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 Más chícharos que perlas
Ricardo Martínez Cantú

 

 

Para Sara Lozano los chícharos

y las tres perlas para sus hijas

 

 

La jornada apenas se había iniciado cuando Eusebio tomó la súbita resolución de renunciar a su empleo como vendedor de frutas y verduras en el mercado de Cascajal. Le apuraba salir rumbo a Capitonia en ese mismo momento. No tenía montura y mucho menos dinero con el cual pagarse un viaje en coche, pero doña Matilde, una de las clientas del puesto de frutas, acababa de informarle que, manteniendo un buen paso, llegaría a su destino en tres días.

—Si sales temprano por el camino que va hacia el norte, a mediodía te toparás con un arroyo. Siguiendo la corriente aguas arriba, antes del anochecer estarás en el manantial de donde brota, el cual se encuentra ubicado a la entrada de un bosque. El día siguiente cruzas el bosque por el único sendero que lo atraviesa y al atardecer habrás llegado a un cerro. El tercer y último día, subes el cerro hasta la cima y lo bajas por el otro lado. Ahí mismo está Capitonia.

El muchacho no necesitó saber más para decidirse; si se ponía en marcha ya -aún no eran las ocho de la mañana- ese mismo día sería el primero. Tomó, pues, la bolsa de papel con tres duraznos que don Julián, su patrón, le entregó como única indemnización, “...y di que te fue bien, debiste avisarme al menos ayer”, y abandonó el local en donde había trabajado durante los últimos tres años.

Pero no lo abandonó por siempre, porque dos minutos después estaba de vuelta.

—¿Cambiaste de opinión? -le preguntó su ex patrón mientras atendía a una clienta.

—No. Vengo a pedirle un favor. Que me cambie los duraznos por un puñado de chícharos.

—Ándale pues, pero despáchate tú mismo, ¿no ves que estoy ocupado...? -gruñó don Julián.

Y enseguida añadió:

—Y no tienes que devolverme las duraznos.

Eusebio tomó con una mano todas las vainas que pudo y las metió en el bolsillo derecho del holgado pantalón que usaba.

—Muchas gracias. Qué Dios se lo pague.

—¡Ya no me quites el tiempo! -rezongó el hombre. Y antes de que el muchacho abandonara su negocio, ahora sí para siempre, agregó:

—¡Qué tengas buena suerte...!

Poco después Eusebio salía de Cascajal sin considerar que tres duraznos era una provisión muy raquítica para otros tantos días de camino. Porque los chícharos los quería para un regalo y por nada del mundo pensaba comérselos.

 

 

Apenas había iniciado el viaje y todavía no eran ni siquiera las diez de la mañana, cuando sintió hambre y decidió hacer un alto con la intención de desayunar. Se sentó entonces en el suelo, en un desnivel del terreno y a la sombra de un huizache.

Mal había sacado uno de los duraznos para comérselo, cuando una anciana, que no supo por dónde llegó, se le acercó y le dijo:

—Buenos días, jovencito. ¿Puedes compartir conmigo la sombra y el descanso?

—Claro que sí, señora. Con mucho gusto.

Ella llevaba un bastón en la mano derecha y un morral colgado del hombro izquierdo. Del morral sobresalían una vara de bambú, unos pergaminos enrollados y unas flores secas. Eusebio pensó que la vieja tenía una mirada misteriosa y derruida como las pirámides, y una sonrisa dulce aunque también amarillenta y blanda como durazno en almíbar. La mirada y la sonrisa conjuntaban una expresión tranquila y al mismo tiempo resignada, una expresión que hacía pensar en el momento en que el sol acepta la inevitable llegada de la noche, pero aún no se retira.

—¿Y bien...? -le preguntó la anciana con impaciencia al verlo tan caviloso.

—Sí, doña, ya se lo dije: me dará mucho gusto que me acompañe un rato.

—Pues entonces muévete, que no tengo tu edad, y échame una mano, o mejor las dos, para poder sentarme.

—Disculpe usted -le dijo el muchacho y, acto seguido, la tomó de ambas manos y la ayudó a acomodarse a un lado del lugar que él ocupaba.

—Se ve que está muy bueno ese durazno. Con decirte que hasta se me ha hecho agua la boca.

Eusebio se lo ofreció sin decir palabra y sacó otro.

—Claro que desde ayer a mediodía no he comido -añadió la mujer antes de que él mordiera la fruta-. Un duraznito no es gran cosa, pero peor es nada. Al menos podré engatusar al hambre mientras llego a mi destino.

—Tenga otro si gusta, doñita -dijo el muchacho tendiéndole el segundo durazno. Y cuando apenas había sacado el tercero, la mujer agregó:

—Pensar que aún me faltan muchas horas para llegar a casa y para poder comer como Dios manda. Pero ¿qué vamos a hacerle?

Eusebio no le respondió. Resignado, sólo le tendió el tercer durazno y procedió a hacer una bola de papel con la bolsa, a fin de que quedara claro que no había nada más en ella.

—¡No... no la tires! Dámela también, dado que a ti ya no te sirve.

La anciana desarrugó la bolsa, puso dentro dos de los tres duraznos, “Éstos los guardaré para más tarde”, y procedió a comerse, con una paciencia que al muchacho le pareció infinita, el que quedara fuera.

Una vez que se lo hubo acabado, tiró el hueso y agregó:

—Muy jugoso el durazno. Ya sé que dicen que a buen hambre no hay mal pan, pero ese duraznito estaba que se deshacía y aún estando harta lo hubiera disfrutado.

—Ahora que su hambre ha sido engatusada, permítame ayudarla a levantarse, pues ya me tengo que ir.

—¿Cuál es la prisa, hijo? Espera un poco, que te conviene. Antes de despedirnos, quiero recompensar tu generosidad con un regalo.

La mujer se puso a esculcar en el morral y sacó un puñado de monedas de plata. Sin embargo, cuando Eusebio había juntado ambas manos para recibirlas, ella las devolvió al morral, diciendo:

—No, no, no, no... ¡Que poca sensibilidad la mía! El dinero es ofensivo para los corazones magnánimos como el que late en tu pecho.

Sacó entonces un grueso anillo de oro y el muchacho -que nunca había tenido anillos y no sabía que hay un dedo especialmente hecho para ponérselos- extendió de inmediato el índice de la mano derecha para que se lo colocara. Pero se quedó con el dedo parado porque ella regresó la sortija al sitio de donde antes la tomara:

—Tampoco, tampoco... -dijo-. Por aquí debo traer algo más acorde con tu generosidad y buenos sentimientos.

Jaló entonces la vara de bambú que sobresalía de la boca del morral.

Por la mente de Eusebio pasó por un instante la imagen de un hada madrina esgrimiendo su varita mágica, pero el pedazo de bambú resultó ser sólo el mango de una red para atrapar insectos.

—Con esta red podrás iniciar una hermosa e instructiva colección de mariposas.

—¡Lo que he deseado toda la vida! ¡Muchísimas gracias! -le respondió el muchacho sin que ella pareciera enterarse del sarcasmo-. Y ahora, si no quiere quedarse sentada ahí por siempre, deme las manos para ayudarla a levantarse.

Una vez que la anciana estuvo sobre sus pies, Eusebio le dijo hasta luego, se dio media vuelta y continuó su camino sin volver la vista atrás. Definitivamente no tenía vocación de entomólogo. “¡Vieja loca! -pensó-, mejor me hubiera dado una hulera para matar lagartijas que al menos se pueden comer.”

Sin embargo, no se iba a librar de la mujer con tanta facilidad.

—Espera un poco, que voy a hacerte otro regalo -exclamó ella cuando él ya se había retirado algunos pasos-. ¡Ven para acá, te digo! Es un regalo modesto, pero que te será de gran utilidad para reparar esa deshilachada chamarra que llevas puesta. Siempre es conveniente ir bien presentado.

La anciana tomó la mano del muchacho y puso en ella un carrete de hilo en el que estaba clavada una aguja.

Yo misma te zurciría los agujeros, pero tú pareces tener mucha prisa y mis ojos y manos ya no sirven para ensartar agujas.

Eusebio guardó el carrete y la aguja en el bolsillo de la chamarra y, conmovido ante la terquedad y la ingenuidad de la mujer, le puso ambas manos en los hombros y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias, abuela. ¡Qué Dios la bendiga y la guarde muchos años!

—¡Ándale, que se te hace tarde! ¡Vete ya!

 

 

Sus tripas no dejaban de alborotar y estuvieron a punto de impedir, con sus gruñidos de protesta, que Eusebio oyera el sonido del agua corriendo. Sin embargo, alcanzó a escucharlo y, guiándose por él, llegó al arroyo, en donde se dispuso al menos a saciar la sed.

Mientras bebía, observó que en la corriente nadaban sardinas de buen tamaño. Tras varios intentos fallidos, consiguió atrapar una con la red que la anciana le regalara. La sardina daba de coletazos en su prisión de hilos entrelazados y, al ver que no tenía escapatoria, dijo:

—No me hagas daño. Déjame libre y te regalaré una valiosa perla.

—No quieras engañarme que no soy ningún ignorante. Sé que las perlas son producidas por las ostras y que éstas no viven en los arroyos. ¿O acaso piensas decirme que debo esperarte aquí mientras vas al océano y vuelves con mi perla?

La sardina no contestó. Sólo boqueaba cada vez con más desesperación. El muchacho tomó entonces la abertura de la red con el puño, para impedir que la presa escapara mientras la sumergía en el agua. Cuando la sacó de nuevo, la sardina dijo:

—No tengo que ir hasta el océano. Aquí mismo en el arroyo hay una perla que alguien arrojó hace poco como si quisiera deshacerse de ella.

Eusebio sumergió otra vez a la sardina en el agua mientras meditaba la situación. Lo más seguro es que estuviera engañándolo, pero, por otro lado, también era cierto que él no se sentiría tranquilo comiéndose a un animal que no sólo hablaba, sino que además razonaba lo suficiente como para poder querer engañarlo. Así que decidió aparentar que aceptaba lo que su presa le ofrecía y ponerla en libertad. Sin embargo, antes de hacerlo le preguntó si acaso era una persona encantada.

—No -dijo el pez-. Sólo soy una sardina parlante.

—¿Y todas las sardinas de este arroyo pueden hablar?

—Nada más yo y no sé por qué -fue la respuesta-. Es muy aburrido no tener con quien conversar.

—Vete entonces -dijo el muchacho, dejándola en libertad-. Aquí te espero.

Como le importaba mucho no quedar como un tonto, todavía agregó:

—Si no vuelves, que te vaya bien.

Al verse libre, la sardina sacó la cabeza del agua y dijo, a manera de despedida:

—Tú nada más espérame un rato y pronto verás que no sólo tengo palabra porque hablo, sino también porque cumplo mis promesas.

Una vez que la sardina parlante se perdió de vista arroyo arriba, Eusebio continuó pescando; si lo que la presa liberada le había dicho era cierto, sus congéneres no hablarían y serían comestibles. Mientras esperaba, consiguió atrapar tres peces más con los que intentó infructuosamente entablar un diálogo inteligente. Como sus presuntos interlocutores no dijeron esta boca es mía, no volvieron al arroyo y Eusebio preparó una fogata para asarlos; muy cerca, por si la sardina volvía, pero dando la espalda al agua para que ésta no pudiera ver lo que estaba haciendo con sus posibles parientes.

Cuando terminaba de comer, el muchacho sintió un golpecito en la nuca; era la perla que la sardina le había arrojado desde la corriente. Se acercó entonces a la orilla y le dio las gracias por el regalo.

—¿Viste tú a la persona que arrojó la perla al arroyo? -le preguntó Eusebio a la sardina.

—Sí la vi -le contestó el pez-; no ha pasado mucho tiempo desde ese día. Era una mujer que tenía una mirada enigmática e intimidante como advertencia escrita en caracteres desconocidos, y una sonrisa dulce aunque también fibrosa y consistente como caña de azúcar. La mirada y la sonrisa conjuntaban una expresión confiada y al mismo tiempo decidida, una expresión que hacía pensar en el momento en que el sol contiende con las nubes que intentan cubrirlo y logra vencerlas.

Luego agregó:

—La tengo muy presente y ahora me doy cuenta de que su descripción es lo primero que recuerdo haber pensado jamás. Creo que antes de que ella llegara al arroyo yo no sabía lo que eran los pensamientos ni las palabras que los envuelven...

Eusebio tuvo la impresión de que la sardina iba a seguir hablando, pero no hubo más palabras que salieran de su boca. El pez mantuvo la cabeza fuera del agua un momento más, pero sólo boqueaba sin emitir sonido alguno. Luego se sumergió y desapareció entre las plantas acuáticas que la corriente ondulaba.

El muchacho guardó la perla en el mismo bolsillo donde llevaba las vainas de chícharos y continuó su camino.

 

 

Tal como le dijera doña Matilde, antes del anochecer Eusebio llegó al manantial del que brotaba el arroyo y pasó la primera noche de su viaje a orillas del bosque que la mujer mencionara, en un lugar donde la vegetación aún no era muy densa. Al despertar por la mañana, se internó entre los árboles siguiendo un sendero que esperaba que en efecto no se bifurcara y por el cual avanzó hasta cerca del mediodía.

Después de las tres sardinas del día anterior, el muchacho no había vuelto a comer y sentía mucha hambre. Así que, al pasar junto a un grupo de nogales, decidió trepar a uno de ellos con el propósito de cortar algunas nueces. Llevó consigo la red con la intención de utilizarla como bolsa recolectora, aunque pronto advirtió que no era buena idea. Sería mucho más sencillo cortar las nueces, tirarlas al suelo y bajar luego a recogerlas. La red era más bien un estorbo que le dificultaba alcanzar su propósito y pensó entonces en deshacerse de ella, pero cuando estaba a punto de arrojarla, vio frente a él la esponjada cola de una ardilla e instintivamente trató de cazarla. El brusco movimiento realizado lo hizo perder el equilibrio y apenas logró agarrarse de una rama con el brazo izquierdo, evitando la caída. La ardilla, sin embargo, había quedado atrapada en la red y Eusebio se apresuró a cerrar la salida para que no escapara. “Podré acompañar las nueces con un poco de carne”, pensó.

Aún no acababa de bajar del árbol cuando la ardilla comenzó a gritar, con una vocecita débil aunque muy clara:

—No me hagas daño. Déjame libre y te regalaré una valiosa perla.

A pesar de que el nogal se encontraba lejos del arroyo, Eusebio pensó que de alguna manera la ardilla debía de haber presenciado su encuentro con la sardina y estaba utilizando una estratagema para engañarlo y escapar. Esa hipótesis le resultaba más creíble que suponer que toda la región estaba plagada de animales que tenían perlas escondidas con las cuales pagar su propio rescate en caso necesario. Por eso le preguntó:

—¿Y de dónde sacarías tú una perla? A ver, explícamelo.

—Yo vivo en el interior de un árbol hueco que aún se mantiene en pie y que no está muy lejos de aquí. Entro a mi refugio por un orificio que no es visible desde el suelo por estar ubicado en un punto alto, donde el tronco se divide en ramas. No obstante, hace poco alguien trepó hasta ahí como si ya conociera la existencia del orificio, y echó por el hueco una perla como si buscara ocultarla.

Si la ardilla estaba mintiendo, al menos había tenido el ingenio suficiente para elaborar una historia congruente con la de la sardina. “Sólo por eso merece salvar la vida”, concluyó el muchacho y, una vez que la hubo liberado, le preguntó si acaso era una persona encantada.

—No -dijo el roedor-. Sólo soy una ardilla parlante.

—¿Y todas las ardillas de este bosque pueden hablar?

—Nada más yo y no sé por qué -fue la respuesta-. Es muy aburrido no tener con quien conversar.

—Si te parece -le ofreció Eusebio-, podremos platicar cuando regreses. Pero ahora sube al nogal y arrójame algunas nueces para comer algo mientras regresas con mi perla...

—...si es que vuelves -agregó.

—Volveré. Ya lo verás -el roedor comenzó a subir por el tronco del nogal.

—Sí, sí... ya sé: tienes palabra no sólo porque hablas, sino también porque acostumbras cumplir tus promesas -Eusebio vio a la ardilla perderse entre el follaje.

—Eso mismo. No seas desconfiado -la débil voz salió de entre las hojas mientras las nueces comenzaban a caer.

El muchacho las recogió e hizo con ellas un pequeño montón. Luego se sentó en el suelo y comenzó a cascarlas con una piedra debido a que no confiaba en la dureza de sus dientes. Aún no terminaba de comerse las nueces cuando sintió un golpecito en la cabeza. Era la perla que la ardilla le había arrojado desde el nogal. Levantó entonces la cara y, después de darle al roedor las gracias por el regalo, le preguntó:

—¿Viste a la persona que escondió la perla en tu vivienda? ¿Era una mujer?

—Así es -contestó la ardilla-. Era una muchacha que tenía una mirada sorprendida y festiva como una serpentina cuando se desenrolla, y una sonrisa dulce aunque también carnosa y húmeda como pera de agua. La mirada y la sonrisa conjuntaban una expresión expectante y al mismo tiempo alborozada, una expresión que hacía pensar en el momento en que el sol asciende por el cielo, pero aún no llega al cenit.

Luego agregó:

—La tengo muy presente y ahora me doy cuenta de que su descripción es lo primero que recuerdo haber pensado jamás. Creo que antes de que ella llegara a mi madriguera, yo no sabía lo que eran los pensamientos ni las palabras que los envuelven...

Igual que con la sardina, Eusebio tuvo la impresión de que la ardilla iba a seguir hablando, sin embargo no hubo más palabras que salieran de su boca. El animalito se mantuvo un momento más sobre la rama donde estaba parada, pero sólo llegó e emitir algunos quedos chillidos. Luego saltó a una rama más alta y desapareció entre el follaje del nogal.

—¿No dijiste que querías platicar...? -le gritó todavía el muchacho, pero no obtuvo respuesta. Siguió comiendo algunas nueces y, cuando se sintió satisfecho, puso las restantes en uno de los bolsillos de su holgado pantalón; en el izquierdo, para que las nueces no se revolvieran con los chícharos y las perlas que llevaba en el bolsillo derecho.

 

 

Al atardecer, Eusebio había atravesado por completo el bosque, y para cuando oscureció se encontraba ya en la falda del cerro que debía escalar al día siguiente. Si las indicaciones de doña Matilde eran correctas, tras el cerro estaba Capitonia y, antes de entrar en la ciudad, encontraría la cabaña donde vivía Clara. Faltaban nada más unas horas para verla de nuevo. Por ahora, se concentró en buscar un lugar apropiado para pasar la noche y, antes de acostarse a dormir, cascó las nueces que llevaba consigo y que le sirvieron de cena.

Cuando salió el sol, Eusebio estaba acurrucado sobre un costado y fue despertado por un arrullo de tórtolas a sus espaldas. Las aves debían de estar buscando restos de nuez entre las cáscaras que habían quedado tiradas en el suelo. Sin moverse, el muchacho abrió los ojos y frente a él vio la red que la noche anterior dejara apoyada en una piedra. Ocultando el movimiento con su propio cuerpo, adelantó con lentitud una mano hasta tomar el mango de la red y entonces se dio la vuelta bruscamente, confiando en que, por pura chiripa, atraparía alguno de los pájaros y así podría abandonar la dieta vegetariana del día anterior.

Al menos doce tórtolas salieron volando alborotadas, pero la cacería tuvo éxito: una había quedado atrapada en la red.

—¡Ni se te ocurra hablarme! -le dijo Eusebio a su prisionera, apretando con fuerza la boca de la red.

A pesar de su advertencia, el ave replicó:

—No me hagas daño. Déjame libre y te regalaré una valiosa perla.

—No dudo que tengas una perla valiosa con la cual pagarme tu rescate, pero las perlas no se comen y yo me estoy muriendo de hambre.

—Puedo llevarte también hasta una morera que está rebosante de moras.

—Si tienen tantas moras a su disposición, ¿por qué andaban, tú y tus compañeras, basureando entre las cáscaras de nuez que deseché?

—Estamos hartas de las moras que abundan en este cerro -contestó la tórtola.

—Entonces entenderás que yo quiera comer carne.

—Yo podría servirte de carnada para atrapar aquél halcón que vuela sobre nosotros.

—¿Y cómo sería eso? -preguntó el muchacho.

—Hago la pantomima de no poder volar; lanzo chillidos de dolor como si tuviera un ala herida. El halcón se abalanza sobre mí creyéndome una presa fácil y tú lo atrapas.

—¡Mira qué fácil! La red no tiene el tamaño suficiente para atrapar un halcón -objetó Eusebio.

—¡Todo tiene una que resolvértelo! ¿Es que no tienes imaginación? -vociferó la tórtola-. Te ocultas detrás de la roca que está junto a aquel arbusto. Cuando el halcón me haya visto y baje por mí, corro bajo sus ramas. Cuando él meta la cabeza buscándome, tú llegas por detrás y lo atrapas con las manos. ¿Te parece bien el plan?

—¿Y la perla...?

—¡Todo quieres, muchachito, y no está bien que seas avaricioso ni aprovechado! -contestó tajante el pájaro-. Una de dos: o bien el halcón, o bien la perla y las moras. Tú escoge.

Eusebio reflexionó que después de lo ocurrido últimamente, las posibilidades de que el halcón también hablara y le suplicara por su vida no eran nada remotas; además, la carne de halcón debía de ser talluda y poco apetitosa. Consideró por último que tres perlas eran mejores que dos y le vendrían de perlas a los propósitos matrimoniales que habían motivado su viaje. Así que decidió que bien valía la pena malpasarse un día más y eligió las moras y la perla.

Sin soltar todavía a la tórtola, le pidió que lo guiara hasta la morera.

—Mientras yo recolecto las moras, tú vas por la perla -le dijo-. A propósito, ¿dónde la tienes y cómo la conseguiste?

—Una niña subió a lo alto del peñón donde está mi nido y la dejó en él como si quisiera esconderla. Ahí ha estado desde entonces y ahí la tengo todavía.

—¿Y cómo...? -Eusebio estuvo a punto de preguntarle cómo era la niña, pero, recordando sus experiencias anteriores, concluyó que era muy probable que, después de describirla, la tórtola perdiera su capacidad de habla y raciocinio, y él no quería que eso ocurriera antes de que la perla estuviera en su poder.

Así que cuando la tórtola le preguntó:

—¿Cómo qué?

El muchacho cambio su pregunta:

—¿Cómo es que puedes hablar? ¿Eres acaso una persona encantada?

Tras lo que obtuvo la respuesta consabida:

—No -dijo el ave-. Sólo soy una tórtola parlante.

Y luego agregó, sin necesidad de que Eusebio le preguntara si todas las tórtolas de la región podían hablar:

—...la única tórtola parlante que hay por aquí; aburrida de no tener con quien conversar.

Al llegar a la morera, la tórtola fue liberada. Y el muchacho estaba aún trepado en el árbol, recogiendo moras, cuando el pájaro regresó con la perla en el pico, se posó en una rama frente a él y se la entregó en la mano. Al igual que las otras dos, la tercera perla estaba perforada. “Alguna vez debieron de haber formado parte de un collar”, pensó Eusebio. Al indagar entonces por la niña, obtuvo la siguiente descripción:

—Era una niña que tenía una mirada ingenua y prometedora como regalo envuelto en papel de China y atado con listones de colores, y una sonrisa dulce además de blanca y cristalina como terrón de azúcar. La mirada y la sonrisa conjuntaban una expresión vivaz y al mismo tiempo inquisitiva, una expresión que hacía pensar en el momento en que el sol aún no ha salido, pero ya lo ilumina todo con una tenue luz.

—Ahora que te la describo me parece estar viéndola -agregó la tórtola- y me doy cuenta de que su descripción es lo primero que recuerdo haber pensado jamás. Creo que antes de que ella llegara a mi nido yo no sabía lo que eran los pensamientos ni las palabras que los envuelven...

Llegado a ese punto y tal como Eusebio lo previera, la tórtola pareció querer seguir hablando, pero sólo salieron de su garganta algunos arrullos entrecortados y, batiendo el aire con las alas, levantó el vuelo para no volver. El muchacho guardó la nueva perla en su bolsillo, junto a las otras dos, y siguió su camino.

 

 

Eusebio alcanzó la cima del cerro a media tarde. El resto de la jornada, cuesta abajo, fue mucho más fácil y rápida. Empezaba a oscurecer cuando llegó a una distancia prudente de la cabaña que, gracias a la posición elevada en la que se encontraba al descender del cerro, había divisado desde mucho tiempo antes y había identificado como el punto final de su viaje. Un poco más allá de la cabaña se apreciaba Capitonia, construida alrededor de una fortaleza ducal.

El muchacho pensó que aquélla no era una hora apropiada para presentarse ante Clara y decidió pasar la noche ahí mismo. Tras tres días de viaje no estaba muy presentable, pero tampoco disponía de dinero que le permitiera procurarse una posada en donde asearse. Tendría que contar con la indulgencia de su amada y llegar ante ella en las deplorables condiciones de limpieza en las que en ese momento se encontraba. Aparte del polvo del camino y del sudor, las moras que guardara en la bolsa donde antes pusiera las nueces, estaban ahora convertidas en una pasta que había dibujado una enorme mancha morada sobre la pierna izquierda de su holgado pantalón. Además de ensuciarse, se había quedado sin cena.

Pensó que era el último sacrificio y se recostó en un desnivel del terreno, apoyando la cabeza en las manos y contemplando una de las ventanas de la cabaña que acababa de encenderse. Del horizonte ascendió una enorme luna llena que lo iluminó todo con su luz plateada.

Eusebio tuvo entonces la idea de confeccionar un collar de perlas con la intención de ofrecérselo a Clara. Tres perlas no eran suficientes para completar un collar, pero tenía también los chícharos, que la muchacha apreciaba tanto; y además el hilo y la aguja que la vieja le regalara para reparar su deshilachada chamarra. Mientras ensartaba perlas y chícharos -más chícharos que perlas- a la luz de la luna llena, repasó los sucesos de los últimos quince días.

 

 

Al día siguiente se cumplirían dos semanas del momento cuando la conoció y se enamoró de ella a primera vista. Entonces, un presentimiento lo hizo levantar la mirada del montón de tomates que acomodaba en una pirámide para encontrarse con la silueta de Clara, a veinte metros de distancia, perfilada contra la luz del exterior, en el preciso instante en que la muchacha entraba al mercado. Mientras se aproximaba, Eusebio sintió su andar cadencioso recorriéndole la espina dorsal, como si estuviera tendido en el suelo boca abajo y ella, a quien imaginó diminuta, caminara por su espalda con pasos eléctricos. Al tenerla enfrente, se pensó pequeño él y se creyó resbalando por el pronunciado tobogán de las caderas femeninas y cruzando por entre esos opresivos pechos morenos; más diminuto cada vez, sintió que se impulsaba en la elástica humedad de la punta de la lengua de ella y terminaba cayendo para siempre en la profundidad infinita de sus ojos negros.

Aquel día fue un martes, como lo sería otra vez al día siguiente. La muchacha llegó acompañando a doña Matilde, que los martes y los sábados iba temprano a surtirse de verduras y frutas al puesto de don Julián.

En esa ocasión se produjeron dos incidentes, nimios en apariencia, pero que pronto tendrían consecuencias trascendentales: Primero, Eusebio advirtió que doña Matilde adquirió algo que no era habitual en sus compras: medio kilo de chícharos. Y segundo, la señora captó las miradas de simpatía que desde el primer momento entrecruzaron su sobrina y el dependiente. Esas miradas provocaron que el sábado siguiente la tía fingiera un ataque de reuma y le pidiera a la muchacha que fuera ella sola al mercado. Debido a la compra inusual de doña Matilde, cuando Clara llegó al puesto de verduras, Eusebio la recibió con medio kilo de chícharos que él mismo había desenvainado para ella. Sin que don Julián se enterara, por supuesto.

—Muchísimas gracias -la muchacha recompensó el ofrecimiento con una sonrisa luminosa-. No tienes idea de lo que me gusta la sopa de chícharos.

—Sí la tengo... y por eso es el regalo.

Clara lo miró extrañada y el muchacho se explicó:

—Hasta el martes pasado tu tía nunca había comprado chícharos. Así que la razón de esa compra no podía ser otra que tu preferencia por ellos.

 

 

—A ese jovencito lo traes de un ala -le dijo doña Mercedes a Clara cuando ésta regresó del mercado con los chícharos desenvainados-. Y parece que a ti no te es indiferente. Eso es lo que necesitas: un hombre trabajador que se haga cargo del cultivo de la huerta que tienes tan abandonada desde que murió mi pobre hermano, que Dios tenga en su santa gloria. Eso; y no un hombre pretencioso y empeñado en cultivar tus buenas maneras.

—Eduardo no es pretencioso... al menos no mucho. Es una buena persona, y ya estoy comprometida con él. Lo demás son fantasías románticas tuyas.

—¡Mira quién habla...! ¿Acaso no eres tú la campesina que fantasea con ser duquesa?

—De esa familia no podrás recibir sino desprecios -le había dicho doña Matilde a su sobrina días atrás, cuando se enteró de su compromiso, y lo cierto es que la mujer no estaba muy lejos de la verdad. Doña Belén, la duquesa, también había hecho lo posible por desanimar a su nieto con respecto al noviazgo que se empeñaba en sostener contra la voluntad de la anciana.

—Una huérfana que sobrevive vendiendo los pasteles de manzana que ella misma hornea no puede haber recibido la misma educación ni tener el mismo refinamiento que tú. Más tarde o más temprano, eso terminará pesándoles. Además y sin ir tan lejos, ¿quién mejor que tu prima Carlota si quieres sentar cabeza? Viuda, es cierto, y con una hija, pero más joven que tú y bastante hermosa.

Sin embargo, ante la insistencia del que era su único descendiente, la duquesa cedió:

—Está bien, puedes regalarle el collar de perlas que fue mío y luego de tu madre.

Y unas semanas más adelante:

—Está bien, puedes traerla para que yo la conozca.

El pobre Eduardo no sólo tuvo que luchar contra el escepticismo de su abuela, sino también, y antes que nada, contra la suspicacia de la propia pretendida. A Clara no acababan de gustarle aquéllas que consideraba ínfulas de sangre azul y actitudes de niño consentido, acostumbrado a salirse siempre con la suya. Pero Eduardo, en efecto, no era una mala persona y sin lugar a dudas era bien parecido, además había demostrado la tenacidad suficiente para terminar venciendo las reservas de la muchacha. Clara había aceptado. Primero, el collar de perlas como símbolo del compromiso. Y después, el ir a la fortaleza ducal a conocer a doña Belén. Precisamente por eso se encontraba en Cascajal. Había ido a pedirle a su tía, que era costurera, que le confeccionara un vestido adecuado para la ocasión.

 

 

El segundo martes, Clara se negó a ir al mercado si no era acompañando a su tía y, al llegar a comprar verduras al local de don Julián, la muchacha fingió interesarse en las mercancías que exhibían los puestos cercanos para no aproximarse a donde estaba Eusebio. Sin embargo, cuando ambas mujeres ya se retiraban, el muchacho aprovechó una distracción de su patrón y las alcanzó a la carrera. Tocó a Clara en el hombro y, al volver ella la cabeza, le entregó una margarita.

—Por lo que a mí respecta, no tienes que deshojarla -dijo. Luego inclinó la cabeza a manera de despedida y regresó corriendo a su lugar.

Clara volteó a ver a su tía y ésta puso cara de “te lo digo”.

—Te repito que estoy comprometida -recalcó la muchacha-. No ando buscando novio; ya lo tengo. ¡Ándale, vámonos! -agregó molesta, pero no tiró la flor.

Ese mismo martes, recién pasado el mediodía, Clara salió de regreso a Capitonia con el vestido que su tía le confeccionara.

 

 

El segundo sábado, doña Matilde llegó sola a hacer sus compras y Eusebio le preguntó por su sobrina.

—Regresó a su casa en Capitonia -dijo la mujer.

Después añadió:

—Mira, jovencito, mi sobrina está comprometida, nada menos que con el nieto de la duquesa de Capitonia, y espera casarse pronto... Ya sé que no es asunto mío, pero igual te lo voy a decir: estoy casi segura de que tú le gustas más que su novio y, en mi opinión, eres quien más le conviene. Lo que mi sobrina necesita es un hombre trabajador que la ayude a sacar a flote las tierras que le dejó su padre. Así que si ella te interesa de veras, debes ponerte listo y actuar con rapidez. Yo en tu lugar, iría a buscarla a su casa lo más pronto posible y le hablaría derecho.

Fue entonces cuando doña Matilde le dio las indicaciones para llegar a Capitonia y cuando, acto seguido, el muchacho renunció intempestivamente a su trabajo para iniciar su viaje de tres días.

 

 

Tan pronto salió el sol, Eusebio se aproximó a la cabaña. Clara estaba ya en la huerta, recogiendo manzanas en una canasta, y se sorprendió al verlo. Después de devolverle los buenos días, le preguntó:

—¿Qué andas haciendo por acá?

—Te eché de menos el sábado, y tu tía me informó que regresaste a Capitonia. Habló también de que necesitabas un hombre... que te ayudara con el trabajo de la huerta.

—Sí, es cierto. Necesito un trabajador. Ahora más que nunca. Sin embargo no tendría con qué pagarte mientras no se vendieran las primeras hortalizas, y eso sería dentro de varios meses.

—Puedo trabajar, mientras tanto, por alojamiento y comida -propuso Eusebio.

—¿Qué te parece dormir en el cobertizo? Y me acompañarías a la hora de comer.

—Trato hecho.

—Termina entonces de llenar la canasta con manzanas, mientras preparo el almuerzo.

Clara se encaminaba hacia la cabaña, cuando el muchacho añadió, tendiéndole el collar:

—Te traje un regalo; lo hice yo mismo.

—¿Un collar de chícharos? ¡Vaya! Tengo suerte para los collares... aunque no sé si buena o mala.

—Me quedó un tanto pandeado.

—Entre chícharo y chícharo debiste hacerle un nudo al hilo; de esa manera los chícharos no se hubieran amontonado y formarían una curva uniforme.

—Pareces tener mucha experiencia con los collares.

—Hace poco tuve un collar igual, pero al revés: tenía más perlas que chícharos.

—Son pocas perlas, pero me dijeron que son auténticas.

—¿De dónde las sacaste? -preguntó la muchacha inspeccionándolas.

—Digamos que me las encontré por el camino. Una perla cada día de viaje.

—Deberás explicármelo después. Por ahora hazme el favor de terminar de recoger manzanas y, ya que tengas la canasta llena, saca agua del pozo para que te laves las manos y la cara. Yo te aviso cuando el almuerzo esté servido.

Pasado un rato, Clara lo llamó desde la puerta de la cocina y Eusebio entró con la canasta rebosante de manzanas relucientes.

—Aproveché el agua para lavar también las manzanas.

—Muy bien, gracias. Déjalas sobre aquél trastero y siéntate a la mesa.

Sobre la mesa estaban dos platos con guisado, dos tazas con café y, en el centro, una pila de tortillas envueltas en una servilleta. Al sentarse, el muchacho advirtió que el guisado era de carne con chícharos -más chícharos que carne-. Con un trozo de tortilla acucharado hizo rodar una de las esferitas verdes, inspeccionándola con disimulo, pero la joven advirtió su movimiento y su intención:

—Sí, el chícharo está perforado -dijo con brusquedad-. Preparé el guisado con tu collar. ¿Tienes alguna reclamación que hacerme?

—Nnno. Lo que tengo es tanta hambre que me comería hasta las perlas. Además, el collar estaba pandeado y era tuyo, podías hacer con él lo que quisieras. También puedes disponer de las perlas a tu antojo sin tener que consultarme. Si te parece, puedes tirárselas a los puercos hoy mismo.

—Qué bueno que lo mencionas porque eso es precisamente lo que tengo planeado hacer por la tarde.

 

 

—Dígale al señor que le vengo a devolver sus perlas -le ordenó Clara al mayordomo de la fortaleza que intentaba desembarazarse de ella argumentando que Eduardo estaba atareado- y que no voy a retirarme hasta que no salga él mismo a recibirlas en propia mano.

—Veo que has cambiado de opinión -al parecer Eduardo estaba escuchando detrás de la puerta-. Y veo que no regalaste las perlas como dijiste. Bien; ahora que te has puesto razonable y que tenemos el collar completo, ya no hay motivo para que no te presente con mi abuela.

—¿Estás insinuando que quise robarte? Además... ¿cómo hubiera podido robarte las perlas que tú mismo me regalaste? -la muchacha apenas podía contener la rabia-. Te dije que se las di a personas que las necesitaban más que yo y eso fue lo que ocurrió. Ahora... alguien... mi futuro marido... me las ha regalado a mí... y me las ha regalado de veras. Puedo hacer con ellas lo que quiera y vuelvo a hacer lo mismo: dárselas a quien parece necesitarlas más que yo -sin levantar el brazo, Clara abrió la mano y las perlas rodaron por el suelo-. Dile a tu abuela que, por lo que a mí respecta, se las puede acomodar donde mejor le luzcan. Ah... y que tengo mucho gusto de no haber llegado a conocerla.

 

 

Eusebio pasó la tarde limpiando un terreno que en otro tiempo estuvo destinado al cultivo de hortalizas, pero que ya llevaba al menos tres años abandonado. Estaba ocupado en eso cuando vio regresar a Clara; su ida a la ciudad no le había tomado mucho tiempo.

Terminado el trabajo, sacó agua del pozo para bañarse; la muchacha le había indicado que podía utilizar con ese fin una vieja tina que estaba en el cobertizo; también le había dado un juego completo de ropa limpia. “Conservo mucha ropa de papá que podrá servirte.” Las prendas le vinieron algo holgadas, pero él estaba acostumbrado a eso.

Al anochecer, ella lo llamó para la cena. La mesa estaba servida y había un pequeño florero en el centro con una sola margarita. La flor estaba seca y sin pétalos.

—Me alegra que la margarita sí la hayas conservado -dijo el muchacho después de sentarse y tomar una tortilla-, pero te dije que no tenías necesidad de deshojarla.

—Quise asegurarme.

Antes de regalársela, Eusebio también se había asegurado de que la flor tuviera un número non de pétalos.

—¿Qué hay de tu novio noble? ¿Fuiste a verlo por la tarde?

—Fui a verlo, sí, pero ya no es mi novio. Ahora que todo pasó, hubiera querido ser yo quien rompiera el compromiso. Sin embargo las cosas no fueron así.

—¿Y cómo fueron?

—Hace dos meses, cuando acepté el noviazgo, Eduardo me regaló un collar de perlas que antes fuera de su madre. Pocos días después empezaron a llegar a mi puerta aquellas mujeres de miradas misteriosas y sonrisas dulces; una mujer distinta cada semana, tres en total. Primero una niña, luego una joven y, por último, una señora. De no ser por la diferencia de edades, hubiera jurado que se trataba de la misma persona.

»Las tres me pidieron ayuda; las tres dijeron atravesar por un momento difícil. La niña habló de que su bisabuela estaba enferma y necesitaba dinero para consultar un doctor. La muchacha dijo tener una abuela que requería medicamentos que ellas no podían costear. La señora me contó que su madre acababa de fallecer y no tenía para enterrarla. Creo que las tres hablaban de la misma anciana. El hecho es que a cada una le di una perla sin meterme en averiguaciones. Hasta llegué a pensar si en la cuarta semana no vendría a visitarme el fantasma de la abuela muerta, exigiendo también su perla para pagar su entrada al cielo.

»El que vino fue Eduardo, que venía a verme todos los días, pero que esta vez llegó con la noticia de que la duquesa deseaba conocerme. Por eso me pidió que me mandara confeccionar un vestido para la ocasión; además quería que usara el collar.

»Yo no le había dicho que al collar le faltaban ahora tres perlas. No porque se lo quisiera ocultar; simplemente no le di importancia al asunto ni me pasó por la mente que él fuera a dársela. Hasta me pareció que sustituir las perlas faltantes con chícharos era una idea ingeniosa y simpática. El trabajo que me costó deshacer y luego rehacer los nudos entre las perlas; porque yo quería que los chícharos quedaran exactamente en el centro, del lado opuesto al broche, para que el conjunto fuera simétrico. Así que tuve que desensartar la mitad de las perlas y volver a ensartarlas después de acomodar los chícharos.

»Eduardo nunca me llevó a conocer a la duquesa. Cuando vio los chícharos en el collar se puso furioso. Hasta temí que llegara a golpearme. “Mi abuela tenía razón, eres una palurda sin el menor refinamiento” fue lo menos que me dijo. Que el collar perteneció a su madre y antes a su abuela y no sé a cuántas antecesoras suyas más. Que qué falta de respeto. Que yo lo había echado todo a perder. Que debí sentirme honrada de ser depositaria de tan preciada joya. Que debí estar orgullosa de tener el privilegio de poder guardarla, para más adelante entregársela a la elegida de nuestro primogénito.

»Antes de irse me exigió que le devolviera el collar y me dijo que tendría que pagarle las perlas faltantes, así tuviera que pasarme el resto de la vida horneando pasteles para vender.

»Y eso es todo. Luego llegaste tú y me regalaste, junto con tu collar pandeado, la posibilidad de saldar, mucho antes de lo previsto, la cuenta que tenía pendiente con Eduardo. Así que, desde esta tarde, no tengo nada que ver con él... y estoy en deuda contigo.

»Ahora platícame tú dónde y cómo encontraste las perlas. El asunto parece milagroso.

Eusebio le platicó su historia en la sobremesa y desde entonces vive con Clara en la cabaña. Ni siquiera la primera noche durmió en el cobertizo.

 

 

Durante algún tiempo, Clara y Eusebio supusieron que las cuatro mujeres misteriosas -las tres que se llevaron las perlas, y la anciana que les sirvió de pretexto y que luego le permitió al muchacho recuperarlas- habían sido diversas advocaciones de la Virgen, a quien imaginaron empeñada en reunirlos.

Sin embargo, todas las verdades ocultas terminan saliendo a flote y más adelante la pareja conoció a Carlota, la esposa de Eduardo, y entonces supo la verdad.

La anciana con la que Eusebio se encontrara al salir de Cascajal se llamaba doña Alma y era una hechicera. Era, además, la hermana menor de la duquesa de Capitonia. Las otras tres damas eran Beatriz, hija de doña Alma, Carlota, hija de Beatriz, y Delfina, hija de Carlota; quienes algo heredaron de los poderes sobrenaturales de la matriarca, si bien nunca lograron igualarla.

Carlota se casó muy joven y, al nacer Delfina, ya era viuda. Tanto Beatriz, su madre, como doña Belén consideraban que sería la esposa perfecta para Eduardo y, cuando a éste le dio por cortejar a Clara, Beatriz convenció a su hija y a su nieta para que la ayudaran a hacer fracasar aquel proyecto. Fue entonces cuando engañaron a la muchacha con el propósito de que descompletara el collar.

Doña Alma nunca fue informada de la maquinación ideada y puesta en práctica por sus descendientes, pero siempre estuvo enterada de todo; de lo que hacían y planeaban, y de muchísimas cosas más. Incluso se molestó con su hija al saber que ésta había cometido matricidio, así fuera en el cuento que elucubró con la intención de obtener la tercera perla. Le parecieron indignos, tanto el procedimiento que Beatriz fraguó para quitarle el novio a la campesina, como el hecho de que Carlota y Delfina la apoyaran con tanta docilidad.

Sin embargo, las dejó hacer debido a que sabía que por ese camino habría de cumplirse el mejor destino posible para su propia familia... y también para Clara.

 

 

Veintidós años después, cuando Clarisa le enseñó a su madre el collar de perlas que su novio, el bisnieto de la duquesa de Capitonia, acababa de regalarle para sellar su compromiso, “Edgardo me dijo que el collar fue de su madre”, Clara le contestó:

—No te dejes impresionar. Dile a Edgardo que, aunque fuera por poco tiempo, ese collar también perteneció a tu madre alguna vez.

Enseguida le aconsejó que si le interesaba conocer el verdadero carácter de su novio, sustituyera tres de las perlas del susodicho collar por otros tantos chícharos.

—Quizás te lleves una sorpresa. O puede que me la lleve yo; quién sabe. Los tiempos cambian.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo Martínez Cantú.

Monterrey, 1949. Licenciado en filosofía y

maestro en artes por la UANL. Tiene dos libros publicados (Verdaderas

palabras, UANL, 1999; y Libro de la luna libre, CONARTE, 2001) y otro de próxima aparición (Todo el mundo en un solo lugar, Libresa, Quito, Ecuador).

Ha publicado cuentos en El correo chuan, San Quintín 106, La nuez, Armas y letras, La tempestad, Sol de tierra, Crítica, El cuento, Asimov,

Nitecuento y Malahat.