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 CULTURA, LETRAS E INSTITUCIONES
La posmedornidad explicada a las Paquitas  y Paulinas. 


Ramón Ramírez

 

 

 

 

“Tanto políticos como artistas hablan de la verdad
con el fin de llamar la atención y hacerse respetables”.

Niklas Luhmann

 

La intensa crisis que se presagiaba al final del nacionalismo revolucionario, por obra y gracia de la transición democrática, ha tenido que sentarse a esperar su lugar en el listado de quejas insolubles de la sociedad mexicana. Quizás en parte, esto nos ubica en la interesante apreciación de que las instituciones culturales y las batallas intelectuales no son efecto de un desplazamiento político, como han deseado entender algunos patriarcas de los estudios sociales, para los cuales después del arribo conservador al poder, este es un país diferente. Tal vez sea diferente en términos de élites rectoras del poder, en el sistema de centralización de decisiones, pero en un país tan heterogéneo cada intento de caracterización hegemónica para inferir una transformación, siempre termina por revelar aquella obsesiva falacia que rige las costumbres “mexicanas”, el origen explicado por el misterioso spiritus rector de la naturaleza.

      Múltiples son los dioses construidos por las diversidades culturales. En las políticas culturales se trata de selectores acumulativos como información, poder, política, progreso, organizados en redes burocráticas cuyo cimiento es amistad, nepotismo, solidaridad, conveniencia, y al final tolerancia y competencia. Que estas primeras connotaciones sean los selectores primordiales en la organización de las instituciones culturales nos permite traducir su experiencia en términos de estabilidad. Por ello, las instituciones culturales son un enorme dispositivo homeostático destinado a mantener un juego de poder arcaico: la relación de los cuerpos organizados del quehacer intelectual y el poder estatal.

      Las dinámicas generadas en esta relación serán perceptibles si nuestro observador  usted lector puede experimentar una distancia (aunque sea ligera) respecto a esta hipótesis que construimos; sino, dará una vuelta a la página y evitará seguir una lectura que puede arrojar una posibilidad de autocomprensión sobre su lugar social. No podemos culpar ni condenar su reacción, la cual es similar a la de los contemporáneos de Galileo que se negaron a ver por su telescopio, amparados en que aquello que este sostenía que se podía ver gracias a su aparato, no podía ser cierto porque no debía estar ahí. Si ha decidido seguir adelante con su lectura, daremos a continuación un listado de paradigmas (1) dominantes que pueden reformularse en la institución cultural regional.

Epistemología, letras y cultura

Empecemos por la cuestión del observador de la cultura. Toda crítica de la cultura lleva por condición el establecimiento de un supuesto. La crítica de la cultura trabaja con una importante implicación de subjetividad, el imposible distanciamiento del observador. Sin embargo, del antiguo papel de un observador  descriptor que piensa que aquello que describe (una cosa) es realidad porque acumula información, a una concepción cibernética de la cultura, donde ésta  se produce en la información percibida por los observadores, quienes entregan un mapa del mapa, es decir, observan observadores, hay un mundo de diferencia, tan enorme y tan difícil de identificar cuando el soberano gobierno del llamado sentido común impone su lógica llena de reducción de contenidos. El sentido común es el emperador misterioso de los poderes  locales en cuestión cultural.

 

 

     El sentido común por sí mismo no tiene permisividad para la crítica. Sus operadores básicos son perfectamente cuantificables, tratan de ser medidos en función de absolutos (dioses, políticas, economías, clásicos) o en abstracciones (humanidad, consenso, utopía). Aún cuando la perspectiva del sentido común en la investigación cultural propone tratar con sumo cuidado fenómenos cualitativos, fácilmente son ubicados dentro de un patrón de organización cuantificable que permita traducir la cultura en función de un sistema de jerarquías estáticas. El sentido común no conoce el autoanálisis, por eso de su experiencia en el trato con la cultura aspira a ilustrar, enmendar, dictar, ofrecer la vía de salvación a los buenos salvajes que son diferentes a su experiencia de iluminación (5).

Un ilustrado no se autocomprende, tiene un sustrato colonialista. Por eso, antes que encontrar la dinámica en torno a teorías, consumo cultural, comunicación y autoconciencia, lo que se ofrece como perspectiva viable es el compromiso ideológico. Este se manifiesta en la transferencia al imaginario republicano de una ficción dominante, que el filósofo e historiador francés Jacques Ranciere denomina “voyeurista  unanimista”, y que se caracteriza por ser una “ficción que despliega un espectáculo de la diversidad social y particularmente de los barrios bajos, de las zonas marginales, bajo la doble mirada de un voyeur que se sitúa tanto en lo alto como en lo bajo, y de un reformador que reconoce las llagas de la sociedad y les inventa remedios” (6).. De ahí que en la crítica cultural de la localidad impere la búsqueda del Otro como sentido de culpa o fascinación y muy poco como sujeto dentro de un contexto de observación.

    La verdad de la cultura regional ha desterrado a la explicación científica como posibilidad y abraza la imagen fraterna que menciona Ranciere. No en vano, el diario más influyente de la localidad, El Norte, tiene una sección de cultura titulada ridículamente Vida, en la cual más que mostrar espacios de reflexión e indagación sobre prácticas culturales, además de agendas y notas (7), concede la mayor parte de esta a recolectar información sobre los pequeños voyeurs universitarios que exhiben y medican las llagas sociales junto a la opinión especializada de expertos religiosos. El nacimiento de la escritura de amor por el pueblo que se entiende como directriz cultural, pues bajo otra perspectiva, La sociedad de Filántropos de la Santa Universidad Ecuménica que tiene un grupo de jóvenes coordinados por el Padre (póngale el nombre francés que le guste) que decide colectar dinero y alimentos para el Orfanato (evitemos cualquier suspicacia en cuestión tributaria) debería aparecer, no en la sección de discusión cultural, sino en la nota local, del “socialitos” o cualquiera de naturaleza similar. Los extremos se tocan en este punto, tanto el conservador religioso como el radical ateo, son afectos al sentimiento de culpa y su exclusión comprensiva será el estudio profundo, ya que este sólo pasa a servir de antesala para ejercer el mesianismo cristiano que impregna la cultura de las letras locales. Ambos tienen que aceptar una teoría o un metarrelato formado en el contexto de la lucha del bien contra el mal, para no tener que vislumbrar la complejidad. Es más cómodo suponer que se actúa desde un enfoque “políticamente correcto” que correr el riesgo de pensar que no todo lo que está tipificado en la lucha de antagónicos tiene una base de decisión éticamente correcta o bien en un contexto amplio, como se mueve la acción de algunos en función de otros.  El antagonismo imaginario rige la percepción del quehacer intelectual en las “instituciones ciudadanas del arte,” (8) y este asunto es tan alarmante que incluso ¡el mainstream literario! levanta la voz a favor de una canalización más adecuada de los recursos públicos destinados al quehacer intelectual (9)..

 

Esa verdad, eterna ironía de la comunidad

 Otro fenómeno de orden cualitativo viene a resaltar en la transmisión de información de la intelectualidad neoleonesa. Si el privilegio de la observación cultural se le da a los escritores de literatura generamos observadores de estados emocionales esto es bueno hasta que esas emociones se convierten en “valores” que en lugar de estudios culturales proponen el acoplamiento social en torno a iconos. Para muestra, nuestros mesiánicos Che Guevara, adoradores cubanos, nostálgicos sesentayocheros y sus contrapartes, religiosos, bien presentados, santones de misal y rosario o burócratas empedernidos y fieles a la autoridad del supremo patriarca. Lo más decepcionante entonces, es encontrar que la crítica cultural en la localidad, comienza autorizada por el “periodismo cultural” el cual a su vez es realizado por escritores de literatura en su inmensa mayoría. Estos jamás se preocuparán por salir del absurdo cuestionamiento temático ¿cuál es la diferencia, en un periódico, entre lo que se conoce como sección de locales y sección de culturales? (10), o charlas imbéciles cuyo fondo es opinar que les gustan las galletas de animalitos con refresco de cola como tuve ocasión de observa rmientras se “inspiran” frente a un salón de jóvenes e ingenuos universitarios (11).  Para situar el término en una acepción amplia hace falta un sistema. A diferencia de la habitual definición de cultura como esquemas concretos de conducta (costumbres, usanzas, tradiciones) una definición de cultura en términos de sistema significa identificar “una serie de mecanismos de control planes, recetas, fórmulas, reglas, instrucciones que gobiernan la conducta.” (12)

     El efecto más visible de un programa cultural gobernado por una lógica del sentido común, es la creación de una crítica cultural mediocre, centrada en las acciones de personajes identificados como portavoces de un poder “cultural” cuyo control es definido en función de su actuación dentro del reconocido sistema cultural. Así tenemos disputas dignas de un idiota, como la ejemplificada por los escritores Gabriel Contreras y Hugo Valdés en la revista Coloquio (13), o libros sobre pretendidos estudios de crítica literaria como el compendio de Humberto Salazar (14) que son ejemplos de compadrazgo y compromiso ideológico. Una cosa es posible advertir, ¿porque las universidades no cumplen una función de equilibrio entre la basura literaria local preocupada por el brillo protagónico de los escritores? En el corazón de la literatura local se encuentra una auténtica república de las letras muertas que corrompe la actividad creadora.

 

Entre intelectualidad y poder estatal

La organización del trabajo intelectual se agrupa en algunos espacios tales como medios de comunicación (prensa, televisión, radio, cine ), escuelas y universidades. Excluyendo de los siguientes comentarios a las universidades privadas que obedecen a intereses particulares, la universidad pública es un caso que merece interés de la sociedad en la medida que cristaliza un proyecto cultural financiado por dinero público. Sin embargo, en materia de crítica cultural la Universidad pública cede espacio considerable a otros medios. El problema es que esto no sucede en términos de una instancia de redefinición científica de la realidad social como propone la teoría de sistemas de Luhmann (15), sino de incompetencia y saturación de factores extraacadémicos que sacrifican la rigurosidad conceptual en la enseñanza (16).

 

      El rigor conceptual no se logra saturando alumnos con resúmenes de las obras favoritas de sus maestros, ni tampoco con diseños académicos absurdos destinados a que puedan vender productos. Este se logrará haciendo efectivo un verdadero programa de desarrollo de talento. Un observador con apertura que identifique a otros posibles observadores. Sin embargo, las autoridades universitarias más preocupadas en contener, en actuar en función de reflejar la sociedad y no proponerle a la misma, se encuentra impedida para activar el botón de su propia supervivencia científica. Así, la Universidad pública, lejos de crear un rival efectivo o contrapeso para la banalidad artística, renuncia a la validez de la opinión por el mantenimiento de las redes extraacadémicas. Y como el resto de los medios de comunicación, en lugar de apostar por enfrentarse a la complejidad, decide tímidamente, seguir transmitiendo una pantalla total, reducción de significado, pues no existe por el momento un sano equilibrio de fuerzas, un buen conflicto, una intensa batalla por la cultura entre los diletantes de una escritura y los profesionales, científicos de la misma. Por ello, el  fracaso de la observación cultural en Nuevo León tiene que ver con la escasez de cultura literaria lectores en diversos géneros, buenos proyectos desde la vida bohemia y una discusión científica amplia y no interferida por condicionamientos externos a la investigación. En pocas palabras, esto es una hipótesis acerca de porque la observación cultural no es fecunda en Nuevo León en comparación a otras entidades del país.

 




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1  Si bien la noción de paradigma de Thomas Kuhn constituye un concepto en debate dentro del campo de la filosofía de la ciencia, en un estudio posterior de la obra de Kuhn, titulado La naturaleza de un praradigma, Margaret Masterman identifica veintiún acepciones del término  agrupadas en tres órdenes  esenciales que serían: metafísicos o metaparadigmas de carácter filosófico, sociológicos y de artefacto. De acuerdo a lo anterior, el significado restringido de paradigma sería válido visto desde los sentidos de paradigma agrupados en los metafísicos o filosóficos. Para los fines de este trabajo, la opción de tratar al paradigma en cuanto construcción sociológica tiene por finalidad identificar las siguientes acepciones del término:

a) mito  

b) libro de “texto” u obra clásica  

c) tradición  d) conjunto de instituciones políticas  e) nuevo modo de ver  f) algo que define un esquema amplio de la realidad.

 2  El fenómeno que motiva esto es la identificación explícita con algún lugar que detente autoridad política y por tanto, reconocimiento social.

3  Tras el reconocimiento en dinámicas absorbidas por un poder, lo que se busca es el control del significado. Así surge la justificación de la tecnocracia de la especialización que imprime su sello en el hacer la cultura. De esta forma se llega a la ruptura bajo la aceptación de que no se puede tolerar lo diverso, la fragmentariedad, porque lo que importa es la secta, el grupo, los eruditos, los marginales, todo lo que tenga connotaciones sectarias.

 4  Por ejemplo: ¡Un conocido escritorcillo universitario y acólito de un patriarca de la crítica literaria de la UANL, llegaba a increpar a un servidor y su novia por leer mucho, ya que según él, un escritor debe leer pocas obras y centrar toda su energía en éstas! A ese paso entonces deberíamos quedarnos como lectores fundamentalistas de la Biblia y a partir de ahí deducir todo tipo de realidades pues según estos críticos y acólitos de la literatura, toda la verdad está en la obra o bien en su traducción gnoseológica, la cohesión, la dureza del diamante cultural.

5  Dicta Doña Alejandra Rangel en una de sus  acrónicas editoriales: “...la historia se presenta como la sucesiva revelación del hombre sobre sí mismo, en un reconocerse progresivamente a través de los acontecimientos históricos utilizando la razón en un intento por eliminar las partes oscuras y ascender hacia regiones más luminosas.” Periódico El Norte. Sábado 7 octubre, 2000. Sección de editoriales. Históricamente la certeza de que existe una racionalidad de lo real representada en la historia-progreso, tiene la misma  función que el descubrimiento de la desintegración del átomo y la historia-progreso, tiene la misma  función que el descubrimiento de la desintegración del átomo y la creación de la bomba atómica. Que el hombre piense y luego exista no ha sacado al hombre del cajón de la certeza de que existe un absoluto llamado realidad externa que puede atraparse con sólo efectuar el acto supremo de la razón. Las teorías luminosas no observan sistemas, sino hombres individuales, por lo tanto son monismos antropológicos.

 6   Jacques Ranciere. La imagen fraterna. La ficción de izquierda: ficción dominante. Tomado de Imágenes del pasado. El cine y la historia: una antología. Premiá Editora.. La red de Jonás. México, 1983. pp.48

 7   No espero, por cierto, que haga otra cosa. Pero en función de una comunidad de casi 4 millones de habitantes y en comparación a otros diarios del resto del país podría hacerse algo menos estúpido.

 8  Entiéndase CONARTE. Aunque de ciudadanización tenga por objetivo la incorporación de una red de nuevos burócratas alineados por su definición antinómica respecto a la interpretación cultural de las academias universitarias. Esto y además que la estructura y dirección no son propiamente “ciudadanas” sino decisión política al estilo “charro” del antiguo régimen.

 9 El pobre desempeño del Centro de Escritores de Nuevo León a pesar de ser visto con  mucha mesura por muchos de sus principales beneficiarios en la última mesa redonda, no pudo evitar los comentarios nada halagadores que tocan la henchida llaga de la selección cultural, pues Mario Anteo recordó el asunto de las convocatorias poco claras y precisas mientras José Javier Villarreal habló específicamente de los criterios de selección de los becarios.

 10  El escritor y director de revistas “contraculturales” Arnulfo Vigil cree encontrar el hilo negro  o el calzón de Tarzán en el binomio cultura  política y viceversa. Como si la integración de la cultura desde la política no terminara siendo una política cultural, es decir, el dictado de una conducta acerca de las prácticas. En otras palabras, el primado de lo abstracto sobre lo concreto. Cfr., La gaceta universitaria. Publicación independiente. No.1. Noviembre de 1995. pp.10-11

 11  Si este conocido escritor esperaba que al decir esto los universitarios experimentaran un efecto similar al hapening art por obra y gracia de su excelente apreciación del oficio de escritor, tuvo una exposición bastante pobre. Pero esto es darle demasiado crédito a una simple y burda prolongación egocéntrica cuyo fin es una mezcla de pendejez y malentendido: ¡querer decir que la cultura no está en la universidad sino en la calle! Motivo del antagonismo absurdo de exaltación en  algunos escritores, cuando la cultura está en todo y no hay espacio privilegiado de ésta sino observaciones. Hay cultura en la universidad, lo mismo que en la calle, en los barrios bajos o en un  salón adinerado. La diferencia es aquello que se enuncia como discurso.

12 Clifford Geertz. La interpretación de las culturas.Gedisa Barcelona, 1997. pp.51

13   En el no.23-26. Julio-octubre de 1994.

14   El titulo del libro es La crítica literaria, reseña histórica ( 1880  1890 ).

15  En la teoría social de Luhmann, la indiferencia juega el importante papel de valor estructural destinado a autoestimular el sistema científico a fin de observar de manera más amplia los sistemas. La base de la sociedad en esta teoría, a diferencia de las teorías sociales de base humanista, es que la estructura se funda en la divergencia y por tanto, su resultado será contingente.

 16  Roger Bartra en el texto La república de las letras muertas y la muerte de las letras públicas, caracteriza esta situación en la Universidad Nacional de la siguiente manera: “la academia se encuentra sumergida en una masa universitaria a la que se han agregado militantes de partidos, intelectuales sin café pero con cubículo, burócratas desplazados, pordioseros, trepadores, vendedores de artesanías, de tacos o de marihuana, empleados de confianza, exguerrilleros, alquiladores de inteligencia barata, jilgueros priístas, fósiles, grillos, profetas resolvedores de los grandes problemas nacionales, poetas frustrados, dirigentes campesinos y sindicales”. En Oficio Mexicano. Grijalbo. México, 1993. Pp.46.

 




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