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Mulas con opción a migrantes

Mulas con opción a migrantes

PERIÓDICO HOY, ECUADOR

SUPLEMENTO BLANCO Y NEGRO

www.hoy.com.ec

28 octubre 2000

 

Quien localiza a alguien dispuesto y en capacidad de llevar droga en el estómago, gana una comisión de $500 y por eso "la gente anda como loca por conseguirlos". Muchos de los miembros del ejército de desempleados del país "están desesperados por irse cargados".

De aquello está convencido Ricardo N., un 'ex mula' del narcotráfico. Más aún, cuando hace un año las reglas cambiaron, porque comenzaron a otorgar un beneficio atractivo para el viajero: si antes el traficante le exigía que vuelva, y a este también le interesaba hacerlo para seguir llevando droga y desarrollar una vida aparentemente normal en Ecuador, ahora el propio traficante ofrece a la 'mula' hacer un solo viaje para que luego se quede como inmigrante.

"Ese es un gran gancho para encontrar 'mulas'. Sé que actualmente en un viaje van hasta siete. Y te arreglan ellos mismos (los narcotraficantes) los documentos, permiso militar, pasaporte, pagan el pasaje, te dan la bolsa de mano y, de paso, vas a ganar plata. La tentación es grande". Pero para ser 'privilegiado' con todas esas supuestas ventajas, hay una prueba.

 

 'Mulas', con opción de ser migrantes. Quienes reclutan a los 'correos' se inventaron un beneficio adicional para hacer más atractiva la portunidad: les aseguran que se pueden quedar en el país en el que deben dejar la roga.

 

Ricardo, quien ganó dinero presentando nuevas 'mulas', sabe plenamente de lo que se trata. "Compras zanahorias y haces pedazos gruesos, del porte de un dedo; o si no, compras uvas gruesas, las grandes. Se la das al aspirante a tragar con agua, aunque algunos prefieren bajárselas con puré de bebé o gelatina". Quien no resiste tragarse enteros esos objetos, no podrá albergar en su estómago un mínimo exigido de 80 cápsulas (800 gramos de cocaína).

Solo entonces sabrá cuál es su potencial ganancia. Ricardo recuerda los valores vigentes, de sus últimas experiencias: "Por 80 cápsulas, $4 mil; por 90, $5 mil; el kilo completo, cuesta $6 mil. Tengo un amigo que es loco, se mete hasta 130 cápsulas", asegura.

En el mercado de Madrid, España, ese kilo que llevan en el estómago cuesta, al menos, $40 mil y fácilmente puede rendir $10 mil más, cuando los distribuidores 'cortan' el alcaloide.

"Nunca la dan pura en el menudeo, la mezclan con pastillas molidas y sacan hasta medio kilo más". Una vez pasada la prueba, el resto consiste en esperar. "Cuando te han conseguido el tiquete y el cupo, para un sábado en la mañana, por ejemplo, el jueves les dices si necesitas ropa, maleta. Todo te compran, te cortan el cabello, te 'remodelan' prácticamente. Si necesitas dinero adelantado para tu familia, te lo dan, pero enseñándoles antes la casa en la que vives".

Al siguiente día empieza la ingestión de las pequeñas bolsas con cocaína. Lo hacen generalmente en una casa alquilada o en un hotel. "Cuando llegas, ya todo está listo. Hay quienes se demoran hasta cinco horas. Te explican que por ninguna razón debes botarlas, y hasta te inyectan contra los cólicos que te provoca. Te ordenan que no debes comer, para que no tengas ganas de defecar. 'Vas de turismo, recuerda, si la migración

te para, demuéstrales seguridad y nada de nervios', es la constante instrucción. No puedes tomar alcohol, es otra orden de quienes, evidentemente, cuidan más su carga que el daño que puedan causar a tu organismo. 'El alcohol afecta a la cera de que reviste cada cápsula', repiten a lo largo de la noche".

Esa es una experiencia que por primera vez él vivió en 1992, en Popayán, Colombia, hasta donde 'El Lobo' lo llevó. En el estómago llevaron la droga a Guayaquil, para desde allí mandarla a Nueva York, con norteamericanos que llegaban como turistas y se regresaban 'cargados'. En una de esas jornadas, Ricardo vio el proceso de elaboración de las cápsulas: "Las hacen con una prensa que te deja unos 'deditos' que luego depositas en los dos dedos centrales de los guantes quirúrgicos. Das una vuelta, lo amarras, otra y lo amarras de nuevo. Son como siete u ocho vueltas. Luego se le aplica acrílico dental caliente, que las cubre, y evita que los jugos gástricos las dañen".

Y era precisamente en ese acrílico dental en el cual Ricardo había centrado su esperanza los últimos dos días, en su octavo viaje, cuando durante una semana tuvo dificultad para evacuar las cápsulas.

Su vida dependía de aquella sustancia de color rosado, aunque, a manera de resignación, se repetía que, de reventarse una, su muerte podría ser silenciosa, como lo había visto un año atrás en Quito. "Estábamos ya sentados en el avión, y hasta donde yo alcanzaba a divisar, éramos tres los 'cargados' a bordo.

Pero, de pronto, al que iba en el asiento de adelante le sobrevinieron convulsiones y en silencio empezó a botar espuma por la boca. El compañero de asiento, que era otra mula, hizo como que no lo conocía, y la Policía llegó y lo bajó, pero muerto. Luego me enteré que cuando lo abrieron, encontraron 79 cápsulas y una de ellas reventada".