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EL HERMOSO NARCISO

 
 

 

 

Narciso era casto, su padre era el río Cefiso, divinidad de las aguas y su madre la ninfa Liriopea; pero esta castidad más bien era producto de su desinterés por las mujeres, por más bellas que fueran, incluyendo a la bella Eco, una ninfa hija de la Tierra y del Aire quien estaba enamorada de él.

Eco fue castigada por Hera, pues la había distraído con relatos y cuentos mientras Zeus salía al encuentro de cualquier aventura y serle infiel. De esta manera, Eco sólo podría hablar cuando alguien le hiciera una pregunta y solamente contestaría  lo que le preguntaran y nada más.

Para Narciso,  los ofrecimientos y gestos de Eco carecían de atractivo, y en uno de tantos encuentros, mientras se miraban fijamente, le preguntó a la ninfa: ¿Qué quieres, Eco?. Ella suspiró de alivio, pues al fin podría hablar y contarle todo, de esta manera le contestó: quiero demostrarte mi amor, Narciso, deseo que nos unamos igual que lo hacen los dioses y los humanos.

Narciso, molesto, la corrió de su lado con brusquedad diciendo “las mujeres son odiosas, pesadas; déjame en paz”. Y sin hacerle caso, le volvió la espalda y se alejó.

Irritada por este insulto, Eco acudió ante el dios Zeus y le pidió que la ayudara a castigar a Narciso por haberla despreciado como pago por los favores que ella le había hecho con la diosa Hera. Zeus le aconsejó que se olvidara de ese muchacho y que mejor se fijara en el sátiro Pan, quien sí la quería. “Pan no me gusta”, contestó Eco, es feo y deforme, de pies hendidos y cola de cabra; tiene cuernos y sólo sabe tocar la siringa pastoril.  

Ante la insistencia de Eco, Zeus condenó a Narciso de la siguiente manera: “este casto joven, se enamorará apasionada e inevitablemente de la primera imagen o persona humana en quien pose sus ojos”. Y así, ocurrió que cierto día, fatigado después de la cacería, Narciso se acercó a una laguna a saciar su sed cuando se encuentra con su imagen reflejada sobre la superficie del agua y entonces quedó fascinado su propio reflejo; cumpliéndose así la condena de Zeus. Inmediatamente se enamoró locamente de sí mismo hasta casi perder la razón.  Alucinado, permanecía largas horas inmóvil admirando su propia belleza; hasta que un día se convenció que esta imagen era otra persona quien le tendía los brazos cariñosamente en señal de amor.  Narciso se arrojó al lago queriendo abrazar esta imagen y se ahogó.

Cuando las náyades acudieron al lago encontraron, justo en el lugar donde Narciso había muerto, una florecilla blanca y amarilla: era Narciso convertido por Zeus en una flor.  




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