¿Cómo
percibimos la realidad?
Miriam
Leticia Ruvalcaba Amador

¿POR QUÉ NO LA DISTINGUIMOS?
“Aunque terrible es comprenderlo,
la vida se hace en borrador,
y no nos es dado corregir sus páginas”
Ernesto Sábato
Distinguir la realidad es difícil, por fácil que parezca. En el transcurso de la vida, sin darnos cuenta, sin percatarnos, dejamos de percibirla. Este proceso se da paulatinamente. El mundo que nos rodea influye y la vamos conformando de acuerdo con cada acontecimiento. A pesar de coexistir con ella a diario, nuestras fantasías y fantasmas nos acosan. A pesar de vivir inmersos en ella, en algunas ocasiones no la reconocemos, vamos filtrándola en cada vivencia, en cada acto que enfrentamos, en cada momento que nos evadimos, en cada situación dolorosa y en algunas oportunidades rutinarias.
La experiencia que hemos adquirido y acumulado a través del tiempo se almacena en la memoria. Algunos acontecimientos están en nuestro depósito con la etiqueta de verdaderos y otros con:
Cuando los necesitamos, recurrimos a esta bodega y sacamos al más adecuado para que, junto al evento presente nos vaya guiando por el campo de la irrealidad. Es importante, por lo tanto, cuestionar lo que percibimos, para ir desarrollando una visión clara de nuestras situaciones.
Generalmente esto tiene inicio en los orígenes de nuestra educación. Hemos aprendido desde la infancia a tergiversar la verdad, imaginamos como ciertas numerosas afirmaciones que nos son inculcadas como verdades absolutas:
Una de las frases más famosas que, a pesar de la era cibernética no ha perdido vigencia:
Así damos los primeros pasos y también los primeros tropezones. De esta manera, y conforme a lo que vamos percibiendo del entorno, creamos rutinas, acumulamos conocimientos y experiencias siempre en concordancia con lo aprendido.
Esos primeros años van marcando la manera futura de enfrentar los avatares y la manera de resolver conflictos, nos moldea y adecua para las respuestas venideras.
Vamos descubriendo que a los niños no los traen las cigüeñas, que muchos se mueren de hambre en el mundo, dejemos o no comida en el plato, que hay que fingir cortesía ante las visitas y no podemos expresar con sinceridad lo que sentimos, so peligro de herir susceptibilidades.
En el mismo orden de ideas, en el transcurso de los últimos treinta años hemos visto grandes avances tecnológicos, hasta llegar a estos días donde las computadoras son parte cotidiana de la vida; estamos dando un paso colosal en el desarrollo de la humanidad. Con este avance tecnológico y educacional, los niños adquieren una habilidad fabulosa en el manejo de computadoras, donde juegan, aprenden y hacen sus tareas. Es el lugar mágico donde pasan muchas horas del día.
A través del uso de juegos computacionales se siguen llenando de más falsedades, claro, ahora modernas, tales como;
Se está presentando un mundo manejable, en apariencia, por medio de la computadora, por Internet. La educación es virtual, así como virtual es la manera de ver la realidad.
Los resultados de este nuevo estilo de vida no los conocemos, sobre la marcha se descubrirán los frutos de la era. Sería aventurado hacer especulaciones en este inicio.
Por lo pronto sabemos que la Internet no siempre proporciona datos confiables. Hemos comprobado que hay distorsión en la información, que depende de la fuente, de la intención y aunado al medio donde nos desarrollamos, los que buscamos todas las respuestas en la computadora corremos el peligro de adquirir muletas para ver la realidad.
Por otro lado, hay valores morales mutantes, formulados de acuerdo con la tecnología, de acuerdo con los avances de la época. En fin, estamos viendo cómo la bondad, compasión y honestidad están pasando a segundo término.
Hay separación y aislamiento de los seres humanos. La computadora absorbe en muchas ocasiones el tiempo, otrora dedicado a las relaciones interpersonales, y va preparando a los jóvenes a una nueva realidad, o una distinta a la anterior, donde logramos comprar casi de todo por medio de la Internet; esto nos induce a pensar que podemos subsistir sin salir de casa.
Es más productivo ser hábil, sobresalir a costa de lo que sea, que ser amoroso y sensible. Hemos aprendido a escalar peldaños pisando a los demás, cuando podríamos unirnos y subir todos juntos.
Seguimos creciendo y el entorno nos alimenta con ideas como:
Así que durante la juventud nos dedicamos a perseguir los prototipos que ha almacenado la memoria en ese archivero llamado mente.
Empezamos a construir un castillo de naipes y no nos damos cuenta de que es un castillo en el aire hasta que una fuerza externa nos hace tambalear y se desmorona la fortificación. Caen entonces uno a uno cada naipe, y en cada caída hay dolor, angustia y crisis.
Buscamos incansablemente nuestra pareja ideal, un ser investido de fantasía, sueños e irrealidad: un ser perfecto: y vamos al encuentro de relación tras relación, siempre en pos del prototipo. En la constante búsqueda de esa falacia, la visión disminuye, se nubla el panorama y nuestro almacén mental sigue en aumento. Algunas relaciones nos causan dolor, otras dejan buenos recuerdos, pero seguimos en la búsqueda de la pareja soñada.
Escogemos a los amigos especiales conforme nos dicta nuestro bagaje y empezamos a idealizarlos, a ponerles cualidades que no tienen. Siempre con la esperanza de que en el futuro nos puedan aportar algo sustancioso, buscamos la amistad incondicional y para siempre, con las consecuentes decepciones al enfrentar la realidad.
En el caso de la familia, nos enredamos un poco más, pues se inicia la búsqueda con la idea de la perfección. En cada relación vamos evaluando a las personas que se nos cruzan mucho antes de quererlas y/o conocerlas. Las “vestimos” y las acoplamos a nuestras necesidades. Pero ante nuestra ceguera, urgencia y necedad de realizar lo más pronto posible ese ideal: la familia perfecta, para entablar una relación lo más parecida a ese sueño, le adjudicamos a la pareja todo lo que está a nuestro alcance. En algunas ocasiones tiene buen desenlace y encontramos lo que hemos buscado, pero a veces la decepción llega a los pocos años de matrimonio y demasiado tarde. Los hijos demandan atención, la responsabilidad aumenta, el círculo de la vida es más cerrado; pareja, trabajo, hijos y casa; hijos, casa, trabajo y pareja; casa, pareja, trabajo e hijos y así continúa, dando pie a que se instale la tristeza, la nostalgia, los recuerdos. Nuestra vida se vuelve monótona y rutinaria, sin movimiento.
Luego evitamos los enfrentamientos con la realidad. Tal vez si nos detuviéramos a observar la realidad antes de actuar, se evitarían muchos conflictos futuros.
Después viene la profesión perfecta, la que nos hará millonarios de la noche a la mañana. ¿Y nuestra vocación, dónde queda? Tal vez la dejamos en última instancia, escogiendo la carrera de acuerdo a estadísticas de prestigio e ingresos, olvidando lo que satisface nuestro espíritu.
Con respecto al área de trabajo, a veces se nos olvida que es el lugar donde pasamos una gran parte del día, donde invertimos mucha energía, convivimos y hacemos amigos. Cuando no concuerda lo que hacemos y lo que queremos hacer, somos desdichados y nos atamos al recuerdo del pasado recriminándonos por lo que no hicimos, culpándonos o culpando al entorno por la decisión, o nos la pasamos suspirando por un futuro que no existe. Uno de los triunfos en el trabajo es hacer lo que más nos guste y hacerlo con entrega.
Por lo tanto, es de suma importancia decidir nuestra profesión con calma, tomando en cuenta nuestras aptitudes: auxiliarnos de todo lo que nos pueda aportar un mayor conocimiento para lograr una buena decisión o, mejor dicho una decisión acorde a nuestras inquietudes y gustos. Así podemos desempeñar en concordia y armonía el trabajo elegido, logrando bienestar y con suerte una buena remuneración.
Llegamos a la madurez y nos cercioramos de que la mayoría de nuestras expectativas no se han cumplido, pero bueno, nos conformamos y empezamos a orientar la vida de acuerdo con el supuesto de tener menos problemas. Guiamos nuestros pasos en función del mínimo esfuerzo, seguimos la corriente de la vida evadiendo los problemas, adornando ilusamente a la percepción, siempre con la idea de tener menos conflictos, de pasar por la vida sin angustias ni depresiones, tan sólo “pasar” por ella.
Iniciamos con el famoso querer tener más, querer ser mejores, querer esto o aquello. El querer en función del futuro, de lo desconocido, ignorantes ante el presente palpable. La verdad se distorsiona, se viste de frases aparentemente inofensivas:
A raíz de tantos engaños, seguimos creyendo en nuestras fantasías, perdiendo la oportunidad de enfrentar el presente. Buscando el futuro incierto.
Cuando juzgamos un evento antes de conocer los resultados, al decidir está bien, está mal, fue bueno o no, etc., empezamos a nadar en la corriente de los sueños y nos alejamos más de la realidad. Iniciamos la comparación de lo que se ha logrado contra lo soñado, de lo que tenemos contra lo que anhelábamos, vamos perdiendo la capacidad de observar y juzgamos a diestra y siniestra cada acontecimiento que nos ocurre. Entramos en un círculo donde esa falta de observar la realidad nos lleva a hacer más especulaciones y por ende a tener más conflictos.
El imaginar nos aleja de la realidad, sobre todo cuando el imaginar no corresponde a una acción encaminada a conseguir algo específico. Cada vez que formulamos un anhelo, lanzamos al aire deseos e ilusiones y nos dedicamos a suponer el futuro. Estamos hablando de sueños y suposiciones, no de realidades.
La imaginación empieza a funcionar, y llenamos nuestra cabeza de pensamientos que al paso de los días van creciendo hasta invadirnos de tal manera que, lo que Es, la realidad, queda atrás, olvidada en el tiempo, alejada del momento actual, que es el único lapso lleno de verdad.
Por otro lado, el placer es partícipe en el ocultamiento de la realidad, pues al descubrir el placer que nos producen los períodos agradables es tan gozoso, confortable, nos llena de tanta felicidad que queremos perpetuarlos, queremos mantener esa satisfacción, hacerla perenne, aun con el conocimiento de que el placer es sólo de ese instante y jamás se podrá repetir; pues cualquier momento que se vive es irrepetible; podemos, tal vez, con mucho empeño, tener momentos similares; pero nunca, invariablemente nunca, iguales. Aquí es donde desenfocamos nuestra percepción de lo que Es, de la realidad de que el evento feliz ya pasó.
Cuando somos niños nos agrada el sabor de un dulce, el disfrute de un juguete nuevo, salir a jugar con los amigos, las caricias de mamá, la diversión con la familia, una sonrisa de aceptación, etc. Cuando jóvenes, continuamos con las mismas experiencias agradables, pero ahora mezcladas con serias decepciones. Buscamos, con ayuda del recuerdo, satisfacción tras satisfacción, felicidad tras felicidad, y así seguimos caminando. Si se satisfacen nuestros anhelos todo se desenvuelve en paz y armonía, pero cuando no son satisfechos nuestros deseos y expectativas se inicia la rueda del dolor, culpa, tristeza, depresión, angustia, miedo y ansiedad.
Cada uno va formando su cargamento de impresiones, de suposiciones y experiencias, donde la memoria se alimenta, se llena de recuerdos agradables y desagradables y con esa memoria encubrimos a la realidad presente y la vamos confeccionando. Así nos relacionamos con los demás, así escogemos amistades, amores, trabajos y vamos por la vida sufriendo ante cada fantasía insatisfecha, sin tener la capacidad de ver la realidad, sin poder percatarnos con claridad de lo que Es.
Cuando navegamos en los brazos de la suposición o de la ilusión dejamos de ver lo que Es.
Miriam Leticia Ruvalcaba Amador.
Nació en Monterrey N.L. (1951).
Egresada de la facultad de Ingeniería Civil de la Universidad Autónoma de Nuevo León (1973) y de la facultad de Medicina de la Universidad de Monterrey (1993).
Ha tomado cursos, entre los que destacan los de Acupuntura, Iridiología, Oligoterapia, Tanatología, Magnetoterapia y Tratamiento Metabólico.
Asimismo talleres de creación literaria en el área de narrativa y poesía. Tiene publicado el libro de poemas: Mi vida, mis pasos, mis sueños (1998). ¿Cómo percibimos la realidad? es su segundo libro.