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Diálogo entre un liberal y un libertino
Pablo Colmenero Donatien

  

 El liberal: Hoy vamos a montar una fiesta. ¿Vendrás?

El libertino: No, gracias. Me aburren vuestras diversiones.

l: Venga, hombre, no sea así. Piensa en lo que puedes encontrar. Habrá tías muy buenas, y de las que no se cortan.

o: A mí me parece que sí se cortan.

l: Que no hombre, te lo aseguro. Fíjate, por ejemplo, que una de ellas se habrá acostado por lo menos con cuarenta tíos durante el mes pasado.

o: O sea, que no es más que una zorra vulgar. Aprovéchala: seguro que es de las que te gustan.

l: ¿Pues qué? ¿Ahora me vas a decir que prefieres a una cortada?

o: Por supuesto. Al menos una mujer inocente tiene el aliciente de la pureza de su carácter, mientras que de estas putillas no se pude aprovechar otra cosa que su cuerpo.

l: ¿Y te parece poco?

o: Sí. A quien busca las cosas realmente hermosas de la vida siempre le parecerá poco. Son los tontos como tú los que sólo ven culos, tetas y coños, porque su espíritu embotado es incapaz de emocionarse con nada.

l: Y yo qué pensaba que te gustaba el sexo...

o: Y estabas en lo cierto, pero el sexo no es para mí algo aislado, sino que debe ser una consecuencia natural de la evolución de nuestras pasiones, y éstas no deben limitarse unas cuantas simplezas como acostarse con la primera chica que se ve.

l: No digas eso, ya verás como ves cosas más fuertes. La última vez una de ellas comenzó a hacer un "striptease" cuando ya estaba un poco borracha y la gente se puso tan contenta que se acabó montando una especie de orgía. Todos pudimos "aprovechar" algo. De todas formas, puedes estar tranquilo, que no se hacen cosas raras. Es una reunión simpática, no vas a ver personas pervertidas.

o: Pues qué lástima, porque precisamente la gracia consistiría en lo contrario.

l: ¿Preferirías que fuese una reunión de pervertidos?

o: Naturalmente, porque así al menos podría conocer a personas singulares que con la originalidad de sus gustos compensasen lo chocante que éstos tienen. En cambio, ¿qué salgo ganando en una reunión de personas que son como todo el mundo? Si resulta que todo se reduce a "una reunión simpática", como tú dices, prefiero incluso conocer a una mujer recatada.

l: Al menos has de admitir que con una mujer recatada tendrías que quedarte con las ganas, mientras que con estas tienes posibilidades de disfrutar.

o: Sí, si por disfrutar entiendes "echar un polvo", como decís vosotros. Pero si lo que se quiere es saborear cosas más sublimes, sin duda tengo más posibilidades con una mujer recatada.

l: ¿Y como vas a convencerla para que se deje hacer?

o: No es necesario convencerla.

l: ¿Qué quieres decir?

o: Se la puede tratar como una esclava y obligarla por la fuerza.

l: ¡Pero eso es una monstruosidad!

o: Eso es uno de los placeres más sublimes que ha disfrutado la humanidad hasta que los imbéciles como tú redujisteis los goces humanos a un cúmulo de sosos convencionalismos que nunca serán suficientes para alguien con un mínimo de carácter.

l: Estás hablando de violarla.

o: No seas necio: la violación es una vulgaridad. Sólo la practican los locos incontrolados. De lo que estoy hablando es de una ceremonia mucho más refinada. Pero déjalo: la esclavitud es un concepto que se sale fuera de los estrechos límites de las personas como tú. ¿Para qué seguir discutiendo sobre algo que no se puede llegar a sentir?

l: ¿No preferirías que se dejase hacer voluntariamente?

o: ¡Pero qué dices! En todas las épocas de la Historia ha ocurrido justamente lo contrario. Las mujeres mejor vistas, las que más han excitado la sensibilidad de los hombres, las más adoradas, las que han inspirado poemas y canciones, han sido la que más se han resistido. A las que a ti te gustan siempre se las ha tratado como una basura humana. Es lo que merecen por su vulgaridad.

l: De acuerdo, pero incluso si no piensas en llegar muy lejos con ella, ¿no crees al menos que sería más bonito salir con ella? ¿No es mejor ligársela que mortificarla?

o: De ninguna manera. Me hacen gracia todas esas expresiones: "ligar", "salir con ella"... ¿Qué es lo que se quiere decir con todo eso? Ir cogiditos de la mano por un paseo y ver juntos la película de moda, o ir a tomar un café mientras se habla de trivialidades. Como mucho, aprovechar el piso de uno de los dos para disfrutar un rato de un polvo convencional. ¿Me tomas por tonto? ¿Crees de verdad que cambiaría el placer de contemplar sus sublimes lágrimas resbalando por sus mejillas, de escuchar su dulce voz intentando inspirarme compasión, de sentir el temblor inocente de su piel ante el miedo que le inspiro, crees digo, que cambiaría todo esto por el insípido goce que me presentas?

l: Pero ¿qué hay de malo en las cosas que me gustan? Yo lo único que hago es acostarme con chicas guapas. Las hago felices a ellas y ellas me hacen feliz a mí. Nadie sufre ni lo pasa mal. ¿Es que hace falta llegar a esos horrores para ser feliz? ¿No son más hermosas estas diversiones espontáneas?

o: Sí para quienes son como tú, pero yo no soy así. Eso es lo malo de las personas como tú: presumís de tolerantes, pero no hay personas más intolerantes en el mundo que vosotros. Tenéis unos vicios y creéis que la tolerancia consiste en permitirlos, pero cuando se trata de placeres que no compartís... ¡ah, entonces ya es diferente! Os quejáis de la censura de los moralistas, pero en el fondo ocurre simplemente que vuestros vicios caen fuera de sus normas, y eso os molesta. Pero que alguien haga algo que no encaje con vuestros gustos y ya veréis cómo entonces levantáis vuestro dedo acusador como si fuerais el peor de los censores. ¡Imbéciles, hipócritas! Os llamáis liberales simplemente porque habéis substituido las grandes virtudes de nuestros antepasados por vuestros pequeños vicios, y creéis sinceramente que la Humanidad ha salido ganando algo con el cambio. Yo, en cambio, no te considero un monstruo, sino más bien un disminuido espiritual. Te miro como una persona con dos piernas mira a un cojo: con una especie de compasión.

l: Entonces ¿qué sostienes? ¿Que quienes no son unos monstruos como tú son tontos?

o: No, sino que quienes no son capaces de sentir con fuerza las pasiones, como tú, son tontos.

l: Yo siento con fuerza las pasiones.

o (carcajeándose): ¡No me digas! ¿A follarte a unas putillas lo llamas grandes pasiones? Si estas son las grandes pasiones de la Humanidad de hoy en día, quizás es que la especie humana merece extinguirse. En realidad, eran mucho mejores que tú nuestros antepasados, con sus costumbres austeras y su moral estricta. Al menos en aquellas sociedades aún había un resquicio para los sentimientos delicados e inocentes. El caballero que cabalgaba toda la noche para poder permitirse el inocente goce de contemplar el rostro de su amada, que, asomada a la ventana de su alcoba, derramaba lágrimas de pesar por no poder hacerle subir junto a ella... el héroe que arriesgaba su vida en la guerra para poder conquistar el corazón de su adorada y poder llegar junto a ella con la cabeza bien alta por el mérito realizado... ¡Estas vidas sí que merecían ser vividas! ¡Estas pasiones sí que merecían ser sentidas! en cambio tú, ¿qué harías por una de esas cabezalocas? ¡Si ya ni se gastan dinero los hombres por invitarlas a una copa! Hasta tal punto se las desprecia. Y el amor que quizás digas que sientes por ellas, ¿puede recibir realmente este nombre cuando las olvidas con la misma facilidad con la que las desnudas?

l: Pero todos esos sentimientos son demasiado novelescos. No hace falta jugarse la vida para ser feliz. ¿Tan difícil es disfrutar juntos de un placer momentáneo? Estas actitudes que tú me cuentas son las de unos locos románticos, del mismo modo que las que me explicaste antes son propias de un loco pervertido.

o: ¡Oh, vosotros los mediocres siempre reduciendo el mundo a la esfera de vuestra mediocridad, y considerando una locura todo lo que está fuera de ella! Pues yo, con tú permiso, prefiero estar en el lado de los locos. Quédate tú con tu felicidad a medias.

l: Yo sólo me limito a disfrutar de la vida, pero dentro de unos límites.

o: ¿Y quien marca esos límites? ¿Las personas como tú? Pero eso es una casualidad: quizás algún día los marquen las personas como yo. ¿Y entonces qué? Ya no sería una monstruosidad lo que yo propongo.

l: Pero hay unos límites aproximados que todo ser humano defenderá siempre.

o: Mentira, mil veces mentira. Demuestras que además de tonto eres ignorante. Cualquier conocedor del ser humano, cualquier estudioso de la especie humana, cualquier investigador objetivo, en fin, cualquier persona con los conocimientos suficientes para opinar soblre el tema defenderá siempre lo contrario: que la Naturaleza no conoce barreras, y que las infinitas combinaciones de sus elementos, las eternas mutaciones de sus seres, las inagotables variedades de las condiciones en las que éstos se desenvuelven, conducen a mil maneras diferentes de actuar en el medio, y que la moral no es más que una creación artificiosa, resultado de una constitución concreta de algunos seres, pero que nunca, de ningún modo podrá tener un valor universal. Pero vosotros, los autosatisfechos, los hombrecillos prepotentes de la sociedad del bienestar, que os aplaudís constantemente a vosotros mismos con vuestras manitas de niños traviesos, vosotros creéis, tan estúpida como inocentemente, que vuestras costumbres concretas, vuestros pequeños vicios particulares, vuestras diversiones de tres al cuarto, tienen un valor universal, y que quienes no cuadren con estas normas son unos seres odiosos por estropearos vuestros juegos inocentes con sus impertinencias. Pues bien: yo me atrevo a afirmar lo contrario, yo defiendo que vosotros sois los seres más despreciables que ha generado la humanidad, y que aquellos a quienes vosotros llamáis pervertidos, monstruos, locos románticos y mil cosas más, esos seres son en realidad mucho mejores que vosotros, y ellos sí que tendrían derecho a despreciaros a vosotros, los más despreciables de los hombres.

o: ¿Ah, sí? ¿Entonces cómo ocurre todo esto? ¿Cómo es que quienes son como tú se encuentran relegados a un lugar secundario mientras que la mayor parte de la sociedad piensa como yo? Explícamelo si estás tan convencido de lo que dices.

l: Es muy sencillo. Castrar al ser humano, amortiguar sus pasiones, ha sido siempre una de las tareas a las que quienes mandan en la sociedad han dedicado mayores esfuerzos. Como si su felicidad aumentase al disminuir la de otros, han creado leyes, normas y prejuicios que nos asaltan por doquier desde nuestros primeros años y eliminan de nuestro espíritu, no sólo los malos impulsos, sino a menudo incluso el espíritu mismo. No comprenden que las mejores virtudes, las cualidades más bellas y emotivas están a menudo ligadas de un modo inseparable a esos impulsos internos que a ellos les gustaría desterrar. Ni tampoco entienden que no todos los seres humanos están destinados a seguir el mismo camino, sino que cada uno, en la medida de sus posibilidades y según sus cualidades y sus gustos, debe buscar su propia felicidad, más que impedir la de otros. Ellos, en cambio, se asemejan a aquel tuerto que quería sacarle un ojo a cada uno de sus conciudadanos, para no tener que soportar la idea de que los demás podían ver más que él.

Pero paralelamente, tampoco han faltado nunca seres que, desafiando todas estas limitaciones, y siguiendo su propio camino, han recorrido libremente los territorios más oscuros del alma humana, como exploradores que buscan un más allá y para los que nunca se va demasiado lejos. De hecho, la existencia de censores y puritanos suele ir ligada a la aparición de los libertinos, puesto que el libertinaje sólo existe cuando existen las limitaciones. Resulta evidente que, cuanto más estrechos sean los márgenes en los que queramos encerrar el comportamiento humano, más fácil será que una persona sea calificada de libertina. Estas prohibiciones afectan a nuestras pasiones de tal modo que, en lugar de limitarlas, a menudo lo que consiguen es refinarlas, retorcerlas, pervertirlas. Además, la existencia misma de prohibiciones espolea uno de los instintos más comunes: la curiosidad, y por eso en las sociedades liberales escasean los libertinos, mientras que en las puritanas abundan.

Existe, por otro lado, el error habitual de considerar libertino a quien posee unos gustos sexuales algo extraños. El pueblo es tan ignorante que sólo ve sensaciones, y cree que todo se reduce a que algunas personas las buscan de un tipo algo especial. Por el contrario, el auténtico libertino no se distingue tanto de la persona común por la rareza de sus gustos como por esa especie de inteligente perversidad con la que los acompaña. Incluso cuando realiza un acto que físicamente, exteriormente, visto de un modo científico parezca el mismo que el que realiza una persona normal, en realidad no tiene nada que ver, puesto que todo consiste en la manera en la que se hacen las cosas, en el carácter que se manifiesta al hacerlas. Por el contrario, el hombre común nunca consigue ser un libertino por muy fuertes y desvergonzados que sean los actos a los que se entregue. No comprende, el muy estúpido, que el carácter es algo que no se puede suplir con carne, y que de nada sirve amontonar personas, miembros, jugos y gemidos en las más disparatadas orgías si detrás no hay un alma que convierta todos esos actos, incluso el que parece más insignificante, en una especie de obra de arte. Por eso, cuando los científicos intentan investigar todas estas cosas clasificándolas en categorías con nombres como "sadomasoquismo", "lesbianismo", "fetichismo", etcétera, no consiguen nada, puesto que todas estas categorías sólo se basan en aspectos empíricos, es decir, externos, y no pueden captar la esencia misma de la pasión, que, por su propia naturaleza, estará siempre fuera del alcance de las clasificaciones científicas.

l: Realmente tienes una visión curiosa del asunto, pero a fin de cuentas tenemos cosas en común, porque aunque nuestros gustos son diferentes, tú también eres una persona liberada.

o: Me hace gracia cuando me dicen si soy una persona liberada. ¿Liberada de qué?, respondo yo. ¿De los prejuicios cristianos? Nunca los he tenido; siempre he aborrecido esa religión infame, enemiga de la humanidad, hoy en día substituida por una especie de "idealismo democrático" casi tan odioso como ella. ¿De la conducta natural del ser humano? No creo que apartarse de ella para practicar otras sea estar liberado. En el fondo, quien es esclavo de sus caprichos me parece mucho menos libre.

l: Pero admites que estás más allá de los prejuicios sociales, luego en el fondo eres una persona liberal.

o: No me gustan las palabras "liberal" y "liberado"; huelen  a mediocridad, a falta de carácter, a siglo XX. Prefiero la palabra "libertino", que se usaba en el XVIII. En ella veo al hombre inteligente, decidido, sensible y filósofo que renuncia a los estrechos límites que pretende imponerle la sociedad y se lanza a la exploración de la sensibilidad humana, en ocasiones incluso de un modo más disciplinado y estricto que el moralista. El libertino dice sí al vicio, el liberado dice no a la virtud. El primero quiere sentir la fuerza de la perversión; el segundo es demasiado débil para soportar las restricciones de la moral. En el primero veo carácter, en el segundo su ausencia.

Pero de algunas cosas sí que estoy liberado, y de lo que más liberado estoy es de las personas "liberadas"; de su hipocresía que rechaza algunas actitudes diciendo que "van demasiado lejos", mientras ellos se vanaglorian de sobrepasar los límites que otros intentan imponerles; de su falta de gusto y refinamiento, que se contenta con variar frecuentemente el objeto de deseo, sin comprender nunca que todo consiste en cómo se hacen las cosas; de su falta de sensibilidad, que considera lo sentimental como algo anticuado y reprimido, y cree que los pequeños e insignificantes vicios a los que se entrega son mejores.

El libertino, por el contrario, más que dejarse arrastrar por los vicios, los investiga. En su afán por abarcar la sensibilidad humana en su totalidad, prueba distintos gustos, pero no se considera su representante ni se enorgullece de ellos. Lo que ha hecho hoy, quizás no lo haga mañana; lo que aún no ha hecho nunca, quizás mañana lo haga. De ahí que, una vez más, los científicos se equivoquen al intentar clasificarlo para analizar su comportamiento, pues éste es tan versátil como la Naturaleza se lo permite, y acaba traspasando las barreras en las que algunos intentan encerrarlo. En cierto modo, podríamos decir, imitando a los filósofos antiguos: el liberado es, el libertino deviene.

l: Te pones muy filosófico y en el fondo buscas lo mismo que las personas como yo. Vistes tu actitud con pomposas palabras, pero en el fondo sólo piensas en follar. ¿O me negarás que si ahora vieses una hermosa chica te negarías a poseerla?

o: Eso depende del espíritu mucho más de lo que crees. Si la sensibilidad está preparada en ese momento, incluso un chica fea podría ser suficiente. Pero si no se dan las circunstancias anímicas, ni la más bella mujer valdría.

l: Pero no puedes negar que el físico tiene una gran importancia.

o: Sí, pero no es lo más importante, contrariamente a lo que muchos piensan. Que el libertinaje depende más de factores psicológicos que físicos es algo que cualquier observador mínimamente sensible afirmará siempre. Se intenta clasificar las perversiones sexuales atendiendo a factores físicos, externos, cuando en realidad lo que caracteriza a cada una de ellas es más bien la esencia del acto, la idea que representa, en fin, el hecho mismo. Una de las pasiones que mejor muestran esta idea es el incesto: no hay nada físico en esta pasión, consiste simplemente en saber que la persona con la que se practica el sexo pertenece a nuestra propia familia. Pero fijémonos en que es simplemente un hecho, no un detalle físico. Visto desde un punto de vista simplemente materialista, es una relación como otra cualquiera, que no debería clasificarse como perversión, puesto que no se manifiesta ninguna desviación del comportamiento natural del ser humano durante el acto sexual. Sin embargo sí lo es psicológicamente.

Uno de los mejores ejemplos de que el libertinaje es algo espiritual, lo presenta el marqués de Sade en sus 120 jornadas de Sodoma, cuando menciona a un libertino cuya pasión consistía en pervertir jovencitas, llevándolas por el mal camino y conduciéndolas finalmente al libertinaje. Este hombre no fornicaba con ellas ni las manoseaba, ni las besaba, etcétera. Físicamente era tan correcto como podía haberlo sido el padre o el hermano de la joven. Era más tarde, cuando una amiga suya le contaba los hechos libertinos protagonizados por sus víctimas, cuando, lleno de furor, se masturbaba extasiado, exclamando que era feliz al saber que tantas jóvenes habían sido descarriadas por sus discursos. No vemos aquí ninguna práctica sexual extraña: todo se reduce a un acto espiritual, al hecho de pervertir a unas jóvenes inocentes por medio de sofismas, pero sin aprovecharse de ellas, sin usarlas físicamente. Es el libertinaje en estado puro.

l: ¿Pero acaso no es estar loco poner nuestro placer en estas fantasía abstractas?

o: ¿Y acaso ha hecho otra cosa el ser humano a lo largo de la Historia? El amor mismo, ¿no es una loca fantasía que consiste en concentrar toda nuestra felicidad en una persona? Y cuando mezclamos en él la atracción física, ¿no parece a veces como si lo estuviéramos contaminando? Pues lo mismo ocurre en el libertinaje: también hay un libertinaje puro, al igual que hay un amor puro. No es que estos dos sentimientos estén aislados del mundo físico. Al contrario, están muy ligados a él, pero sólo se les comprende bien cuando uno es capaz de sentirlos como algo independientemente, no como el mero resultado de una atracción física. Por el contrario, la atracción física forma parte y es a la vez consecuencia de estas pasiones.

l: Es inútil hablar contigo. Te empeñas en caminar por senderos extraños y desprecias lo que está al alcance de tu mano. Bien, haz lo que quieras. Yo me voy a disfrutar de placeres reales, y tú quédate con tus fantasías.

o: Hazlo. Renuncia a las pasiones y vete a disfrutar de las costumbres impuestas por la moda y los placeres convencionales. Yo quizás vaya por un sendero más difícil y solitario que el tuyo, pero es el que conduce a la felicidad. El tuyo es llano y fácil, pero no lleva a ninguna parte.

 

FIN

 

 

Pablo Colmenero Donatien.

Nacido en Barcelona, España.

En 1999 crea la página web en castellano sobre el Marques de Sade.

Poco después, escribe unas cuantas obras cortas que aparecen en esta misma web. En el año 2000, estas obras pasan a formar parte de un libro llamado "Relatos libertinos", publicado por la editorial Libros en red.