regresar

EL ENRABIADO
Felipe Montes

[Fragmento, capítulo 2]

 

 

Jeremías recorre Fomerrey Dieciocho en su coche destartalado y anunciando, bocina en mano y vestido de Pipo, la nueva temporada del Circo Manzo. Se ha pasado las noches anteriores en la Central de Autobuses con tal de no regresar a su casa por vergüenza, y el frío de hoy casca su voz.

 

La familia ha vivido de milagro. Gonzalo recibe una cachetada de Maribel. Algunos vecinos les han dado monedas y así han sobrevivido durante estos días. Ante todo Jeremías es un hombre de orgullo. Siempre ha trabajado y prefierere no regresar a su casa a hacerlo sin llevar dinero. Vete cabrón hijo de tu pinche madre, grita Maribel mientras con una servilleta y brincando trata de sacarse el semen. Gonzalo le da un puñetazo. Ella siente el tronido de su nariz y los golpes de su cuerpo sobre la cama y de su cabeza contra la pared verde despintada. Jeremías pasa por una esquina en donde Los Pelgos descansan e intercambian bolsas con sarolo. Lo insultan, pero Jeremías sonríe. Lárgate cabrón. La joven pareja vuelve a salir de su escondite. Lárgate cabrón. Gonzalo estruja a Maribel. Lárgate cabrón. Algunos de ellos arrojan naranjas a Jeremías quien ríe, ríe mucho cuando le pegan naranjazos en la cara aunque intenta cubrirse con el brazo y con el altavoz. Ya cállate pendejo. Ya lárgate. Gonzalo les da puñetazos, cachetadas y patadas a los tres. Les escupe. Empieza a retirarse, les grita. Jeremías avanza lentamente en su tartana. Sigue con su anuncio para que mucha gente vaya al Circo Manzo mañana. Jeremías no se va y los pandilleros se alebrestan. Se levantan de su esquina, se sacuden los pantalones y recogen piedras. Jeremías no se inmuta. Sobre todo le preocupa el carro, una gran piedra despedaza el vidrio frontal. Uno de ellos abre la puerta y saca del brazo a Jeremías. Lo rodean y lo machacan a pedradas y patadas. Tú te la buscaste pinche Pipo pendejo pervertidor de menores.

Un aleteo nocturno surca el aire sobre las pedradas.

Jeremías ya había juntado algo de dinero. Ellos lo sacan del bolsillo de su chaleco y se lo reparten. Quería llevarle el dinero a su esposa, María Gregoria Perales Alejo, porque ya tenía siete días de trabajar para el circo y le pagaban bien. Hacía su trabajo con gusto, aunque le pesaba un poco el traje. Sobre todo no entendió por qué tenía que llevar los zapatotes puestos, si desde fuera nadie los veía. Pero él trabajó agradecido y con alegría. Quise dejarles algo a mis hijos. Nuestros Padres tocan mi corazón y disponen mi ánimo hacia la paz del Reino. Odio para nadie, rencor para nadie, ni para éstos que me apedrean.

Hice algo en favor de quienes he conocido sin importar el valle del cual vinieron ni la piedra de la cual nacieron.

Puse mi esfuerzo en beneficio de mis semejantes.

Que las generaciones futuras sigan empujando fuerte para hacer de Monterrey más Monterrey.

Gonzalo siente un golpe en la espalda. Grita, lanza un gemido y toma el escritorio para volcarlo ante aquellos tres.

Jeremías Martínez Peña yace en el suelo. Buen rato después llegan socorristas por el cuerpo.

Gonzalo se larga. Corre por todo Progreso con rumbo a la Alameda. El corazón le bombea más lágrimas que le salen por dos manantiales rojos.

Un encargado avisa a la familia Martínez Perales cuando acaba de amanecer.

Gonzalo llega a su hogar, descompuesto. Afuera de la casa de al lado está Pedro Cortez.

¿Se te quemó la casa, Gonzalo?

Gonzalo no contesta. Ni encuentra la llave.

Eres un pendejo. Ya te andas matando tú solo.

Gonzalo no contesta. Golpea la puerta de mezquite.

Su mujer se levanta para abrir.

Él entra y cierra con otro golpe.

¿Qué te pasó Gonzalo? Me tienes aquí asustada.

Nada. No pasó nada. Fui a buscar a papá y no lo hallé. ¿Y Carolina?

Sigue dormida. No se despertó ni con tu escándalo.

No hallaba la llave.

Pues a la otra llegas más temprano.

Ahí estaba tu amigo. Un día le va a ir mal.

¿Cuál amigo?

El vecino.

No es mi amigo.

Está bueno. Duérmete.

¿Y tú?

Aquí me quedo.

Macrina va a su cuarto y cierra la puerta con suavidad. Quizás así podría descansar.

Gonzalo va al cuarto de Carolina para saber si duerme. La ve en su piyama ligera. Acerca el oído para saber si respira y ella lo hace como todas las noches anteriores. Antes de que Gonzalo aleje su cabeza percibe un olor que se le enreda. Dirige su nariz al vientre de la pequeña Carolina. El olor es más fuerte. Con una mano le baja la parte delantera del calzoncito, le toca la entrepierna con el índice, luego acerca su nariz y finalmente le da una lengüetada en la vulva. Carolina se mueve sin despertar y Gonzalo la deja.

Sale del cuarto.

Cuando amanece, Carlos llega corriendo y toca la puerta. Macrina no sale de su cuarto. Gonzalo abre.

¿Qué traes?

Gonzalo: mataron a papá en Fomerrey Dieciocho.

Gonzalo no siente nada. En sus ojos aparece la mirada del fantasma del Puente de Fierro y Acero. Sale y cierra la puerta tras él.

¿A dónde vamos?, le pregunta su hermano.

¿Dónde está?

En el Hospital Civil.

Voy para allá.

Y su hermano se rezaga ante lo largo y lo rápido de los cojeantes pasos de Gonzalo.

En el anfiteatro Gonzalo no identifica el cadáver. Está lleno de tierra. Es Pipo sepultado a pedradas, pero lo reconoce y lo abraza.

Gonzalo sabe que la bestia del puente asesinó a su padre.

Oiga, señor Martínez, ¿qué le pasó en el brazo?

Nada. Me caí.

No avisan a nadie. Esa tarde sepultan a Jeremías.

Muchos marchan abatidos por la crudeza del gobierno y la traición de sus líderes, ahora protegidos de las bases por guerreros y a quienes colocarán en puestos de poder.

Ya de regreso instalan en casa de la familia Martínez Perales una gran rama seca de huizache al pie de la cual colocan el traje de Pipo, la peluca, la nariz y los zapatos todavía manchados de sangre.

Cuando Gonzalo, Macrina y Carolina vuelven a casa, Pedro Cortez los saluda.

Buenas noches, ¿cómo les va? ¿Ya no han prendido lumbre?

Macrina sonríe. Carolina entra. Gonzalo escupe y mira a Pedro Cortez, quien toma un sorbo de su cerveza.

Al día siguiente Gonzalo encuentra tres botellas vacías en la entrada de su casa y las tira en el bote de basura. Duda entre arreglar su indemnización, buscar trabajo y visitar a su madre y a sus hermanos.

Se dirige de nuevo al centro y transita por la Avenida del Roble. Empieza a sentir un persistente dolor de cabeza que se agudiza y lo hunde por momentos en depresión y mal humor. Su vista se nubla, su cabeza le da vueltas. Pasa por donde estaba el puesto que pocos días le duró a su padre, donde ahora hay otro del mismo giro. Se siente débil y se apoya en aquella frágil estructura comercial.

¿Qué le pasa? Nomás no se apoye mucho porque el changarro no aguanta.

Ve a su padre en el anfiteatro, en un cajón lleno de piedras. Ve a Pedro Cortez sorbiendo una cerveza. Ve la vulva de su hijita Carolina, la huele. Escucha el anuncio del Circo Manzo y a la prostituta gritándole con sus dos amigos. Ve perros, huele perros. Siente aquel golpe en la espalda, voltea y ve en lo alto la fría chimenea del Alto Horno Uno de Fundidora, un pedazo de fierro viejo.

Dos puesteros le gritan. La gente pasa y lo hace a un lado. El armazón se tambalea. Alguien le sujeta el brazo y él se suelta. Tumba el puesto y cae sobre todo. Intentan levantarlo. Él se resiste. ¿En dónde quedó Fundidora? Estás harto de esta ciudad. Aquí no puedes tener los zapatos limpios, tampoco andar descalzo por lo caliente del pavimento, ni caminar por la banqueta porque te estorban los puesteros, y si caminas por la calle un camión te puede atropellar o puedes caer en un pozo por las obras del Metro. Aquí hay que aguantarse la saliva en la boca.

Primero borra esos sueños regios que tienes: revivir Fundidora, recuperar tu trabajo, conseguir uno nuevo, sacarte la casa del Tec, desayunar machacado, tener más hijos. Tener orgullo de ser del Reino.

Por último no debes largarte, ni llorar, ni quejarte. Lo mejor, lo que tú necesitas antes de resignarte, es un poquito de violencia.

Y se dirige a su hogar, no llora, no se queja. En la Buenos Aires la gente lo mira. Su ropa desacomodada y su cabello despeinado causan inquietud. Con esfuerzo saluda y los otros también. Y notan que anda diferente. Algunos niños continúan sus juegos. Algunos los interrumpen. Una señora barre la banqueta. Carola se asoma por la ventana. Carolina conversa con otros dos niños. Gonzalo camina lo más sereno que puede. Tiene hambre y no tiene sed.

¿Cómo le va, Gonzalo? El saludo de Evaristo no recibe respuesta. Gonzalo mira el suelo y percibe en el aire olor a cera. Mantiene su costumbre de caminar grandes distancias. Antes era de su casa a Fundidora. Ahora son las colonias aledañas, el centro, los alrededores de Fundidora.

Quiúbole, Gonzalo, pero no contesta.

Algunas luces se encienden. Los ojos de Gonzalo empezaban a acostumbrarse a la oscuridad.

¿Cómo le ha ido, don Gonzalo? Y nada.

¿Cómo está, señor Martínez?

¿Cómo ha seguido?

La mirada se le pierde en detalles: ventanas, escaleras interiores, piedras. Quiere comida.

¿Qué tal, Gonzalo? ¿Cómo sigue de sus heridas?

Gonzalo no contesta.

El jubilado lo ve pasar.

Se aproxima a la casa de Fidel Bravo Arellano. Fidel está afuera sentado en una mecedora. Cuando Gonzalo se acerca Fidel se pone de pie.

¿Por qué te paras?, le dice Gonzalo.

Porque quiero, le contesta Fidel algo nervioso.

Gonzalo la emprende contra Fidel a empujones y gritos. Fidel se defiende pero el ataque es persistente. Fidel cae al suelo y se raspa una rodilla. Gonzalo ve la sangre y se aleja.

Quienes observaron el incidente se miran.

Fidel se levanta y entra en su casa para lavarse la herida. Su esposa le pregunta qué le pasó. Nada; se me hace que Gonzalo Martínez anda mal.

Ya no puede volver a buscar trabajo, ni reclamar su indemnización, ni visitar a nadie ni recibir visitas. A los pocos días las quejas de las familias llueven sobre el encargado, quien escucha continuamente sobre aquel loco que merodea por las orillas del río, cerca del puente, escondido entre los carrizales, desde donde muestra los dientes y gruñe a quienes pasan.

La gritería corre por las calles cuando ataca a otro vecino a mordidas y rasguños.

Longinos García, comprometido con los vecinos por sus funciones de encargado, va al Palacio de Gobierno y reporta que tenemos un gran problema en la Colonia Fierro por un vecino que fue mordido. Acosa a la gente, gruñe, se desgañita, araña, lanza espumarajos por la boca, camina en cuatro patas, ladra, aúlla. Necesitamos ayuda urgente.

Pasan los días y la solicitud del encargado jamás es atendida. Dadas las presiones y su sentido de responsabilidad decide investigar personalmente en casa de Gonzalo. Está harto de problemas y quiere poner un remedio. Acude a la casa de la familia Martínez, pero ésta mantiene cerrada su puerta de mezquite.

Longinos vuelve a su oficina.

Prepara su arma y en compañía de Julián se dirige a la casa de nuevo.

A medio camino escuchan un largo alarido.

Algunos perros se lamentan desde los patios.

La visita rinde sus frutos. Macrina abría la puerta para salir con Carolina y una bolsa con ropa cuando Longinos y su ayudante llegan a la casa. Carolina mantiene silencio y mira hacia abajo la bolsa cuyas asas sujeta con ambas manos. La blanda mirada de Macrina se dirige a los visitantes. Los hace pasar y, cansada, les abre la puerta del cuarto donde está su marido. Una fría flama alumbra esta celda. La luz ámbar da brillo a mi lágrima. Un perro nunca está solo. Un día me siento en un camión. Se deforma la planta. Gritos de botellas. Las piedras construyen mi cabeza a golpes. Vidrios, sangre, rastro, fuego. Agárrenme fuerte. Mis dientes ya crecieron y el gobierno no espera. Fundidora es seria. Ya no va a crecer. La mano antes que el humo. Manijas se mueven, entra conmigo a un lugar lleno de conocidos. Y luego vino la quiebra y me ató. Hay que darle de comer a la noche, recoger lo muerto, cortar la ciudad. Cada vez camina más despacio, baja y los árboles desaparecen. El aire huye hacia el hoyo del Topo Chico. ¿Qué querían que hiciera? ¿Que me pasara la vida rascándome los dedos? No puedo. Mi calor los va a hacer vapor. El vapor. Me envenenaron con polvo metálico y sílice. Mis pulmones son de piedra. Mi sangre se ennegreció. Ven las venas a través de mi piel, me ven rayado. Huí y tomé agua. ¿Y los rayados? ¿Cuáles rayados? Yo soy rayado. He errado ante las miradas de estos valles y ríos, por todo el Reino. Mucha carne y leche. Sangre todavía caliente. Mucha fruta. Veo en la suciedad lo que pude ser. Tener lo único bueno que pudiste darme, lo que los cerros pudren. Comer lo que quedó de tu muerte. Cortar tus ojos que ven polvo, sumergirlos en sal, su niña sufriendo escalofríos en cuevas y arroyos. Vivir alto, pesado. Alumbramiento. Los techos sucios. ¿Moverme? No. Soñar tanto y estar solo con los grillos y las palomillas. Sentir el roce de los pájaros de las espinas. Hay muchos cuartos; en éste no me hallo bien. Tolvanera. Sábanas con cicatrices hartas de perseguir y llorar. Las piedras viven en una cama, una concha las recorrió con sus antenas. Huyen por un pozo iluminado a la luz del día. Los compran y los desuellan; algunos los pisan para que los luzcan cuando cada hebra nazca en ellos y remiende estos ríos que se ocultan por entre sus colecciones de animales, temiendo que los cuerpos nutridos con insectos no puedan electrificar los rayos del Faro. Ellas lo hacen por bien; quieren botones y dedos ansiosos, oler las sombras de las palomillas, tapizadas las cocinas de larvas y mariposas, ocultarse en los muros y timar a las arañas en sus patas, dormitar, los granos palpitando por el movimiento de una fiesta que sólo los gigantes saben comer. Comezones nocturnas. Nunca bucearán por nuestros túneles. El quiste está en sus pestañas. No se podrán lavar las venas. Volverán a suplicar raya por raya que les devuelvan algo de brillos y de botellas, y serán ellos los que nos limpien el polvo y recojan las piedras. Las tortilleras escupen olor de estanterías. Los veo. Los compré. Los ahorco. Sangran. Sus uñas no me cayeron y reventaron en mí. Todo es otra vez familiar a mi vista. Sólo que al encender la luz reaccioné apagándola. Así pasa cuando me acabo de levantar. No me importa. Al salir del cuarto corrí al de mis papás. Dormían tranquilos, su respiración acelerada. Fui a la cuna y Carolina también dormía con las manitas sudadas. Prendí la lámpara y comenzó a llorar. Un cosquilleo en mi piel. La apagué y corrí al pasillo. Tenía hambre. Al bajar la escalera me dio toques el barandal. Caí. Los dedos de los pies se me durmieron y me temblaban las manos. Enfermo, pero si me levanto muy rápido se me pasa. No, mejor me duermo. No podía dormir, me molestaba la luz mercurial. No podía ni abrir los ojos; antes me era indiferente. Me tapé hasta la cabeza. No volvió a pasar esa noche. Creo que dormí. El ardor del gas plasmaba rojo al río. Lo roza con veneno, se come su corazón, vomita lágrimas, escupe tierra. Vivirás rancias. No hay nada qué hacer y esto es enorme. De verde la casa y la cocina con azulejos amarillos. ¿Quieres caracoles? No. ¿Por qué? No me gustan. Si no te los vas a comer. ¿Entonces? Vamos a verlos. ¿Para qué? ¿No te gustan? Me dan asco. ¿Son cuernos o caracoles? Salí. Me sentía muy bien, con energía. Sólo que me calaba mucho el calor, sentía hormigueos y me ponía rojo. Me ardían los brazos y no aguantaba la ropa. Me recorre el cuerpo. Se resbala, cae. Poco a poco se volvió borroso. No era el agua. Volaba acá y allá tratando de apagar la luz, de esconderla. Sal. No, sabes que me caería. Pero sigo yo; ya es tarde. No puedo. Mamá. Falta poco. Ir. Un pie afuera. ¿Qué es esto? No resbalo, no toco nada. Veo. ¿Quién se preocupa por ver ahora? Vuelo hacia esto, la ventanita está cerrada. Ahí va eso, esa mano. Son azulejos y agua. Palpa. Es negro, va poco a poco. Se cae. No. Ni siquiera el dolor. Las haré caer y comeré queso de tuna. Parece que las fuerzas cesaron. Parada. No dormida. En el espacio entre esa puerta de mezquite y los azulejos. Derribo la ciudad y mato a sus habitantes. Negro mármol, tu furia nos ama. La orillé a hincharle los ojos, las manos rectas. La espalda. Se le hunden mis uñas. Las saco. Quise hacer un hoyo en su nariz y no pude. Satisfacción. No es mejor como ella lo cree y no deja de mover las piernas. Las une para que vean su serenidad. Dura. Sus facciones nos pudren cada que voltea hacia el techo. No. Pero en baja voz para no parecer que quiere sobresalir. A ver, dámelo. Tomar la Fundidora, retomar la cripta del cabello, conquistar, a través del humo, el bosque de acero en carne, carne de acero. Otro tren de madres mudas, rieles aplastados por la espalda del aire. La suya no es vida. Será hambre de dientes acerados, miedo blanco de manos con ganzúas, llanto del ganado al fondo del cañón, el escondido en el túnel. Las punzadas son sus gritos que me quieren. Mis piernas seguían hacia el aluminio, ese ruido fangoso las confunde y las encamina hacia las rejas. Oigo el gemido que produce en mis pies comérselas. Me apodero de lo cromado y vueltas y vueltas hacia acá, hacia allá. Me lleva, me lleva, me impulsa hacia atrás, se cierran. Se me caen las pestañas. ¿Tienes hambre? No. Ya está el desayuno. ¿Qué es? Huevos con frijoles. No quiero. Me dan asco. ¿Hay ajos? Sí. ¿Me los das? Lo que Longinos y su ayudante contemplan los llena de compasión y espanto. En sus gargantas se anudan el asco y el arrepentimiento. El golpe de aquel olor los marea. El zumbido de las moscas crece ante ellos sobre los huesos de pollo y las cáscaras dispersas. Desde la penumbra la cabeza les dirige inseguras miradas al tiempo que abre y cierra la boca babeante. El piso está cubierto de heces fecales que Gonzalo revuelve más con sus pies y con las cortas cadenas que lo sujetan a un tubo en la pared, las cuales le abrieron llagas en los tobillos. Luego se acurruca en un rincón y tapa su cara con las manos abiertas. Así se queda por un rato. Las moscas zumban.

 


regresar 

 

 

Felipe Montes

Nació en Monterrey el 8 de septiembre de 1961. Su primer poema, escrito cuando tenía cinco años, así como su primer cuento, realizado cuando tenía seis, le indicaron no solamente su destino literario, sino también una temática de fondo que invade toda su obra literaria: la experiencia de ser humano.
A partir de estas creaciones se esbozó su futuro: ha aprovechado cada aprendizaje para su obra literaria, ha buscado conocimientos, sentimientos, sensaciones y experiencias para configurar su espíritu hacia la Literatura.
A los trece años tomó una decisión: componer una inmensa obra épica en torno a Monterrey con la intención de concentrar a la ciudad y su región en un solo y descomunal texto.
De este modo, desde 1974 construye una sola Obra General cuyo universo literario se fundamenta por completo en la mitología y la vida de la Ciudad de Monterrey y sus alrededores, y la cual condensa lo naturalista y lo fantástico.
Para alimentar su proceso de creación se ha dedicado a explorar los medios urbanos y rurales de dicha región, de donde recolecta rasgos para personajes, ambientes, anécdotas aisladas e historias completas. Estas expediciones lo han llevado a conocer diferentes facetas y realidades que coexisten y se entremezclan en la vida cotidiana de su natal Monterrey.
Para enriquecer sus búsquedas, Felipe Montes se ha desempeñado en campos tan disímbolos como la biología, la historia, la educación, el trabajo comunitario, la ecología, la psicología cognoscitiva, la lingüística, el desarrollo organizacional y la coordinación de talleres literarios.
Así, y a través de un sistema de trabajo que incluye la organización de grandes cantidades de información, el montaje, la estilización, la revisión y la corrección, ha ido creando su Obra General cuyas secciones, actualmente un total de 62 textos, empiezan a aparecer publicados uno por uno a partir del año 2001.
La labor de transformar sus hallazgos en obras literarias le asegura trabajo literario durante muchos años.
Como resultado de este trabajo, Felipe Montes es autor de:

" El Vigilante (Plaza & Janés, 2001) novela que constituye el primer ejemplo de una sección completa de la Obra General.
" El Enrabiado (Mondadori, 2003).

Y está por publicar:

" Sólido azul (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, aparecerá en México en noviembre).

Actualmente trabaja en las novelas siguientes:

" El Evangelio del Niño Fidencio (por concluir en mayo del 2003)
" La casa natal
" La Yerbabuena
" La Maestranza
" Condominios
" La enredadera
" La Guerra de los Dragones contra los Rebeldes
" La niebla

Además, ha publicado cuentos, poemas, fragmentos de sus novelas, obras de teatro, ensayos y artículos en distintas publicaciones periódicas de Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas y Texas, entre las cuales destacan las revistas San Quintín, Historias de Entretén y Miento, Cultura Norte, Oficio, Coloquio y Voces al Viento, y los periódicos El Norte, El Diario de Monterrey y El Porvenir.
Adicionalmene, Felipe Montes ha realizado un intenso trabajo como fundador y coordinador de más de treinta talleres de creación literaria desde 1988 hasta la fecha en Monterrey. Algunos de ellos han sido La Tuerca, La Irreal Sociedad del Zapato Verde, La Flor de Plata, Las Ruinas del Mundo Gris, Nudo de Agua, Tejado Inconcluso, Ojos Subterráneos, Gritos Bajo el Cielo, Ciudad Centro, Electrodomésticos, El Templo de Perro Ciego, Licor de Poetas, Más que Palabras y Piedras Nocturnas. Su estilo de coordinación se ha distinguido por basarse en juegos y dinámicas grupales e individuales profundas, prácticas y divertidas.
Como resultado de dicha labor ha editado y publicado la novela colectiva Violeta y nueve antologías literarias.
Numerosos críticos han elogiado su obra, destacando la calidad de sus estructuras, la creatividad de sus descripciones y la fuerza de sus narraciones. El rasgo poético de su prosa se fundamenta en un principio que él sostiene: la novela es una más de las formas de la poesía. A partir de dicha convicción él ha ido construyendo su obra durante casi tres décadas.




regresar