
En el fondo de los cuerpos
Y en el lago cerebral que allí disponen
Los árboles no sacian su ansiedad.
Nadie ha mirado estos puentes,
La avenida sombría que cubren
Y los álgidos jardines que atan.
Nadie.
Solamente la noche
Que también suele ofrecer
El bouquet de sus miradas a los pobres.
Y en sus manos de escultora perennal
Plasmó sus cuerpos.
¡Ay de aquel que es observado por la noche!
La noche no sabe discernir.
Sea amante dichoso o niño desolado,
Pone su fresca atonía en los ojos,
Contrae sus lenguas sepulcrales
En torno a la raíz de las palabras
Y deja caer un astro que, cual veneno, se disuelve.
Solamente la noche
Los miró con amor,
Con ese amor que brota
De las cosas que se hallan mas allá de las cosas mismas.
Solamente la noche los amó
Y pensó que siendo ella una artista inmemorial
Bien podría esculpirlos con su aliento.
Y ahora estan allí,
Henchidos por la brisa que recorre sus sentidos,
Llevando estériles mensajes.
Allí,
Allí.
Yo os pido por eso
Que no vengais con lagrimas tardías
A llorar su silencio
Y a intentar que de nuevo
La luna en sus ojos resplandezca
Y el perfume en sus sentidos
Y el ensueño entre sus labios.
¡No vengais con vuestras ánforas oh madres!
A ungir de aceite inútil su madura rigidez.
Están unidos por la brisa que lleno de hojas sus almas
Y de otoño virginal los fríos cuerpos.
Están unidos y vuestras lágrimas podrían separarlos.
Bajo los puentes
Donde el río parte en dos el egoísmo,
Donde lucen las parejas su privada primavera,
Y el policía hace el amor a la más dulce
De las doncellas de servicio;
Junto al parque,
Que en invierno llora sólo por toda la ciudad...
Allí,
Bajo los puentes,
Allí quedaron
Con un nudo interrogante entre los labios.
EL BAR DE LOS POBRES
Hoy he ido a comer donde comen los pobres,
Donde el putrido hastío los umbrales inunda
Y en los muros dibuja caracteres etruscos,
Pues nada une tanto como el frío,
Ni la palabra amor, surgida de los ojos,
Como la flor del eco en la cópula perfecta.
Los pobres se aproximan en silencio.
Monedas son sus sueños
Hasta que el propio sol airado los dispersa
Para sembrarlos sobre el hondo pavimento.
En tanto, cada uno es para el otro
Claro indicio, fervor de siembra constelada.
Y en la pesada niebla de los hábitos
que en ráfagas a veces se convierten
De una muda erupcion
De alcohólica armonía,
yo siento que el destino nos aplasta,
Como contra una piedra prehistórica.
Pues somos los que pasan
Cuando los más abren los ojos claros
Al amplio firmamento
Que adunan los crepusculos antiguos.
El mundo es sólo el sol para nosotros,
Un sol que ha comenzado por besar las terrazas
De los barrios abstractos.
Masticamos sus migajas,
Sintiendo que un espasmo egoista nos mantiene,
Pues somos individuos, por más que a ciencia cierta
El nombre individual es sólo un signo etrusco.
En los que aquí mastican su pan de desventura
Un viejo gladiador vencido existe
Que puede aún llorar la lejanía,
Los menús elegir de la tristeza
Y darse a la ilusión de que, con todo,
Es un sobreviviente de la locura atómica.
Sentados en podridos taburetes
Ellos gastan los ultimos billetes
Vertidos por la Casa de Moneda.
Los billetes son diáfanos, decimos,
Carne de nuestra carne,
Espuma de la sangre.
Con billetes el mundo
Congrega sus rincones
Y parece mostrar una estrella accesible
Sin ellos, el paisaje es sólo el sol
Y cada cual resbala sobre su propia sombra.
Pero la Casa de Moneda piensa por todos
Y los billetes, ¡Oh encanto del bar miserable!
Nos suministra sueños congelados,
Menús soñados el dia desnudo de fama
Al levantar los vasos se produce el granito
Del brindis que nos une en un pozo invisible.
Alguien nos dice que el sol ha salido
Y que en el barrio alto
La luz es servidora de los ricos
¡La misma luz que fue manantial de semejanza!
Hoy he ido a comer donde comen los pobres
Y he sentido que la sombra es común
Que el dolor semejante es un lenguaje
Por encima del sol y de las Madres.
MADRUGADORAS
Comentario de Braulio Arenas: " ¿Por
qué perra y no perro?, preguntábamos a Teófilo al llegar al final de este
poema suyo. Al interrogarle, pensábamos en el can llevado en su viaje a la luna
por los expedicionarios de Julio Verne, muerto en el viaje, arrojado fuera de
la nave, y siguiendoles, atraído por la fuerza de gravedad del vehiculo, a
traves del espacio. El mismo poeta no se explicaba el porque perra famosa y no perro famoso. Este poema fue publicado en el número primero de
nuestra revista "Mandrágora" (diciembre de 1938). Sólo muchos años
más tarde tendríamos la explicación, pues fue una perrita la que viajó en el
Sputnik de los soviéticos. "
Sumergida en tiempo
En imágenes
En distintas direcciones
En focos de alta mar
En odio al vesperal dominio
En tí misma
Yo vivo a través de tu candor
Como la sangre en una vena
Un farol de equinoccio
Al final del sitio plano
Del hangar más alto
En estas cordilleras
Donde la voz escucha su propia sombra
El milano atrae sus hijuelos
En este adiós de tí
De tí la madrugadora
Perdida en un hemisferio de cristal
En una curva sin dibujos
A la intemperie
Como una perra famosa
lamida por el éter.
LO
QUE SOY
Soy
un mundo vivo
A
pesar de la sombra que me devora
Alzándome
en sus coágulos de alcohol
Veloz
me veo en la risa
Retratado
como unfuego de emblema
Sobre
sus llamas de silencio material
Veloz
me veo entre las gracias corporales
Siempre
huyendo a través de la apariencia
Como
un rostro entre la ebria multitud
Mi
destino será caer despacio
Pero
vivo en los estambres de diurna rapidez
Que
crecen desde el sol
Vivo
aún aunque estoy muerto
Sepultado
bajo el signo de las llamas
Durmiendo
en su caja de amor
Vivo
aún aunque las preces
Me
han cercado con sus claros centinelas
Como
un lobo Soy de veras flecha de hervor matiz
Aunque
yazga bajo el suelo
Aunque
sueñe bajo el óxido
Y
mis carnes sean bruma de una aurora irremplazable
He pensado como un fauno
En la grávida quimera de un verso
azul he pensado en los contornos
De una primavera llena de certidumbre
Y en medio del hervor de mi impaciencia
Sentí que el fuego era
Luz central de mi propia obscuridad
A medida que sus llamas
Entregaban el muriente colorido
De un paisaje de ansiedad
Mi corazón fue bestia comprometida
¡Oh! Seguro vosotros los que
estáis
Atentos al amor de la antigua soledad
Y habéis sentido volar el silencio como una avispa
El mundo tiene rosas todavía
Que deshojan en la sangre
Su temblor de mediodía
Rosas de ningún color que nacen en los párpados
Cuando aparece la palabra siempre
En los labios que el olvido ha condensado.
Teófilo Cid
nació en Temuco, 1914. Publicó Bouldroud (cuentos, 1942); Nuestros amigos los
poetas (Antología, en la revista "Clío" del Departamento de Historia
y Geografía, 1944); El tiempo de la sospecha (Nouvelle, 1952); Niños en el río
(Poema, 1953); Camino del Ñielol (Poemas, 1954); Nostálgicas mansiones (Ediciones
"El Viento en la Llama", 1962); Alicia ya no sueña (Teatro, en
colaboración con Armando Menedín, 1965).