Papel de los Pensamientos
en la Transformación de la Realidad
Miriam
Leticia Ruvalcaba Amador

¿Cómo Percibimos la Realidad?
parte 3

Hacer planes para el futuro
es como ir a pescar en un barranco seco;
nada sale jamás como quieres;
renuncia pues a todos tus proyectos y ambiciones.
Si has de pensar en algo, que sea
en la incertidumbre de la hora de tu muerte...
Gyalsé Rimpoché
Los pensamientos se alimentan de experiencias y de enseñanzas, los almacenamos. Nos sirven para enfrentar los acontecimientos diarios. Pero nuestros pensamientos también le dan validez y vida a las distorsiones de lo real, a través de usarlos en los ideales, sueños e imaginaciones. Entonces, lo que suponemos real está condicionado por lo que sabemos, por las huellas de las vivencias que han dejado memoria, por eventos pasados. Generalmente, el pasado interviene para ocultar el presente si le damos la más leve oportunidad de actuar.
Sólo hay una realidad, y es lo que tenemos enfrente en el instante que la percibimos. Es tan sólo ese instante donde la realidad es nuestra verdad, donde las realidades se vuelven una y de nosotros depende asimilarlas o evadirlas.
Algunos pensamientos, como ya dijimos, desempeñan un papel importante en la percepción de la realidad. Radican en el recuerdo y son nutridos cada día a través de la comunicación para resguardo de tiempos agradables, desagradables, placeres, rencores y deseos; porque cuando tenemos frente a nosotros un acontecimiento queremos, como si fuera una fotografía, detenerlo, captarlo y conservarlo para sacarlo, si se ofrece, en un futuro.
En ese gran almacén tenemos atesorado a perpetuidad nuestro primer beso, el primer regalo, el primer sufrimiento, algunas amistades, el primer amor, una traición, muchos recuerdos de satisfacción y, además, todos los dolores, rencores y amores que el cerebro pueda guardar.
Si llenamos nuestro corazón y mente con todos los dolores y rencores dejamos muy poco espacio al amor, pero si estamos decididos a hacerles espacio, podemos eliminar del almacén las emociones que nos detienen en el avance diario y estar listos para el amor; vaciar nuestro cajón de recuerdos para darle cabida a los nuevos eventos.
Luego, en lugar de vivir de instante en instante, nos dedicamos a atesorar en la memoria los acontecimientos más plenos, ya sea por la gratificación proporcionada o por su aflicción. A veces pareciera que nuestra función es conservar lo más posible, saturar la memoria con recuerdos, anécdotas y vivencias. Así como coleccionamos y guardamos toda clase de objetos inútiles, que sólo nos damos cuenta de su inutilidad al pasar los años, tenemos una tendencia inaudita a almacenar recuerdos.
Esto no quiere decir que hagamos a un lado de nuestra memoria lo necesario para desenvolvernos, como nuestro nombre, la ubicación de casa, cepillarnos los dientes, ponernos la ropa, caminar, peinarnos, reconocer a nuestros amigos, etc.; todas las rutinas diarias que nos ayudan a subsistir. Tenemos que ser muy precisos en esto que es lo cotidiano, para no caer en extremos.
Cuando hablo de vivir de instante en instante, hablo de despojarnos de los recuerdos que nos hacen perder la noción de la realidad, los que forman apariencias de los eventos, y captar el instante libre de esquemas.
Podemos llegar a conocer a nuestra esposa, esposo, amigos, vecinos, a todo ser humano que nos rodee de una manera nueva, despojada de imágenes preconcebidas. Podemos darle un mayor valor a cada encuentro si logramos observar. Tan sólo observar, sin juzgar. Sabemos que es difícil, pero ya hablaré más adelante sobre algunas formas de facilitarlo.
Los pensamientos son los inquilinos de la mente. No pagan renta sino todo lo contrario, nos cobran cuando arriban a nublarnos la visión, pues acuden invariablemente, para remontarnos a un lugar donde nos extasiamos, ya sea con la belleza del paisaje o con algún acontecimiento que hemos disfrutado o cualquier periodo de la vida pasada, ya sea de felicidad o de tristeza, y hacen que veamos el lapso que tenemos frente a nosotros a través de ese cristal deformado llamado memoria y ésta nos puede proporcionar alegría o agonía, pero cualquiera de las dos formas nos puede nublar la visión.
Recordemos que la memoria está forjada de experiencias y múltiples acontecimientos diarios; tiene su propia naturaleza. Cuando nos enfrentamos a un hecho actual con el recuerdo, con las ideas almacenadas, nos perdemos de la realidad de los acontecimientos y entramos en conflicto. La memoria también nos puede avisar de los peligros y eso nos ayuda a sacarles la vuelta, o a defendernos.
Por ejemplo, después de terminar una relación de cualquier especie: de amor, de trabajo o de amistad, la mente se regocija y/o sufre con sus recuerdos.
Si la relación que se finiquita es de pareja y fuimos abandonados, la memoria nos empieza a bombardear con ¿por qué a mí?, yo siempre fui fiel, si yo me porté bien, éramos tan felices, ¿cómo es posible que me haya cambiado? Nunca me dijo algo al respecto, yo creía que... en fin, frases más o frases menos, pero la mayoría dirigidas a buscar una respuesta de la actuación de nuestra pareja dentro de nosotros mismos. Si nos detenemos un poco a analizar la situación, ¿creen que podríamos encontrar la respuesta de otra persona en nuestro interior?
En la medida que comprendamos la realidad, en la medida que pongamos toda nuestra atención al evento que estemos enfrentando, y en la medida que nos despojemos de los recuerdos, en esa misma medida podremos ir observando la realidad y tendremos toda la energía para enfrentarla.
Cuando los recuerdos son de alegría se está feliz, disfrutamos al máximo, pero hay tristeza cuando infructuosamente se quieren perpetuar en el presente esas sensaciones agradables. Surge dolor y miedo, un miedo terrible por la incertidumbre del futuro, y al mismo tiempo anhelo de recuperar lo pasado. El andar entre el pasado y el futuro nos lleva a la angustia y al conflicto en el presente, dejándonos como secuela depresión y tristeza.
El aprender acerca del temor está en el presente y es algo fresco. Si afronto el miedo con el conocimiento del pasado, con recuerdos y asociaciones del pasado, no me encuentro cara a cara con el miedo y, por lo tanto, no aprendo acerca de él.
Alcanzamos a ver en toda su magnificencia la realidad del momento cuando podemos percibir que sufrimos. Comprendiendo el dolor, el miedo, los celos, la posesión, la envidia, el control, la ambición y la tristeza sin juzgarlos, navegamos por ese sentimiento y es más fácil trascenderlo que cuando tratamos de racionalizarlo, evitarlo o ignorarlo; porque aunque se eludan o ignoren, nuestras emociones permanecen ahí, y sólo cuando se les enfrenta se pueden diluir, e ir dejando nuestra memoria vacía de sentimientos que invitan al conflicto.
Los cambios son importantes para encararnos con la realidad, pues cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos y nos volvemos como Ouroboros, la serpiente desorientada, que trata de morderse su propia cola. Es ésta el símbolo perenne de todos los círculos viciosos, de todo intento de dividir nuestro ser y que una parte conquiste a la otra. La única manera de lograr que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse con él, participar en el baile.
Además, la mente sirve para facilitarnos el aprendizaje de los cambios, nos da la opción de pensar con sensatez y claridad, nos ayuda a tener un punto de vista de la realidad sin ilusión, partiendo de hechos, no de conjeturas. Y así con una mente limpia y vacía, podemos darle cabida a los eventos como algo nuevo y fresco sin la carga de recuerdos, podemos constatar que la vida es movimiento.
El recuerdo tal vez fue realidad, pero en este momento no lo es y, en la medida en que lo usemos para juzgar las circunstancias nos daremos cuenta que recordar es regresar, evadirnos del presente tangible, ponernos una venda en los ojos y ver con la memoria, con la experiencia que ya pasó; no es enfrentar la realidad que tenemos ante nosotros de una manera simple y desnuda aunque nos cause dolor, tristeza o cualquier sentimiento negativo, pero comprender que es la auténtica.
Si enfrentamos los acontecimientos sin recuerdos, sin juicios ni ideas, nuestros estados de dolor, depresión, tristeza o miedo podrían desaparecer y nos daremos cuenta que suceden sólo cuando anhelamos el pasado o estamos empeñados en planear el futuro.
Los pensamientos son cúmulos de experiencias que se amontonan y se hacen presentes ante cualquier acontecimiento, impidiéndonos percibir dicho suceso de una manera nueva y diferente, haciendo que lo veamos con las expectativas pasadas. Al poner atención en el momento que estamos viviendo, conseguimos que los pensamientos pasen de largo; es decir, que no influyan en nuestra percepción de lo que tenemos frente a nosotros, que no oscurezcan la realidad.
Miriam Leticia Ruvalcaba Amador.
Nació en Monterrey N.L. (1951).
Egresada de la facultad de Ingeniería Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León (1973) y de la facultad de Medicina de la Universidad de Monterrey (1993).
Ha tomado cursos, entre los que destacan los de Acupuntura, Iridiología, Oligoterapia, Tanatología, Magnetoterapia y Tratamiento Metabólico.
Asimismo talleres de creación literaria en el área de narrativa y poesía. Tiene publicado el libro de poemas: Mi vida, mis pasos, mis sueños (1998). ¿Cómo percibimos la realidad? es su segundo libro.