Diálogo a una voz:
autoentrevista
Federico
Patán

La propuesta fue la de que me entrevistara. La presuposición: ¿Quién sino yo habría de conocer mejor por dónde encauzar preguntas aclaradoras de mi contexto literario interno? Presuposición acaso demasiado optimista pero no carente de interés. No carente de interés en cuanto al mecanismo, al procedimiento e incluso a las conclusiones. Sin embargo, ¿no hay un despunte, y acaso algo más, de pedantería en el experimento? Por tanto, dudaba en aceptar. El experimento, en sí, me parecía atractivo y hoy lo veo como un reto. Queriendo convencerme de su bondad, medito lo siguiente: la propuesta vino de fuera y, por tanto, eso palia, si bien no alivia, el problema de parecer pretencioso. Por otro lado, quien vea impresa la autoentrevista no tiene obligación ninguna de atenderla. La lectura es un acto de complicidad con el autor del texto, siendo el lector quien acepta o no dicha complicidad. Por tanto, decido arriesgarme. Cuando decido arriesgarme ya mi cerebro se ha puesto a la fabricación de preguntas. Doy el segundo paso: ¿con cuál de esas preguntas iniciar el acoso? Examino varias posibilidades y concluyo: yendo al origen mediante el siguiente abordaje:
¿Cuándo y cómo supiste que existía la literatura?
No lo recuerdo. De pronto la literatura estaba allí, si bien como parte menor de los acontecimientos que constituían cada una de mis jornadas. Supongo que escuché de mi madre cuentos a la hora de dormir, mas no puedo asegurarlo. Sí puedo afirmar que algunos libros de texto incluían narraciones interesantes y me queda la memoria de una llamada “La hija del torrero”, en la cual el personaje protagonista sustituía a su padre en un momento de apuro, salvando a un barco del naufragio. Quise entonces que mi padre hubiera tenido una profesión que me permitiera heroicidades, pero la vida no suele conceder tales caprichos. Mi padre se atuvo a lo suyo y a la fecha sigo ayuno de actos heroicos. O han sido tan menores que me pasaron desapercibidos. Esto que cuento sucedió en Perote, donde pasé varios años de mi infancia. Allí, en Perote, tuve un amigo llamado Alberto. Un día me prestó un libro: Corazón, de Edmundo d'Amicis. Volví a lo mismo: me sacudieron de envidia los actos del tamborcillo valiente o del niño que fue de los Apeninos a los Andes en busca de su madre. Tanto gocé del libro que caí en una acción deshonesta: cuando mi familia decidió venirse a la capital, solapadamente me llevé conmigo el libro prestado. Vivió en mis estamtes por años infinitos e hice de él otras lecturas, hasta que una de ellas me advirtió que en la próxima D'Amicis dejaría de gustarme y ya no volví a él.
Entonces ¿desde el principio fuiste un lector de literatura digamos seria?
Qué va. Mezclaba yo de todo. Hubo abundantes cuentos infantiles, que leí muchas veces. Uno de mis preferidos tenía como protagonista al ratón Timoteo, que dormía en una caja de cerillos vacía. Otro que me divirtió enormidades hablaba de un soldado al que le olían escandalosamente los pies, debido a las botas, y finalmente lo sumergían en un pozo de agua, en un intento de neutralizar la peste que de su persona emanaba. Si no recuerdo mal, a esta época pertenecen mis primeras lecturas de tiras cómicas, que así se las llamaba entonces. Ya en la capital, pasé a las novelas de aventura, siendo una de mis preferidas La isla misteriosa, de Julio Verne. Me acompañó a mi exilio en Veracruz, hacia el año 1948 o 49, e hice de ella varias lecturas. Vuelto al Distrito Federal en 1950, conocí a José Huerta, otro lector apasionado. Él ponía a Emilio Salgari por encima de Verne y tuvimos frecuentes discusiones al respecto. Descubrí entonces a Karl May, a James Oliver Curwood, a Zane Grey y a varios más. Impulsado por ellos me propuse escribir una novela de aventuras que superara a todas las leídas hasta ese momento.
¿Fueron estos tus empiezos como escritor?
En realidad no. En sexto año de primaria el maestro nos puso como ejercicio escribir un poema. Como estábamos en marzo, patrióticamente compuse una serie de versos a Benito Juárez. Nótese lo que he dicho: una serie de versos. El maestro fue misericordioso y nunca comentó mi esfuerzo en voz alta. Se limitó a devolvérmelo calificado. Yo hubiera reprobado aquel empalago lingüístico, pero recibí una nota bastante alta. Luego, por allá de mis quince años, cumplí la obligación de enamorarme y elegí chica de la cual hacerlo. Pensé indispensable escribirle (sin enseñarle) poemas amorosos que, nunca lo celebraré lo suficiente, el tiempo borró sin contemplaciones. Era por entonces mozo de farmacia. El encargado de las recetas descubrió en cierta ocasión uno de mis poemas y lo puso en oídos de los otros empleados. Pero no en su versión original, sino que lo transformó en un texto porno, que hizo reír mucho a los oyentes, si bien alguna de las muchachas se ofendió. Abochornado, me refugié en la bodega de la farmacia y tardé en salir. Quizá lo peor de la experiencia es que la variante escuchada era mucho mejor que el original.
¿Te dedicaste a la poesía o también practicabas la prosa?
La poesía y la prosa, acompañándolas de algunos intentos de tira cómica. Recuerdo que una de mis novelas de aventura iba a llamarse El ciervo de oro, por razones que he olvidado. Sé que el protagonista era una copia descarada de Natty Bumppo. Escribí mucho, incluyendo una horrorosa tragedia ocurrida en una improbable Edad Media. Y todo lo escrito tuvo un mérito cierto: mediante la práctica irme dando oficio. Quiero suponer que cada nuevo texto era una fracción infinitesimal mejor que el anterior. En los talleres literarios que he impartido subrayo mucho esto: el escritor se hace escribiendo, bien que destruya mucho de lo que haya producido, para quedarse con lo que en su opinión es mejor.
Por tanto, has destruido mucho.
Mucho. Guardo memoria de unas cinco novelas que se fueron a la basura, cuatro sin más lectura que la mía y una quinta por consejo de Emmanuel Carballo. Ahora mismo, en el disco duro de mi computadora, hay dos intentos de novela que nunca consiguieron pasar de las cincuenta páginas. Estoy dándoles un periodo de gracia. Volveré a los dos en algún momento, para ver si han cambiado de opinión y se muestran dispuestos a crecer. De no ocurrir así, las borro, quedándome siempre cierta inquietud de que pueda haberme equivocado. Por ejemplo, de aquella novela que eliminé por consejo de Emmanuel he conservado en la memoria la simple trama, y ocasionalmente me sorprendo pensando en ella, un tanto desasosegado porque aún le veo posibilidades. Acaso regrese a ella en algún momento.
¿Cómo decides si un texto es de presentar ante el público?
Siempre recordaré estas palabras de Iris Murdoch: “La función del escritor es escribir el mejor libro que le sea dado escribir.” Entonces, en cada etapa de mi desarrollo el libro que he publicado fue el que, en mi opinión, representaba lo mejor que podía yo dar en ese momento. Lo cual no significa que el libro haya sido o sea de calidad destacable. Significa que, con toda honestidad, representó en ese momento mi posibilidad mayor. Y agrego otra consideración a tu pregunta: el propio texto informa cuándo está a punto. No le haces caso, lo pules en exceso y se te queda en momia, acaso de rasgos muy bellos pero momia al fin. Los textos tienen distintos niveles de madurez, y a cada uno es necesario encontrarle el suyo. Aquí, una anécdota que se refiere a esto. Cuando preparaba la antología El paseo, decidí incluir un cuento publicado en El gallo ilustrado en los sesenta. Entregué el original. Tanto el editor, Gustavo Jiménez, como la prologuista, Rosa Beltrán, me aconsejaron eliminar ese texto. Es muy inmaduro al lado de los otros, fue su explicación. Como son dos personas cuyo criterio respeto, hice caso.
¿Escribes pensando en el lector?
No, y tampoco en el editor. Escribo pensando en el texto. Que el texto mismo lleve incluido una cierta definición del lector que busca, es muy otra cuestión. Pienso que en el momento de la escritura sólo debe pensarse en la mejor consecución del texto existente en la cabeza. Uno escribe en obediencia al texto. Sólo cuando éste se cumple en sus intenciones viene la etapa de lanzarlo al mundo. Allí buscará sus lectores. No hay libro que a todos satisfaga, si bien los hay que satisfacen a muchas e incluso a muchísimas personas. En ocasiones me pregunto cuál es mi tipo de lector y no he sabido responderme. Honestamente, no he sabido responderme. Eso sí, me gusta ponerle dificultades al lector. Aunque hay personas que me han mirado con escepticismo al oír esto, poner dificultades es una manera de expresar respeto a quien lee. Claro, no busco la dificultad por la dificultad misma, sino que, en mi opinión, un buen texto es siempre denso por naturaleza. Aquí se da una circunstancia para mí harto curiosa si bien comprensible: los modos en los cuales se aprecia mi escritura. Federico Álvarez considera que en el ensayo está mi mejor expresión; Marco Antonio Campos piensa que es en la poesía donde me muestro más frágil; José Huerta opina que donde más destaco es en la narrativa.
¿Y por qué estos tres géneros?
La poesía es mi voz íntima, la expresión de mis desasosiegos personales expuestos de modo personal. En años pasados fue la de menor fertilidad en mi trabajo, vencida por la prosa. Pero he vuelto a ella con mucho afán. La narrativa es la voz pública, la exposición de problemas psicológicos o sociales que percibo en mi medio circundante.
Te interrumpo. Entonces ¿tu narrativa no es autobiográfica?
Lo es de distinta manera que la poesía. Ésta resulta directamente autobiográfica, si bien no de los acontecimientos externos sino de los internos. En narrativa, Último exilio tiene rasgos definitivamente autobiográficos. El resto -sean cuentos o novelas− los tienen en cuanto que señalan mis preocupaciones por lo que veo en el mundo. Respecto al ensayo, ha sido por lo general producto de solicitudes externas. Claro, los escribí siempre desde la posición digamos ideológica que mantengo como individuo.
¿Cuál de estos géneros prefieres?
Se aproxima a la verdad decir que la narrativa, donde se me plantean problemas de creación sumamente interesantes. Pero cuando me viene a la cabeza un poema o un asomo de poema, el proceso de darle escritura me ensimisma tanto como el de la narrativa. Quizá me encuentre menos comprometido con el ensayo, pero esto desde un punto de vista de la composición misma, no de la temática. Sin embargo, en todo lo expresado sobre mi relación con los géneros no hay una verdad absoluta. Por otro lado, gozo mucho el proceso de escribir. Me fascina como las palabras intentan expresar lo que el cerebro manda. Y digo intentan porque no siempre el producto final iguala esa imagen platónica asilada en la mente. Entonces, ningún esfuerzo me cuesta sentarme a la computadora casi todos los días para dedicarme a este o aquel trabajo.
¿La llevas bien con la computadora?
La llevo estupendo. Pasé de la máquina de escribir eléctrica a la computadora sin ningún pánico escénico y sin mayores dificultades técnicas. Una vez que se le halla el modo a la computadora, tiene virtudes que superan en mucho a las de la pluma sobre el papel o a la máquina de escribir. Una de esas virtudes, el ahorro de tiempo que permite. Ahora bien, es de confesar que nunca escribo poesía con ayuda de medios mecánicos. Siempre ha sido cuestión de papel, pluma y mucho ensimismamiento. Si me preguntas por qué se da así, contesto que lo ignoro. Pero cuando me viene la idea de un poema, tomo un cuaderno especial que tengo para esto, me hago de la pluma, me acomodo en el sillón de mi estudio y me dedico a transformar en palabras lo que me inquieta por allá dentro. Será que, en mi caso y como ya dije, la poesía es una expresión personal y la computadora despersonaliza. Mas conviene otra aclaración. Una vez satisfecho con un poema, lo pongo en el disco duro. Cuando tengo suficiente material como para formar un libro congruente, lo reviso cuidadosamente y esto lo hago en la computadora.
¿Has tenido bloqueo de escritor?
No. Ya lo dije en varias ocasiones: argumentos para cuentos o novelas brotan como hongos tras la lluvia, están por todas partes y sólo es cuestión de mantenerse alerta para descubrirlos. Lo que la gente cuenta, lo que se lee, lo que a uno le sucede da siempre un material abundante. Suelo apuntar ideas para cuentos y novelas y tengo en casa tres cuadernos llenos de anotaciones, de manera que si caducara mi capacidad de encontrar argumentos, en esos cuadernos tendría material suficiente para el resto de mi vida.
¿Todos son transformables en literatura?
Todos, pero no todos por mí. Hay distintos grados de amistad entre el escritor y el material que encuentra. Podría hacerse un examen de cuáles anotaciones he tomado para transformarlas en novelas o cuentos y cuáles llevan años y años oxidándose en el olvido de la libreta. Ahora que lo pienso, sería un ejercicio interesante. Qué te diré, incluso podría extraerse un cuento de esa idea. Mira, ya lo tengo: un escritor hace la taxonomía correspondiente, descubre que jamás ha aprovechado nada relacionado con... la gastronomía y empieza a obsesionarse con su falta de interés por ese tema. El resto de la historia habría que inventarla. Claro, pon la idea en manos de cien escritores y te devolverán cien cuentos totalmente distntos. Es la belleza de la literatura.
¿Y de qué servirían cien cuentos sobre lo mismo?
Se demostraría la variedad de enfoques que la vida permite. La literatura se la pasa repitiendo temas porque el hombre vive repitiendo temas. Pero cada individuo lo hace a su manera y por lo tanto cada escritor a la suya. Sumemos todas esas percepciones y tenemos un retrato del ser humano. Es lo que, entre otras cosas, hace la literatura: la suma de todo lo escrito es la suma del ser humano. Por otro lado, está el deleite de lo formal. Cuando tropiezas con la obra de un escritor cuidadoso y profundo, parte del disfrute está en descubrir el montaje de elementos narrativos mediante el que consiguió expresarse. Por el contrario, es una aburrición leer productos literarios carentes de esos méritos. Ahora bien, hay una edad para cada tipo de literatura. Lo lamentable es estacionarse en las expresiones sencillas y no conseguir alcanzar el goce de las complejas. Y en mi opinión, la tarea de un buen escritor es dominar lo complejo. No importa que se lo domine con la aparente o engañosa sencillez de Antonio Machado o de Franz Kafka.
Finalmente ¿estás contento con lo que has escrito?
Sí y no. Sí porque fue hecho con honestidad y representa etapas de mi desarrollo. No porque encuentro defectos en la confección de mis textos, que hoy escribiría de manera ligera o profundamente distinta. Me abstengo de corregirlos porque ya no me pertenecen. Ya no tengo derechos sobre ellos. O tal vez, como se ha dicho por ahí de los escritores, estoy componiendo el mismo texto constantemente, buscando llevarlo a su mejor expresión.
Enero de 2004
Poeta, ensayista, traductor y crítico literario nacido en Gijón, Asturias, España, el 16 de septiembre de 1937; naturalizado mexicano, reside en México desde 1939.
Estudió la licenciatura y maestría en lengua y literatura inglesas.
Ha sido profesor en el Departamento de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) (desde 1969); coordinador de Letras Modernas (1976-1982); miembro de la Comisión Dictaminadora en Filosofía y Letras (1976-1981 y 1983-1985); de la Comisión Dictaminadora de Idiomas del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) (1977-1982).
Ha colaborado con Ciencia, Arte, Cultura (Instituto Politécnico Nacional), Revista de la Universidad de México, Revista del Colegio de Bachilleres, Los Universitarios, Apuntes, Thesis, Vida Universitario (Nuevo León), Anuario de Historia, Anglia, Revista de Bellas Artes, El Faro, Casa del Tiempo, Diálogos, Plural, El Cuento, Revista Mexicana de Cultura, Sábado, El Gallo Ilustrado, El Día y El Impulso (suplemento cultural, Venezuela).
Premios obtenidos:
Premio Xavier Villaurrutia (compartido con Sergio Galindo), 1987, por Último exilio.
Parte de su obra ha sido incluida en varias antologías nacionales y extranjeras.
Obra publicada:
ANTOLOGÍA:
Cuento norteamericano del siglo XX, México, UNAM, Textos de Humanidades, 1987.
BIOGRAFÍA:
Federico Patán de cuerpo entero (autobiografía), UNAM/Corunda, 1991.
CUENTO:
Nena, me llamo Walter, México, Fondo de Cultura Económica (FCE), 1986.
En esta casa, México, FCE, 1987.
ENSAYO:
Calas menores (sobre literatura norteamericana), México, UNAM, 1978.
Literatura e inseguridad, México, UNAM, 1982.
"El mensaje imperfecto: el Eco y Narciso de Calderón", en Calderón, apóstol y hereje (compilación y prólogo de José Amezcua), México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1982.
Diez novelas y un retrato, México, Instituto Politécnio Nacional (IPN), 1984.
Contrapuntos, México, UNAM, Textos de Humanidades, 1989.
Los nuevos territorios, México, UNAM, Poesía y Ensayo, 1992.
NOVELA:
Último exilio, México, Universidad Veracruzana, Ficción, 1986.
Puertas antiguas, México, Editorial Alianza Mexicana, 1989.
POESÍA:
Del oscuro canto Finisterre, 1965.
Los caminos del alba, Finisterre, 1968.
Fuego lleno de semillas, México, UNAM, Cuadernos de Poesía, 1980.
A orillas del silencio, México, UNAM, Creación Literaria, 1982.
Del tiempo y la soledad, México, Oasis, Los Libros del Fakir, 32, 1983.
Imágenes, México, Universidad Veacruzana, 1986.
Dos veces el mismo río, México, Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)/Pangea, Estelas en la Mar, 1987.
El mundo de Abel Caínez, México, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), 1991.
Umbrales, México, UNAM, El ala del tigre, 1992.
TRADUCCIÓN:
Cuatro novelas cortas norteamericanas, tomo I: La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y Billy Budd, de Herman Melville, México, Secretaría de Educación Pública (SEP)/UNAM, Clásicos Americanos, 19, 1982.
Cuatro novelas cortas norteamericanas, tomo II: La insignia roja del valor, de Stephen Crane y El hombre que corrompió a Hadleyburg, de Mark Twain, SEP/UNAM, Clásicos Americanos, 19, 1982.
Noche de epifanía, de William Shakespeare, UNAM, Nuestros Clásicos, 58, 1983.
Seis cuentos norteamericanos de lo fantástico y lo extraordinario, Signos, 1983.
Tres cuentos de Herman Melville, México, UNAM, Material de Lectura, Serie Cuento Contemporáneo, 19, 1983.