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Poemas
Liz
Durand Goytia
para Jorge D. Marenco
¿Te acuerdas de aquellas mocedades
en las que todavía cambia el asombro?
Vírgenes
no entendíamos las guerras ni los padres
ni las tardes sin permisos.
Pagábamos con la moneda de nuestra juventud
nuestras pequeñas osadías.
Aquéllos días de parques
mecidno en los columpios
lo poquito que éramos,
lo niños que no dejábamos de ser,
las despedidas de noche
a oscuras en la puerta,
exploradores púberes de la indecencia.
Las letras que cibrábamos
para que nadie supiera,
el tocadiscos descompuesto,
las cartas dibujadas...
aquellos días felices
¿los recuerdas?
Yo recuerdo tus manos
porque fueron las primeras.
El sol en un mechón de tus cabellos,
la luz traviesa causándote estornudo,
la música de noche.
Las ganas de crecer,
de ver el mundo juntos.
Mi convicción infantil
de verte padre de mis hijos
a ti, que eras un niño.
Recuerdo tantas cosas cuando me cae el silencio.
Nuestras indagaciones tímidas por terrenos
en donde la pasión era la tierra prometida.
Las inocentes dudas de la primera noche.
Las estrellas pendientes de nuestro juramento
en medio del paisaje,
cuando inventamos una boda
que conjurara abismos de una separación...
¿Te acuerdas?
Sé que recuerdas y lo niegas
pues la memoria prefiere la alegría
y aunque aquellas mocedades
también fueron terribles,
ya no las tienes a la mano.
También yo me niego a recordarte
cerrándome la puerta
marchando a tu distancia y al olvido.
No admito aquella quebradura,
no quiero ver que luego
de veinticinco años
eres el mismo niño que no encuentra caminos,
que no tiene memoria,
que no guarda en el fondo
las voces de sus hijos.
No quiero recordar las amarguras.
Prefiero que se enciendan
las memorias amables
cuando el silencio me caiga.
Ebrio
el sol rebota en todas partes
Retazos de viento impávido
pretenden boicotear
su bostezo amarillo
Marcha solo a despecho del invierno
incendio tras incendio
besa apenas la sombra
pierde en ella su paso
Cuando llega la hora
va de nuevo
solo
desvaído
a su morada de fuego
Se tiende la noche.
En el desván repercute
la madera del grillo.
Cae mansamente luz
por las hendijas.
Este desván
me cobija del retumbo:
mece
el silencio
mece la conciencia
duerme
duerme la voz
Cálida,
repta y murmura.
Te envuelve
húmeda
pequeña
escorzada en tu piel
cubierta de perlas
y arcoiris.
Suavemente
rasga a la noche
y busca el ritmo
pulsátil
de su nido.
Después de abrevar
se aquieta
y duerme serena
en el rincón de un beso.