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 CLASICOS DEL SIGLO XX: POESÍA

 

Alí Chumacero
César Vallejo

Rafael Alberti
Vicente Aleixandre
 

 
 

 

 

 

 

 Poema de amorosa raíz

 

Antes que el viento fuera mar volcado,

que la noche se unciera su vestido de luto

y que las estrellas y luna fincaran sobre el cielo

la albura de sus cuerpos.

 

Antes que luz, que sombra y que montaña

miraran levantarse las almas de sus cúspides;

primero que algo fuera flotando bajo el aire;

tiempo antes que el principio.

 

Cuando aún no nacía la esperanza

ni vagaban los ángeles en su firme blancura;

cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;

antes, antes, muy antes.

 

Cuando aún no había flores en las sendas

porque las sendas no eran ni las flores estaban;

cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,

ya éramos tú y yo.

 




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Heraldos Negros

     

Hay golpes en la vida tan fuertes... Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!.

 

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

 

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

empoza, como charco de culpa, en la mirada.

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! 

 




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 Sueño del Marinero
 
 
Yo, marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
 
sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares
al sol ardiente y a la luna fría.
 
¡Oh los yelos del sur¡ ¡Oh las polares
islas del norte¡ ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
 
cuerpo de roca y alma de vidriera¡
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera¡
 
Mi sueño, por el mar condecorado,
va sobre su bajel, firme, seguro,
de una verde sirena enamorado,
 
concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas, marinero:
- Sirenita del mar, yo te conjuro¡
 
Sal de tu gruta, que adorarte quiero,
sal de tu gruta, virgen sembradora,
a sembrarme en el pecho tu lucero.
 
Ya está flotando el cuerpo de la aurora
en la bandeja azul el océano
y la cara del cielo se colora
de carmín.  Deja el vidrio de tu mano
disuelto en la alba urna de mi frente,
alga de nácar, cantadora en vano
 
bajo el vergel añil de la corriente.
¡Gélidos desposorios submarinos
con el ángel barquero del relente
 
y la luna del agua por padrinos¡
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,
surcaré atado a los cabellos finos
 
 
 




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Soy el destino
 
 
 
Sí, te he querido como nunca
¿Por qué besar tus labios, si se sabe que la muerte está próxima,
si se sabe que amar es sólo olvidar la vida,
cerrar los ojos a los oscuro presente
para abrirlos a los radiantes límites de un cuerpo?
Yo no quiero leer en los libros una verdad que poco a poco sube
                                                                        [como un agua,
renuncio a ese espejo que dondequiera las montañas ofrecen,
cruzada por unos pájaros cuyo sentido ignoro.
 
No quiero asomarme a los ríos donde los peces colorados con el
                                                                        [rubor de vivir,
embisten a las orillas límites de su anhelo,
ríos de los que unas voces inefables de alzan,
signos que no comprendo echado entre los juncos.
 
No quiero, no; renuncio a tragar ese polvo, esa tierra
dolorosa, esa arena mordida,
esa seguridad de vivir con que la carne comulga
cuando comprende que el mundo y este cuerpo
ruedan como ese signo que el celeste ojo no entiende.
 
No quiero, no, clamar, alzar la lengua,
proyectarla como esa piedra que se estrella en la frente,
que quiebra los cristales de esos inmensos cielos
tras los que nadie escucha el rumor de la vida.
 
Quiero vivir, vivir como la yerba dura,
como el cierzo o la nieve, como el carbón vigilante,
como el futuro de un niño que todavía no nace,
como el contacto de los amantes cuando la luna los ignora.
 
Soy la música que bajo tantos cabellos
hace el mundo en su vuelo misterioso,
pájaro de inocencia que con sangre en las alas
va a morir en un pecho oprimido.
 
Soy el destino que convoca a todos los que aman,
mar único al que vendrán todos los radios amantes
que buscan su centro, rizados por el círculo
que gira como la rosa rumorosa y total.
 
 
Soy el caballo que enciende su crin contra el pelado viento,
soy el león torturado por su propia melena,
la gacela que teme al río indiferente,
el avasallador tigre que despuebla la selva,
el diminuto escarabajo que también brilla en el día.
 
Nadie puede ignorar la presencia del que vive,
del que en pie en medio de las flechas gritadas,
muestra su pecho transparente que no impide mirar,
que nunca será cristal a pesar de su claridad,
porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre.
 
 



 


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