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La Muerte de Tranquilino
Federico Patán

 

 

Llegó a la hora acostumbrada con el gesto acostumbrado, para darle a la esposa el saludo de costumbre. “¿Y tu día?” preguntó ella sin cambiar una palabra de las que eran cotidianas. Cotidiano se manifestó Tranquilino: “Bien”. Tras dejar el portafolio en la recámara se quitó el saco, descargó la vejiga, se lavó las manos y pronto estaba de regreso en la sala. Acomodado en el sillón predilecto, miró en torno con curiosidad nueva. Lo hizo con lentitud, dejando la vista en cada mueble por varios segundos, como si le fueran desconocidos. “Ayer les di su repasadita” comentó la esposa desde la entrada a la cocina. Allí estaba, con un trapo secándose las manos y observando la peculiar actitud de Tranquilino. “No, si ya lo sé” y le sonrió a la mujer con tal sonrisa que ella terminó de preocuparse. “¿Pasó algo?” y él, acomodándose innecesiramente el áspero cabello: “No, no, nada.”

Pero ya de noche, mientras comían un bocadillo mirando la televisión, él preguntó de sopetón y sin quitar la vista de la pantalla, donde un héroe sometía a la reglamentación del buen vivir las conductas deshonestas de un villano: “¿Piensas que soy mediocre?” La esposa lo miró un instante, dio un mordisco más al bocadillo, estuvo masticando laboriosamente el trozo de comida mientras el héroe terminaba en la pantalla de restituir el orden en la ciudad donde vivía. “¿Por qué la pregunta?” El se encogió de hombros: “Nada importante. Hoy platicamos del tema en el trabajo” y ella: “¿De si eras mediocre?” El negó con un gesto: “No, que todos éramos mediocres” y ahora fue ella quien se encogió de hombros: “Vaya novedad”, lo cual hizo que Tranquilino la mirara con alguna inquietud: “Entonces opinas que sí soy mediocre” y vino la réplica: “No compliques las cosas. Digo que todos somos mediocres.”

Ya acostados, ella estaba por apagar la luz cuando Tranquilino, a su lado, aclaró: “Lo que Manuel dijo en verdad es que todos somos mediocres pero yo más mediocre que todos” y se lo veía aguardar una reacción con cierta inquietud. La esposa cumplió la tarea de apagar la luz, se arrebujó y entonces vino la respuesta: “Por eso te escogí” y se dispuso al sueño. Tranquilino se quedó pensando lo oído y al cabo de unos minutos decidía que no le gustaba la idea, pero nada pudo hacer porque la mujer dormía, olvidada del mundo, en el cual había incluido al esposo. Quien se levantó un tanto antes de lo acostumbrado. Tras cumplir su rutina de aseo fue en busca de desayuno, una miradita de comprobación al despertador. “¿Entonces te casaste conmigo porque soy mediocre?” y parecía haber reproche en el tono. “¿Otra vez lo mismo? Nacimos mediocres y nos vamos a morir mediocres. ¿Cuál es el pleito?” Pero él insistió: “Dijiste que por eso te habías casado conmigo” y ella dejó aparecer un toque de enojo en el rostro: “Claro. Siendo como soy ¿para qué quería un marido pretencioso? Se te va a hacer tarde” y comenzó a llevarse los trastes al fregadero.

“Manuel” preguntó en el trabajo, “¿cómo deja uno de ser mediocre?” El amigo “¿A poco perdiste el tiempo en eso?” fue lo que replicó. “No, simplemente se me ocurrió ahorita” y el amigo: “Supongo que no haciendo lo que nos hace mediocres. Y a ver si me dejas trabajar.” Perfecto, mas ¿qué nos califica como mediocres? ¿Levantarse siempre a la misma hora y hacer las mismas cosas en el mismo orden? Con razón dicen que todos somos mediocres. Así que a la mañana siguiente Tranquilino se levantó quince minutos antes e hizo un poquito de gimnasia. “¿Te sientes bien?” le preguntó la esposa durante el desayuno. “Mejor que nunca” respondió sabiendo que mentía. Nada había cambiado. Quizás era cuestión de perseverancia. Tal vez era cuestión de haberse equivocado. En la noche le preguntó a la esposa “¿Cómo deja uno de ser mediocre?” y ella se molestó: “¿Lo elegí por mediocre y ahora se me quiere escapar?” Él aseguró que la pregunta era en abstracto. “Mire alrededor y copie a quienes no son mediocres” le respondieron entonces. Pero alrededor todos eran mediocres, así que mejor examinó el periódico. Uno era famoso por político y otro por cantante, aquél por buen actor y éste por novelista de muchas ventas, si ése por médico destacado aquél por corredor de autos. Nada servía.

“Es difícil eso de no ser mediocre” le comentó a Manuel. “¿Sigues en las mismas? Hay mucha felicidad en ser mediocre. Confórmate” pero Tranquilino insistió, explicándole lo del periódico. “No, pues comenzaste tarde. A tu edad ¿cómo le entras a un cambio de profesión así? Eres contador, quédate de contador.” Tranquilino, camino de su departamento, se detuvo en una tienda. Llegó a la casa y buscó a la esposa. “¿Y tu día?” preguntó ésta sin levantar la vista de la ropa que doblaba. “Muy bien” y entonces la mujer levantó la vista. “¿Y ese sombrero tan espantoso?” Él modeló la prenda. “¿Por qué espantoso?” Ella explicó algo que consideraba obvio: “Pues el estilo y luego el color. Además, su cabeza no es para sombrero” y al ¿por qué? de Tranquilino “Por grandota” aclaró. “¿De dónde le vino la idea?” fue lo siguiente. “No, pues el sol me anda molestando hace días.” La mujer ponía la ropa doblada en la cajonera. “¿Con el color de piel que se avienta usted?”

Veían a otro héroe establecer el orden en su vecindario cuando la mujer dijo de pronto: “Ah, pero cómo no se me había ocurrido. Fue por cambiar ¿verdad?” y el bochorno de Tranquilino hizo innecesaria otra respuesta. “No sea ridículo, que así no pierde su mediocridad. Mejor imite a ése” y señaló la pantalla de la televisión. También para eso había llegado tarde, pensó Tranquilino. Ya acostado, se preguntó si un ratito de adulterio no funcionaría bien como bálsamo contra la mediocridad, pero enseguida rechazó la idea. En primera, el mundo tendría que enterarse para hacer válido el cambio, pero ese mundo incluía a la esposa y enfrentarse a ella cuando se enojaba... Además ¿cuánto mediocre no era adúltero? Simplemente en su trabajo abundaban y eran más grises que él. En los días sucesivos eliminó como plan de cambio asaltar un banco, irse de marino, proponerse de mediador en casos de rehenes, luchar contra los cárteles de droga solito, comenzar siendo extra de cine y ver adónde llegaba. Se fue convenciendo de quedarse donde la vida lo había puesto.

Pero un día leyó en el periódico la noticia de un incendio. Llegó sonriendo a la casa: “¿Viste que se quemó un edificio?” La mujer lo regañó: “¿Y eso lo puso así de contento? No sea desconsiderado.” Él tenía la defensa presta: “No me entiendas mal. Pensaba yo que es nuestro deber ayudar en esos casos” pero no le aceptaron la razón: “Para eso mantenemos bomberos. Ellos saben del oficio y nosotros no. Anda usted muy payaso los últimos días.” Y Tranquilino ya no tocó el punto. En su interior, sin embargo, seguía interesándose en tal solución. Que hubiera un incendio, que él pasara por allí de casualidad (¿o acaso predestinado?), que un habitante del inmueble (palabras de los noticieros) pidiera auxilio y él, Tranquilino, lo salvara. Sin embargo ¿qué posibilidades había de pasar junto a un incendio? El tiempo le fue diciendo que mínimas. En un momento de rabia incluso pensó en provocar un incendio, con la ventaja de que el aviso a los bomberos sería inmediato y él ya estaría allí para rescatar a quien se ofreciera. Luego, se avergonzó de la idea que, por otro lado, se creía incapaz de llevar a cabo.

Así que de noche cenaba frente a la televisión y junto a su esposa, calladito respecto a su problema, de manera que la mujer lo dio por resuelto. Ocurrió de esta manera que un día Manuel lo llamó desde una ventana de la oficina comunitaria: “Mira lo que está pasando.” Y pasaba que, a la distancia, de un alto edificio salía humo primero y llamas después. “Ahorita regreso” dijo sin más Tranquilino y en taxi llegó al lugar del suceso. La gente se apeñuscaba a cierta distancia, la policía procuraba mantenerla a salvo y los bomberos llevaban actuando ya su tiempo. El incendio se había salido de control y el jefe de bomberos gritaba una orden tras otra, el rostro compungido. Tanta era la preocupación que nadie hizo caso del hombrecito que se deslizó por una entrada de servicio y fue subiendo las escaleras y llegó al piso inferior a donde la conflagración se había iniciado y miró, enorme sonrisa en los labios, el último tramo por trepar. Se iba diciendo: “Tiene que haber alguien, tiene que haber alguien.”

Al día siguiente los periódicos subrayaban el trágico momento en que los pisos superiores se colapsaron, las horas de lucha inacabables para dominar el incendio, los varios cuerpos irreconocibles que se hallaron en el núcleo de la desgracia, una vez concluido el fuego. Al cabo de una semana sólo uno quedaba por identificar, pero ya no fue noticia el que, finalmente, dispusieran de él puesto que no se sabía a quién entregarlo.

A la esposa la detenían de vez en cuando para indagar sobre Tranquilino. “Ya volverá cuando se aburra de no encontrar su cambio” explicaba y el tono era tal vez de amargura.

 

abril de 2003

 

 

 

Federico Patán

Poeta, ensayista, traductor y crítico literario nacido en Gijón, Asturias, España, el 16 de septiembre de 1937; naturalizado mexicano, reside en México desde 1939.

Estudió la licenciatura y maestría en lengua y literatura inglesas.

Ha sido profesor en el Departamento de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (desde 1969); coordinador de Letras Modernas (1976-1982); miembro de la Comisión Dictaminadora en Filosofía y Letras (1976-1981 y 1983-1985); de la Comisión Dictaminadora de Idiomas del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) (1977-1982).

Ha colaborado con Ciencia, Arte, Cultura (Instituto Politécnico Nacional), Revista de la Universidad de México, Revista del Colegio de Bachilleres, Los Universitarios, Apuntes, Thesis, Vida Universitario (Nuevo León), Anuario de Historia, Anglia, Revista de Bellas Artes, El Faro, Casa del Tiempo, Diálogos, Plural, El Cuento, Revista Mexicana de Cultura, Sábado, El Gallo Ilustrado, El Día y El Impulso (suplemento cultural, Venezuela).

Premios obtenidos:

Premio Xavier Villaurrutia (compartido con Sergio Galindo), 1987, por Último exilio.

Parte de su obra ha sido incluida en varias antologías nacionales y extranjeras.

Obra publicada:

ANTOLOGÍA:

Cuento norteamericano del siglo XX, México, UNAM, Textos de Humanidades, 1987.

BIOGRAFÍA:

Federico Patán de cuerpo entero (autobiografía), UNAM/Corunda, 1991.

CUENTO:

Nena, me llamo Walter, México, Fondo de Cultura Económica (FCE), 1986.

En esta casa, México, FCE, 1987.

ENSAYO:

Calas menores (sobre literatura norteamericana), México, UNAM, 1978.

Literatura e inseguridad, México, UNAM, 1982.

"El mensaje imperfecto: el Eco y Narciso de Calderón", en Calderón, apóstol y hereje (compilación y prólogo de José Amezcua), México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1982.

Diez novelas y un retrato, México, Instituto Politécnio Nacional (IPN), 1984.

Contrapuntos, México, UNAM, Textos de Humanidades, 1989.

Los nuevos territorios, México, UNAM, Poesía y Ensayo, 1992.

NOVELA:

Último exilio, México, Universidad Veracruzana, Ficción, 1986.

Puertas antiguas, México, Editorial Alianza Mexicana, 1989.

POESÍA:

Del oscuro canto Finisterre, 1965.

Los caminos del alba, Finisterre, 1968.

Fuego lleno de semillas, México, UNAM, Cuadernos de Poesía, 1980.

A orillas del silencio, México, UNAM, Creación Literaria, 1982.

Del tiempo y la soledad, México, Oasis, Los Libros del Fakir, 32, 1983.

Imágenes, México, Universidad Veacruzana, 1986.

Dos veces el mismo río, México, Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)/Pangea, Estelas en la Mar, 1987.

El mundo de Abel Caínez, México, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), 1991.

Umbrales, México, UNAM, El ala del tigre, 1992.

TRADUCCIÓN:

Cuatro novelas cortas norteamericanas, tomo I: La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y Billy Budd, de Herman Melville, México, Secretaría de Educación Pública (SEP)/UNAM, Clásicos Americanos, 19, 1982.

Cuatro novelas cortas norteamericanas, tomo II: La insignia roja del valor, de Stephen Crane y El hombre que corrompió a Hadleyburg, de Mark Twain, SEP/UNAM, Clásicos Americanos, 19, 1982.

Noche de epifanía, de William Shakespeare, UNAM, Nuestros Clásicos, 58, 1983.

Seis cuentos norteamericanos de lo fantástico y lo extraordinario, Signos, 1983.

Tres cuentos de Herman Melville, México, UNAM, Material de Lectura, Serie Cuento Contemporáneo, 19, 1983.