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Antología Poética María Rosa Lojo
Selección de textos de una de las mejores escritoras argentinas contemporáneas.
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Bibliografía
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DEL LIBRO: “VISIONES” Editado por la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines. Buenos Aires, Argentina, 1984
III. REVELACIONES
“Visto bastante. La visión se ha encontrado en todos los aires. Tenido bastante. Rumores de las ciudades, por la noche y al sol y siempre. Conocido bastante. Los altos de la vida. ¡Oh rumores y visiones!”
Arthur Rimbaud (Iluminaciones)
I. Así es como conozco la mañana; alarmada por su cántico trémulo. Viene a darme lo que aún no soy, atravesada por exclamaciones y promesas. Es anunciante y sin embargo ya estima a los hombres como cadáveres; adorna los sentidos y barre las aldeas con su guirnalda múltiple y su gloria. El hijo de David aún no ha nacido. Veo el pequeño camino del campo por donde han de pasar los carros afanosos, pobres y alegres libélulas indómitas. Toda mi palabra es una gran torpeza, ducha en entrelazar visiones indecibles. Una raja de malvón, como un fruto prematuro, me quema las manos. Las maderas benefician el aire con su rigor nórdico y su calidad lustral y su dureza consolada por el oro que un donador arroja contra las puertas.
II. Los días nublados no te ofenden con la claridad. Bajas la cabeza requerida por la minucia terrena y el arduo crepitar de los suelos y el leño demasiado nuevo. He aquí la casa y la hoguera y el panal. No vayas a buscarlos más lejos: tu cabeza es la copa y el surtidor. Todo lo apresta quien mira, el que ensalza lugares y lagares consumidos por otros, sin agotarlos nunca. He aquí la memoria de tu estirpe difusa. Te han legado la grava y el cincel y las calles ventosas en las últimas cuevas del Sur, cuyos techos son el cielo sin límite. Caminas entre los zarzales de la niebla, con el frío, tu perro cazador. ¡Aleluya! Has rescatado lo que no se ve. ¡Píntalo!, dicen. El horizonte otea y jadea. Qué lobo es y qué azul, como si la fiereza supiese ser pura… Entre tanto amor de la tierra que te es dado la lucha se privilegia, se enaltece a sí misma con su hierro en tensión y su inflexible grito de alborozo. Aquel rayo que lanza lo indominable tiene amor: ama al ser. Nacemos en la lid, cuya más íntima quietud es combativa, cuyo más ávido temblor es tan sereno.
III. El polvo de los vasos y la pesadumbre de sentarse a contemplar. Vas desciñendo los hilos de las vidas: la delicada herencia de los mayores se abre como un cofrecillo herrumbroso. El polvo iridiscente no es su fuerza; pero los has visto golpeando en las ventanas otoñales, humildes como la lluvia, con sus voces delgadas que aman el cielo acerbo. Ellos quisieran ver sus cuerpos abandonados en las playas, sepultados por el limpio viento del mar. Pero les han impuesto la carga de la tierra: abrumados y oscuros yacen a solas, sin la carcoma purificadora de la sal. El polvo ya no es el vidrio: el polvo es toda la niebla de la tarde que se concentra y se acongoja en la intimidad de los cuartos, en las paredes que contemplan los árboles yermos de invierno y la estrechez de las ráfagas errátiles como ciervos. Ciervos helados: bosque del Norte que asedian tradiciones y caballos de guerra, bendecido por pétreos druidas que levantan altares: santos antiguos con su cuchillo sacro y su elevada cabeza rezadora. Bosque del Sur tan nuevo como lo es la muerte para cada hombre; prístino reflejarse de las murallas verdes sobre los lagos. Allí ves el fondo: dientes puros las piedras, almas de indios que miran desde el hielo las cimas duras del amanecer. Esta mirada no es la ilusión, lo sabes bien. Alerta más que nunca vas custodiando al sol mientras se enciende la soberbia de las luces: crepúsculo acerado donde se cifra todo lo que podrías haber sido y todo lo que puedes ser aún, en otros reinos. El ser se pone en pie, inmenso, abierto.
IV. Mañana vivirás. El sueño te acongoja y te exalta con la sólita promesa nocturna. Cierras los ojos; te cierras tú misma en la transparencia feliz de una crisálida que espera. Ves el portón acabado de barnizar, el olor crudo y brusco del cemento reciente; esos burdos umbrales de la casa nueva por donde aún asoman trenzados el hierro y su golpe sin cincelar, vibrante. Esta irrupción desmantelada de todas las primicias, estos jirones del rápido percibir. Se abre una hendija, un puñalito saja ya las brumas del día próximo. Te han de coronar con las olivas, has de montar en ese júbilo que se te ofrece, joven, flexible y gozoso como un animal selecto que ignora la cercanía del sacrificio. Oyes los salmos recién
cantados. ¿Oyes? ¿Alguien ha dicho tu nombre en el sendero de arena? ¿Alguien te ha señalado? Quédate en paz. Aún no tienes destinación y cárcel. Eres. Mañana estarás viva.
DEL LIBRO: "FORMA OCULTA DEL MUNDO” Ed. Ultimo Reino, Argentina 1991.
MAR
Tuviste al mar encerrado en una caja de música. La abrías a la noche con secreto, bajo las sábanas. Las manos se te hicieron antiguas como barcos hundidos y alguien te acuño el alma en monedas de oro. Llorabas a la sombra del resplandor mientras la noche se llevaba todo y el único habitante de tu casa era la marmúsica de Dios, tu Carcelero.
VIENTO
Toda la noche y los caminos del día para encontrar la joya o el fruto, la fuente hundida en el primer sueño del mundo, o la canción que te daría la memoria de los tiempos y la inocencia invulnerable del porvenir. Toda la noche y las prisiones del día gastadas en apuestas peligrosas para evadir el destino del hombre mientras te pruebas, frente al espejo impasible, la orfebrería mágica que aparece y desaparece, mientras el viento avanza a tu alrededor y tu rostro se borra, rasgo a rasgo, hacia las más remotas regiones de la luz.
MASCARAS
Te rodean los danzantes, te aturden. Estás volando sobre el ritmo a la velocidad de una llama. Dentro de poco tu cabeza caerá y te nacerá una piel nueva. Te brotan en los nudillos yemas de árbol y en tu sexo sube un vello de lianas. Serás una selva y una casa de pájaros, en tu corazón crecerán torres mudas, sueños de catedral bajo las aguas. Quedarás detenida y habitada mientras los otros bailan, armados con sus rostros. Ya no podrás ser lo que fuiste y la felicidad te arrasará los ojos mientras las llamas ciegan las máscaras que giran.
DANZA
Es la mujer de párpados ciegos, la que ríe, de párpados quemados, y hace sonar sus vestiduras en el aire de invierno, y hace sonar sus cabellos como una reunión de palomas oscuras, como un murmullo de caléndulas negras. Es la mujer de suave carne a lila, de cintura insondable, cuyo vientre es un espejo donde el amor se mira, donde el dolor se mira, mientras ella, secreta como la muerte y como el sueño, danza.
COSMOS
Una estrella para el corazón del olvidado. Días de amores oscuros y de sueños caídos como desesperanzas que recitan oraciones de no morir sobre las calles nocturnas. Va comiendo su pan con amargura y los perros lejanos hunden su colmillar caliente sobre el cuerpo sin piel y las aves rapaces se disputan la piedad de su sombra que se disgrega. Hiel de los tiempos abrasa la transparencia de la garganta, y un alba sin pudor le desnuda los huesos y le dispersa el rostro, vacío como el ojo de las noches sin sueño. Pero la mano desgajada pide una estrella para el hueco del corazón: que la huella en la arena sea encendida por la luz de otro mundo, que en la muerte del hombre también el cielo muera.
HACIA LO ABIERTO
En lo más fino y gris, desasida, expulsada, lejos del hábito y del morar, en el comienzo, entre la primavera y el otoño, acechando el hielo inaudible de las pisadas, sin ver huellas. El mundo de lo humano tan velozmente opaco, sin peso alguno. Perduras en la música que ningún hombre ha escrito, en la luz aún no acosada por la dura impaciencia de la lengua, en el reflejo extraño de las cosas que pugnan sin hablar, insistentes, hacia lo abierto.
GENESIS
Ella gira en la curva desolada del mundo, ella desgarra el corazón de los inviernos y lo arroja a las hélices siderales. Ella recibe la luz inmemorial, ella vigila un crecimiento insensato de palabras en la apertura del amanecer. Y se dirán el día, la espera, el abandono, y se dirá invasión de eternidad en la hora indecisa, galope de cielos crueles que se derrumban sobre la blancura de tu pánico antiguo. Madre cósmica: sólo una cavidad despiadada, vuelo central que lanza tu alma al mundo. Tu alma en el cuerpo gris de la mañana que como una grieta del abismo se abre ya, desasida para siempre.
INVULNERABLE
En un ciego escándalo de crepúsculos, en el centro de una confusión de noches y días, donde no se sabe cual es la postura de la muerte y cual la del nacimiento, en el haz de los sueño vigilantes, de la vigilia que duerme bajando sus altas armas guerreras; allí donde nada posees y donde todo es tuyo, artesano de días innumerables; donde la voz es la Voz más clara, la Voz que nadie escucha porque se rompe al salir de su cristal: quieto mientras las aguas descienden hacia el mundo, mientras las aguas dan la vida y arrasan la gracia y la gloria de lo viviente. Inmóvil en el tiempo central que Sí fluye, invulnerable a todo horror y a toda dicha, el más lejano Dios desconocido.
AMBITOS
Has vuelto a las calles de costumbres profundas, las arboledas con sus casas ocultas bajo un aroma numeroso y opaco, bajo oscuros colores que murmuran. Has visto a las mujeres sentadas contra la verde lumbre de puertas y has sospechado los interiores umbríos, habitaciones frescas de penumbra donde el durmiente se desliza sin mancillar el orden blanco, y su sueño no pesa lo que el aroma de los árboles vivos.
TODA LA CÓSMICA REGIÓN
Son el coro y la campana que congregan la tarde, que hacen sonar el hueco de su pequeña gloria serena. Son los varios caminos aparecidos: esa dicha olorosa del hinojo, esa corona de los salmos nuevos, la esquina de sol añejo y sus hondas bodegas, mansas como el topacio, el tapiz escarlata de las plenas iglesias y la elevada túnica sencilla de los ministros, de los siervos. Qué umbela de sofocante aletear, qué redoma de bienes penetrantes, evocadores de la luz que chasquea. El incienso de vaivén incisivo, del duro párpado de bronce con su alabanza dilatada y espesa, su lento hechizo que disemina y olvida y nos desciende a la zona remota entre el ser y el no ser, hacia la pura posibilidad reverente, en el bárbaro centro sombrío de las tumbas, junto a los nichos cómplices, en la humedad de la oscura paz prohibida. Es el camino de la verde amplitud y las veredas solares de clara invitación, es la apertura que indica, es la concavidad de la sombra frondosa. Toda la cósmica región que se te muestra en su solemne sencillez celeste y su estructura de columnas precisas, con su riqueza de márgenes sonoras por donde cruza el campanario tácito tu sueño.
MUERTE DE LA MEMORIA
Quemada en la resina, la niñez: fruto ya dulce y seco que la mañana ofrece, que pende sobre ti como un indicio. Han bajado las ramas, brazos tendidos como en la impotencia o el amor, tolerantes para recibir ese don que entregaste sin saberlo hace ya tiempo. Y el aire ciñe tu carne humana: no como el incienso a un joven dios imperioso, no como el humo de su propio sacrificio al que adoraba, no como el silente sosiego de aquel anciano que mora en las calles vacías, resonantes de huellas tal él mismo. El aire no es la gloria, no es el soplo feroz del leñador que conspira contra la inútil belleza del árbol viejo. No es el desolado hastío del tiempo, artífice de antiguas casas ficticias, doradas como un ilustre nombre de muerto. Es el vaso sin inscripciones, la eternidad neutral en la que surges, sólo vivo, como si el centro de ti mismo, huyente y quieto, no conociera sino albricias, comienzo.
ESA MUSICA
He aquí la pared amarilla, las tablas que asoman desmadejadas y anhelantes como un hocico de animal cautivo, como el amargo que no tiene amor y rueda sobre las calles más feroces de la tiniebla. ¿Qué es esta rota perfección del mundo, esta caravana de fragmentos, de trozos, de todo lo no acabado y no cumplido? Esta miseria semejante al oro acuñado, ya manejable y vendible y pétreo, ya incapaz del fluir y de la riqueza. Esta paciente soledad sin ángel ni demonio, desgarrada y tendida sin el aire y el riesgo, irremisible, como un par de alas truncas. Y este silbar que desciende como una limosna, música de perdones que un adolescente regala sin ser dios, sin ser nadie: sólo una nota que el sol, el ubicuo, el intocable, ha encendido y recuperado para su propia palabra secreta.
FORMA OCULTA DEL MUNDO
Arrancada sin violencia del confín sigiloso, puesta claramente en espacio, dejas las aguas que los días han filtrado sobre la grava y aquella fragua severamente gélida que ahuyenta a los forjadores, los maestros en la transformación. Forma oculta del mundo traspasadora de las tierras compactas, allí donde reclama con cercanía el fresco temblor impalpable de la primavera que desdeñan.
DEL LIBRO: “ESPERAN LA MAÑANA VERDE” Poemas en prosa. Ed. El Francotirador. Buenos Aires, Argentina 1998.
Transparencia
Todos los atardeceres la mujer se sienta en el patio de la casa. Si alguien la acompañara vería como su cuerpo se vuelve transparente al compás de la sombra. Primero surge un mapa encendido de venas y de vísceras, luego, más abajo, una población de huesos huecos por donde el viento corre como un golpe de música. La mujer sonríe y levanta un brazo en la noche incipiente. Unos minutos más y se apagará el resplandor del hueso iluminado por canciones remotas y ocultará la piel el color de la sangre. Cuando todo concluye, ella guarda la silla bajo el alero y vuelve a la cocina, llevándose el secreto de la transparencia del mundo.
Semejanzas
Como un salto de animales por la rueda de fuego, como una caminata mortal sobre una cuerda de viento, en equilibrio sobre una tierra cortada, en puntas de pie sobre un cuchillo de hielo que se va deshaciendo a cada paso. Así, el poema.
Dragones
Noche tras noche se construye en la casa un andamiaje silencioso. Los habitantes dejan sus ropas de vivir y su torpe calzado de recorrer ciudades que no miran. Rodean las paredes con sábanas tejidas por la hilandera de un cuento interrumpido y se cuelgan de los bordes, llameantes como cabezas de dragones.
Por las mañanas la casa apenas conserva alguna marca de ceniza bajo un alero y quizá la somra del relámpago cruza al sesgo los vidrios de los dormitorios. Los habitantes salen por la puerta del frente vestidos de humanidad, pero en los bolsillos interiores de un traje, en las costuras de los uniformes, bajo las calificaciones y los lápices, las escamas del dragón van creciendo, tenaces y brillantes.
Maquillaje
Ella se dibuja los ojos con líneas oblicuas y flexibles para que esquiven la saña de los inquisidores y resistan las indagaciones inconvenientes. Ella se ensombrece los párpados con una tierra de seda para que tapen y resguarden, para que protejan y acaricien a la niña sentada frente a la luz que denuncia los males de los hombres y las disoluciones de la muerte. Ella se unta los pómulos con una crema suave para que no los quemen las lágrimas del duelo, se empolva las mejillas para que no las dañen los rayos de las fotografías y el hueco luminoso de los ausentes. Ella se mira al espejo cuando todo ha terminado y a través del espejo mira al hombre que ama porque sus ojos ven más allá de las copias y se abren en la verdad del tacto y en las insurrecciones de la noche que vuelve.
Té de las cinco
Una taza de té con sus hojas dispersas en el fondo: hay allí un ojo extraviado, hay una boca que no halló la palabra, hay una pierna atravesada en medio del camino, hay una mano que no sabe coser. Hay un mapa secreto de una ciudad ya inhabitable donde viviste. Hay un llamado inaudible, hay una música que podría volverte el alma del revés, si la escucharas. Pero hay otra mano tuya que vuelve a llenar la taza para tapar el fondo, para que no veas más, para no verte.
Líneas
En una de las líneas de tu mano hay un puente que desemboca en el mar; en otra, una balaustrada trunca que se abre en el jardín hacia ninguna parte. Entre el jardín y el mar, esa ciudad donde estás. Allí los cielos tienen la costumbre tranquila del sol y de las lluvias y un techo nocturno te protege de las estrellas implacables. Pero alguien mata y alguien muere, los trenes se detienen en la mitad de su camino y visitantes desconocidos escarban en los desechos de las grandes casas blancas, antes de que en la luz se reconozca el mundo. Cuando vas a acostarte cierras la mano como si astillaras vidrio y la ciudad entera se despeña en el mar y tu sombra se cuelga de la balaustrada oscura, soñando en algún lugar para vivir.
Cualidades del invierno
El invierno es redondo como una nuez y hueco como un planeta de cristal donde soplan vientos furiosos. Pero en su centro cálido hierven los frutos del mar y de la tierra y se reúnen los fugitivos de la intemperie. El invierno es una casa que guarda en los cajones las memorias del amor más antiguo, y una temperatura de regazo y una voz anterior a la palabra que envuelven al durmiente con su ovillo de seda. Los cuerpos del invierno se enlazan en profundos parentescos, se tejen como mantas para prestar amparo, se iluminan como candiles para guiar al que tropieza en su silencio buscando abrazo.
Fisterra, a.C.
En la costa más extrema de Occidente se terminaba el mundo. Un hombre solo vivía allí, sobre el borde del infinito. Habituado a la altura y a la distancia inmensa, ya no podía entrar en las casas circulares de piedra, ni sostener en las manos objetos tan vulgares y nimios, como cucharas o platos de madera. Se alimentaba de los frutos marinos, su piel era indiscernible del color de las rocas y sus ojos traslúcidos brillaban en la oscuridad como los ojos de los lobos. Nadie volvió a dirigirle nunca una palabra humana, ya que era sagrado y tan sordo como los dioses. Murió en las cuevas del risco después de haber contenido durante medio siglo el mar y el cielo para que no vaciasen su amor desaforado sobre el amor pequeño de las casas de piedra.
Museos de palacio
Los palacios acumulan objetos ciegos que resplandecen detrás de las vitrinas, clavicordios y violoncellos destinados a enmudecer mientras los roe una polilla imperceptible. Por la corteza de una luz que amortaja resbalan ojos extranjeros. Miran sin amor las vastas habitaciones inhumanas y las carrozas varadas, y las caras de bellezas desaparecidas. Recogen los fragmentos de un mundo inmóvil y obediente, puesto en orden didáctico. Los guardias de los restos pasean por los corredores prohibiendo fotografías porque el resplandor carcome las materias antiguas que un días serán polvo como los huesos de sus artesanos. Los pequeños artífices que han perdido sus nombres bajo el sello de los maestros y sus manos en las fosas de los cementerios.
Curioso destino
Tenías que perderte en los laberintos de la tierra por donde pasan los ángeles vestidos de bandoleros y toman de rehenes las almas descuidadas. Era ése tu curioso destino, escrito en una postdata del gran Libro en el que Dios anota las cuentas menudas con sus infieles. Tu ángel de la guarda te ató de las muñecas con un encantamiento diferido. Por eso estás, en mitad de la vida, practicando espejismos solitarios con los reflejos de la luz, para ver si la cara del Dios en quien no crees aparece algún día entre el ramaje del bosque.
María Rosa Lojo Antología Poética
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