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LA MADRE CAIDA
 Yenisey Valles

 

 

 

  La vi entre la benevolencia de la oscuridad y sentí una compasión que pronto me avergonzó. Ahí estaba ella, con los ojos abismos cubiertos de mugre. La recordé. Era notoriamente sedentaria. Se le podía encontrar en la casa en cualquier momento,  y  8 horas al día bufaba recargada sobre un fregadero, en un cuarto de tres por tres.  El resto del tiempo bufaba frente a la tele. Luego frente a una lavadora nueva. A veces frente al volante. Nunca con el cigarro aprehendido por sus labios.
 
        Todos lo supimos en algún nudo de la cuerda que nos ataba en la misma casa: era como una lata aplastada. Semanalmente iba por el mandado y volvía contando la excepcional experiencia de pasear tras un carrito, depositando alimentos que requerían de cuidadosa selección, ¡tarea ni en sueños ponderada, mínimamente reconocida dentro de los quehaceres sociales! Reclamaba la distraída atención infantil y lamentaba que no se reconociera tan difícil labor.
  En ocasiones esa mujer era bella.  A pesar de todo, había incidentes que no podía dejar de notar, detalles que accidentalmente la hacían simpática... encantadora, quizá. Se peinaba de prisa, como si fuera pecado deleitarse ante el espejo, pintaba con rojos su feminidad y salía dejando tras de sí a hijos llenos de pendientes, regaños, bilis y remordimientos (alguna que otra afortunada vez, de pretensiones rebeldes). Invariablemente se marchaba airosa, repartiendo despedidas como si fuera a irse días, y volvía al cabo de pocas horas, ¡nunca pude aceptar esa incongruencia suya! Con vehemencia deseaba que no volviera y siempre, con la prontitud de un péndulo despiadado, descendía llena de historias de semáforos, y con la necedad sorda de las cosquillas, nos las contaba durante la comida. Durante la cena. Durante el almuerzo. Durante las pesadillas.
 

    II.

    Lo supe en algún nudo de la cuerda que abrazaba al hogar: esa mujer era una criatura infeliz. Asomarse a sus ojos, vértigo. Asomarse a sus labios, cuchillos. Asomarse a sus tacones, sogas. Asomarse a sus manos, cucarachas, laberintos, vacío, esmog.

    Lloraba y de sus lágrimas teníamos que beber.
    Teníamos qué muchas cosas:

    Creer
    Ser
    Hacer
    (lo que ella quisiera).

 
        Una noche los grillos cenaban y ella lloraba por la peste de la mayonesa rancia a falta de refrigeración. Chillaba por la suciedad que colgaba de la ropa, por el teléfono elocuente,  por las ratas que en ese momento corrían en la casa vecina y los cadáveres que bailaban en nuestro comedor. Pataleaba por culpa de los cuervos que sacaban las alas en señal de partida.
        Esa madrugada me asomé al cajón de la cocina y encontré cuchillos antipáticos. Fui a buscarla, sin más brújula que el olor a podrido, aromas de sudor añejo que nada comparte-que no fluye-que no conoce la gloria de la caída. La vi entre la benevolencia de la oscuridad y sentí una compasión que pronto me avergonzó. Sobre el buró descansaba el cansancio de su día infernal, lámpara, sombras que disfrazaron la almohada cubierta de rojo. Todo se escurrió y los cuervos desplegaron sus alas, sacaron los ojos abismos.
 
 
 
 
 
Yenisey Valles
 
 1979 Cd. Delicias, Chih. Radicada en Monterrey desde julio 2001.
 Egresada de Ciencias de la Información, Universidad La Salle de la Laguna.
Es su primera publicación.

 




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