Antología Poética

José de Espronceda

 

 

Canción del pirata
Elegía a la patria
Oscar y Malvina
El combate
Himno al sol
Despedida del patriota griego
A la muerte de Torrijos
Canto del cruzado
La cautiva
El reo de muerte
El mendigo
El verdugo
El canto del cosaco
A Jarifa en una orgía
La noche
Romance a la mañana
La tormenta de noche
Sonetos
A la noche
A la luna
Las quejas de su amor
Serenata
Al pescador
Canción patriótica
A la muerte de Don Joaquín De Pablo (Chapalangarra)
A don José García de Vilalta I
A don José García de Vilalta II
A la señora de Torrijos
A Matilde
A un ruiseñor
A una mariposa
Suave tu sonrisa
A Balbino Cortés


 

 

 

 

 

 

 

 

 

CANCION DEL PIRATA

Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

La luna en el mar rïela,

en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y ve el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul.

«Navega, velero mío,

sin temor,

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés,

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra;

que yo aquí tengo por mío

cuanto abarca el mar bravío,

a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,

sea cualquiera,

ni bandera

de esplendor,

que no sienta

mi derecho

y dé pecho

a mi valor.

Que es mi barco, etc.

A la voz de «¡barco viene!»

es de ver

cómo vira y se previene

a todo trapo a escapar.

Que yo soy el rey del mar,

y mi furia es de temer.

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual.

Sólo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

Que es mi barco, etc.

Sentenciado estoy a muerte.

Yo me río;

no me abandone la suerte,

y al mismo que me condena

colgaré de alguna entena

quizá en su propio navío.

Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di,

cuando el yugo

del esclavo,

como un bravo

sacudí.

Que es mi barco, etc.

Son mi música mejor

aquilones,

el estrépito y temblor

de los cables sacudidos,

del negro mar los bramidos

y el rugir de mis cañones.

Y del trueno

al son violento,

y del viento

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar».

 

 

 

 

 

ELEGIA A LA PATRIA

¡Cuán solitaria la nación que un día

poblara inmensa gente,

la nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo,

y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura

del déspota sombrío,

como eclipsa la rosa su hermosura

en el sol del estío.

¡Oh, vosotros, del mundo habitadores,

contemplad mi tormento!

¿Igualarse podrán, ¡ah!, qué dolores

al dolor que siento?

Yo, desterrado de la patria mía,

de una patria que adoro,

perdida miro su primer valía

y sus desgracias lloro.

Hijos espúreos y el fatal tirano

sus hijos han perdido,

en campo de dolor su fértil llano

tienen ¡ay! convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,

sus hijos implorando;

sus hijos fueron, mas traidora saña

desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?

¡oh mi patria querida!

¿Dónde fueron tus héroes esforzados

tu espada no vencida?

¡Ay! de tus hijos en la humilde frente

está el rubor grabado

a sus ojos caídos tristemente,

el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue ¡cien héroes fueron

en tiempos de ventura,

y las naciones tímidas la vieron

vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,

su frente se elevaba;

como el trueno a la virgen amedrenta,

su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto

yaces desamparada,

y el justo desgraciado vaga incierto

allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío

pobre yerba y arena,

y el enemigo que tembló a su brío

burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera

y dadla al vago viento;

acompañad con arpa lastimera

mi lúgubre lamento.

Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,

lloremos duelo tanto:

¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?

¿Quién secará tu llanto?

OSCAR Y MALVINA

IMITACION DEL ESTILO DE OSIAN.

(A tale of the times of old)

LA DESPEDIDA

Magnífico Morvén, se alza tu frente

de sempiterna nieve coronada;

al hondo valle bramador torrente

de tu cumbre enriscada

se derrumba con ímpetu sonante,

y zumba allá distante,

la lira de Osián resonó un día

en tu breñosa cumbre:

tierna melancolía

vertió en la soledad, y repetiste

su acento dolor lánguido y dulce,

como el recuerdo del amante triste

de su amada en la tumba.

El eco de su voz clamando guerra

al rumor del torrente parecía,

que en silencio retumba.

Aun figuro tal vez que las montañas

de nuevo esperan resonar su acento,

cual muda la ribera

de las olas que tornan,

el ronco estruendo y el embate espera.

¿Dónde estás, Osián? ¿En los palacios

de las nubes agitas la tormenta,

o en el collado gira allá en la noche

vagarosa tu sombra macilenta?

Siento tierno quejido,

y oigo el nombre de Oscar y de Malvina

del aura entre el rüido,

si el alta copa del ciprés inclina;

y al resonar el hijo de la roca,

cuando su voz se pierde

cual la luz de la luna entre la niebla,

mi mente se figura

que escucho tus acentos de dulzura.

Miro el alcázar de Fingal cubierto

de innoble musgo y hierba

y en silencio profundo sepultado

como la noche el mar, el viento en calma.

¿Dó las armas están? ¿Dónde el sonido

del escudo batido?

¿Dó de Carril la lira delicada,

las fiestas de las conchas y tu llanto,

Moina desconsolada?

Blando el eco repite

segunda vez el nombre de Malvina

y el de su dulce Oscar; tiernos se amaron,

gime en su losa de la noche el viento,

y repite sus nombres que pasaron.

Oscar de negros ojos, en las paces

dulce su corazón como los rayos

del astro bello precursor del día,

y fiero en la batalla de la lanza,

a la suya seguía

la muerte que vibraba su pujanza.

Llamó al héroe la guerra

que el tirano Cairvar fiero traía,

y su Malvina hermosa

tierno llanto vertiendo le decía:

«¿Dónde marchas, Oscar? Sobre las rocas

donde braman los vientos,

me mirarán llorar mis compañeras ¡

no más fatigaré vibrando el arco

por el monte las fieras,

ni a ti cansado de la ardiente caza

te esperaré cuidosa,

ni oiré ya más la voz de tus amores,

ni mi alma estará nunca gozosa.

¿En dónde está mi Oscar? a los guerreros

preguntaré anhelante,

y ellos pasando junto a mí ligeros

responderán: "¡Murió!" Dice y expira

en sollozos su acento más süave

que del arpa el sonido,

al vislumbrar la luna

en solitario bosque y escondido.

"Destierra ese temor, Malvina mía,

Oscar responde con fingido aliento.

Muchos los héroes son que Fingal manda;

caiga el fiero Cairvar y yo perezca,

si es forzoso también; mas tú, Malvina,

bella como la edad de la inocencia,

vive que ya destina

himnos el bardo a eternizar mi gloria.

Mis hazañas oirás y entre las nubes

yo sonreiré feliz; y vagaroso

allá en la noche fría

bajaré a tu mansión, verás mi sombra

al triste rayo de la luna umbría".

Y dice y se desprende de los brazos

de su infeliz Malvina;

a pasos rapidísimos avanza,

y a la llama oscilante

de las hogueras del extenso campo

brillar se ven sus armas cual radiante,

rápida exhalación. Yace en silencio

el campamento todo,

y sólo al eco repetir se siente

el crujir al andar de su armadura

y el blando susurrar del manso ambiente.

Cual por nubes la luna silenciosa

su luz quebrada envía

trémula sobre el mar que la retrata,

que ora se ve brillar, ora perdida

pardo vellón de nube la arrebata,

cielo y tierra en tinieblas sepultando,

así a veces Oscar brilla y se pierde,

la selva atravesando.

 

 

EL COMBATE

Cairvar yace adormido

y tiene junto a sí lanza y escudo,

y relumbra su yelmo

claro a la llamarada reluciente

de un tronco carcomido

casi despojo de la llama ardiente,

mitad dél a cenizas reducido.

"Levántate, Cairvar, Oscar le grita.

Cual hórrida tormenta

eres tú de temer, mas yo no tiemblo:

desprecio tu arrogancia y osadía;

la lanza apresta y el escudo embraza,

álzate pues, que Oscar te desafía".

Cual en noche serena

súbito amenazante, inmensa nube

la turbulenta mar de espanto llena,

se levanta Cairvar, alto cual roca

de endurecido hielo.

"¿Quién osa del valiente,

en voz tronante grita,

ora turbar el sueño, y quién irrita

la cólera a Cairvar omnipotente?"

"Vigoroso es tu brazo en la pelea,

rey de la mar de aurirrolladas olas,

Oscar de negros ojos le responde,

hará ceder tu indómita pujanza".

Como el furor del viento proceloso

ondas con ondas con bramido horrendo

estrella impetuoso,

los guerreros ardiendo se arremeten

y fieros se acometen.

Chispea el hierro, la armadura suena,

al rumor de los golpes gime el viento,

y su son, dilatándose violento,

al ronco monte atruena.

Cayó Cairvar como robusto tronco

que tumba el leñador al golpe rudo

de hendiente hacha pesada

y cayó derribada

su soberbia fiereza,

y su insolente orgullo y aspereza.

Mas ¡ay! que moribundo

Oscar yace también: ¡triste Malvina!

aún no los bellos ojos apartaste

del bosque aquel que le ocultó a tu vista,

y del último adiós aún no enjugaste

las lágrimas hermosas,

tú más dulce a tu Oscar que las sabrosas

auras de la mañana,

siempre sola estarás; si entre las selvas

pirámide de hielo

reverbera a la luna,

en tu ilusión dichosa

figurarás tu amante,

pensando ver su cota fulgorosa;

pasará tu delirio

y verterás el llanto de amargura

sola y desconsolada...

"¡Ay! ¡Oscar pereció!" gemirá el viento

al romper la alborada,

y al ocultar el sol la sombra oscura

de la noche callada.

 

 


HIMNO AL SOL

Para y óyeme ¡oh Sol! Yo te saludo

y extático ante tí me atrevo a hablarte.

ardiente como tú mi fantasía,

arrebatada en ansia de admirarte,

intrépidas a ti sus alas guía.

¡Ojalá que mi acento poderoso

sublime resonando,

del trueno pavoroso

la temerosa voz sobrepujando,

¡oh Sol! a ti llegara,

y en medio de tu curso te parara!

¡Ah! si la llama que mi mente alumbra

diera también su ardor a mis sentidos,

al rayo vencedor que los deslumbra,

los anhelantes ojos alzaría,

y en tu semblante fúlgido atrevidos

mirando sin cesar los fijaría.

¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!

¡Con qué sencillo anhelo,

siendo niño inocente,

seguirte ansiaba en el tendido cielo,

y extático te vía

y en contemplar tu luz me embebecía!

De los dorados límites de Oriente,

que ciñe el rico en perlas Océano,

al término sombroso de Occidente

las orlas de tu ardiente vestidura

tiendes en pompa, augusto soberano,

y el mundo bañas en tu lumbre pura.

Vívido lanzas de tu frente el día,

y, alma y vida del mundo,

tu disco en paz majestuoso envía

plácido ardor fecundo,

y te elevas triunfante,

corona de los orbes centellante.

Tranquilo subes del Cenit dorado

al regio trono en la mitad del cielo,

de vivas llamas y esplendor ornado,

y reprimes tu vuelo.

Y desde allí tu fúlgida carrera

rápido precipitas,

y tu rica, encendida cabellera

en el seno del mar, trémula agitas,

y tu esplendor se oculta,

y el ya pasado día

con otros mil la eternidad sepulta.

¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto

en su abismo insondable desplomarse!

¡Cuánta pompa, grandeza y poderío

de imperios populosos disiparse

¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío

secas y leves hojas desprendidas,

que en círculos se mecen,

y al furor de Aquilón desaparecen.

Libre tú de la cólera divina,

viste anegarse el universo entero,

cuando las hojas por Jehová lanzadas,

impelidas del brazo justiciero,

y a mares por los vientos despeñadas,

bramó la tempestad; retumbó en torno

el ronco trueno, y con temblor crujieron

los ejes de diamante de la tierra;

montes y campos fueron

alborotado mar, tumba del hombre.

Se estremeció el profundo,

y entonces tú, como Señor del mundo,

sobre la tempestad tu trono alzabas,

vestido de tinieblas,

y tu faz engreías,

y a otros mundos en paz resplandecías.

Y otra vez nuevos siglos, nuevas gentes,

viste llegar, huir, desvanecerse

en remolino eterno, cual las olas

llegan, se agolpan y huyen de Océano

y tornan otra vez a sucederse;

mientra inmutable tú, solo y radiante

¡Oh Sol! siempre te elevas,

y edades mil y mil huellas triunfante.

¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,

sin que nunca jamás tu inmensa hoguera

pierda su resplandor, siempre incansable,

audaz siguiendo tu inmortal carrera,

hundirse las edades contemplando,

y solo, eterno, perenal, sublime,

monarca poderoso dominando?

No, que también la muerte,

si de lejos te sigue,

no menos anhelante te persigue.

¿Quién sabe si tal vez pobre destello

eres tú de otro sol que otro universo

mayor que el nuestro un día

con doble resplandor esclarecía?

Goza tu juventud y tu hermosura,

¡Oh Sol! que cuando el pavoroso día

llegue que el orbe estalle y se desprenda

de la potente mano

del Padre Soberano,

y allá a la eternidad también descienda

deshecho en mil pedazos, destrozado

y en piélagos de fuego

envuelto para siempre y sepultado.

De cien tormentas al horrible estruendo,

en tinieblas sin fin tu llama pura

entonces morirá. Noche sombría

cubrirá eterna la celeste cumbre;

ni aun quedará reliquia de tu lumbre.

 

 

 


DESPEDIDA DEL PATRIOTA GRIEGO DE LA HIJA DEL APOSTATA

Era de noche: en la mitad del cielo

su luz rayaba la argentada luna,

y otra luz más amable destellaba

de sus llorosos ojos la hermosura.

Allí en la triste soledad se hallaron

su amante y ella con mortal angustia,

y su voz en amarga despedida

por vez postrera la infeliz escucha.

"Determinado está; sí, mi sentencia

para siempre selló la suerte injusta,

y cuando allá la eternidad sombría

este momento en sus abismos hunda,

¡ojalá para siempre que el olvido,

suavizando el rigor de la fortuna,

la imagen ¡ay! de las pasadas glorias

bajo sus alas lóbregas encubra!

¿Por qué al nacer, crüeles me arrancaron

del seno de mi madre moribunda,

y salvo he sido de mortales riesgos

para vivir penando en amargura?

¿Por qué yo fui por mi fatal destino

unido a ti desde la tierna cuna?

¿Por qué nos hizo iguales en riqueza

y en linaje también mi desventura?

¿Por qué mi infancia en inocentes juegos

brilló contigo, y con delicia mutua

ambos tejimos el infausto lazo

que nuestras almas míseras anuda?

¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora

acariciar memorias de ventura;

voló ya la ilusión de la esperanza,

y es vano amar sin esperanza alguna.

¿Qué puede el infeliz contra el destino?

¿Qué ruegos moverán, qué desventuras

el bajo pecho de tu infame padre?

Infame, sí, que al despotismo jura

vil sumisión, y en sórdida avaricia

vende su patria a las riquezas turcas.

El apellida sacrosantas leyes

el capricho de un déspota, él nos juzga

de rebeldes doquier, su voz comprada

culpa a su patria y al tirano adula.

El nos ordena ante el sultán odioso

humilde miedo y obediencia muda.

Mas no, que el alma de la Grecia existe.

Santo furor su corazón circunda,

que ávido se hartará de sangre hirviente,

que nuevo ardor le infundirá y bravura.

No ya el tirano mandará en nosotros:

Tristes rüinas, áridas llanuras,

cadáveres no más serán su imperio,

será sólo el señor de nuestras tumbas.

Ya osan ser libres los armados brazos

y ya romper la bárbara coyunda.

Y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!

y a ti, divina libertad, saludan.

Gritos de triunfo, sacudido el viento

hará que al éter resonando suban,

o eterna muerte cubrirá la Grecia

en noche infanda y soledad profunda.

Ese altivo monarca, que embriagado

yace en perfumes y lascivia impura,

despechado sabrá que no hay cadena

que la mano de un libre no destruya.

Con rabia oirá de libertad el grito

sonar tremendo en la obstinada lucha,

y con miedo y horror su sed de sangre

torrentes hartarán de sangre turca.

Y tu padre también, si ora impudente

so el poder del Islam su patria insulta,

pronto verá cuán formidable espada

blande en la lid la libertad sañuda.

Marcha y dile por mí que hay mil valientes

y yo uno de ellos, que animosos juran

morir cual héroes o romper el cetro

a cuya sombra el pérfido se escuda.

Que aunque marcados con la vil cadena,

no han sido esclavas nuestras almas nunca,

que el heredado ardor de nuestros padres

las hace hervir aún; que nuestra furia

nos labrará, lidiando, en cada golpe

triunfo seguro o noble sepultura.

Dile que sólo en baja servidumbre

puede vivir un alma cual la suya,

el alma de un apóstata que indigno

llega sus labios a la mano impura,

que de caliente sangre reteñida,

nuevos destrozos a su patria anuncia.

Perdóname, infeliz, si mis palabras

rudas ofenden tu filial ternura.

Es verdad, es verdad: tu padre, un tiempo

mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

pasado hubieran tan dichosos días!

Yo no llamara injusta a la fortuna.

¡Cómo entonces mi mano enjugaría

las lágrimas que viertes de amargura!

Tu padre, ¡oh Dios! como engañoso amigo

cuando la Grecia la servil coyunda

intrépida rompió, cuando mi pecho

respiraba gozoso el aura pura

de la alma libertad, pensó el inicuo

seducirme tal vez con tu hermosura,

y en premio vil me prometió tu mano

si ser secuaz de su traición inmunda,

y desolar mi patria le ofrecía,

esclavo yo de la insolente turba

de esclavos del sultán. Antes el cielo

mis yertos miembros insepultos cubra,

que goce yo de ignominiosa vida

ni en el seno feliz de tu dulzura.

¡Ah! para siempre adiós: la infausta suerte

que el lazo rompe que las almas junta,

y va a arrancar tu corazón del mío,

tan sólo ahora una esperanza endulza.

Yo te hallaré donde perpetuas dichas

las almas de los ángeles disfrutan.

¡Ah! para siempre adiós... tente... un momento,

un beso nada más... es de amargura...

es el último ¡oh Dios!... mi sangre hiela...

¡Ah! los martirios del infierno nunca

igualaron mi pena y mi agonía.

¡Terminara la muerte aquí mi angustia,

y aun muriera feliz! Mis ojos quema

una lágrima ¡Oh Dios! y tú la enjugas!

¡Quién resistir podrá! Basta... la hora

se acerca ya que mi partida anuncia.

¡Ojalá para siempre que el olvido,

suavizando el rigor de la fortuna

la imagen ¡ay! de las pasadas glorias

bajo sus alas lóbregas encubra!"

Dice, y se alejan. A esperar consuelo

la hija del apóstata en la tumba;

él, batallando pereció en las lides,

y ella víctima fue de su amargura.

 

 

 

 


A LA MUERTE DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS

Hélos allí: junto a la mar bravía

cadáveres están ¡ay! los que fueron

honra del libre, y con su muerte dieron

almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía

sus nobles pechos, que jamás temieron,

y las costas de Málaga los vieron

cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad; mas vuestro llanto

lágrimas de dolor y sangre sean,

sangre que ahogue a siervos y opresores,

y los viles tiranos, con espanto

siempre delante amenazando vean

alzarse sus espectros vengadores.

 

 

 

 

 


CANTO DEL CRUZADO

Ya tarde en la noche la luna escondía

cercana a Occidente, su lívida faz,

y al Norte entre nubes, relámpago ardía

que el cielo inundaba de lumbre fugaz.

El Tajo sus aguas con ronco bramido

despeña, y el eco redobla el fragor;

el bosque se mece con sordo rüido,

de negras tormentas fatal precursor.

Al fuego que el raudo relámpago enciende,

que al monte y la selva parece abrasar,

un hombre a caballo la margen desciende

y al trote se sienten sus armas sonar.

Tal vez a su paso con viva vislumbre

la cruz en su escudo radiante brilló;

mas luego en tinieblas la rápida lumbre

al hombre y caballo consigo ocultó.

De un monte en la altura levanta su frente

soberbio castillo de ilustre señor;

brillantes antorchas le adornan luciente

y de arpas y fiesta se escucha el rumor.

Abiertas las rejas, las luces se agitan,

y alegre banquete se deja entrever,

los néctares dulces al júbilo excitan

y a cien caballeros cantando a beber.

cual negra fantasma de forma medrosa

que a tímida virgen de noche aterró

así en la alta cumbre del monte escabrosa

el hombre a caballo veloz pareció.

Al pie del castillo llegando el guerrero,

alegre relincha su noble trotón;

la rienda recoge, desmonta ligero

y para y escucha sonar la canción.

Del arpa sonora los dulces contentos

aplauden con bravos y vivas sin fin,

y en coro resuenan alegres acentos,

en alto las copas a honor del festín.

Mas luego en silencio la mágica lira,

vibrada suave se torna a escuchar,

y sigue a su acento que plácido inspira

la voz regalada de aqueste cantar:

Era la noche, y la luna

melancólica brillaba

con pálida luz süave

en el jardín de la Alhambra.

En su soledad se goza

la hermosísima Zoraida,

la más bella de las moras,

la adorada de Abenámar.

Tan sólo rompe el silencio

entre las flores el aura o

que dulcemente las [...]

y su perfume exhala.

Allí, vagando en silencio,

sus pensamientos halagan

mil imágenes sabrosas,

mil cumplidas esperanzas.

Mas ¿qué estruendo de trompetas

toca a rebato en Granada,

y entre el confuso alboroto

retumba el grito de alarma?

Zoraida escucha y suspira,

que al son de guerra, Abenámar,

el más bravo de los moros,

es el primero que marcha.

Ya cerca escucha las trompas

de las huestes castellanas,

y relinchos, y carreras,

y el batir de las espadas.

Precipitada a una reja,

sube la mora al alcázar,

y por la vega anchurosa

yiende la vista agitada.

Inquieta, atento el oído,

tiembla al crujir de las armas,

cual tímido cervatillo

si el viento agita las ramas.

En su ventana, la noche

toda, lo espera azorada.

Ya el estruendo y voces crecen,

ya poco a poco se callan.

Era el rumor: los guerreros

vuelven en triunfo a Granada.

Gallardo en las lides,

cayó el vencedor.

¡Ay! llora, Zoraida,

tu triste amador.

Su voz moribunda

tu nombre exhaló,

y al pecho, expirante,

tu banda estrechó.

Ya el bardo a su gloria

levanta la voz.

Eterno su nombre

dirá el trovador.

Gallardo en las lides,

cayó el vencedor.

¡Ay! llora, Zoraida,

tu triste amador.

El arpa acompaña, callado ya el canto,

con lánguidos trinos la trova gentil,

cual dulce en la selva, con plácido encanto,

el eco modulan los auras de Abril.

Y luego cien arpas resuenan, y el coro

los nobles entonan cantando a la vez,

y el fin malogrado del ínclito moro

envidian, y ensalzan su amor y su prez.

En tanto el guerrero que el cántico oía,

con fuerza en las puertas su lanza chocó,

y allá en las almenas, al punto, el vigía:

«¿Quién llama a estos muros?» audaz preguntó.

«Asilo en la noche demanda un guerrero

que errante camina», gritó el paladín.

«Abridle, de adentro sonó un caballero,

y encuentre acogida y asiento al festín».

Las negras cadenas que el puente suspenden

con ronco sonido se sienten crujir,

y bajan el puente, y algunos descienden

armados guerreros, las puertas a abrir.

Su nombre preguntan; responde el soldado:

«Mi nombre, aunque ilustre, es fuerza ocultar.

Saber es bastante que soy un cruzado

que vuelve de tierras allende del mar».

So un manto sencillo de cándido lino,

do roja aparece la espléndida cruz,

su rostro y sus armas cubrió el paladino,

los ojos tan sólo quedando a la luz.

En ellos ostenta, con fiera altiveza,

fijándolos firme, intrépido ardor.

Mas luego se apaga con fría tristeza

o usado descuido su noble esplendor.

En tanto, dos pajes, sirviendo de guía,

conducen al huésped adentro al salón,

y sale a su encuentro con faz de alegría,

dejando el banquete, gallardo infanzón.

La mano, por muestra de dar bienvenida,

tendiéndole dice: «Llegado aquí en paz,

os dé mi castillo sabrosa acogida

y halléis con nosotros placer y solaz».

El huésped, en tanto que el noble le hablara,

mantiene los ojos clavados en él,

así que en su rostro semblanza encontrara

que antiguos recuerdos preséntanle fiel.

«¿Sois vos, le pregunta, gentil castellano,

de aquesta comarca tal vez el señor?

¿Sois vos el que nombran el conde Lozano,

honor de Castilla, del moro terror?»

El noble, modesto, responde al guerrero:

"Yo soy el que llaman como vos decís,

empero la fama da un nombre a mi acero

más alto que nunca por él merecí.

Entrad con nosotros, partid el contento,

ilustre soldado de la alta Sión.

Dirás de tus viajes el plácido cuento

y oiremos tus hechos con grata atención».

"Mi vida y mis hechos, el huésped responde,

ansiara yo mismo por siempre olvidar».

Y dice, y su rostro moreno se esconde

so nube sombría de negro pesar.

Del sol de la Libia quemado el semblante,

sus ojos un punto centellear se ven,

mas luego se apaga su brillo al instante,

y al fuego que lanzan sucede el desdén.

Con hondo suspiro prosigue el cruzado,

bajando los ojos con triste mirar:

«Delante el sepulcro de Dios he jurado

mi historia y mi nombre jamás confiar.

Así he prometido robarme el consuelo

que acaso los hombres al mísero dan,

así hasta que quiera por último el cielo

que baje a la tumba conmigo mi afán».

Su voz, su mirada, su rostro turbado

profundo misterio parece encubrir.

El Conde en silencio le asienta a su lado,

sin más sus desdichas forzarle a decir.

Alguno le mira, fijándole atento,

que piensa su pecho tal vez sondear.

Mas sólo su vista le da el pensamiento

que es hombre que el riesgo no duda arrostrar.

En tanto que el huésped, así indiferente,

se vuelve a su estado de triste inacción,

el Conde Lozano anima su gente

mandando que entonen alegre canción.

Las copas henchidas del néctar sabroso

se vieron al punto volar al redor

y el arpa vibrando con eco armonioso

así dulcemente cantó el trovador:

El soldado de Sión

El que ansioso de alta gloria,

joven dejó sus hogares,

y lanzándose a los mares,

voló a buscar la victoria,

vencedor del turco fiero,

vuelve, valiente cruzado,

del sol el rostro tostado

y en sangre tinto su acero.

Allí, su lanza en la lid

dio a su renombre esplendor,

le cantó el trovador

como a intrépido adalid.

Ora vuelve, en su semblante

con cicatrices de heridas

en honra y pro recibidas

de la que adora constante.

Tal vez al verle a su reja

le desconozca la hermosa

que sensible y cuidadosa

oyó otro tiempo su queja.

Mas si no vuelve de Oriente,

cual antes, joven hermoso,

vuelve intrépido y brioso

y ornada en lauros la frente.

Y las lunas abatidas

de los árabes altivos,

cien caballos, cien cautivos,

cien cimitarras vencidas,

el soldado de Sión

rendirá ante su hermosura

y con humilde ternura

su constante corazón.

Y si amorosa un momento

tendrá completa ventura

su más alto pensamiento,

y tendrá por muy dichosa

de su destino la estrella

si le devuelve su bella

siempre tierna y cariñosa.

Que por la cruz y en su honor

ha alcanzado la victoria,

y su nombre y su memoria

realzó en la lid su valor,

y buscando dónde ir

a hacer su nombre famoso,

vuelve a sus pies venturoso

sus laureles a rendir.

«A fe, dijo un noble, ya el canto acabado,

que son muy leales esclavos de amor

los bravos guerreros del templo sagrado,

según en sus versos pintó el trovador.

Que dicen hermosas que son las mujeres

que adornan las tierras do se alza Lalén

y ofrece el Oriente gustosos placeres,

y todos los miran con tibio desdén».

«No brillan mujeres allá en Palestina,

responde un guerrero, cual brillan aquí.

Yo pongo que nunca mujer más divina

se vio que la hermosa que adora el Zegrí».

«Ximena es más bella, repuso un mancebo

moviendo los ojos con fiero mirar.

Y rompo una lanza por ella y lo pruebo

cualquiera en su contra se muestre a lidiar».

El Conde al momento: «Más bella es mi esposa,

la reina en las justas de amor y beldad.

Yo pongo que es ella más noble y hermosa

y acepto en la arena probar la verdad».

«Cualquiera que venza será venturoso,

repuso un anciano,

empero el semblante hará más hermoso

de aquella que adora su noble valor.

Que allá cuando hervía mi pecho valiente

con ansia amorosa y ardor juvenil,

recuerdo con pena que anubla mi frente

y aún hace a mi pecho turbado latir,

que así por mi dama vibrando mi espada

en negra contienda de honrar la beldad,

tendido a mis plantas, de fiera estocada

mi amigo más caro probó mi crueldad.

Vosotros, hermanos en armas y amigos,

de España esperanza, mancebos de pro,

¡oh! no querrá el cielo lidiéis enemigos

por causa tan leve, presente aquí yo.

Penosos recuerdos, eterno tormento

quien hiera a su amigo por pago tendrá,

y siempre turbado doquier su contento

la sombra del muerto delante hallará.

Allá vuestra espada

se cruce al alfanje que en sangre crüel

regó el desolado campo castellano,

y arranque a su frente antiguo laurel.

Volved por las armas si algún caballero

con lengua villana se atreve a su honor,

o bien si el osado moteja altanero

sus mismos galanes de poco valor.

Que entonces la honra exige que muerto

o quede el que el duelo audaz provocó,

o que ante testigos confiese el entuerto

que con sus palabras o acciones causó.

Tomad mi consejo y usad de prudencia;

al noble extranjero nombrad vuestro juez,

mostradle las damas y dadle sentencia.

Ninguno contienda otra vez.

Llegado de climas y tierras lejanas,

do ha visto las bellas de cada país,

a un lado dejando pretensiones vanas,

no dudo que todos en él convenís.

Y aquel que aún sostenga tenaz su porfía,

y dude a esta prueba tan fácil ceder,

por cierto en su dama muy poco confía

y no por muy bella la debe tener».

 

 

 

 

 

 


LA CAUTIVA

Ya el sol esconde sus rayos,

el mundo en sombras se vela,

el ave a su nido vuela,

busca asilo el trovador.

Todo calla: en pobre cama

duerme el pastor venturoso,

en su lecho suntüoso

se agita insomne el señor.

Se agita, mas ¡ay! reposa

al fin en su patrio suelo,

no llora en mísero duelo

la libertad que perdió;

los campos ve que a su infancia

horas dieron de contento,

su oído halaga el acento

del país donde nació.

No gime ilustre cautivo

entre doradas cadenas,

que si bien de encanto llenas,

al cabo cadenas son.

Si acaso triste lamenta,

en torno ve a sus amigos,

que, de su pena testigos,

consuelan su corazón.

La arrogante erguida palma

que en el desierto florece,

al viajero sombra ofrece,

descanso y grato manjar;

y, aunque sola, allí es querida

del árabe errante y fiero,

que siempre va placentero

a su sombra a reposar.

Mas ¡ay triste! yo cautiva;

huérfana y sola suspiro,

en clima extraño respiro,

y amo a un extraño también;

no hallan mis ojos mi patria;

humo han sido mis amores;

nadie calma mis dolores,

y en celos me siento arder.

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo,

ni ceder a mi tristura,

ni consuelo en mi amargura

podré jamás encontrar.

Supe amar como ninguna,

supe amar correspondida;

despreciada, aborrecida,

¿no sabré también odiar?

¡Adiós, patria! ¡adiós, amores!

la infeliz Zoraida ahora

sólo venganzas implora,

ya condenada a morir.

No soy ya del castellano

la sumisa enamorada,

soy la cautiva cansada

ya de dejarse oprimir.

 

 

 

 

 


 

EL REO DE MUERTE

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar...

Reclinado sobre el suelo

con lenta amarga agonía,

pensando en el triste día

que pronto amanecerá,

en silencio gime el reo

y el fatal momento espera

en que el sol por vez postrera

en su frente lucirá.

Un altar y un crucifijo,

y la enlutada capilla

lánguida vela amarilla

tiñe en su luz funeral,

junto al mísero reo,

medio encubierto el semblante,

se oye el fraile agonizante

en son confuso rezar.

El rostro levanta el triste

Y alza los ojos al cielo;

tal vez eleva en su duelo

la súplica de piedad:

¡Una lágrima! ¿es acaso

de temor o de amargura?

¡Ay! ¿a aumentar su tristura

vino un recuerdo quizá.

Es un joven y la vida

llena de sueños de oro

pasó ya, cuando aun el lloro

de la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

y su madre que le llora

para morir así ahora

con tanto amor le crió.

Y a par que sin esperanza

ve ya la muerte en acecho,

su corazón en su pecho

siente con fuerza latir,

al tiempo que mira al fraile

que en paz ya duerme a su lado

y que ya viejo y postrado

le habrá de sobrevivir.

¿Mas qué rumor a deshora

rompe el silencio? Resuena

una alegre cantilena

y una guitarra a la par,

y gritos y de botellas

que se chocan, el sonido,

y el amoroso estallido

de los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

Y la voz de los borrachos,

y sus brindis, sus quimeras,

y el cantar de las rameras,

y el desorden bacanal

en la lúgubre capilla

penetran, y carcajadas,

cual de lejos arrojadas

de la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Maldición! Al eco infausto

el sentenciado maldijo

la madre, que como a hijo

a sus pechos le crió;

y maldijo el mundo todo,

maldijo su suerte impía,

maldijo el aciago día

y la hora en que nació.

II

Serena la luna

alumbra en el cielo,

domina en el suelo

profunda quietud.

Ni voces se escuchan,

ni ronco ladrido,

ni tierno quejido

de amante laúd.

Madrid yace envuelto en sueño,

todo al silencio convida,

y el hombre duerme y no cuida

del hombre que va a expirar.

Si tal vez piensa en mañana,

ni una vez piensa siquiera

en el mísero que espera

para morir, despertar;

que sin pena ni cuidado

los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Y el juez también en su lecho

duerme en paz!! ¡y su dinero

el verdugo placentero

entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

en la sangrienta plazuela

el hombre del mal que vela

un cadalso a levantar.

Loca y confusa la encendida mente,

sueños de angustia y fiebre y devaneo

el alma envuelven del confuso reo,

que inclina al pecho la abatida frente.

Y en sueños

confunde

la muerte,

la vida.

Recuerda

y olvida,

suspira,

respira

con hondo afán.

Y en un mundo de tinieblas

vaga y siente miedo y frío,

y en su horrible desvarío

palpa en su cuello el dogal;

y cuanto más forcejea,

cuanto más lucha y porfía,

tanto más en su agonía

aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

ya libre se contempla,

y al aire puro respira,

y oye de amor que suspira

la mujer que un tiempo amó,

bella y dulce cual solía,

tierna flor de primavera,

el amor de la pradera

que el abril galán mimó.

Y gozoso a verla vuela,

y alcanzarla intenta en vano,

que al tender la ansiosa mano

su esperanza a realizar,

su ilusión la desvanece

de repente el sueño impío,

y halla un cuerpo mudo y frío

y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

 

 

 

 

 

 

 

 


EL MENDIGO

Mío es el mundo: como el aire libre,

otros trabajan porque coma yo;

todos se ablandan si doliente pido

una limosna por amor de Dios.

El palacio, la cabaña

son mi asilo,

si del ábrego el furor

troncha el roble en la montaña,

o que inunda la campaña

el torrente asolador.

Y a la hoguera

me hacen lado

los pastores

con amor,

y sin pena

y descuidado

de su cena

ceno yo.

en la rica

chimenea,

que recrea

con su olor

me regalo

codicioso

del banquete

suntüoso

con las sobras

de un señor.

Y me digo: el viento brama,

caiga furioso turbón;

que al son que cruje de la seca leña,

libre me duermo sin rencor ni amor.

Mío es el mundo: como el aire libre, etc.

Todos son mis bienhechores,

por todos

a Dios ruego con fervor;

de villanos y señores

yo recibo los favores

sin estima y sin amor.

Ni pregunto

quiénes sean,

ni me obligo

a agradecer;

que mis rezos

si desean,

dar limosna

es un deber.

Y es pecado

la riqueza,

la pobreza

santidad:

Dios a veces

es mendigo,

al avaro

da castigo

que le niegue

caridad.

Yo soy pobre y se lastiman

todos al verme plañir,

sin ver son mías sus riquezas todas,

que mina inagotable es el pedir.

Mío es el mundo: como el aire libre, etc.

Mal revuelto y andrajoso,

entre harapos

del lujo sátira soy,

y con mi aspecto asqueroso

me vengo del poderoso

y adonde va, tras él voy.

Y a la hermosa

que respira

cien perfumes,

gala, amor,

la persigo

hasta que mira,

y me gozo

cuando aspira

mi punzante

mal olor.

Y las fiestas

y el contento

con mi acento

turbo yo,

y en la bulla

y la alegría

interrumpen

la harmonía

mis harapos

y mi voz:

Mostrando cuán cerca habitan

el gozo y el padecer,

que no hay placer sin lágrimas, ni pena

que no transpire en medio del placer.

Mío es el mundo: como el aire libre, etc.

Y para mí no hay mañana.

ni hay ayer,

olvido el bien como el mal,

nada me aflige ni afana;

me es igual para mañana

un palacio, un hospital.

Vivo ajeno

se memorias;

de cuidados

libre estoy.

Busquen otros

oro y glorias,

yo no pienso

sino en hoy.

Y do quiera

vayan leyes,

quiten reyes,

reyes den

Yo soy pobre,

al mendigo,

por el miedo

del castigo,

todos hacen

siempre bien.

Y un asilo donde quiera,

y un lecho en el hospital

siempre hallaré, y un hoyo donde caiga

mi cuerpo miserable al expirar.

Mío es el mundo: como el aire libre,

otros trabajan porque coma yo

todos se ablandan si doliente pido

una limosna por amor de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL VERDUGO

De los hombres lanzado al desprecio,

de su crimen la víctima fui;

y se evitan de odiarse a sí mismos,

fulminando sus odios en mí.

Y su rencor

al poner en mi mano, me hicieron

su vengador;

y se dijeron:

«Que nuestra vergüenza común caiga en él;

se marque en su frente nuestra maldición;

su pan amasado con sangre y con hiel,

su escudo con armas de eterno baldón

sean la herencia

que legue al hijo,

el que maldijo

la "sociedad".

Y de mí huyeron,

de sus culpas el manto me echaron,

y mi llanto y mi voz escucharon

¡sin piedad!!!

Al que a muerte condenan le ensalzan...

¿Quién al hombre del hombre hizo juez?

¿Que no es hombre ni siente el verdugo

imaginan los hombres tal vez?

Y ellos no ven

que yo soy de la imagen divina

¡copia también!

Y cual dañina

fiera a que arrojan un triste animal,

que ya entre sus dientes se siente crujir,

así a mí, instrumento del genio del mal

me arrojan el hombre que traen a morir.

Y ellos son justos,

yo soy maldito,

yo sin delito

soy criminal:

Mirad al hombre

que me paga una muerte; el dinero

me echa al suelo con rostro altanero,

¡a mi, su igual!

El tormento que quiebra los huesos

y del reo el histérico ¡ay!

y el crujir de los nervios rompidos

bajo el golpe del hacha que cae,

son mi placer,

y al rumor que en las piedras rodando

hace, al caer,

del triste saltando

la hirviente cabeza de sangre en un mar,

allí entre el bullicio del pueblo feroz

mi frente serena contemplan brillar,

tremenda, radiante con júbilo atroz.

Que de los hombres

en mí respira

toda la ira,

todo el rencor;

que a mí pasaron

la crueldad de sus almas impía,

y al cumplir su venganza y la mía

gozo en mi horror!

Ya más alto que el grande, que altivo

con sus plantas hollara la ley,

al verdugo los pueblos miraron

y mecido en los hombros de un rey;

y en él se hartó,

embriagado de gozo aquel día

cuando expiró;

y su alegría

su esposa y sus hijos pudieron notar;

que en vez de la densa tiniebla de horror,

miraron la risa su labio amargar,

lanzando sus ojos fatal resplandor.

Que el verdugo

con su encono

sobre el trono

se asentó.

Y aquel pueblo

que tan alto le alzara bramando,

otro rey de venganzas, temblando,

en él miró.

En mí vive la historia del mundo

que el destino con sangre escribió,

y en sus páginas rojas Dios mismo

mi figura impaciente grabó.

La eternidad

ha tragado cien siglos y ciento,

y la maldad

su monumento

en mí todavía contempla existir.

Y en vano es que el hombre do brota la luz

con viento de orgullo pretenda subir:

¡Preside el verdugo los siglos aún!

Y cada gota

que me ensangrienta,

del hombre ostenta

un crimen más.

Y yo aún existo,

fiel recuerdo de edades pasadas,

a quien siguen cien sombras airadas

¡siempre detrás!

¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,

tú, hijo mío, tan puro y gentil?

En tu boca la gracia de un ángel

presta gracia a tu risa infantil.

¡Ay! tu candor,

tu inocencia, tu dulce hermosura

me inspira horror.

¡Oh! tu ternura,

mujer, ¿a qué gastas con ese infeliz?

¡Oh! muéstrate madre piadosa con él,

¡ahógale, y piensa será así feliz!

¿Qué importa que el mundo te llame cruel?

Mi vil oficio

querrás que siga

¡que te maldiga

tal vez querrás!

Piensa que un día

al que hoy miras jugar inocente,

¡maldecido cual yo y delincuente

también verás.

 

 



EL CANTO DEL COSACO

Donde sienta mi caballo los pies

no vuelve a nacer yerba.

PALABRAS DE ATILACORO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín:

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín.

¡Hurra! A caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad;

¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla

gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,

todo es hermoso y refulgente allí,

son sus hembras celestes serafines,

su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Hurra, cosacos, etc.

Nuestro sean su oro y sus placeres,

gocemos de ese campo y ese sol;

son sus soldados menos que mujeres,

sus reyes, viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,

vedlos cobardes lágrimas verter...

¡Hurra! ¡Volad! Sus cuerpos, su tesoro

huellen nuestros caballos con sus pies.

¡Hurra, cosacos, etc.

Dictará allí nuestro capricho leyes,

nuestras casas alcázares serán,

los cetros y coronas de los reyes

cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! ¡Volad! A hartar nuestros deseos,

las más hermosas nos darán su amor,

y no hallarán nuestros semblantes feos,

que siempre brilla hermoso el vencedor.

¡Hurra, cosacos, etc.

Desgarraremos la vencida Europa,

cual tigres que devoran su ración;

en sangre empaparemos nuestra ropa,

cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando

regias habitaciones morarán;

cien esclavos, sus frentes inclinando,

al mover nuestros ojos, temblarán.

¡Hurra, cosacos, etc.

Venid, volad, guerreros del desierto,

como nubes en negra confusión,

todos suelto el bridón, el ojo incierto,

todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,

cual tromba que arrebata el huracán,

cual témpanos de hielo endurecidos

por entre rocas despeñados van.

¡Hurra, cosacos, etc.

Nuestros padres un tiempo caminaran

hasta llegar a una imperial ciudad;

un sol más puro es fama que encontraron,

y palacios de oro y de cristal.

Vadearon el Tibre sus bridones;

yerta a sus pies la tierra enmudeció;

su sueño con fantásticas canciones

la fada de los triunfos arrulló.

¡Hurra, cosacos, etc.

¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse

hambrienta en vuestras manos de matar?

¿No veis entre la niebla aparecerse

visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones

era ese muro que abatido fue;

la gloria de Polonia y sus blasones

en humo y sangre convertidos ved.

¡Hurra, cosacos, etc.

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?

¿Quién sus hijos triunfante encadenó?

¿Quién puso fin a sus gloriosos días?

¿Quién en su propia sangre los abogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!

Esos hombres de Europa nos verán:

¡Hurra! Nuestros caballos en su frente

hondas sus herraduras marcarán.

¡Hurra, cosacos, etc.

A cada bote de la lanza ruda,

a cada escape en la abrasada lid,

la sangrienta ración de carne cruda

bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntüosos,

sirviéndonos de mesa algún altar,

nuestra sed calmarán vinos sabrosos,

hartará nuestra hambre blanco pan.

¡Hurra, cosacos, etc.

Y nuestras madres nos verán triunfantes,

y a esa caduca Europa a nuestros pies,

y acudirán de gozo palpitantes,

en cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,

las coronas de Europa heredarán,

y a conquistar también otras regiones

el caballo y la lanza aprestarán.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín;

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín.

 

 

 

 

 

 

 

 



A JARIFA EN UNA ORGIA

Trae, Jarifa, trae tu mano,

ven y pósala en mi frente,

que en un mar de lava hirviente

mi cabeza siento arder.

Ven y junta con mis labios

esos labios que me irritan,

donde aún los besos palpitan

de tus amantes de ayer.

¿Qué la virtud, la pureza?

¿Qué la verdad y el cariño?

Mentida ilusión de niño

que halagó mi juventud.

Dadme vino: en él se ahoguen

mis recuerdos; aturdida,

sin sentir, huya la vida

paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,

y en ardiente sangre rojos

brillan inciertos mis ojos,

se me salta el corazón.

Huye, mujer; te detesto,

siento tu mano en la mía,

y tu mano siento fria,

y tus besos hielo son.

¡Siempre igual! Necias mujeres,

inventad otras caricias,

otro mundo, otras delicias,

¡o maldito sea el placer!

Vuestros besos son mentira,

mentira vuestra ternura,

es fealdad vuestra hermosura,

vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,

quiero un deleite divino,

como en mi mente imagino,

como en el mundo no hay;

y es la luz de aquel lucero

que engañó mi fantasía,

fuego fatuo, falso guía

que errante y ciego me tray.

¿Por qué murió para el placer mi alma,

y vive aún para el dolor impío?

¿Por qué si yazgo en indolente calma,

siento en lugar de paz, árido hastío?

¿Por qué este inquieto abrasador deseo

¿Por qué este sentimiento extraño y vago,

que yo mismo conozco un devaneo,

y busco aún su seductor halago?

¿Por qué aún fingirme amores y placeres

que cierto estoy de que serán mentira?

¿Por qué en pos de fantásticas mujeres

necio tal vez mi corazón delira,

si luego en vez de prados y de flores,

halla desiertos áridos y abrojos,

y en sus sandios o lúbricos amores

fastidio sólo encontrará y enojos?

Yo me arrojé, cual rápido cometa,

en alas de mi ardiente fantasía

doquier mi arrebatada mente inquieta

dichas y triunfos encontrar creía.

Yo me lancé con atrevido vuelo

fuera del mundo en la región etérea,

y hallé la duda, y el radiante cielo

vi convertirse en ilusión aérea.

Luego en la tierra la virtud, la gloria

busqué con ansia y delirante amor,

y hediondo polvo y deleznable escoria

mi fatigado espíritu encontró.

Mujeres vi de virginal limpieza

entre albas nubes de celeste lumbre;

yo las toqué, y en humo su pureza

trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

Y encontré mi ilusión desvanecida,

y eterno e insaciable mi deseo.

Palpé la realidad y odié la vida:

sólo en la paz de los sepulcros creo.

Y busco aún y busco codicioso,

y aun deleites el alma finge y quiere;

pregunto, y un acento pavoroso

"¡Ay!, me responde, desespera y muere.

Muere, infeliz: la vida es un tormento,

un engaño el placer; no hay en la tierra

paz para ti, ni dicha, ni contento,

sino eterna ambición y eterna guerra.

Que así castiga Dios el alma osada

que aspira loca, en su delirio insano,

de la verdad para el mortal velada,

a descubrir el insondable arcano".

¡Oh, cesa! No, yo no quiero

ver más, ni saber ya nada;

harta mi alma y postrada,

sólo anhela descansar.

En mí muera el sentimiento,

pues ya murió mi ventura;

ni el placer ni la tristura

vuelvan mi pecho a turbar.

Pasad, pasad en óptica ilusoria,

y otras jovenes almas engañad;

nacaradas imágenes de gloria,

coronas de oro y laurel, pasad.

Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,

con danza y algazara en confusión;

pasad como visiones vaporosas

sin conmover ni herir mi corazón.

Y aturdan mi revuelta fantasía

los brindis y el estruendo del festín,

y huya la noche y me sorprenda el día

en un letargo estúpido y sin fin.

Ven, Jarifa; tú has sufrido

como yo; tú nunca lloras.

Mas, ¡ay, triste! que no ignoras

cuán amarga es mi aflicción.

Una misma es nuestra pena,

en vano el llanto contienes...

Tú también, como yo, tienes

desgarrado el corazón.

 

 

 



La noche (Soneto)

En lúgubre silencio sepultados,
yacen los mares, cielo, tierra y viento;
la luna va, con tardo movimiento,
por medio de los astros enlutados.

Duerme el feliz pastor con sus ganados,
paran las aves su canoro acento,
y de la noche el manto soñoliento
al hombre da descanso en sus cuidados.

¡ Salve, oh luna ! Salud, nocturno velo,
tan deseado del dichoso amante;
así entoldases siempre el alto cielo,

y de Febo jamás la luz radiante,
iluminando el espacioso suelo,
viese mi llanto triste e incesante.

 

 

 

 

 

 

 

 

Romance a la mañana

Ya sale la bella aurora
de esplendores mil velada,
en su carro derramando
brillantes perlas y nácar.
Las aves salen alegres
celebrando la mañana;
un rocío grato se esparce
que aljófar en todo cuaja.
La arboleda reverdece,
van murmurando las aguas
del arroyuelo y las fuentes
agitan sus odas claras.
Céfiro süavemente
las tiernas flores halaga,
que una fragancia agradable
por dondequiera derraman.
Aquí bailan los amores,
allí las hermosas gracias
van recogiendo las rosas
del rocío salpicadas.
De animada luz coloran
los montes sus cimas altas,
y entre tan gratas bellezas
confusa la vista vaga.
El pastor cantando guía
sus ovejas escarchadas;
unce el labrador los bueyes
que le siguen con tardanza.
El sol por fílgidas nubes
va saliendo, y de oro y grana,
colora el velo azulado
con refulgentes llamas.
Un tierno susurro mueve
por los árboles el aura
que sus hojas suavemente
conmueve flebil y blanda.
Todo es paz, todo es alegría,
y el placer llena el alma.
Feliz el hombre que goza
de quietud tan dulce y grata,
no el que en la corte lujosa
do sólo cuidados halla.
En jardines se divierte,
hijos de la industria humana.
Ven al prado, Delio amigo,
ven a la pobre cabaña,
y despreciando la corte,
gocemos de dicha tanta:
aquí hallarás mil pastoras
más tiernas, más agradecidas
que de la triste ciudad
las soberbias cortesanas.
Aquí al amor cantaremos
al son de tu lira blanda,
y alejando los cuidados
gozaremos dulce calma.

 

 

 

 

 

 



La tormenta de noche
Idilio

¡ Cómo gime la tierra, cuál retiembla,
cuál arrebata el Bóreas furioso
de la elevada cima el olmo añoso !
¡ Cuál desbarata el rayo, cuál despide
cárdena luz su precursor ardiente
con hórrido bramido,
cuál gime el aquilón enfurecido !

El pastor espantado
en su infeliz cabaña
pide a Dios que su saña
detenga y su furor;
a los templos la gente
corre, la madre ansiosa
a su infante amorosa
guardando con temor.
.
Mares arroja el cielo,
el ronco trueno suena,
y de triste pavor los valles llena.
Los labradores miran
sus frutos anegados y perdidos;
mueve su carro Dios por la alta esfera,
haciendo estremecer la tierra entera.

Mas la rosada aurora
por las puertas de Oriente
sale con faz riente.
Las pardas nubes huyen,
dejando claro el cielo;
el azulado velo
se empieza ya a mostrar.

La solícita abeja
sale al prado florido,
que su brillo perdido
ha vuelto a recoger;
y en las flores se posa,
su pimpollo picando;
el pájaro volando
el campo sale a ver.

Ven, mi Dorila amada,
baja ya a la pradera,
deja tu esquivez fiera,
ven al campo a gozar;
la flor luego marchita
el tiempo presuroso,
y el placer delicioso
pasa sin más tornar.

 

 

 

 

 

 

 



Soneto

Llora, llora, infeliz: tu amargo duelo
sempiterno será cual tu castigo,
y tu linaje mísero contigo
llore también sin esperar consuelo.

Infanda prole en inmortal desvelo
criarás en tu dolor, y tu enemigo
se aplacerá, de tu pesar testigo,
cuando tu propia sangre inunde el suelo.

¡ Triste ! perdón demandarás en vano;
que contra ti de cólera encendido
lanzó su maldición Dios soberano.

Tronó el cielo y horrísono alarido
retumbó el hondo Caos, contra el humano
¡ ay ! maldición sonando pavorido.

 

 

 

 

Soneto

Bajas de la cascada, undosa fuente,
con armonioso estrépito sonoro;
y en lecho de cristal y arenas de oro
forma quieto remanso tu corriente.

En tu emboscada margen, puro ambiente
une sus blandas quejas al canoro
himno, que de las aves alza el coro,
y al eco en torno resonar se siente.

Salve, mansión de mis delicias fuiste,
regalo de mi alma enamorada,
templo otro tiempo de la gloria mía:

Vuelvo a encontrarte desdeñado y triste,
y en desventuras mirarás trocada
la dicha que gozar me viste un día.

 

 

 

Soneto

Fresca, lozana, pura y olorosa,
gala y adorno del pensil florido,
gallarda puesta sobre el ramo erguido,
fragancia esparce la naciente rosa.

Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
vibra del can el llamas encendido,
el dulce aroma y el color perdido,
sus hojas lleva el aura presurosa.

Así brilló un momento mi ventura
en alas del amor, y hermosa nube
fingí tal vez de gloria y alegría.

Mas ¡ ay ! que el bien trocóse en amargura,
y deshojada por los aires sube
la dulce flor de la esperanza mía.

 

 

 

A la noche
Romance

Salve, o tú, noche serena,
que al mundo velas augusta,
y los pesares de un triste
con tu oscuridad endulzas.
El arroyuelo a lo lejos
más acallado murmura,
y entre las ramas el aura
eco armonioso susurra.
Se cubre el monte de sombras
que las praderas anublan,
y las estrellas apenas
con trémula luz alumbran.
Melancólico rüido
del mar las olas murmuran,
y fatuos, rápidos fuegos
entre sus aguas fluctúan.
El majestüoso río
sus claras ondas enluta,
y los colores del campo
se ven en sombra confusa.
Al aprisco sus ovejas
lleva el pastor con presura,
y el labrador impaciente
los pesados bueyes punza.
En sus hogares le esperan
su esposa y prole robusta;
parca cena, preparada
sin sobresalto ni angustia.
Todo süave reposo
en tu calma, ¡ Oh noche !, buscan,
y aun las lágrimas tus sueños
al desventurado enjugan.
¡ Oh, qué silencio ! ¡ Oh, qué grata
oscuridad y tristura !
¡ Cómo el alma contemplaros
en sí recogida gusta !
Del mustio agorero búho
el ronco graznar se escucha,
que le magnífico reposo
interrumpe de las tumbas.
Allá en la elevada torre
lánguida lámpara alumbra,
y en derredor negras sombras,
agitándose, circulan.
Mas ya el pértigo de plata
muestra naciente la luna.
Y las cimas del otero
de cándida luz inunda.
Con majestad se adelanta
y las estrellas ofusca,
y el azul del alto cielo
reverbera en lumbre pura.
Delízase manso el río,
y su luz trémula ondula
en sus aguas retratada,
que le terso espejo relumbran.
Al blando batir del remo,
dulces cantares se escuchan
del pescador, y su barco
al plácido rayo cruza.
El ruiseñor a su esposa
con vario cántico arrulla,
y en la calma de los bosques
dice él solo sus ternuras.
Tal vez de algún caserío
se ve subir, en confusas
ondas, el humo, y por ellas
entreclarear la luna.
Por el espeso ramaje
penetrar sus rayos dudan,
y las hojas que los quiebran,
hacen que tímidos luzcan.
Ora la brisa süave
entre las flores susurra,
y de sus gratos aromas,
el ancho campo perfuma.
Ora ocaso en la montaña,
eco sonoro modula
algún lánguido sonido,
que otro a imitar se apresura.
Silencio, plácida clama,
a algún murmullo se juntan
tal vez, haciendo más grata
la faz de la noche augusta.
¡ Oh !, salve, amiga del triste,
con blando bálsamo endulza
los pesares de mi pecho,
que en ti su consuelo buscan.

 

 

 

 

 

 

 

 

A la luna

Salve, tranquila plateada luna,
que de la noche la grandeza ensalzas,
tus rayos ora derramando alegras
mares y tierra.

Triste te admiro, desdichado amante,
entre las ramas escuchando ahora,
dulce jugando con sonantes alas,
céfiro flébil.

Ya retratada en el arroyo puro,
trémula giras en sus ondas claras;
ya entre celajes asomando brusca
miro tus rayos.

Tú me recuerdas, amorosa luna,
la dulce noche que en mis tiernos brazos
cayó mi bien enajenada, dando
lánguidos besos.

Tú iluminabas la tendida esfera,
tú, venturosa, de Endimión en brazos,
tierna mirabas mi felice gozo,
gozo anhelado.

Aquí la sonido del suave canto
que Filomena enamorada entrega
al viento, dando cariñosos ayes,
tórtola blanda,

los dulces labios de mi dulce amada
se unieron blandos a mi boca ansiosa
por vez primera, disfrutando tiernas
gratas delicias.

Mas ora gimo, e incesante lloro
vierto, escuchando el agorero acento
del buho triste, que en algún sepulcro
mísero canta.

Lánguida luna, que mis triste quejas
dulce recoges con amable rostro,
si te enternece mi desdicha amarga,
llora conmigo.

Tú, separada del pastor querido,
lloras, ¡ oh luna ! la fatal ausencia,
que de sus brazos y del bosque umbroso
ora te aparta.

Mas tu carroza en la celeste esfera
rauda dejando, gozarás, hermosa,
tiernas caricias mientras yo derramo
lágrimas siempre.

Dile a mi vida que su amado ausente
mísero muere si en desdicha tanta,
a este repuesto sosegado bosque
dulce no vuelve.

 

 

 

 

 

 

 

Las quejas de su amor

Bellísima parece
al vástago prendida
gallarda y encendida
de Abril la linda flor.
Espero muy más bella
la virgen ruborosa
se muestra al dar llorosa
las quejas de su amor.

Süave es el acento
de dulce amante lira
si al blando son suspira
de noche el trovador.
Mas es aún más suave
la voz de la hermosura
si dice con ternura
las quejas de su amor.

Gozoso en noche umbría
el triste caminante
del alba radïante
columbra el resplandor.
Espero aún es más grato
al alma enamorada
oir de su adorada
las quejas del amor.

 

 

 

 

 

 

 

Serenata

Delio a las rejas de Elisa
le canta en noche serena
su amores.

Raya la luna, y la brisa
al pasar plácida suena
por las flores.

Y el eco que va formando
el arroyuelo saltando
tan sonoro,
le dice Delio a su hermosa
en cantilena amorosa:
"Yo te adoro".

En el regazo adormida
del blando sueño presentes
mil delicias,
a tu ilusión embebida,
feliz te finges, y sientes
mis caricias.

Y en la noche silenciosa
por la pradera espaciosa
blando coro
forman, diciendo a mi acento,
el arroyuelo y el viento:
"Yo te adoro".

En derredor de tu frente
leve soplo vuela apenas
muy callado,
y allí esparcido se siente
dulce aroma de azucenas
regalado,

que en fragancia deleitosa
vuela también a la diosa
que enamoro,
el eco grato que suena,
oyendo mi cantinela,
"Yo te adoro".

Del fondo del pecho mío
vuela a ti suspiro tierno
con mi acento.
En él, mi Elisa, te envío
el fuego de amor eterno,
que yo siento.

Por él, mi adorada hermosa,
por esos labios de rosa
de ti imploro
que le escuches con ternura,
y el oirás cómo murmura
"Yo te adoro".

Despierta y el lecho deja;
no prive el sueño tirano
de tu risa
a Delio, que está a tu reja,
y espera ansioso tu mano,
bella Elisa.
Despierta, que ya pasaron
las horas que nos costaron
tanto lloro.
Sal, que gentil enamorada
dice a tu puerta enlazada
"Yo te adoro".

 

 

 

 

 

 

 

 

El pescador

Pescadorcita mía,
desciende a la ribera
y escucha placentera
mi cántico de amor;
sentado en su barquilla,
te canta su cuidado,
cual nunca enamorado
tu tierno pescador.

La noche el cielo encubre,
y acalla manso el viento,
y el mar sin movimiento
también en clama está.
A mi batel desciende,
mi dulce amada hermosa,
la noche tenebrosa
tu faz alegrará.

Aquí apartados, solos,
sin otros pescadores,
suavísimos amores
felice te diré,
y en esos dulces labios
de rosas y claveles
el ámbar y las mieles
que vierten, libaré.

La mar adentro iremos
en mi batel cantando
al son del viento blando
amores y placer.
Regalaréte entonces
mil varios pececillos,
que al verte, simplecillos,
de ti se harán prender.

De conchas y corales
y nácar a tu frente
guirnalda reluciente,
mi bien, te ceñiré.
Y eterno amor mil veces
jurándote, cumplida
en ti, mi dulce vida,
mi dicha encontraré.

No el hondo mar te espante,
ni el viento proceloso,
que la ver tu rostro hermoso
sus iras calmarán.
Y sílfidas y hondinas
por reina de los mares
con plácidos cantares
a par te aclamarán.

Ven ¡ ay ! a mi barquilla,
completa mi fortuna:
Naciente ya la luna
refleja el ancho mar;
sus mansas olas bate
süave, leve brisa.
Ven ¡ ay ! mi dulce Elisa,
mi pecho a consolar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Canción patriótica

Inspíranos tu fuego,
divina libertad:
y al trueno de tu nombre,
o déspotas temblad.

Al grito de la patria
volvemos, compañeros,
blandamos los aceros
que intrépida nos da.
A la par en nuestros brazos
ufanos la ensalzaremos
y al orbe proclamemos:
"España es libre ya."

Inspíranos, etc.

Mirad, mirad en sangre
y lágrimas teñidos
reir los forajidos,
gozar en su dolor.
Mirad cómo en su seno
la indigena espada ocultan:
¡ Imbéciles ! ¿ insultan
tal vez nuestro valor ?

Inspíranos, etc.

¿ Se animan porque hallaron
traidores en las lides ?
¡ Oh ! tiembles, quedan Cides
que vuelan a vencer.
Las sombras de los héroes
nos ciñen de sus palmas.
¿ No ya sentís las almas
súbitamente arder ?

Inspíranos, etc.

¡ O siempre dulce patria
al alma generosa !
¡ O siempre portentosa
magia de libertad !
Tus ínclitos pendones
que el libre ya tremola
un rayo tornasola
del iris de la paz.

Inspíranos, etc.

En medio del estruendo
del broce pavoroso
tu grito prodigioso
se escucha resonar:
Tu grito que las almas
inunda de alegría,
tu nombre que a la impía
caterva hace temblar.

Inspíranos, etc.

¡ O don del Cielo mismo,
tú, libertad querida,
tú, el bálsamo de vida
derrama el corazón !
Devuélvenos o diosa
la patria y la victoria,
devúelvenos la gloria
con más feliz blasón.

Inspíranos, etc.

En tus divinas aras
dejándote ofrecida
la espada no vencida,
ministro de tu ardor:
la plácida esperanza,
la dulce paz reviva
y brille a par la oliva
del lauro del valor.

Inspíranos, etc.

¿ Quién ¡ ay ! o compañeros,
al bélico redoble
no siente el pecho noble
impávido latir ?
Mirad centellantes
cual nuncios ya de gloria,
reflejos de victoria
las armas despedir.

Inspíranos, etc.

Volemos: ¡ dad laureles !
O dulce patria mía,
el astro a ti nos guía
de paz y libertad.
Desde Pirene a Calpe
lancémonos ufanos:
no más con los tiranos
clemencia ni piedad.

 

 

 

 

 

 

 

A la muerte de Don Joaquín De Pablo (Chapalangarra)

Desde la elevada cumbre
do la gran Pirene levanta
término y moro soberbio
que cerca y defiende a España,
un joven proscrito de ella
tristes lágrimas derrama,
y acaso tiende la vista
por ver desde allí su patria,
desde allí do, a su despecho,
llorando deja las armas
con que del Sena al Pirene
se lanzó por liberarla.
Y al ver la turba de esclavos
que sus hierros afianzan,
de infame triunfo orgullosos,
alejarse en algazara,
solo entonces, contemplando
el suelo que ellos pisaran,
y que aun torrentes de sangre
recién derramada bañan,
en su rápida carrera
volcando cuerpos y armas,
se sienta en la alzada cima,
a un lado la rota espada,
y al rumor de los torrentes
y del huracán que brama,
negra cítara pulsando,
endechas lúgubres canta:

"Llorad, vírgenes tristes de Iberia,
nuestros héroes en fúnebre lloro;
dad al viento las trenzas de oro
y los cantos de muerte entonad.
Y vosotros, ¡ oh nobles guerreros !
de la patria sostén y esperanza,
abrasados en sed de venganza,
odio eterno al tirano jurad".

Coro de vírgenes:

"Danos, noche, tu lóbrego manto;
nuestras fuentes elute el ciprés.
El robusto cayó: su sepulcro
del inicuo mancharon sus pies".

Enrojece, ¡ oh Pirene !, tus cumbres
pura sangre del libre animoso,
y el tropel de los siervos odioso
en su lago su sed abrevó.
Cayó en ellas la gloria de España.
Cayó en ellas De Pablo valiente,
y al patria, inclinada la frente,
su gemido al del héroe juntó.

Sus cadenas la patria arrastrando,
y su manto con sangre teñido,
tardamente y con hondo gemido
va a la tumba del fuerte varón.
Y el aljado laurel de su frente
al sepulcro circunda llorosa,
mientras ruge en la fúnebre losa,
aherrojado a sus pies, el león.

Coro de mancebos:

"Traición sólo ha vencido al valiente.
Senos astro de triunfo y de honor,
tú, que siempre de los déspotas fuiste
como a negras tormentas el sol".

 

 

 

 

 

 

 

A Don José García de Villata, I

Y en grata esperanza,
feliz, a mí mismo
me digo yo absorto:
"¡ Dichoso, si unido
mi dulce Villalta
gozara conmigo !"
¡ Ay ! ven el campestre
pacífico asilo
y allá, entre las nubes,
gozoso imagino
divisar las sombras
de heroicos caudillos
que en nobles combates
vieran otros siglos,
blasón de la patria,
terror de enemigos,
que hueste sangrienta
de Pelayo mismo,
triunfante arrullando
pendones moriscos,
y también del fiero
Guzmán, el cuchillo
brillar sobre el cuello
del mísero niño;
y aquellos valientes,
de Gerona invictos,
los de Zaragoza
sobre escombros miro,
el águila hollando
del gato temido,
y en Bailén ¡ oh patria !
y en tantos conflictos,
heroicos por siempre,
tus ínclitos hijos.
¡ Oh , no ! jamás piensen
los siervos indignos
que sufran cadenas
los iberos mismos
que el timbre alcanzaron
de honor y heroísmo.
¡ Ay ! ven al campestre
pacífico asilo,
¡ oh tú ! de las musas
alumno querido,
y al orbe arrebate
tu canto divino,
y anime a los pueblos
a llevar el grito
de patria y de gloria,
de súbito heridos
de noble entusiasmo
que inflama tus himnos;
tal vez tu lira
los mágicos trinos
harán que yo eleve,
cantando contigo,
de empresa tan noble
acentos más dignos;
y entonces si al lauro
poético ciño
y allá los vergeles
del frondoso Pindo,
mi nombre entallado
en troncos floridos
veré por las ninfas
del plácido río,
y tuya mi gloria,
será mi destino
dichoso por siempre
viviendo contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don José García de Villalta, II

A ti de las musas
alumno querido,
mi dulce Villalta,
mis verso te envío.
A ti cuya cuna,
mecida en el Pindo
amor ensalza
de rosas y mirtos.
Aquí do sus aguas
resbala tranquilo
el Sena opulento
por bosques floridos,
mi pecho recrean
tus cantos divinos
con siempre decirlos.
Y ya te contemplo
sondar atrevido
misteriosas ciencias
allá del empíreo,
la ley estudiando
que en giro continuo
gobierna invariable
mundos infinitos;
o en lira sublime
con lúgubres himnos
cantar de la Patria
los héroes invictos
sus ínclitos nombres
robando al olvido,
del fiero de Pablo
llorando en destino.
Y entonces acaso,
con triste gemido,
recuerdo los días
que juntos nos vimos,
a par de cien héroes
en fuego encendidos,
y ansiosos de gloria
volando al peligro.
Entonces, alegres
los libres proscritos,
a ver tus umbrales,
o Patria, volvimos
y allá resonaron
nuestros nobles gritos
los valles profundos,
torrentes y riscos
y cumbres nevadas
del Pirene altivo.
Mas ¡ ay ! que las horadas
del déspota indigno
triunfar de los pocos
intrépidos vimos,
y arrastrar furiosos
a los oprimidos
generosos héroes
a injusto suplicio,
a par que trabara
con lazos inicuos
el galo mañoso
los nuestros invictos.
Allí de las armas
despojados fuimos,
y luego arrancados
del patrio recinto,
con lágrimas tristes
tan sólo pudimos
hacer a los héroes
holocausto digno.
Volvimos entonces
al árido hastío,
al llanto y las penas
del triste proscrito,
a ver como un sueño
volar el delirio
que acaso nos muestra
los lares nativos,
en vano anhelantes
volviendo continuo
los ojos llorosos
al suelo querido.
Amor a ti entonces
un plácido alivio
en tanta desdicha
guardaba benigno,
y hermosa tu amada,
con dulces cariños,
aun menos amargas
tus lágrimas hizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la señora de Torrijos

Yo sé que estás enojada,
y sé tu razón, señora;
que de cortés caballero
falté a la palabra hermosa.
No trato de disculparme,
si es mi falta mucha o poca;
sólo sé que no he cumplido
con mi deber, y esto sobra.
Mas yo sé que en perdonar
amables ojos se gozan,
que si antes bellos parecen,
más bellos son si perdonan.
Tú en mí perdona un culpable
que harto es mi culpa penosa;
llevé en mi falta el castigo,
que él iba en mi falta propia.
Perdóname sí; en tus brazos
ojalá estreches gozosa
al que, terror del tirano
el libre pendón tremola;
al que, en los mares de Alcides,
es astro sigue de gloria
con el ánimo invencible
que ningún peligro doma.
¡ Ojalá pronto le abraces,
y tú le ciñas las orlas
que de laurel a los héroes
tejen Minerva y Belona !
Y en tanto que sus hazañas
la fama al mundo pregona,
tú, con plácida sonrisa
admite mi humilde trova.
Y espera que pronto el día
llegará de la victoria,
y oirás más altas canciones,
a par con él venturosa.

B.S.P.
José de Espronceda

 

 

 

 

 

 

 

 

A Matilde
Londres 1832

Amorosa blanca viola,
pura y sola en el pensil,
embalsama regalada
la alborada del abril.

Junto al margen florecido
del escondido manantial,
sólo avisa de su estancia
su fragancia virginal.

Allí el aura sosegada,
con callada timidez
hiere apenas, cariñosa,
su donosa candidez.

Silencioso el arroyuelo
con recelo pasa el pie
y ni dice su ternura
ni murmuran su desdén.

Y su imagen mira en ella
la doncella con rubor,
que es la vida pudorosa
flor hermosa del candor.

Tal, Matilde, brilla pura
tu hermosa celestial;
y es más cándida tu risa
que la brisa matinal.

Nunca turben esos ojos
los enojos del amor.
Siempre añada tu alegría
lozanía a tu esplendor.

Y el que brilla refulgente
claro Oriente de tu edad,
nube impura no mancille;
siempre brille tu beldad.

Mas si gala al valle umbrío
el rocío suele dar,
porque aumente así tu encanto
vierte el llanto de piedad.

Y venida tú del cielo
por consuelo al infeliz,
brillarás, modesta y sola,
cual la viola del Abril.

 

 

 

 

 

 

 

A un ruiseñor

Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores;
canta, que llorará cuando tú llores
al alba perlas en la flor temprana.

Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.

Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonaran del bosque umbrío;

y vertiendo dulcísimo desmayo
cual bálsamo süave en mis pesares,
endulzará tu acento el llanto mío.

(Fragmento)

Y a la luz del crepúsculo serena
solos vagar por la desierta playa,
cuando allá, mar adentro, en su faena
cantos de amor el marinero ensaya,
y besa blandamente el mar la arena,
la luna en calma al horizonte raya,
y la brisa que tímida suspira,
dulces aromas y frescor respira.

Y húmedos ver sus ojos de ternura
que abren al alma enamorada un cielo,
extáticos de amor y de dulzura
con blando, vago y doloroso anhelo:
Magia el amor prestando a su hermosura,
y el pensamiento deteniendo el vuelo
allí donde encontró la fantasía
ciertas las dichas que soñó algún día.

Y respirar su perfumado aliento
y al tacto palpitar sus vestidos,
penetrar su amoroso pensamiento
y contar de su pecho los latidos,
exhalar de molicie y sentimiento
tiernos suspiros, lánguidos gemidos,
mientras al beso y al placer provoca.
Con dulce anhelo la entreabierta boca.

 

 

 

 

 

 

 

 

A una mariposa

Vuela, gentil mariposilla; ondea
cual átomo de luz entre las flores;
imagen fiel de cándidos amores
que en sueños de candor la virgen crea.

La flor enamorada te desea,
el céfiro viste tus colores
y esparce abril para tu aliento olores
y en tu imagen la fuente se recrea.

Huelga, mariposilla, y si suave
perfuma buscas entre flores puras,
yo la flor te diré que mejor sabe:

Manantial de suavísimas dulzuras
los labios son de mi Berarda bella;
un beso en ellos por su amante sella.

 

 

 


Suave tu sonrisa, amada mía,
más dulce tú para mi amante pecho
que en la noche sombría
el tibio rayo de la blanca luna,
si al tímido viajero
tras tempestad horrenda,
muestra radiante la perdida senda.

Tú, mi divinidad; yo a ti rendido,
extático en tu faz miro al cielo,
y en amor encendido,
el más feliz de los mortales todos,
disfruto tus caricias,
y tierno te enamoro,
y pagado en amor feliz te adoro.

Yo enjugo el llanto que en tus bellos ojos
brotó acaso el pesar; yo en alegría
trueco tristes enojos,
y yo en tus labios de rubí encendidos
recojo enajenado
tu lánguido suspiro,
y tu aliento purísimo respiro.

 

 

 

 

 

 

 

 

A Balbino Cortés

Goza, Balbino mío,
en deliciosa calma
los años de tu vida.
Aunque lejos (...)
cual arbolillo tierno
bañado de aguas claras,
pomposa copo ostenta
de ramos coronada.
Así felice seas,
y allá en la dulce patria
tornes a ver los lares
queridos a tu alma.
Y de tu anciano padre
el alma acongojada
alivies, y consueles
su llanto es sus desgracias.
Y en tanto que este día
tu dicha eterna haga,
mi amistad y mi lira
su numen te consagran.

 

 

 

José de Espronceda

Espronceda, José de (1808-1842), poeta y revolucionario español, fue uno de las más grandes románticos y su vida integra la rebelión moral y la política.
Nació en Almendralejo (Badajoz) hijo de un militar, durante la guerra de Independencia contra los franceses. A los quince años, el día en que fue ahorcado el general Riego, fundó una sociedad secreta, Los Numantinos, para vengar su muerte. Los jóvenes conspiradores fueron condenados a cinco años, que se redujeron a unas semanas en un convento de Guadalajara, donde compuso el poema Pelayo. Con dieciocho años se exilió voluntariamente a Lisboa y Londres, ciudades en las que se enamoró de Teresa Mancha que le inspiraría uno de sus poemas más hermosos. Participó en las barricadas de París, en la revolución de 1830, y entró en España con una expedición de revolucionarios, que fracasó. Fue desterrado y durante ese periodo compuso varias poesías y la tragedia Blanca de Borbón. Raptó a Teresa y vivió la triple embriaguez romántica del amor, la libertad y la patria. Regresó a España en 1833 y tomó parte en otros pronunciamientos que le supusieron nuevas persecuciones. Posteriormente inició una brillante carrera literaria, diplomática y política. Adquirió fama nacional a partir de 1836, cuando publicó La canción del pirata que, a pesar de su discutida deuda con Lord Byron, constituye el manifiesto lírico del romanticismo español con su intensa defensa de la libertad, la rebeldía religiosa, social y política. Ese poema y otros ya conocidos se recogieron en Poesías de don José de Espronceda, de 1840, donde junto a poemas que reflexionan filosóficamente sobre el destino humano, aparecen otros políticos y amorosos. Después de romper con Teresa, realizó nuevas interpretaciones del amor, como ocurre en el famosísimo poema A Jarifa en una orgía, donde expresa desilusión, hastío, lamentación del placer perdido y rebelión contra la realidad de la vida, con un lirismo contenido que añade ritmos poéticos inéditos que anticipan la versificación modernista.
El estudiante de Salamanca, incluido en las Poesías, funde poesía dramática y narrativa, y es precursor del Don Juan Tenorio de Zorrilla, que incorpora elementos de la novela gótica inglesa. Cárcel, amor, crimen, dolor y muerte también aparecen en el inconcluso El Diablo Mundo, de 1840, un extenso poema cuyo protagonista es testigo de excepción de todas las tragedias y los destinos humanos.
Espronceda, que murió en Madrid, también escribió la novela histórica Sancho Saldaña, aparecida en 1834, el relato fantástico La pata de palo, de 1835, la sátira El pastor Clasiquino, de 1835, y muchos artículos y obras dramáticas, que la crítica considera decepcionantes. Sin embargo, algunas de sus poesías, como las citadas y otras más, continúan gozando de gran popularidad.