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Papel de los Pensamientos en la Transformación de la Realidad
Miriam Leticia Ruvalcaba Amador

  

 ¿Cómo Percibimos la Realidad?

parte 4

 

  

PAPEL DE LA SOCIEDAD

EN EL OCULTAMIENTO DE LA REALIDAD

 

 

 

“El recto pensar surge sólo
cuando la mente
no se halla esclavizada
por la tradición y la memoria”

Jiduu Krishnamurti

 

 


a sociedad, que está formada por nosotros, se va haciendo día a día partícipe de lo acumulado, de los condicionamientos, de una manera natural. Desde el nacimiento en tal o cual país, hasta la muerte, nos van separando la cultura, el idioma, el color de la piel, la religión y muchos otros factores que condicionan nuestra percepción de los acontecimientos y al mismo tiempo nos disgregan.

Tenemos ideas falsas acerca del mundo, nos atiborran con ideas falsas, eso es, sobre el amor, sobre la decencia, sobre lo que es vivir. Y uno tiene que hacérselas trabajosamente, construirlas, derrumbar todo lo ficticio y edificar de nuevo.

La idea que nos formamos de la vida está en íntima relación con el mundo que nos rodea. La manera de abordar las relaciones no es igual en Inglaterra que en los países latinos. La convivencia humana de los africanos, no es igual a la de los indios o chinos. La forma de comer es diferente en Brasil que en Japón. Y así podríamos dar múltiples ejemplos. Lo que para un grupo de etnias es común, para el otro puede ser inaceptable.

Las religiones van creando líneas divisorias, dogmas disímiles van formando grupos donde cada uno afirma tener la verdad, van generando en los individuos comportamientos diferentes.

Nuestro condicionamiento toma forma de acuerdo con el entorno. Al sentirnos integrados, parte del grupo, desarrollamos reacciones acordes al mismo y luego nos aferramos a los condicionamientos de la comunidad porque nos dan seguridad y podemos seguir al de adelante, sin aventurarnos a lo nuevo, a lo desconocido; formando grandes cadenas, nos engarzamos en ellas. Estas reacciones las percibimos con mayor claridad en los juegos deportivos.

Las relaciones humanas son esencialmente las de autómatas enajenados, en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir en el pensamiento, el sentimiento o la acción.

La seguridad de una familia, de un nombre, de un título, de un grupo, nos da bienestar. Inmersos en la muchedumbre obtenemos protección y esto dura mientras las cosas van saliendo de acuerdo a lo planeado, pero en el preciso momento que se presentan eventos fuera de nuestras expectativas o de las expectativas del grupo entramos en conflicto.

La sociedad nos da tranquilidad y seguridad, pero al mismo tiempo nos marca parámetros. Recordemos una fábula de Monterroso:

La Rana que quería ser una Rana auténtica

Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

La fábula nos muestra uno de los extremos a los que se puede llegar para alcanzar el reconocimiento del grupo.

Cuando nuestras actitudes se adecuan a la sociedad y la familia, ésta nos aplaude y anima a seguir, de tal manera que si todo se hace conforme a sus requisitos nos sentimos bien, vivimos sin conflicto y tenemos el apoyo y la fuerza del medio, del grupo, para seguir adelante; pero cuando decidimos ir en contra de lo establecido, nos topamos con el muro de la evaluación y del juicio, nos enfrentamos a eventos no planeados, provocando una enorme lucha y por consiguiente un desgaste tremendo de energía.

Ciertos grupos han establecido al matrimonio como algo imprescindible y perpetuo. Cuando por cualquier razón, no vamos a juzgarla, alguno de sus miembros no cumple con este requisito es señalado, marginado y vituperado, ya sea por estar soltero o divorciado, lo importante es que se salió de las reglas.

Hemos visto la señalización que la sociedad ejerce en las personas divorciadas, desde el punto de vista legal hasta el familiar. Incluso hay algunas ocasiones donde los mismos padres los rechazan, argumentando reglas sociales, los presionan para que continúen en el matrimonio, so pena de aislarlos y desampararlos.

Al comprender que la sociedad tiene un papel importante en nuestras vidas y nos sirve para relacionarnos, ponderamos cada evento, cada paso y vamos caminando de acuerdo con lo que dicta ella. Si por algún motivo decidimos luchar, tenemos que nadar contracorriente, y para ello precisamos de un mayor esfuerzo, requerimos una decisión contundente, llenarnos de fuerza y pasión.

Hay un cuento de Gibrán que cuestiona los puntos de vista de la realidad de la sociedad.

El loco

Fue en el jardín de un manicomio en donde conocí a un joven de faz hermosamente pálida y llena de encanto.

Me senté a su lado y le pregunté: -¿Por qué estás aquí?

Mirándome sorprendido respondió: -No es una pregunta adecuada, no obstante te lo diré. Mi padre pretendió hacerme a su imagen y semejanza, también lo intentó un tío. Mi madre quería a toda costa que fuese la imagen viva de su ilustre padre. Mi hermana me ponía como ejemplo perfecto a seguir a su esposo que era marino. Mi hermano pensaba que yo debía ser como él, un consumado atleta.

También mis maestros, como el Doctor de Filosofía, el de Música, el de Lógica fueron terminantes; pues deseaban que fuese un reflejo de ellos como el mirarse a un espejo.

Por ello vine aquí. Lo encontré más sano, y al menos puedo ser yo mismo.

Enseguida se volvió hacia mí y dijo:

-¿Te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?

Yo contesté: -No, sólo soy un visitante.

Él añadió: -Oh, tú eres uno de los que habitan en el manicomio del otro lado de la barda.

 

 

Otro ejemplo lo tenemos en el cáncer. Ha sido estigmatizado, y el solo hecho de que sea mencionado por la persona que lo padece nos remite a una muerte inminente y el miedo se apodera de nosotros, reaccionando de acuerdo a la magnitud del mismo. En la actualidad sabemos que el cáncer es como cualquier otra enfermedad y no siempre es causa directa de muerte, pues hay tratamientos modernos que permiten tener calidad de vida y/o remisión en algunos tipos de cáncer.

Según las estadísticas hay un porcentaje mayor de muertes por accidentes y por infartos al miocardio, que por cáncer. Quien ya ha tenido un infarto, tiene por lo menos la misma probabilidad de sucumbir de otro infarto a los pocos años que la de un canceroso de morir de cáncer. Pero a nadie se le ocurre ocultarle la verdad a un cardíaco: un ataque al corazón no tiene nada de vergonzoso. A los pacientes de cáncer se les miente, no simplemente porque la enfermedad es (o se cree que sea) una condena a muerte, sino porque se la considera obscena -en el sentido original de la palabra, es decir: de mal augurio, abominable, repugnante para los sentidos.

Estamos en una era de cambios, algunos hacia delante y otros no tanto. El cáncer, las enfermedades cardíacas y autoinmunes, y los accidentes, han ido en aumento al igual que la cibernética. La alimentación se ha transformado a la par de los avances tecnológicos. Estos cambios han hecho que la nutrición moderna se componga, en su mayoría, de sustancias artificiales. Sabemos que el estrés agresor (distrés) y el aumento en la ingesta de sal, son causas importantes de la proliferación celular en el cáncer.

Así que la realidad respecto a las enfermedades no es la misma hoy que hace treinta años. Ni es igual en Oriente que en Occidente, pues: Los budistas tibetanos creen que las enfermedades como el cáncer pueden ser una advertencia: nos recuerdan que hemos relegado al olvido aspectos profundos de nuestro ser, como nuestras necesidades espirituales. Si nos tomamos en serio este aviso y cambiamos radicalmente la dirección de nuestra vida, existe una esperanza muy real de curación, no sólo para nuestro cuerpo, sino para todo nuestro ser.

Hay culturas que tienen maneras de convivencia social muy diferentes y a veces hasta opuestas; por ejemplo, algo tan común como la maternidad es muy diferente en Suecia que en China. En Suecia promueven que la familia tenga varios hijos, pues es un país donde la población infantil está muy disminuida, se podría decir que es un pueblo de adultos; sin embargo, en China las leyes están enfocadas a contener el crecimiento demográfico, pues como es de todos sabido hay sobrepoblación y a las familias se les motiva e induce a tener un solo hijo.

Por otro lado, la manera de enfrentar la muerte depende del grupo social al que se pertenece. Hay etnias que la enfrentan de una manera muy distinta a otras.

Los funerales en los egipcios eran revestidos de importantes ritos, tenían la costumbre de enterrar a sus muertos previamente momificados y acompañados de ofrendas cuya magnificencia dependía del rango y la situación económica del difunto.

Los mexicanos recordamos la muerte con altares, flores, música, comida, bebida y fiesta. El humor ha estado ligado a la muerte desde tiempos ancestrales, tenemos una manera muy especial de interpretar la muerte.

Para los orientales, la muerte es un renacimiento, es como cambiar de traje o de vestuario. El alma se despoja de un cuerpo para renacer en otro. Ellos nos dicen que: La muerte es, en efecto, un enorme misterio, pero de ella se pueden decir dos cosas: es absolutamente cierto que morimos, y es incierto cuándo y cómo moriremos. La única certeza que tenemos, pues, es esta incertidumbre sobre la hora, la cual nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte directamente. Somos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y se figuran que nadie puede verlos.

Así vemos que las sociedades influyen en la vida del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, desde la forma de vestir hasta la de comer.

 

 

 

 

Miriam Leticia Ruvalcaba Amador.

Nació en Monterrey N.L. (1951).

Egresada de la facultad de Ingeniería Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León (1973) y de la facultad de Medicina de la Universidad de Monterrey (1993).

Ha tomado cursos, entre los que destacan los de Acupuntura, Iridiología, Oligoterapia, Tanatología, Magnetoterapia y Tratamiento Metabólico.

Asimismo talleres de creación literaria en el área de narrativa y poesía.  Tiene publicado el libro de poemas: Mi vida, mis pasos, mis sueños (1998). ¿Cómo percibimos la realidad? es su segundo libro.